Elena Garro, a tres años de su muerte

* Álvaro Ruiz Abreu
Testigo de su tiempo

El 22 de agosto de 1998 murió en Cuernavaca Elena Garro, a los 77 años. Escritora polémica exiliada en Francia, primera esposa de Octavio Paz, rebelde hasta el final, dejó huella profunda en la literatura mexicana. "Quiero morir durmiendo", "quiero ser un ángel, aunque creo que fui un demonio". El dramaturgo Luis de Tavira dijo de Garro: "No muere del todo quien es capaz de crear una obra como Felipe Ángeles (1979), una pieza de teatro tan perfecta, que oscila entre lo mágico y lo poético".1

Elena Garro fue testigo de la disputa de los caudillos revolucionarios, estuvo en la Guerra Civil española y presenció la llegada del fascismo a Europa. De esta escritora se ha dicho que nació en la "década luminosa".2Carlos Monsiváis vio en Los recuerdos del porvenir el triunfo de la inteligencia y del "instinto poético", la capacidad de "crear personajes que en alguna medida son al mismo tiempo metáforas de un paisaje onírico".3 Esta novela exigía de entrada a un lector flexible para los temas feministas, un lector capaz de entender la desacralización de la violencia revolucionaria. En 1963 no había duda que el país vivía el "milagro mexicano", con entusiasmo, bajo la figura del presidente Adolfo López Mateos, ex vasconcelista que participó en la campaña de 1929 junto a Alejandro Gómez Arias, Manuel Moreno Sánchez y muchos más. La rigidez del sistema sólo podía tocarse con una escritura capaz de desnudar la vida social y política de México. Fue el tiempo en que las instituciones, ha señalado Carlos Fuentes, parecían sólidas a fuerza de una representación sexenal más parecida a una comedia que a una democracia, y en que la prensa era la comparsa fría y déspota del Presidente de la República. Los escritores alzaron de alguna manera la pluma para impugnar esa "comedia", esa "farsa", y uno de ellos fue sin duda Elena Garro.

El antecedente inmediato de la escritura de esta autora es La muerte de Artemio Cruz (1962), de Carlos Fuentes, un viaje a las contradicciones de la sociedad mexicana parida por la Revolución, reinventando sus símbolos ideológicos, políticos y culturales. El texto de Fuentes era una radiografía de un alma encadenada a la historia y a la historia personal; el pasado de México y la intimidad de un caudillo (Artemio Cruz) fungían como depositarios absolutos de una escritura liberadora. Elena Garro seguía de alguna manera esa actitud de legitimar una literatura nueva que trazaba una línea hacia el futuro. Las influencias no eran sólo locales, sino que le llegaron principalmente del exterior: la novela norteamericana de entreguerras —Faulkner, John Dos Pasos, Scott Fitzgerald— y la novela europea de Kafka, Proust y Joyce.

En 1963, Juan José Arreola publicó La feria, una novela breve que describía de manera fragmentada la vida de una comunidad de México, viendo sus usos y costumbres, deteniéndose en las manifestaciones verbales y religiosas de una sociedad dormida. Garro comparte con Arreola muchas ambiciones literarias, y ambos inciden en la estación que los induce a cambiar el ritmo y el tono de la narrativa mexicana de los años sesenta. Arreola incorpora a la novela nacional algunas técnicas narrativas de la novela europea. La Garro, como él, se interesa en apartarse del relato descriptivo que se consuela con pintar cuadros en que reina la injusticia, la violencia, sin atender el sentido estético del relato. Fueron también los años de Oficio de tinieblas (1962), de Rosario Castellanos, Las tierras flacas, de Agustín Yáñez, y de Los palacios desiertos (1963), de Luisa Josefina Hernández.

Ansiando hallar un lenguaje que partiera de lo local y se hiciera universal, los escritores emprendieron una intensa búsqueda por encontrar una forma que asumiera el compromiso. Hubo, por tanto, un intento por afianzarse a la tradición, pero con la evidente finalidad de abolirla. Sólo entonces nacería una novela lejos del criollismo y del costumbrismo, apartada de la prosa social y política, muchas veces mecánica, que proliferó en los años treinta y cuarenta.

 
 

Los latidos patológicos de la Revolución

Elena Garro pertenece por cuestiones de época a la misma estirpe de Rulfo, Yáñez y Revueltas, y por estilo y vocación a la familia en la que se juntan los nombres de Ibargüengoitia, Fuentes, Sergio Galindo y Josefina Vicens. Igual que Ibargüengoitia en Los relámpagos de agosto (Premio Casa de las Américas, 1964) y que Fuentes en La muerte de Artemio Cruz, fue al pasado inmediato para explorar los motivos que le ofrecía la historia y encontró el de la Revolución mexicana. Escarbando en su memoria, tropezó con los años de su infancia, en que la niña vio y escuchó tiros, atropellos y gritos, de una guerra llamada cristera. En los años veinte se detuvo su "huida" hacia atrás, en las figuras preeminentes de la política, Obregón y Calles, y en la persecución religiosa.

Su novela Los recuerdos del porvenir (1963) fue recibida con beneplácito literario; la crítica la ha convertido en un texto canónico de los años sesenta y de la narrativa mexicana del siglo xx. Pero Elena Garro no pretendía retomar el motivo de la Revolución mexicana y volver al mismo sitio de los escritores del género, sino hallarle su lado oscuro e indescifrable, su expresión poética y sus latidos patológicos. Mediante una prosa lírica, el libro hacía un regreso al pasado desde un presente que era también el porvenir. Garro acudió a su infancia de Iguala, Guerrero, en la que había emprendido su iniciación en la lectura: La Ilíada y El Quijote, mientras escuchaba el trajín de la Revolución. Su padre fue maderista, y solía recordarlo:

Cuando asesinaron a Francisco I. Madero nadie se atrevía a ir a reclamar su cadáver ni el de Pino Suárez; mi papá fue a reclamarlos y fue al entierro; sólo fueron cuatro gatos, el poeta nicaragüense Solón Argüello —al que asesinaron al llegar a su casa— y mi papá, que se salvó porque a medio camino una amiga le advirtió que no llegara a su casa porque ahí lo estaban esperando para matarlo.4

Novela histórica, la de Elena Garro juega con la historia y la transforma en parte de una pesadilla. Alude a los años de las asonadas, los pronunciamientos militares, al periodo del "terror" de la Revolución, y ofrece una mirada sobre el poder desquiciante. Es el tiempo de la guerra cristera, que forma parte de una estructura de poder absolutamente podrida, cuya lógica es el dogmatismo. Quizá por eso se le describe como un eco de la memoria, un reflejo no condicionado de la miopía de los militares. Resultado de la lucha sangrienta que azotó a otras regiones de México, la persecución religiosa fue una afrenta. Llegó al sur como reflujo —en esa zona fue sólo una asonada— de los estados del centro, en los que la Cristiada era combativa y organizaba un ejército para defender a Cristo y a la Iglesia católica. Novela autobiográfica, Los recuerdos del porvenir reproduce también una imagen de la ciudad —Iguala, Guerrero— que la autora quería descifrar en su interior. Hizo entonces, con enorme maestría, una mezcla de tiempos con dos espacios diferentes. Las acciones que narra "se concentran en dos años de la vida de Ixtepec, de 1917 a 1919, los dos últimos años de la Cristiada, aunque alude a épocas anteriores y posteriores a ésta".5

El libro sirve como memoria de la historia, rescate de una realidad olvidada. Este olvido da la sensación de asirse al cuerpo, es decir, provoca un juego en el que la realidad es pura referencia a Eros y Tanatos. La Revolución no es más que una herramienta de las fuerzas en pugna que definen el mundo onírico de los personajes. ¿Todo es un largo sueño de prepotencia masculina, en la que el general Rosas implanta sobre una sociedad su sexo y su pistola? El pueblo parece definido por su tendencia hacia lo femenino, mientras que la memoria revela impotencia militar y sexual. La religión lo envilece nada más y las prohibiciones de ejercer con libertad el culto parecen signos de una castración colectiva.

En Los recuerdos del porvenir aparece, como en varias obras que aluden a los cristeros, la figura de un cura. A menudo suele ser un símbolo del cristianismo degradado que desvía sus metas y sus objetivos, pero en esta obra sólo se trata de un hombre honrado, un religioso ingenuo que no promueve la guerra. Es fusilado de una manera cobarde, injusta, cuando intenta escapar de su verdugo. No representa la parte corrompida del cristianismo, como el padre José de El poder y la gloria o el cura "anónimo" de El luto humano, sino una figura llana cuya pureza e integridad parece incuestionable. En vez de ser la mala conciencia del país, el cura de Los recuerdos del porvenir es una voz que se pierde en los días y en la memoria de Ixtepec. El tiempo va y viene, jamás permanece. Las fechas tienen un origen remoto, misterioso. En ellas se esconden los deseos insatisfechos y las pasiones de los personajes que van girando alrededor de los días y los meses. Hecho de poesía, el tiempo que atrapa la memoria de la ciudad revela un mundo onírico. Sueños que llegan tarde, como el tren de la historia que llegó retrasado a Ixtepec, y que se reflejan en el ritmo del relato, en su itinerario amoroso, sexual, cuya última estación es la muerte. ¿No fue el tiempo que convirtió en piedra a Isabel Moncada?

El tiempo estancado paraliza la acción del relato, la vida de los personajes, sus sueños y su memoria. Produce seres que son un eco de ellos mismos. En tanto, el tiempo en movimiento reinventa a esos seres y la vida misma de Ixtepec. Elena Garro introduce a ratos diálogos como de teatro del absurdo, inconclusos, cuyo sentido es una antilógica. Lo que es ya no es, de un hombre sólo queda su sombra. El universo literario es un flujo y reflujo del tiempo que lo aprisiona en los espejos. Espejos, sombras, relojes, fantasmas. Uno piensa en los cuadros de Remedios Varo, siempre tan próximos al espíritu de los surrealistas. A su lógica rebelde. Garro escribió una novela marcada por este movimiento de los años veinte que tanto apreciaba; la intención era quitarle al arte peso, "realidad", para hacerlo más arte;6 es más, su idea de la novela como impresiones caprichosas de los sentidos, está íntimamente ligada a la que propuso André Breton. Su prosa y su teatro han sido comparados con el de Ionesco, Camus, Brecht.7 Existencialismo y teatro del absurdo, expresionismo y surrealismo, están presentes en su obra, que parte de la premisa de que el arte debe dejarse llevar por el flujo de los sentidos y no atarse a la realidad. El artista ha de obedecer solamente el llamado de la circulación sanguínea, en vez del peso de las consignas y de las ideologías. 

 
 

A pesar de haber tomado un escenario provinciano, limitado al rumor, al chisme sistemático, Elena Garro escribió una novela en que se combina el subjetivismo y la ambigüedad del mundo moderno. Así, problematiza la vida de un pueblo mediante acciones maravillosas, por ejemplo cuando una mujer se convierte en piedra. Un día de 1926 la monotonía lugareña sufre una ruptura, el tiempo se desgaja de pronto, mediante las noticias que han llegado en el tren de México y que traen impresas los periódicos: "En aquellos días empezaba una calamidad política; las relaciones entre el Gobierno y la Iglesia se habían vuelto tirantes. Había intereses encontrados y las dos facciones en el poder se disponían a lanzarse en una lucha que ofrecía la ventaja de distraer al pueblo del único punto que había que oscurecer: la repartición de la tierra".8

A partir de ese momento esa "calamidad" inunda la conciencia ciudadana: el pueblo se repliega en sus temores, en su repudio expreso al gobierno, porque siente pisoteados sus derechos, su libertad; cree que los valores, la moral, el eje sobre el que ha sustentado su historia, están siendo vulnerados. Una sombra más siniestra que la de antes se dibuja en el horizonte de Ixtepec desde que se anuncia la suspensión de los cultos religiosos, noticia que "atravesó mis calles, se introdujo en los comercios, penetró en las casas y puso en movimiento al pueblo".

El tiempo de esta novela es una categoría de la vida moderna. Flujo de la conciencia escindida, el tiempo pone de cabeza el espacio: hacia atrás no hay nada, en el presente reina la confusión y el futuro es una esperanza vaga; el tiempo actual choca con el del pasado y conduce a una lucha sin cuartel a sus dos protagonistas: la Iglesia y el Estado. Bajo ese manto siniestro Elena Garro crea un ambiente casi demencial: amanecían soldados muertos, en la comandancia militar pegaban durante la noche carteles donde se leía ¡VIVA CRISTO REY!; en cada casa se decía "correrá la sangre de los mártires", algunos se preguntaban "¿qué quiere el gobierno?" y otros respondían "acabar con nosotros". Nadie entendía lo que estaba sucediendo, ni la voz narrativa de Ixtepec tiene una respuesta. El único espectro que se pasea por este pueblo es el de la incertidumbre que crea tensión, histeria. La razón parece abolida y en las calles se pasea el rostro de la locura. El desconcierto toma por asalto a cada persona; en el atrio de la iglesia se quemaron las imágenes de los santos y los clavos que sostenían esas imágenes "suspendían ahora el rostro torvo del Jefe Máximo de la Revolución, título que se había otorgado el Dictador".

La tétrica atmósfera invade los espacios físicos, el cuerpo de los hombres y las mujeres, inclusive determina la relación frustrante, patológica, que Francisco Rosas mantiene primero con Julia, y luego con Isabel Moncada. La ciudad cae de pronto en brazos de la irracionalidad, se vuelve confidente, receptora del miedo y el temor, conciencia que revela una historia; es la memoria que rescata su vida, su caída.

Los espejos deformantes de la historia

Hemos dicho que Elena Garro tomó el motivo de la Revolución, pero más que acciones de lucha y de combate vemos una realidad deformada. Usa espejos en los que la historia de México se refleja como una búsqueda incesante del sentido y sólo encuentra agravios, traiciones y mentiras:9un sinsentido. ¿Cómo resarcir la herida abierta no solamente en la historia del país, sino en los mitos, sus creencias, su religión y su cultura? La respuesta de la escritora es indirecta, pues la ofrece en el discurso de la misma obra, es decir, en sus profecías, en la imaginación poética que recorre sus calles precisamente, cuando se llenaron de carreras y quejidos, de amores apresurados y mujeres violadas. La ciudad al fin fue tomada por el silencio que se inicia con la ley marcial, y desde el silencio sólo es posible escuchar la voz de los muertos. Isabel Moncada se convirtió en piedra y habla desde su tumba; es su voz la que nos transmite la historia que leemos.

Al final de todas estas muertes y enfrentamientos, de estas sangrientas riñas, vino la desolación y la apatía, que los espejos grabaron. Los espejos no deformantes —otro elemento muy trabajado por los surrealistas— sino evocadores de un pasado ya disuelto, son recurrentes en Los recuerdos del porvenir. Son parte de la memoria, un pozo donde los hombres se hunden; se miran y en vez de reconocerse, se desconocen.

No le interesa a Elena Garro moralizar ni sentar un precedente de la atrocidad que fue la persecución religiosa, incluso en el sur. Su tono se encuentra más cerca de la novela norteamericana de posguerra, debido a la fragmentación de tiempo y del espacio, a los puntos de vista que intervienen en la narración. La guerra cristera aquí es, por tanto, un pretexto mediante el cual se analiza la ruptura de la intimidad de la sociedad de Ixtepec. A partir de que la iglesia es cerrada, el cura perseguido y el sacristán golpeado hasta dejarlo medio muerto, el pueblo queda desgarrado y él mismo, narrador ocular y omnisciente del relato, dice:

Siguieron unos días callados y luego volvieron los motines inútiles y sangrientos. Me invadió un rumor colérico. Yo ya no era el mismo con la iglesia cerrada y sus rejas vigiladas por soldados que jugaban en cuclillas a la baraja. Me preguntaba de dónde vendrían aquellas gentes capaces de actos semejantes. En mi larga vida nunca me había visto privado de bautizos, de bodas, de responsos, de rosarios. Mis esquinas y mis cielos quedaron sin campanas, se abolieron las fiestas y las horas y retrocedí a un tiempo desconocido.10

 
 

Este "tiempo desconocido" define el sentido de la guerra cristera en Los recuerdos del porvenir como una privación no tanto de la libertad religiosa sino del tiempo dedicado a un rito, el tiempo que ha instituido hábitos y costumbres cotidianas en la población. Por eso dice el narrador de la novela: "retrocedí a un tiempo desconocido", que no es sino el de la imposición que paraliza la vida social, crea un ambiente estático en una geografía estéril. Paralizó todo: la producción, la siembra, el arado de los campos, la cara de los campesinos, el río de chismes y verbenas de Ixtepec, el ansia y las esperanzas sociales, la inquietud de los jóvenes. El mito se paraliza.

Ese tiempo se hizo largo como un camino sin final y dejó en el recuerdo una imagen de arbitrariedades, linchamientos, asesinatos y venganzas sin precedente. Implantó en la oscuridad el grito de ¡Viva Cristo Rey!, que se escuchaba de noche, al amparo de la oscuridad; el trabajo clandestino emergía de las sombras para sembrar pánico en las conciencias de los hombres. En esta novela no hay dos bandos —aunque en el nivel formal de la historia existen los militares enviados por el gobierno, y el pueblo laborioso que habita su propia tierra— sino una sola agonía de la sexualidad, el poder, el tiempo y la implantación del desasosiego. Es la lucha nacida de su memoria y su lengua.

La persecución religiosa es un pretexto, pero central, que le permite a Elena Garro subrayar la manera como la sociedad aniquila sus propios sentimientos, su historia, incluso. En su propio seno los individuos se destruyen y no dejan vivos ni siquiera sus recuerdos. Ixtepec se queda en el vacío, pues la vida se la lleva el tiempo de la Cristiada; permanece solamente la pequeña ciudad como testigo para contarle a las generaciones venideras que allí hubo un tiempo activo que paralizó el tiempo de la muerte. Es la ciudad maldita sin posibilidad de redención. Por eso casi todas las relaciones humanas se encuentran bajo el signo de la descomposición, sujetas al capricho y la voluntad del general Rosas, en el que deposita el narrador un rosario de vicios. Ser depravado siempre al borde del abismo, animal del coito refugiado en la bebida, es un hombre hecho para matar.

Pocas novelas habían construido a un personaje, general revolucionario y macho, de las proporciones de Rosas. Su conflicto no es moral sino íntimo, rociado de impotencia. Él mismo piensa: "¿Por qué había de matar siempre a lo que amaba? Su vida era un engaño permanente; estaba condenado a vagar solo, dejado a la suerte". ¿Qué lo condena? Varios elementos. El origen militar, autoritario con que trata a los demás; la manera como concibe a la mujer; el poder sin límites que detenta. Rosas representa el centro de la confusión que su pistola, su rango y su persona, han creado en Ixtepec.

Elena Garro crea personajes que viven como en el aire, atados a su memoria que los traiciona; sus sueños son más fuertes que sus débiles caprichos cotidianos. La vigilia es un largo sueño, y el sueño, la única realidad a la que deben sujetar sus débiles vidas. Los espejos ayudan a crear esta sensación de sueño constante en que vive Ixtepec, y son al mismo tiempo la memoria de la ciudad, el tiempo que la recobra.11 Cuando Rosas parte en dos la imagen de su propia cara en el espejo, es evidente la división interior que padece. No recuerda nada de su vida, ningún pasaje grato o ingrato, feliz o desgraciado. Es como si el pasado se hubiera borrado: "En su cuarto Francisco Rosas, con el torso desnudo, se reconocía frente al espejo. Una cara extraña lo miraba desde el fondo del azogue". El espejo no lo remite a su rostro deformado, sino a imágenes idénticas. Rosas es idéntico a sí mismo, es decir, igual a su ego. "El espejo le devolvía una imagen desconocida de sí mismo: sus ojos amarillos eran manchas de aceite que lo miraban desde un mundo vegetal…" De inmediato quiere disfrazar su propia cara. Debe engañarse. Dejar de ser fantasma y títere del destino (la Revolución, los militares, la guerra) para ser Francisco Rosas. En su intento fracasa y entonces llega a la conclusión que no busca nada en todo ese lío. Ni siquiera encuentra alivio en el cuerpo joven y hermoso de Isabel Moncada, en las noches en que se mete a la cama donde ella lo espera temblando de pasión y de miedo. Garro lo concibió a partir de la realidad. Dijo que "en realidad fue alguien que existió deveras; era guapísimo, destilaba soledad",12era muy capaz, pero "perdió su destino".

Cuando Elena Garro se puso a reconstruir los escenarios que había en Iguala, incluyó de manera expresa el momento de la visita del general Joaquín Amaro a esa ciudad. Es la misma que aparece en Los recuerdos del porvenir, deformada o enriquecida por la ficción. "Cuando el general Amaro llegó a perseguir a los cristeros, todo el pueblo (Iguala) se encerró. Deva y yo salimos a correr junto a su coche abierto para gritarle hasta quedarnos roncas: ¡Viva Cristo Rey!"

También en la novela aparece esa escena, pero de la visita de Amaro, la gente de Ixtepec sólo logra ver el coche, los guardias que lo protegen y la ropa elegante que viste. Con todo, la voz narrativa inventa, pero siempre en un tono de queja y lamento, de aproximación a lo desconocido. Lo mismo hizo la adolescente Elena en la ciudad de México, junto a Miss Taylor, con la que iba los domingos a la iglesia protestante. Entonces quería saber, "¿por qué permitían la iglesia protestante y cerraban las católicas?" Grabó celosamente el impacto de la persecución religiosa y años más tarde lo literatizó mediante una prosa poética que convertía la historia en un ciclo sin retorno:

 
 
   

¿De dónde llegan las fechas y a dónde van? Viajan un año entero y con la precisión de una saeta se clavan en el día señalado, nos muestran un pasado, un presente en el espacio, nos deslumbran y se apagan. Se levantan puntuales de un tiempo invisible y en un instante recuperamos el fragmento de un gesto, la torre de una ciudad olvidada, las frases de los héroes disecadas en los libros o el asombro de la mañana del bautizo cuando nos dieron nombre.

Hay en esa obra un lamento triste, melancólico por la prohibición de cultos, que no se escucha en boca de los personajes, sino a través de esa voz poética, siempre evocadora, que es la de Ixtepec. De pronto se detuvo el tiempo. Los diarios anunciaban la suspensión de cultos religiosos; ese grito "atravesó mis calles, se introdujo en los comercios, penetró en las casas y puso en movimiento al pueblo". No es un creyente el que habla, tampoco uno de los cristeros, sino la conciencia de Ixtepec. ¿Qué dice?

Que en esos años terribles, los caudillos revolucionarios se convirtieron en símbolos de un frenesí irracional, que los condujo a la locura. El poder crea orillas patológicas. Y el poder que creó la Revolución mexicana no fue la excepción. Pero la memoria no recupera, como en Del Paso, a la historia, sino el tiempo de la narración. Recupera imágenes de la luz, del porvenir, del hombre dividido entre la noche de sus impulsos y arrebatos y la vigilia que le produce vómito. En el vacío encuentra su puerto de llegada. Las imágenes se suceden en un tejido cerrado que le dan sentido al texto, como señala Barthes. Elena Garro estaba escribiendo un largo poema de la Revolución y una novela de la luz.

Apareció la raya naranja que anuncia la mañana; la luz subió por el cielo y nosotros seguíamos en el atrio; teníamos sueño y sed pero no queríamos abandonar a la iglesia en las manos de los militares. ¿Qué haríamos sin ella, sin sus fiestas, sin sus imágenes que escuchaban pacientes los lamentos? ¿A qué nos condenaban? ¿A penar entre las piedras y a trabajar la tierra seca?

La voz del narrador es la de Ixtepec, una voz hecha desde la ciudad donde nace, se desarrolla y finalmente se hace piedra. Es sólo un testigo que describe el mundo que ha presenciado, para atrás o para adelante, detenido por el tiempo, a fin de cuentas el elemento que estructura el universo de la novela. El tiempo parece detenido en el pasado pero se proyecta hacia el porvenir, en el que escribe Garro. Su autobiografía aparece desgajada en algunos fragmentos y personajes del relato. Su salida de México en 1971 y su regreso veinte años después no es un viaje simple de ida y vuelta, sino un exilio que parece haberla torturado muchos años.13 No obstante escribió, en París o en Madrid, cuentos, novelas, su autobiografía, el texto a través del cual recuperó su única patria literaria: la de la infancia.

*Álvaro Ruiz Abreu es profesor de la UAM Xochimilco; crítico, biógrafo y escritor. Autor de diversos artículos, crónicas, ensayos, biografías y novelas, entre las que destacan José Revueltas. Los muros de la utopía (1992), La ceiba enllamas. Biografía de José Carlos Becerra (1996) y Ciudad pintada en la ventana (1997). Es doctor en filología española por la Universidad Complutense de Madrid y ha sido miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, 1994-2001.
Notas

1 "Felipe Ángeles, obra `más importante' sobre la Revolución", en La Jornada, 23 de agosto, 1998, p. 22.

2 Véase Juan A. Vizzuet Olvera, Sobre Los recuerdos del porvenir de Elena Garro, México, 1998.

3 Carlos Monsiváis, "Elena Garro", en La Jornada, 23 de agosto, 1998, pp. 1 y 20.

4 Patricia Vega, "La monja enseñaba a leer, y yo veía entrar la luz por las ventanas: Garro", en La Jornada, 21 de noviembre, 1991, p. 23.

5 Margarita León, "Los recuerdos del porvenir", en El Búho, suplemento cultural de Excélsior, 18 de enero, 1998, pp. 1 y 6.

6 José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Madrid, Espasa Calpe, 1984.

7 Wilberto Cantón, "El teatro de Elena Garro: la poesía contra el absurdo", en La Cultura en México, núm. 191, 13 de octubre, 1965, p. xv. Cantón dice que Elena Garro ha tomado del existencialismo de Camus y del teatro del absurdo algunos elementos; su obra parece influida por Harold Pinter, pero a ello ha opuesto el signo de la "gracia poética; no el de la confusión, sino el de la lucidez".

8 Elena Garro, Los recuerdos del porvenir, Madrid, Siruela, 1994, p. 158. Todas las citas que hago en el trabajo pertenecen a esta edición.

9 En una entrevista —Rafael Ávalos Ficaci, "El mundo maravilloso y alucinante de Elena Garro y Marcel Camus", publicada en México en la Cultura, suplemento de Novedades, 21 de julio, 1963, p. 8 — dijo: "Los villistas eran gente extraordinaria. Yo los quiero mucho. Desde chica yo oía hablar de Felipe Ángeles, de Pancho Villa y toda su División del Norte, porque mi familia, por parte de mi mamá, fueron generales villistas".

10 Elena Garro, op. cit., p. 168.

11 En 1964 le preguntaron a Elena Garro si le gustaba Proust y contestó: "No, no me gusta. Me interesa Lady Musaraki, es una gran escritora japonesa del siglo x, ahí está el verdadero Proust", en Carlos Landeros, "Con los recuerdos de Elena Garro", El Día, 9 de abril, 1964, p. 9.

12 María Luisa Mendoza, "El porvenir de los recuerdos", en El Día, 13 de enero, 1964, p. 13. Véase Patricia Vega, "Tras 20 años de ausencia, Elena Garro volvió a pisar suelo mexicano", en La Jornada, 9 de noviembre, 1991, p. 38. También de la misma reportera, "En el catolicismo existe un margen más grande entre el bien y el mal", en La Jornada, 22 de noviembre, 1991, p. 24.•