Lo voy a fallar.
Ése fue el pensamiento que se estacionó en la cabeza
de Carlos Nene Patiño mientras acomodaba el balón para cobrar
el penalty con el que los Avispones del Inter-Morelos ganarían el
título de la Copa Centenario de futbol.
Se agachó y giro nerviosamente la pelota sobre la arena esperando
encontrar el sitio adecuado de disparo, cuya certeza dependía más
de una corazonada que del encuentro con un lugar no tan accidentado del
terreno. Alzó la vista y se encontró de frente con el portero
contrario, un tipo de casi dos metros de estatura que se le acercó
para hundirlo aún más. "Eres un pendejo, te lo voy a parar.
Tíramelo aquí, aquí", le gritaba, señalando
el fornido abdomen. El Nene sintió que le empezaban a temblar las
piernas.
La tercera edición de la Copa Centenario había despertado
gran interés entre los jugadores llaneros de Cuernavaca. Mil quinientos
pesos y un viaje a Acapulco para cada integrante del equipo constituían
el primer y único premio. Además, la reñida competencia
atrajo --como aseguraban varios-- a buscadores de refuerzos para el Zacatepec
y el Marte, de segunda división, pero a fin de cuentas los mejores
del estado, por lo que existía la posibilidad de colocarse como
profesional.
Treinta y dos equipos se apuntaron en el llamado "mundialito morelense".
La mayoría de ellos estaba formado por aficionados domingueros que
no dejaban pasar la oportunidad de lucirse con los amigos y rozarse con
jugadores de buen nivel. Los verdaderos aspirantes al título eran
cuatro: el Plan de Ayala, el Nissan Segundo Turno, el Zapata y el Inter-Morelos,
lidereado por Carlos Patiño, ex jugador de los Panzas Verdes del
León, quien fue sacado del retiro para la ocasión.
La participación del Nene en el futbol profesional se limitó
a media docena de encuentros; sin embargo, su velocidad y su potente tiro
de larga distancia aún se comentaban en las ligas municipales del
estado. Tras muchos ruegos aceptó jugar con los Avispones. --Cuarenta
y cuatro años de edad y tres sin entrenar es mucho tiempo, chavos,
no voy a dar el ancho--, les decía mientras mostraba una incipiente
barriga, pero sus compañeros todavía le tenían fe.
Con la seguridad de que el Nene participaría se cooperaron para
reunir la inscripción y gestionaron los uniformes correspondientes
con la Cervecería Corona, patrocinadora oficial del acontecimiento:
casaca azul y pantaloncillo blanco con un Avispones en negro bien visible.
--Órale, Charly. ¡Mételo, viejo!
Un grito agudo los distrajo de sus maldiciones. Su esposa y su hijo
avanzaban hacia la portería por la parte de afuera de la cancha
para darle ánimos de cerca. Contrario a lo esperado, la presencia
familiar lo hizo temer el fracaso aún más: "Le voy a quedar
mal a Carlitos. ¿Qué voy a hacer?"
Sintió que sudaba hielo. Todo a su alrededor se desarrollaba
en cámara lenta. Los gritos del público y los regaños
del árbitro por su tardanza en tirar le parecieron distante, como
si la gente y el de negro estuvieran a kilómetros de distancia.
Respiró hondo y lentamente dio varios pasos hacia atrás.
Miró pro última vez a su alrededor, besó su medallita
de la Guadalupana y se preparó para disparar. Decidió hacerlo
a la izquierda, a la parte inferior del arco.
Luego de la goliza sobre el Felipe Neri en la primera ronda de la Copa,
decidieron que el Nene sería el cobrador oficial de los tiros de
castigo. Vencieron al Botafogo y al aguerrido La Carolina con sus goles,
uno de ellos de media tijera. En cuartos de final, el Águila Negra
resultó más complicado, pero lograron sacar el partido casi
al final con un autogol de los contrarios.

La siguiente ronda resultó más complicada de los esperado.
El Zapata obligó a que el encuentro se fuera a penales. En esa ocasión,
Carlos evitó enfrentarse el marco gracias a que los zapatistas resultaron
pésimos tiradores y fallaron cuatro al hilo. Ahora, con tantos obstáculos
salvados y con el Nene jugando "como en su más brillante época",
de acuerdo al cronista de La Voz de Morelos, los Avispones tenían
confianza en pasar sobre el Plan de Ayala, el otro finalista.
Durante la primera parte se dio un juego ríspido en el que ambos
lucharon no por atacar, sino para que le contrario no les anotara. Cerca
de quinientas personas que llenaron la tribuna de sombra del estadio Centenario
abuchearon a ambos equipos al llegar el medio tiempo.
Hacia los 20 minutos de la segunda mitad, el número 10 del Plan
de Ayala se adelantó a su marcador y con certero cabezazo anotó
el primer gol del partido. Las porras de los seguidores del Ayala, unos
100 aficionados que a estas alturas del partido ya padecían los
estragos de las caguamas consumidas, no se hicieron esperar. El grito de
"¡Ayala, Ayala, Ayala!" resonó fuerte hasta que un tiro cruzado
del Nene Patiño cruzó la portería. Uno contra uno
era ya el marcador.
La tribuna vivió su mejor momento. Las porras de ambos cuadros
no cesaban de tronar. En medio del alboroto, alguien retó a los
presentes: "Van mil pesos por el Ayala ¡Quién le entra!" Las
apuestas se organizaron en un suspiro y hasta Patitas, el anciano vendedor
de botanas, apostó las ganancias del día a los Avispones.
Al acercarse el final del partido, la tensión aumentó. Sólo
se escuchaban los gritos del botanero. "Patitas de pollo, mollejas, papas,
¡las quieren o las tiro!"
La jugada clave ocurrió al minuto 88. Por protegerse la crisma,
un defensa Ayalista rechazó con las manos, dentro del área
grande, un tiro directo. El árbitro no dudó en marcar la
pena máxima. Ahora el Nene debía meter el balón por
la portería desnuda de redes y vestirse de gloria, pero Carlos Patiño
no quería tirar.
Durante su efímera carrera profesional sólo había
cobrado dos faltas y continuaba invicto: dos goles fallados. Ni el continuo
entrenamiento ni su paso por la primera división habían servido.
Simplemente no podía anotar en los tiros de castigo y ahora que
el triunfo dependía de su pierna izquierda, se achicaba.
Oyó el largo pitazo arbitral y tomó vuelo. Al encarrerarse,
su corazón, que galopaba delante de él se detuvo en seco.
La vista se le nubló un segundo antes de que su cuerpo chocara estrepitosamente
contra la arena. Con el impacto, la pelota apenas se movió hacia
la portería.