Hebdomeros*
*Giorgio de Chirico 
De todos los pintores de esta época, el más inspirado, el que por la intensidad de su visión poética nos ha deleitado en extremo es, sin duda, Giorgio de Chirico, al menos en su etapa metafísica (hasta 1926 o 1927). Sabemos que Guillaume Apollinaire, con el cual mantuvo una estrecha amistad, se sintió particularmente turbado la primera vez que en una exposición colectiva viera sus enigmáticos cuadros, dado el contenido espiritual de los mismos. ¿La obra de un artista, al igual que la de un poeta o un narrador, no puede ser valorada a partir de su contenido? ¿Puede ser juzgado el cerebro de todo creador de algún modo mejor que con arreglo al vasto y pequeño universo que encierra en sus propias circunvalaciones? De todas las cabezas que contienen (o han contenido) un mundo maravilloso, no sabría, en lo que a mí respecta, proponer un ejemplo mejor que el de Giorgio de Chirico en su juventud.

Según esto, dicho mundo no sólo existe en los cuadros, vive también en un libro, el más fantástico de todos los libros que jamás haya escrito un pintor. Hebdomeros,aparecido a finales del año 1929, fue escrito en realidad entre 1927 y 1928. Es, en todo caso, muy posterior a los primeros manuscritos del pintor aparecidos en las colecciones de André Breton y Jean Paulhan. Nos permitimos constatar que el año de publicación del libro origina una especie de ruptura en la obra pictórica de Giorgio de Chirico, y que, si aun encontramos algún elemento original y vivo en su producción inmediatamente anterior a 1929, no se encuentran más que copias y vacío a partir de esa fecha. El nacimiento de Hebdomeros es como el acta de defunción del pintor, y se podría decir acertadamente que si Chirico ha estado un tiempo en posesión de un mundo mítico y prodigioso, se ha librado totalmente de él al escribir su libro.

El tema de Hebdomeros (que dicho sea de paso, es lo contrario de un libro privado de sentido) es el misterio de la vida cotidiana tal como se le aparece a un observador que intenta verlo todo profundamente e investiga detrás de cada palabra. Si fuera preciso buscar una influencia, sería seguramente la de los primeros libros de Pappini (Le tragique cuotidien, Le pilote aveugle), aunque la voz de Nietzsche y de Weininger se hace palpable tras los bastidores del extraordinario decorado, y se percibe algún eco de las conversaciones o de los escritos surrea-listas, de los que Chirico (mezclado con ellos en su época) hace en algunas páginas un retrato más bien amargo. 

A pesar de ver reflejados estos parentescos, fáciles de olvidar, Hebdomeros es uno de los libros más soberbiamente personales que se nos haya ofrecido, y creo que el lector seguirá encantado los recovecos del hermoso sueño romántico que suplanta a la banal existencia, a condición de no quedarse en el aspecto superficial de la realidad. El secreto y el método de Chirico, como de Kafka, es llegar hasta el fondo de lo habitual, único medio eficaz de acceder a un universo fantástico. Y al mismo tiempo se revela el carácter íntimo del maestro de obras (o del tema). Bajo este punto de vista, es una especie de iluminación el des-cubrir la nobleza de espíritu, el tierno humor y la inocencia del autor de Hebdomeros desde el momento en que fue un verdadero inspirado. Nos elevamos con él hasta regiones a las que sólo el sueño y a veces un poema o una música nos habían transportado.

Este libro fue vendido como saldo poco después de su publicación, a causa de la quiebra de las Editions du Carrefour; y muy difícil de encontrar, fue posteriormente muy cotizado. Alegrémonos pues de que una nueva edición, con el texto cuidadosamente revisado, la ponga al alcance de todos aquellos que, por un decir, no la conocían. 
 

André Pieyre de Mandiargues

 


 

...Y bien, aquí empieza la visita a aquel extraño edificio ubicado en una calle austera, aunque distinguida y sin tristeza. Visto por fuera, parecía un consulado alemán en Melbourne. Toda la planta baja estaba ocupada por grandes tiendas. Y si bien no era domingo ni día feriado, éstas permanecían cerradas, lo cual daba a esa parte de la calle un aire de melancólico aburrimiento, cierta desolación, como esa atmósfera singular que tienen las aldeas anglosajonas en domingo. Flotaba en el aire un ligero olor a muelle, a ese indefinible y muy sugerente aroma que se desprende de las bodegas de mercancías localizadas en los muelles. Por lo demás, ese aspecto de consulado alemán en Melbourne era la impresión estrictamente personal de Hebdomeros y, de hecho, cuando lo comentó con sus amigos, se rieron; la comparación les pareció graciosa pero no insistieron, cambiaron de tema enseguida y Hebdomeros concluyó que quizá no habían entendido bien el sentido de sus palabras. Pensó en la dificultad de darse a entender cuando uno ha alcanzado cierta altura o profundidad.

"¡Qué curioso —se repetía Hebdomeros—, la idea de que cualquier asunto escapara de mi comprensión me impediría dormir, sin embargo, la gente, por lo general, puede ver, oír o leer cosas completamente oscuras para ellos sin perturbarse!" Comenzaron a subir la gran escalera construida enteramente de madera barnizada; en medio tenía un tapete y, al pie, sobre una pequeña columna dórica tallada en roble, donde remataba la rampa, se erguía una estatua policroma también de madera que representaba a un negro californiano sosteniendo, con los brazos sobre su cabeza, una lámpara de gas cuyo mechero estaba cubierto con una funda de amianto. Hebdomeros tenía la impresión de subir hacia un consultorio de dentista o de un médico especializado en enfermedades venéreas; estaba ligeramente emocionado y sentía como el inicio de un cólico; intentó superar su turbación pensando que no estaba solo, que lo acompañaban dos amigos robustos y deportistas, armados con pistolas automáticas y cargadores de repuesto en los bolsillos traseros de sus pantalones. Al darse cuenta de que se acercaban al piso que, según les habían dicho, era el más rico en apariciones extrañas, comenzaron a subir más lentamente, sobre la punta de sus pies, y poniendo más atención. Se apartaron un poco, aunque mantuvieron la distancia para poder bajar la escalera con el máximo de rapidez y libertad, en caso de que alguna aparición de tipo particular los obligara a hacerlo. Hebdomeros pensó, en ese instante, en sus sueños de infancia, cuando subía con angustia y bajo una luz indecisa, escaleras amplias de madera barnizada, en las que un espeso tapete amortiguaba el ruido de los pasos —de cualquier modo, sus zapatos crujían rara vez, pues los mandaba a hacer a la medida con un zapatero de apellido Perpignani, a quien toda la ciudad conocía por la buena calidad de sus pieles; todo lo contrario del padre de Hebdomeros quien carecía de la menor habilidad para comprar zapatos, de allí que hiciera un ruido abominable, como si a cada paso aplastara una bolsa de avellanas—. De pronto, aparecía el oso, aquel oso obstinado y perturbador que lo seguía por pasillos y escaleras, con la cabeza baja, como si pensara en otra cosa y, luego, la fuga desesperada, cruzando recámaras de salidas complicadas, el salto al vacío por la ventana (suicidio en sueños) y el descenso, planeando, como esos hombres-cóndor que le gustaba dibujar a Leonardo, entre catapultas y partes anatómicas. Aquel sueño predecía contratiempos y, sobre todo, enfermedades.

"¡Henos aquí!", dijo Hebdomeros extendiendo el brazo ante sus compañeros con el clásico gesto del capitán conciliador que frena el impulso de sus soldados. Llegaron al umbral de una amplia sala, de techos altos, decorada a la moda de 1880. La iluminación y el tono general de la habitación, completamente desprovista de muebles, hacía pensar en los salones de juego de Monte Carlo. En una esquina, dos gladiadores con escafandras se ejercitaban sin convicción bajo la abúlica mirada del profesor, un gladiador retirado con ojos de buitre y cuerpo cubierto de cicatrices. "¡Gladiadores! Esa palabra contiene un enigma", dijo Hebdomeros en voz baja a su compañero más joven. Y pensó en los music-halls, cuyos techos luminosos evocan las visiones del paraíso dantesco; también pensó en los atardeceres romanos al final del espectáculo, cuando el sol declina y el inmenso velarium alarga su sombra sobre una arena olorosa a aserrín y una grava impregnada de sangre...
 

Visión romana, frescura antigua 
Zozobra del anochecer, canción náutica.


Otra vez puertas capitoné y corredores breves y vacíos, luego, de golpe: ¡la sociedad! Ir por el mundo. Hacer una vida mundana. Reglas de sociedad. Saber vivir. Invitaciones. P. A. C. (Por Amable Conducto). N. R. D. A. (Nos Reservamos el Derecho de Admisión). R. S. V. P. (Reservez S'il Vous Plaît). En una esquina de la sala, un enorme piano de cola abierto, del que, sin necesidad de levantarse sobre la punta de los pies, se veían sus complicadas entrañas y la clara anatomía de su interior. No era difícil imaginar la catástrofe si alguno de los candiles, llenos de velas de cera azul y rosa encendidas cayera sobre el piano. ¡Qué desastre en aquel remolino melógeno! La cera derramándose sobre las tensas cuerdas metálicas, como el arco de Ulises e impidiendo el juego preciso de los martinetes forrados de fieltro. "¡Ni pensarlo!", dijo Hebdomeros, volviéndose a sus compañeros y los tres, entonces, tomados de la mano como para enfrentar un peligro, vieron en silencio, con los ojos bien abiertos, un espectáculo desconcertante: imaginaron que navegaban en un moderno submarino y que descubrían, a través de las claraboyas, los misterios de la flora y la fauna del océano. Por lo demás, el espectáculo que presenciaban tenía ciertamente algo subacuático que recordaba esos enormes acuarios, aunque sólo fuera por su luz difusa y sin sombras. Un silencio, extraño e inexplicable pesaba en el escenario: el pianista, sentado ante su instrumento, tocaba sin hacer ruido y no se veía, porque después de todo, no había nada en él digno de verse, los personajes del drama giraban en torno al piano, con tazas de café en las manos y gestos y movimientos de saltarines filmados en cámara lenta. Toda esa gente vivía en un mundo propio, aparte, ignoraban todo; nunca habían escuchado una sola palabra de la guerra de los bóers ni de la catástrofe de la Martinica; eran incapaces de reconocerlos porque nunca los habían conocido; nada los perturbaba, nada entraba en contacto con ellos: ni el ácido prúsico ni el bisturí, ni las balas blindadas. Si a un rebelde (por llamarlo así) se le hubiera ocurrido encender la mecha de un aparato explosivo, los cincuenta kilogramos de melinita alojados en su interior habrían ardido lentamente, silbando como leña húmeda. Algo, en todo eso, resultaba desesperante. Heb-domeros suponía que era efecto del ambiente, de la atmósfera y no conocía ningún remedio, lo único que se podía hacer era vivir y dejar vivir. Pero, that is the question: ¿realmente estaban vivos?... Era difícil responderlo, sobre todo así, de pronto, sin dedicar al tema algunas noches de profunda meditación, como hacía Hebdomeros cada vez que algún problema complicado asediaba su espíritu.

Además, temía iniciar una discusión con sus amigos, sobre las eternas preguntas: ¿qué es la vida?, ¿qué es la muerte?, ¿es posible la vida en otros planetas?, ¿cree usted en la metem-psicosis, en la inmortalidad del alma, en la inviolabilidad de las leyes naturales, en los fantasmas que predicen catástrofes, en el subconsciente de los perros, en los sueños con búhos, en lo enigmático de los grillos, de las cabezas de codorniz y de los ocelos en las pieles de los leopardos? Este tipo de discusiones lo horrorizaban, aunque en el fondo se sintiera instintivamente atraído por el lado enigmático de los seres y las cosas. Eran los otros, los que debatían con él, quienes le inspiraban desconfianza; temía su amor propio, su despecho, su histeria; no quería despertar sentimientos complejos en sus amigos; de hecho, también temía su admiración; todos esos ¡Formidable! ¡Insólito! ¡Sorprendente!, le producían un placer: muy mediocre y terminaban irritándolo. Su única dicha consistía en que no se ocuparan de él, de ninguna manera; vestirse como todo el mundo; pasar desapercibido; jamás sentir a su espalda o a sus costados la flecha de una mirada, así fuera bondadosa. O bien, es cierto, quisiera que se ocuparan de él, pero de otra manera: gozar de las ventajas y satisfacciones de la gloria, sin padecer sus inconvenientes. En una palabra, ¡sibaritismo!

Ej.: El vaso roto era muy caro. 
Ej.: La puerta cerrada no cedía.


Tomemos el ejemplo del vaso roto. Esa reputación de niño-mártir, a quien su madrastra asestaba una andanada de golpes con cualquier pretexto, era completamente falsa, uno se daba cuenta de inmediato cuando toda la familia se había reunido en el comedor, en torno a los añicos del famoso vaso de Rodas que durante noventa y dos añicos coronó la vitrina. Los siete miembros de la familia observaban esos añicos blancuzcos con la mirada baja, las manos abiertas sobre las rodillas flexionadas y los codos hacia fuera, como si estuvieran sentados en un banco invisible. Pero nadie se movía, nadie lo acusaba. Miraban con la misma curiosidad con la que algunos arqueólogos verían aparecer una estatua desenterrada o con la que un grupo de paleontólogos apasionados miraría el fósil que la pala nuevamente trajo a la luz del día.

Se hablaba de pegar los añicos y cada quien emitía su opinión al respecto. Algunos pretendían conocer a especialistas que realizaban este tipo de trabajos de una manera tan perfecta que más tarde resultaba imposible distinguir fisura alguna. El ama de casa (a quien el barrio entero acusaba de ser la pesadilla del joven Aquiles) resultaba la menos trastornada de todos y, de hecho, fue la primera en romper el hechizo de la contemplación. El hermano de Aquiles afirmaba que la manera en que los añicos habían quedado dispersos sobre la duela contribuía, con mucho, a la fascinación de los siete miembros de la familia. Los añicos, en efecto, estaban dispuestos en forma de trapecio, como esa constelación tan conocida, y la idea de un cielo al revés encantó a esas buenas personas, al grado de inmovilizarlas, de modo que, salvo por el hecho de que miraban hacia abajo y no hacia arriba, resultaban dignas colegas de los primeros astrónomos caldeos o babilonios, que a lo largo de hermosas noches de verano velaban acostados sobre terrazas, con las caras vueltas hacia las estrellas. Pero nadie entraba al cuarto vecino. Allá estaban el aparador, la tetera de plata y el temor a las grandes cucarachas negras al fondo de trastes vacíos. Hebdomeros jamás pensó en asociar, en su imaginación, la idea de las cucarachas con la de los peces, sin embargo, las palabras grande y negro le recordaban esa punzante escena, en parte homérica y en parte byroniana, entrevista alguna vez hacia el atardecer en los rocosos litorales de una árida isla. Para Hebdomeros, la escena resultaba una fuente de decepción, seguida de un sentimiento de que se auto traicionaba. El mar estaba liso y reflejaba perfectamente el cielo iluminado por el ocaso. Cada cierto tiempo, con la regularidad de un cronómetro, una ola larga nacía a cierta distancia de la orilla, crecía, aceleraba su carrera y venía a abatirse precipitadamente sobre la arena, en medio de un ruido de trueno partido a la mitad. Entre una ola y otra reinaban el silencio y la calma más absolutos. En ese escenario, Hebdomeros escuchó por primera vez la súplica de la esposa del pescador. Al principio, pensó que el pescador ya se había alejado en su barca, mar adentro y le fue imposible no ver en la letra de la canción un mal augurio para los pescadores, algo que de un modo fatal, tarde o temprano, acarrearía alguna desgracia a esos hombres, expuestos continuamente a los peligros de las tempestades:

Haz de mis brazos remos y de mis trenzas cuerdas
Pues los grandes peces negros podrían devorarte 
En el fondo de las profundas aguas.
 
 
 
 
 
 
 
 
   
Por fortuna, su angustia fue corta ese día, pues instantes más tarde entrevió, a una treintena de pasos, al pescador remendando tranquilamente sus redes, cerca de su choza. Un ventarrón, al abrir la puerta, lo puso al alcance de su vista. Este episodio trajo al alma de Hebdomeros una vaga tristeza mezclada con un sentimiento de decepción. Después de todo, debería alegrarle pensar que, en lugar de que lo devoraran grandes peces negros en la profundidad de las aguas, el pescador remendaba con tranquilidad sus redes en el tranco de su choza. Pero así es la naturaleza de los hombres, golosa de dramas, de tragedias. Siempre nos decepciona cuando, al acercarnos a un círculo de gente en la calle, vemos que se trata simplemente de un vendedor de porta-plumas rodeado de mirones, cuando de lejos nos imaginábamos catástrofes horribles, automóviles reducidos a polvo y hombres vueltos papilla; o bien, cuando en presencia de dos individuos exaltados, que se insultan con violencia, vemos que su querella se resuelve sin llegar a las manos, sin que nos regalen el espectáculo de un magnífico encuentro de box a puño limpio, de ésos con los que el cine estadunidense se muestra tan pródigo y en cambio, el cine francés, ¡lástima!, y con toda razón, avaro. Hebdomeros pensó todo esto al examinar y analizar su estado de ánimo; acabó por avergonzarse de lo que sentía y se dirigió a su hotel para la cena, sonrojándose como una casta doncella que, al perseguir tras un arbusto a una locuaz mariposa, se encontrara súbitamente en presencia de un macho adulto en cuclillas y con los pantalones abajo, satisfaciendo un deseo imperioso y natural.• 
*Versión de Conrado Tostado 
* Este es el fragmento inicial de Hebdomeros, de Giorgio de Chirico, México, UAM/Secretaría de Cultura del Estado de Puebla/[SIC], 2004 (Los Insospechables, 1), 132 pp.