El Arte como Necesidad Psíquica

Algunas consideraciones sobre la obra de Juan Soriano

Dafne Cruz Porchini

  
Juan Soriano (Guadalajara,1920) es, por antonomasia, heredero de una generación atípica de artistas que creyó ciegamente en la religión del arte. Soriano como sus predecesores, ha seguido el sentido nitzcheano de que el arte domina la vida, o bien, como señala Carlos Monsiváis, se convirtió al Arte y sus vivencias giran en torno de la forma.1

Por su carácter autodidacta y negación de pertenecer a algún programa, escuela o corriente, Soriano se ha dado a la tarea de explicar  él mismo su trabajo, dejando para sí consideraciones más íntimas. El propio pintor más de una ocasión ha enaltecido su libertad individual y su fidelidad a la tradición y norma de la pintura.

 
Como artista, ha demostrado poder transitar, sin ataduras, por diversos mundos. Sin embargo, el proceso de creación puede ser, en ocasiones, largo y doloroso. Soriano no fue la excepción a la regla y en ocasiones, su obra corresponde a una catarsis personal.  Para Luis Cardoza y Aragón: “..la pintura en él es lúdica necesidad secreta, que le decepciona y le exalta.”  Así, Soriano contrapone su visión del arte y su concepción sobre la existencia misma.

La pintura de Juan Soriano es continuidad de búsquedas y hallazgos, como si se adhiriera a la máxima picassiana del “yo no busco, encuentro”. A veces la crítica, en sus particulares taxonomías, embates y aciertos, lo encuentra sencillamente inclasificable pero el pintor satisfecho de su disidencia, responde sólo a través de la pintura.

La individualidad de Soriano trasciende en su universo plástico, inconmensurable por naturaleza. Su arte es la consecución de nuevas formas, elementos donde el tema es varias veces un pretexto y una excusa para afirmar la preponderancia y función de la pintura en sí misma. Esto puede observarse desde épocas tempranas, donde su talento y oficio son evidentes.  En los retratos de la década de los años treinta es visible su lectura de Manuel Rodríguez Lozano y Jesús Guerrero Galván, -de los que seguramente admiró su clasicismo- en la manera de pensar los cuadros, la pastosidad de la textura y la planimetría; nos referimos a cuadros como Retrato de Marta (1934) y Mi tía Julia (1938) Desde entonces, Soriano ha tomado los retratos como un camino para explorar el espíritu del retratado, sin pretender hacer en absoluto, una pintura que refleje  la fisonomía de personas hieráticas que, como esculturas, huyen de la mirada curiosa del espectador. El retrato entra en otros niveles de percepción, el pintor busca aprehender un instante sereno y fugaz al estudiar acuciosamente el interior de sus familiares y amigos, como fueron los casos de Xavier Villaurrutia, Rafael Solana y Diego de Mesa.

Es entonces cuando Soriano empieza a componer sus cuadros con recursos fantásticos, reales, ideales, inauditos. El pintor se concentra en la observación y conciliación de elementos disímbolos.  Hacia 1940, hizo varios bodegones con ecos de la pintura decimonónica, provinciana y costumbrista, donde la naturaleza la aplica como un mero ejercicio plástico.  La fascinación por  madréporas, frutas,  caracoles, flores que encajan en panteones, calaveras, todo es parte de su capacidad inventiva, nunca se cansaría de imaginar situaciones y momentos singulares.

Además de la naturaleza, el pintor recreó el mundo infantil como manifestación de candidez, posibilidad de vida infinita y muerte. Las niñas de Soriano en ocasiones carecen de inocencia, no abandonan su apariencia de muñecas. Como juguetes de su propio destino, habitan espacios cerrados que evocan melancolía y claustrofobia (Niña con pollo, (1941), La mesa negra con unos niños jugando, (1942). Las púberes son mórbidas, esqueléticas y tienen una mirada perdida, casi demencial.

De manera simultánea, el pintor hace nuevas configuraciones donde abundan ángeles humanizados que escapan del orden divino para velar sueños y convivir mundanamente -un cuadro magnífico es Cuatro esquinitas tiene mi cama, 1941), después, sus cabezas ensangrentadas caen para ser plasmadas junto a una naturaleza muerta.

Entre 1942-50, Soriano privilegió más que nunca el retrato. Las mujeres de su tiempo: Lola Alvarez Bravo, Lupe Marín, María Asúnsolo, Pita Amor, son inmortalizadas con un toque maternal y divino, convirtiéndose en sus musas, lo que coincide con su inclinación hacia temas bíblicos y mitológicos. El rapto de Europa, las hijas de Lot, Diana, San Jerónimo o la conjunción de seres humanos, el demonio y más arcángeles en medio de apocalípticos cielos y mares, son una fuente de inspiración inagotable y veta fundamental en su obra.

El pintor también añade la fantasía a sus cuadros, sin que intervenga un factor surreal. Como si fueran ráfagas en su mente, concibe escenas y situaciones inesperadas: mascaradas, noviazgos incipientes, bodas, corridas de toros, velorios... manejados con una maestría ejemplar sobre todo en la utilización difuminada del color -ocres, grises, amarillos, azules- que nos recuerda a los impresionistas, sobre todo a Monet.

Cuando Soriano elige un tema, lo reflexiona y discute consigo mismo. Como artista firme en sus convicciones, determina el desarrollo de su plástica poética, aún cuando sea necesario hacer un viraje radical.   En  los primeros años de la década de los cincuenta, Soriano toma muy en serio un replanteamiento interior y decide enfrentar sus propios demonios a través de sus viajes a Italia, donde espera encontrar respuestas y una nueva esencia en su pintura. Dos autorretratos son representativos de esta difícil y escabrosa etapa en su vida, en ellos manifiesta desconsuelo y desesperanza pero preconizando una transfiguración.  En esta especie de ostracismo permanente, Soriano entra de lleno en los terrenos de la abstracción y aún así en este interludio pagano,  -la religión del arte es un acatamiento a la pintura figurativa- reitera su amor y devoción por la forma.

Para el pintor, las formas abstractas son síntesis y secuencia en líneas, figuras y color que se intensifica dando lugar a una explosión de bermellones, naranjas, verdes, azules que en más de una ocasión, son juegos cromáticos. El jalisciense habría de contrastar la figuración con lo no-reconocible a través de todo aquello que se revistiera de clásico: Creta, Apolo y las musas, héroes legendarios griegos.. En varios cuadros aparece en la parte inferior una aurora la cual tiene una connotación simbólica de recomienzo en la pintura. Además de convertirse en soporte del tema principal es una estela que irradia luces de colores, (por ejemplo El pez luminoso (1956 ) y Viaje a Creta (1958)).

En sus abstracciones más audaces, Soriano hace desaparecer ciertas figuras, sustituidas por formas geométricas curvas, diagonales y transversales, ejes de la pintura racional.

En los retratos, el pintor renuncia de pronto al estatismo escultórico que otrora los caracterizaban y, en general, las obras son construidas con gran ritmo y movimiento. Obras como Autorretrato y Retrato de una filósofa (María Zambrano) ambos de 1955, rompen esquemas anteriores. Apenas alcanzan a observarse que son personajes por sus cabezas, piernas y algunos atributos. Aunque sean retratos, Soriano no hace concesiones y respeta las formas puras de la abstracción.

Hemos mencionado que el pintor también sitúa elementos reconocibles: peces, plantas, ojos que habitan un mundo ambiguo y muestran su disposición de mantenerse vivos a toda costa. En medio de poderosas “manchas” elaboradas con una pincelada más agresiva, prevalece una plenitud y perfección de geómetra, algunos ejemplos representativos son La jaula (1958) y Fuegos de artificio (1959). El grosor de los trazos es determinado por el color: nítidos cuando tienen que serlo o sombríos cuando se refiere a la muerte, uno de sus temas predilectos.

Sus últimos cuadros abstractos -espléndidos por la variedad de imágenes- parecieron ser investigaciones sobre el color y efectos lumínicos, donde las figuras humanas paulatinamente desplazaron las estructuras geométricas. Una de sus grandes aportaciones iconográficas que marca los límites entre la figuración y la abstracción son las variaciones sobre un mismo tema: Lupe Marín, o en palabras de Octavio Paz “momentos visionarios de una obsesión”. En esta serie, Soriano hace énfasis en las enormes manos de esta mujer de culto, la eleva, la descarna, la transforma. Más que una inspiración, Lupe Marín sería para el pintor el pretexto idóneo para sondear en todo su potencial creativo.

Pero las propuestas visuales de Soriano no terminarían ahí. Su temor a la autocomplacencia de la repetición hace que una vez más cambie el rumbo de su obra decidiéndose por una obra de equilibrio.

“Uno no acaba de nacer nunca”-ergo uno no acaba de ser completo- declara insatisfecho, dejando sentir que su época abstracta fue una simple y mera posibilidad, un tropiezo, o transgresión a los confines de la libertad. Todo artista tiene ideas diferentes sobre a la libertad; uno clásico como lo es Soriano, la concibe como un apego al límite  y la circunscribe a la forma.

En su expresión artística incesante busca una totalidad y la trastoca con su individualidad, a la par que juega y redescubre aspectos en el plano formal y temático. Por tal razón, en una especie de llamada al orden, Soriano -reinventándose siempre a sí mismo- analiza antiguos símbolos y significados. La muestra de su balance está en una vuelta a la figuración, pero sus formas no volverían a ser iguales. En primer lugar parece desterrar a los humanos de su universo plástico y da paso a un nuevo encanto por la naturaleza y la muerte, convirtiéndose  ésto en una fijación.

Su producción pictórica de los últimos veinticinco años es de aparente sencillez y complejidad al mismo tiempo.  Soriano pinta paisajes vistos a través de una ventana, visión que trataría hasta la saciedad. En estos paisajes solitarios y nostálgicos, el pintor capta un ambiente, una atmósfera de lo lejano donde coexisten también árboles, plantas, nubes. (Ventana, 1971, Paisaje de Oberstdorft, 1975). Resalta la austeridad de su paleta -ahora verde, azul, blanca, gris- y el manejo de la perspectiva. La luz, que antes era brillante -esperanza, creación-,  ahora es nebulosa, fría e inocua.

Las preocupaciones plásticas de Soriano se reducen a escudriñar los secretos de la naturaleza. En varios óleos alude a la tierra, al mar, al aire,  admira sobremanera  su  magnitud  pero  también percibe los pequeños detalles: hojas de árboles, piedras, riachuelos: componentes de otra totalidad. Los animales son objetos clave en este período de la obra de nuestro pintor: perros, gatos, cocodrilos, caballos, aves, murciélagos son ante los ojos del artista símbolos sobrenaturales e instintivos. El cuadro Domadora de serpientes (1978) -he aquí una resonancia simbolista, la mujer como artífice de lo irracional-, anuncia la temática de la muerte como una serena aceptación antes de convertirse en un sentimiento fatalista y/o trágico.

La muerte -personificada en esqueletos altivos- aparece en actitud de súbita huida en distintas ventanas, puertas y aún así permanece encerrada en sí misma. Para él, la muerte -vulnerable e inmune- puede ser principio y fin de las cosas, dos muestras son Esqueleto en la ventana (1978) y La visita azul (1978).

En los vaivenes de su pintura, Soriano se constriñe a los géneros más tradicionales y los lleva a sus últimas consecuencias. Tal es el caso de las naturalezas muertas donde se aboca al estudio plástico de aves y flores en toda su diversidad y vuelve a trabajar con superficies que cobran tanta importancia como la figura. La apariencia ilusoria de estos fondos encierran y completan el tema principal; en materia de color el pintor combina blancos muy tenues con tonalidades más obscuras, como podemos observar en cuadros como El pájaro (1981).

En otras ocasiones Soriano vuelve a unir paisajes desolados con figuras humanas que parecen perderse en el infinito, tal vez invocando de manera pasiva la eterna lucha y reencuentro del hombre con la naturaleza, como en Cuadro de Bruna, (1991). En estas vistas, el pintor experimenta, mezcla y dispone del color. Manifiesta su reiteración de que el tema es una opción a las problemas de la pintura que él resuelve a través de las formas, la técnica, la composición, la luz, los espacios.

A lo largo de su trayectoria, Soriano ha incursionado en otras modalidades plásticas: escultura, grabado, escenografía, etcétera.  La inquietud por la escultura empezó tardíamente. Durante sus viajes a Europa queda gratamente impresionado con la escultura antigua y trata de emularla con obras de cerámica y terracota en pequeño formato, lo que coincide con su época abstracta.

Al igual que su pintura, trabaja con suma libertad los materiales. Así como representa fuerzas de la naturaleza también da lugar a animales grandes y pequeños. Un bello ejemplo es El toro echado  (1991), obra que se caracteriza por una enorme calidad técnica y el apogeo de la masa. Soriano se revela como estudioso de la antigüedad, puesto que este toro nos evoca a los toros esculpidos por las culturas egipcia y siria.

En los últimos diez años su técnica ha cambiado, prefiere trabajar con bronces y se ha hecho adepto a la escultura monumental. Una escultura de Soriano es una intensa variedad de formas palpables que gozan de gran armonía. De esta manera, el artista parece trasladar una imagen pictórica a un modelado sugerente.

Es justo hacer mención a los dibujos de Soriano. En ellos se advierte su gran virtuosismo y el análisis de las posibilidades de la línea.  El  pintor da rienda suelta a su imaginación y no se apega a copias convencionales. En sus tintas, buriles y sus dibujos a lápiz prevalece una línea muy fina y un particular sombreado para los volúmenes, los cuales funcionan más como ensayos sobre la forma. La temática abunda sobre la  mitología y las tragedias griegas: Diana, Leda, Ifigenia, Edipo son personajes principales en su obra dibujística.  De hecho, algunos de sus bosquejos están inspirados en la decoración y relieves de las ánforas griegas.

Exodos, retornos, oscilaciones, reencuentros. Pareciera que Soriano sigue al teórico alemán Wilhelm Worringer cuando expresa que el arte obedece a un sentimiento vital interno: “el goce estético es goce objetivado de sí mismo”.  El arte como necesidad psíquica ha determinado al pintor desde sus años mozos en Guadalajara a la actualidad. Un gran investigador plástico -incansable- como lo es Soriano nunca se conforma dada su autonomía. Su espíritu -prototipo delenfant terrible-, es una vía de la autenticidad que lo ha caracterizado siempre.

Soriano no es pintor de influencias. Si bien examina, parafrasea, glosa  a varios de sus contemporáneos, a sus mentores -como Chucho Reyes, por ejemplo- y el arte del pasado europeo, su actitud nunca ha sido pasiva. Ha formado su propia expresión y lenguaje a base de un estudio agudo y  observación profunda del entorno así como de sus inquietudes más profundas.

Nuestro pintor siempre ha tenido la firme creencia  de que el arte es más claro que la vida. Entronizado en su papel de artista devela los secretos de la pintura, concilia opuestos, descifra signos, interpreta significados, descubre su mundo. Con su capacidad de inventiva, enriqueció códigos formales del pasado pero renovados, como Pablo Picasso o Jean Cocteau. La plástica tenía  que remontarse a su etapa primigenia donde era orden, no caos. Particularmente la pintura se presentaba ante él fragmentada, desnuda y su genio de artista se encargaría de (re)crearla, indagarla y unirla con nuevas formas.

En opinión de su amiga la filósofa María Zambrano, su pintura se resume de la siguiente manera: “Y lo que cuenta y se figura la pintura de Juan Soriano es, a mi sentir, el tránsito de la vida desde su primera forma oscura a la vida luminosa y triunfante.” 2

Síntesis, sugerencia, resolución, sentencia, veneración, así es la pintura de Juan Soriano.

México, D. F. 14 de mayo de 1999


1Carlos Monsiváis, “ Mínima crónica. Juan Soriano en sus 70 años”, citado en Sergio Pitol, Juan Soriano, el perpetuo rebelde,  México, Era-CNCA, 1993, p. 164.

2 María Zambrano, “La aurora en la pintura de Juan Soriano”, en Juan Soriano, retrospectiva 1937-1997, Catálogo de la exposición, Madrid, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 1997, p. 40.