El pensamiento de Othmar Spann 
*Giovanni Monastra
Traducción  José Antonio Hernández
En la nueva colección de la editorial Séptimo Sello (Settimo Sigillo) —colección que tiene el significativo título de Contra— que el editor Carlo Gambescia ha dedicado a la difusión del pensamiento antieconomicista y antiutilitarista, se editó hace poco el volumen Smith (Roma, Settimo Sigillo, 2000, 64 pp.), cuyo autor, Othmar Spann, notable exponente de la llamada revolución conservadora, analiza la teoría del inglés Adam Smith (1723-1790), fundador de la escuela clásica liberal. El texto —acompañado de una puntual introducción de Giuliano Borghi— está tomado de una edición italiana anterior más voluminosa del pensador austriaco, publicada por la editorial Sansoni en 1936, y titulada Breve historia de la teoría económica, que merecería publicarse en su totalidad. 

En los años treinta Othmar Spann (1878-1950) fue conocido en Italia gracias a Julius Evola, quien lo invitó a escribir en su Diorama filosófico —la página cultural que aparecía en el diario que dirigía Farinacci, Régimen Fascista— y en la revista Lo Stato, dirigida por el jurista Carlo Costamagna. Aunque fueron numerosos y poco difundidos sus ensayos traducidos al italiano, ningún otro libro, aparte del anteriormente citado, apareció en Italia en ese periodo. Sólo hasta los años ochenta, y gracias a las ediciones Di Ar, se publicó por primera vez uno de los textos fundamentales de Spann, El verdadero Estado, mientras que la editorial Séptimo Sello ha recogido en un solo libro las contribuciones de su discípulo Walter Hein-rich (1902-1983) en la revista Lo Stato. También debemos recordar el volumen Diorama filosófico (Ediciones Europa, 1974), antología de ensayos aparecidos en el suplemento homónimo del diario de Farinacci, que contiene algunos escritos de Spann y de Heinrich.

Antes de señalar el mérito específico en este libro, es oportuno hacer una breve semblanza de la figura de Spann, poniéndola en el contexto de su época. Hijo de un pequeño empresario, estudió economía y sociología en Viena, Zurich y Tubinga, donde se graduó en 1903 en ciencias del Estado. De 1909 a 1918 enseñó en la Universidad de Brünn, que tuvo que dejar después de la derrota del Imperio Austro-Húngaro. En 1919 fue llamado a la cátedra de economía política y ciencias sociales en la Facultad de Leyes de la Universidad de Viena. 

En los años veinte su fama se acrecienta notablemente, y con rapidez se convierte en el principal teórico de las posiciones nacional-conservadoras católicas en el mundo de lengua alemana. Eric Vœgelin, en su memorial autobiográ-fico, al recordar sus años de estudiante en la Universidad de Viena entre 1919 y 1922, observaba que, aparte de Hans Kelsen, los jóvenes se sentían atraídos por la figura del economista y sociólogo Othmar Spann, debido a lo fascinante de su pensamiento que trascendió los límites y la aridez de las concepciones utilitaristas, muy en boga entonces.

Es significativo recordar que Friederich A. Hayek —quien siguió las lecciones de Spann— fue expulsado de su seminario. Igualmente es muy conocida la violenta oposición de Von Mises y de Rœpke a las ideas de Spann (y también de Sombart), a quien acusaban de "irra-cionalista" y de ser enemigo de la cultura y la civilización occidental. 

Opuesto a la ideología marxista y demo-liberal, el teórico conservador austriaco sostuvo, en todos sus libros, la concepción que él llamaba "universalista", que se puede definir en términos más actuales como holista y organicista, y que se traduce —en el ámbito político-social— en el concepto de Standestaat. Se trata de una versión particular del Estado corporativo, sumamente adversa a cualquier centralismo devorador, caracterizada por la importancia fundamental que desempeña la totalidad social (¡no el Estado burocrático!) respecto de las partes —y de los individuos también— y por el concepto de la naturaleza radicalmente comunitaria del ser humano entendida en un sentido integral. En la visión de Spann, esto último realiza su máximo valor intrínseco cuando se inserta armónicamente en la macrocomunidad nacional, que comprende e incluye todos los aspectos de la vida humana, sin que por ello se transforme en una estructura totalitaria.

El Estado tiene su origen y justificación histórica propia en la relación concreta de este aspecto específicamente típico del hombre; un Estado que es fruto de la necesidad humana de vivir comuni-tariamente, y no del temor hobbesiano del homo homini lupus o de la conveniencia de tipo contractual. En el vértice de tal ordenamiento comunitario nuestro autor sitúa, entonces, la estructura estatal que resulta asimilable a una corporación sui generis, jerárquicamente subordinada a otras, y dentro del cual reside una figura espiritualmente superior, la de los "sabios" liberados interiormente de los condicionamientos materiales. Su ideal, pues, era netamente antiindividualista y estaba permeado por una fuerte tensión espiritual, también antiutilitaria, lo que para un estudioso de la economía era entonces una anomalía respecto del pensamiento corriente.

Lo que Spann proponía —acompañado de un riguroso replanteamiento que no era ajeno la crisis de la posguerra, pero en términos filosóficamente nuevos— era la idea tradicional y un poco idealizada del Imperium. Las referencias principales de su pensamiento eran la doctrina de Platón y Aristóteles, la espe-culación escolástica medieval y —para citar un nombre más cercano a nuestros días— la teoría del filósofo romántico Adam Müller, amigo y colaborador del príncipe Clement von Metternich.

Con estas premisas, era natural que Spann desempeñara también un rol "político" en su país, que iba de la nostalgia habsburguesa a las aspiraciones pangermanistas y los fermentos socia-lizantes. De hecho, durante cierto tiempo asume el papel de doctrinario del movimiento político de la derecha conservadora austriaca, la Heimwehr. En la Universidad de Viena, desde los años treinta existían sectores de resistencia liberal-individualistas contra cualquier forma de pensamiento de tipo "comunitario", como el que representaban Spann y sus discípulos, e incluso el representado por un teórico pangermanista como el jurista 

Alfred Verdross, quienes eran vistos como los verdaderos enemigos infiltrados en la ciudadela de la ciencia humana de matriz iluminista.

Tampoco las relaciones entre Spann y los nacionalsocialistas fueron idílicas. De hecho, solo al principio fue tolerado y apenas soportado por los secuaces de Adolf Hitler. Posteriormente, más o menos después de 1935, sus ideas fueron constantemente atacadas en tanto se les consideraba expresión de un pensamiento clerical, reaccionario y nostál-gico, perdido en la densa neblina del sueño de un imperio medieval y que estaba tutelado por la diferencia y la especificidad, promovida a veces ante litteram como "lo pequeño es bello", auténtica blasfemia para la megaloma-nía elefantiásica del Reich milenario. Además, los nacionalsocialistas no le perdonaban su edulcorada indulgencia hacia el racismo antihebraico, de sello católico tradicional, muy lejano a la virulencia antisemita del movimiento hitleriano. Así, después de la anexión de Austria a Alemania, en marzo de 1938, Spann, su hijo Rafael y también Walter Heinrich fueron arrestados y hechos prisioneros en el campo de concentración de Dachau, donde permanecieron varios meses sometidos a los duros interrogatorios de la Gestapo. Después de ser liberado junto con su hijo, Spann regresó a Viena, pero los maltratos sufridos en la prisión le inflin-gieron graves daños a su salud. Murió el 8 de julio de 1950, sin haber sido reintegrado a su puesto de docente universitario, a diferencia de Heinrich, quien después de la guerra pudo regresar a la enseñanza. 

En este punto se pueden hacer algunas puntualizaciones a la introducción de Giulia-no Borghi al libro Smith de Spann, donde el estudioso italiano critica cáusticamente la sociedad monocéfala, típica de nuestro tiempo, animada por "una conciencia práctica, que es producida en virtud de la interiorización de una lógica de los comportamientos individuales y sociales de carácter tecno-económico". Estamos ante la presencia de una caja negra carente de propósito y significado, aprisionada entre las redes del utilitarismo, según la cual todo aquello que no pueda ser traducido en términos de "eficacia instrumental y de utilidad" resulta "incomprensible e inaceptable". Por nuestra parte, queremos enfatizar en particular la imposibilidad de comprender —esgrimida por los promotores de la perfecta buena fe de la ideología moderna— que también puedan existir opciones de vida reales y concretas radicalmente diversas a las que se conciben dentro de los horizontes del utilitarismo (y que, en una perspectiva de cambio epocal, radical, nos hacen pensar...).

Justamente, Borghi observa que la "actividad económica... se caracteriza por deshacer continuamente la igualdad sobre la que se funda la idea pura" y que, debido a esto, una sociedad basada en la racionalidad calculadora y en el interés individual desenfrenado abre fatalmente la puerta al totalitarismo, entendido éste como el único remedio, en su propio plano, al deterioro social provocado por haber renegado de la calidad en nombre de la cantidad. Podríamos concluir que para ser coherentemente antitotalitarios es necesario combatir, en primer lugar, la concepción economicista de la vida, que tiene en Adam Smith a uno de sus más coherentes animadores.

Spann sitúa adecuadamente al teórico inglés dentro de su época y de su país, donde se origina "ese género de vida más activa, más complicada y más opaca que es la vida de la libre economía de mercado". Smith —anota también Spann— se formó en un ambiente cultural permeado por el iluminismo, el derecho natural, el racionalismo y el individualismo. Afirmó "lo que su tiempo quería sentir", y dio una formulación racional a una serie de impulsos difusos en la sociedad británica del siglo XVIII. Encontramos en el pensamiento del estudioso inglés la afirmación de que lo útil constituye la causa primera de todos los fenómenos de la vida económica, y que la vida económica se realiza en la forma más perfecta cuando los individuos pueden perseguir sus intereses sin ningún obstáculo, mientras que el Estado debe limitarse a mantener el orden jurídico. La concurrencia de todos contra todos es vista como la base y como el nutrimento de la armonía social. 

Spann, después de haber expuesto sintéticamente la teoría de Smith, le hace una crítica radical, en la que evidencia lo erróneo que es colocar al mercado como el lugar central del fenómeno económico correctamente entendido. De hecho, en este ámbito, el estudioso austriaco se basa en una concepción holista que "presupone siempre una totalidad preexistente". Así es como define la economía orgánica o universalista, como "un sistema de prestaciones de medios para determinados propósitos": emerge, también en este campo, la preeminencia de la acción común, más que comunitaria, vuelta hacia una finalidad no-individualista. 

Spann también denuncia la llamada "concepción abstracta de la economía... concebida como algo rigurosamente aislado, contrapuesto a todos los demás elementos de la sociedad y de la vida humana: Estado, política, moral, religión, etcétera... mientras en la realidad los fenómenos económicos están indi-solublemente ligados a los fenómenos morales, religiosos, éticos, políticos", por lo que es imposible considerar abs-tractamente la economía. A esta parte, dedicada a la teoría de Smith, sigue un breve capítulo sobre el tema individualismo-universalismo, donde Spann sintetiza muy bien los puntos fundamentales de su pensamiento, sobre los que ya nos detuvimos anteriormente.

 
 
 
 
 
 
 
 
   
En definitiva, se puede decir que el pensamiento del estudioso conservador austriaco se caracteriza por una muy buena capacidad analítica y crítica respecto de las concepciones "modernas" de la sociedad. Pero junto a estos recursos, lo que eso demuestra —a nuestro parecer— es algo irremediablemente cercano a una debilidad propositiva que nos desarma, viciada sobre todo por una ingenua idealización de las estructuras y los organismos "tradicionales", incapaces de reducir sic et sempliciter la densa complejidad mecánica del mundo contemporáneo, que inevitablemente lo distorsiona y desnaturaliza de forma radical, arraigándolo a intereses poderosos y bien localizados. A este propósito no resulta extraño que, durante cierto tiempo, un magnate de la industria alemana, como Fritz Thyssen, haya sido uno de los más convencidos defensores de la teoría de Spann.•