En busca del indulto de las horas
Sonia Silvia Rosas
Basurero del alma
Jorge Cantú de la Garza
Por eso, antes de que nos alcance
la mortandad universal, aceptamos este toque
y bailemos sobre los cadáveres
de nuestros tiempos y de nuestros amigos
Jorge Cantú de la Garza
¿Qué o quién es el tiempo? ¿Representación de una misma escena actuada
infinidad de veces por los siglos de los siglos? Somos cómplices de la
historia, personajes que habitan el rostro de su espejismo; buscamos, de
cualquier manera, adelantarnos al paso del tiempo con la esperanza de frenar
la rapidez de los años, contamos los días que faltan para dar el salto hacia el
segundo milenio de esta era y esperamos que con su primer aliento llegue el
indulto de las horas... ¡Pobres ilusos! nos negamos a aceptar que es una
escena más de nuestra historia la que termina, que es el tiempo quien soberbio
goza al contemplar el perpetuo otoño de los calendarios.
Conscientes de nuestro fracaso, nos refugiamos en la globalización, en
lo rutinario de los problemas sociales y económicos generados por un sistema
neoliberal y corrupto. ¿Para qe contar los días que a este milenio le quedan de
vida? A final de cuentas, el tiempo va siempre adelantado a nuestros pasos, en
forma de círculo se presenta y de manera circular nos abandona: La vida y la
muerte, el día y la noche, las cuatro estaciones y la marcha de los relojes que
marcan las mismas horas, los mismosminutos y segundos que lentamente
agrietan el rostro de los jóvenes y hurtan la inocencia de los infantes.
En el intento por asumir nuestra realidad buscamos sanar la herida con
eos pequeños reflejos de la memoria: los recuerdos. Doble martirio.
Condenados estamos a no sólo inventar la existencia de la eternidad, sino que
la pena continúa al vernos imposibilitados a regresar no sólo mental sino
físicamente a los senderos del pasado y, por toda respuesta, sólo nos queda
resignarnos.
Transformada en verso, la melancolía por el inevitable transcurrir del
tiempo y por el efímero pappitar de los instantes habla a través de la obra de
Jorge Cantú de la Garza (Monterrey, N. L., 1937-1998). Con su palabra
invoca a los fantasmas de nuestros otros yo; su canto abre el rostro del espejo
y busca en sus ojos una respuesta al gran misterio: Tal vez ellos descifren el
secreto que el tiempo esconde en la cara redonda del reloj, y por fin, logremos
comprender la teoría del eterno retorno que Nietzsche postula.
Aliado de la filosofía y de la poesía, Jorge Cantú de la garza se
escabulle por la memoria y con su tono melancólico pero salpicado de ironía,
resignación y tristeza encara a la Ciudad; cruel madre que nos arrastra ahacia
la frialdad e indiferencia, su herencia: el miedo y el dolor, el caos y su
consigna de convertirnos en sombras:
El hombre cuyo corazón es un túnel
donde el viento a tumbos
ya anuncia la catástrofe,
se detiene al bordo del arroyo
sin atreverse a cruzar la calle,
espejo de arena que se rompe.
No sólo basta acudir a las vivencias y a la incertidumbre para caminar
por la memoria de Jorge Cantú, es necesario abrirnos al pensamiento de
Descartes y Nietzsche; a Pessoa, Cavafis, Nerval, Saint-John Perse, Keats y,
anteriormente a ellos, a Jean Paul Richte; su canto cierra nuestros párpados y
con él viajamos por Hungría, Grecia y Brasil; transformados en navegantes
portugueses conquistamos nuevos horizontes detrás de los espejos, espacio
donde mora el segundo rostro de nuestra realidad, una realidad que como él
mismo afirma, tal vez no sea esta que vivimos.
En su obra podemos encontrar la ambigüedad romántica, la ironía,
pues apoyado en ella habla de la muerte y de la rutina de los días que "revela
la dualidad de lo que parecía uno, la escisión de lo idéntico, el otro lado de la
razón: la quiebra del principio de identidad"; y la angustia que "nos muestra
que la existencia está vacía, que la vida es muerte, que el cielo no es un
desierto". El poeta se descubre en la búsqueda constante de la primera
esencia, de la identidad; y en repetidas ocasiones se pregunta quién es él,
quiénes son los hombres, qué son y hacia dónde se dirigen.
Para Cantú de la Garza, el Universo es el guardián único de la
eternidad, el hombre, dualidad que vaga en el círculo del tiempo; confirma
que espíritu y cuerpo transcurren anclados al mundo de los sueños, de los
recuerdos y de la locura, "exhibe intacto el rostro del pasado" y busca la
restauración de la memoria, se reconoce hombre entre los hombres en la
inmensidad de la naturaleza y con resignación acepta que el paso inefable del
tiempo desembocará en el fin último e irrevocable: la muerte.
Teme a la muerte y a los días vacíos, sin embargo, domina los caprichos
del cuerpo y protesta por la facilidad con la que el corazón
("Basurero del alma") se entrega al dolor y desamor, a la pérdida y a la
desilusión. La comunicación del presente con el pasado sólo existe gracias al
único medio permitido a los mortales: las fotografías, bitácora de recuerdos de
una vida irregular, pequeños intentos por explicar el incomprensible proceder
de la naturaleza:
[...] Escribo para sobrevivir aunque no quiero sobrevivir.
Hay algo demasiado terco aún en mis cimientos,
algo de saurio
que persiste como los secretos que guarda
la tierra desde hace millones de años.
La mente contra la naturaleza.
La naturaleza cumpliendo un designio
incomprensible.
Como todo, incomprensible.
¿Alguien entiende algo?
Seguiremos habitando el valle de los recuerdos sujetos a las amarras de
la memoria, obligados a aceptar al tiempo como algo inexplicable; a beber, en
pequeñas dosis, el néctar del pasado. Resignémonos mientras tanto, como
sugiere Dumas, a probar todas las noches esas pequeñas rebanadas de muerte
que nos ofrece el sueño.©
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