La hija de El Tamarindo
*Rodolfo Bucio
En el tronco de un árbol una niña
grabó su nombre henchida de placer
y el árbol conmovido allá en su seno
a la niña una flor dejó caer.

Yo soy el árbol conmovido y triste
tú eres la niña que mi tronco hirió
yo guardo siempre tu querido nombre
¿y tú qué has hecho de mi pobre flor?

Eusebio Delfín: "¿Y tú qué has hecho?"


Cuando llegaron nuestra calle se iluminó. O al menos eso creímos mis primos y yo. Las dos niñas se reducían a una: Nora. Alta, delgada, guapa, con personalidad, era de mi edad: doce años. Pero Sammy y Santi pidieron mano. No hice más que lo que sabía hacer: en lugar de intentar ligarme a Nora, me hice su amigo.

El papá de ambas era agente de tránsito. Tamarindo, como se suele llamar a esos personajes por el color del uniforme. Un tipo alto, fuerte, musculoso, galán. La mamá era guapa y agradable. De los dos lados heredó Nora la galanura. Su hermana menor era una niña flaca y descolorida, sin chiste. 

Pronto las nuevas vecinas hicieron una fiesta para presentarse y nos invitaron. Vivían entre Los Perros, una familia arisca, y Los Tetos, los aristócratas de la colonia, también poco sociables, aunque por otras razones. Con ellos más tarde em-parentamos lejanamente mediante el casamiento de un tío. El convivio tuvo comida, payaso y un gran pastel, lo que hablaba de las posibilidades económicas de la familia.

*

Ese sábado por la mañana vi venir a Nora y a su hermana, por Avenida Jardín, rumbo hacia nuestra calle. Yo estaba en la puerta de la peluquería de la esquina, cuyo dueño y maestro era pariente nuestro, quien siempre se portaba muy amable con nosotros. Dejé el Chanoc —número viejo, leído tiempo ha— que llevaba en las manos en la mesita del local y me dispuse a abordar a las muchachitas.

—Hola, ¿cómo están? —les dije.

Ambas sonrieron. Pero sólo miré una boca.

—Bien, ¿y tú? —preguntó Nora.

Vi sus ojos negros, el pelo largo, la nariz recta. Mis primos se iban a morir de envidia cuando les contara. 

—Esperando turno, para cortarme el pelo.

—Pero si lo tienes bien corto —dijo Salma.

—Caprichos de mi papá. ¿A poco el de ustedes no las manda a hacer cosas absurdas? 

Se quedaron pensando. Nora se rió, recordando algo que no quiso externar.

—¡No, cómo crees que nos va a mandar a hacer cosas tontas! —protestó Salma.

La miré de reojo. Flaca, deslavada, con nariz gan-chuda. "De chile cuaresmeño", hubiera dicho mi abuela de haberla visto.

—Todos los papás son iguales —sentencié—, ¿a poco no, Nora?

Ella volvió a reírse.

—¿Cuánto te tardas en la peluquería? —me preguntó.

—No sé. Una media hora.

—Bueno, te acompaño. Oye, Salma, dile a mamá que luego voy. 

—¡No, cómo crees! Yo no voy a llegar sola. Además tú tienes la llave —resongó Salma.

Nora le tendió el manojo de llaves.

—Aich, ¿ya ves cómo eres, mana? No te voy a apoyar cuando me lo pidas.

Tomó las llaves y se fue ofendida. Nosotros entramos a la peluquería. Don Chon, mi pariente, al ver a Nora titubeó.

—Oiga, señorita, ¿viene a cortarse el pelo? —preguntó extrañado.

—No. Sólo estoy de visita.

Don Chon respiró aliviado. Nos sentamos. Le mostré a No-ra la larga colección de Memín que don Chon tenía en la mesita. 

—¡Qué chistoso negrito! —dijo, al hojear algunos de los ejemplares sepias.

—¿A poco no lo conoces?

—No. Nunca había leído nada de él.

—Entonces ¿qué lees?

—Mmm. Pues… nada. En realidad no leo nada.

Me pareció inverosímil. 

—¿Tampoco Kalimán, Alma Grande, El Charrito de Oro, Fantomas, Los Supersabios, Tawa

—No. ¿Esos quiénes son?

—Uh. En esta colonia es obligado leer cuentos. Aunque sea Lágrimas y risas.

—Ah, ésa sí. Ahorita está saliendo María Isabel, ¿no? 

Me reí de su ignorancia. Me pareció inconcebible que no supiera quiénes eran Solín o Panza o El Sueco o Tzekub Baloyán. 

Don Chon terminó con un niño y me hizo señas de que pasara. Fui hacia el sillón. El peluquero no quitó una especie de banco de madera que solía poner para que se sentaran los niños, sobre el asiento. No protesté, aunque un mes antes le dije que ya era lo suficientemente grande y no necesitaba el banco. Pero él argumentó en esa ocasión que no me alcanzaba sin él. Nora ni se dio cuenta. 

—¿Cómo va a ser? —preguntó don Chon.

—A la brush —dije seguro.

Nora se acercó. Jugueteó con la bata que el peluquero me había puesto sobre el cuello y los hombros.

—¿Para qué te cortas el pelo? Yo así te veo bien.

—¿Segura?

—Sí —dijo con su sonrisa de cielo. 

Dudé un momento.

—¿Sabe qué, don Chon? Mejor vengo el siguiente sábado.

Mi pariente lejano me vio con cara de resignación. Miró a Nora, la culpable. Retiró la bata.

—No hay problema. Cuando quieras —dijo resignado—. Me saludas a tu papá.

Dio en la llaga y le puso sal a puños. Mientras bajaba del sillón, entendí la bronca que se me iba a armar. Pero el amor es más importante, me consolé. Salimos de la peluquería. 

—¿Quieres una paleta? —pregunté a Nora.

—¿De hielo?

—¡Claro!

—Sale. 

Caminamos por Jardín, hasta Xocotitla. Tomamos la Calle Ocho y llegamos a la esquina con Oleoducto. Pagué dos helados dobles de coco. Nora se relamía. No hablamos en todo el trayecto. Me limité a mirarla. 

Desandamos el camino. Casi al llegar a la peluquería ella se acabó el helado. Miró el cono vacío y me lo tendió.

—Cómetelo tú, a mí no me gustan los conos.

Me pareció raro. Tomé el cono y me lo comí de tres bocados. Nora sonrió. Llegamos frente a su puerta. Tocó con fuerza. Casi al instante abrió Salma, su hermana.

—Métete, métete. Mi mamá está bien enojada.

Nora traspuso la puerta.

—Nos vemos —alcanzó a decir.

Vi cómo se cerraba la puerta. Terminé mi helado. Miré de lejos mi árbol, que se encontraba frente a nuestra casa. Estaba frondoso, henchido. ¿Qué iba a decirle a papá?

*

Una tarde, luego de ver la televisión y hacer la tarea, estaba asomado en la azotea, arriba de la escalera, junto a los tanques de gas. No los oí subir, pero en un instante mis primos Santi y Sammy llegaron.

—¿Qué pasó? —dijo Sammy.

—Nada. ¿Ustedes?

—Saca los cigarros, ¿no? —casi ordenó Santi.

—No tengo, mano. Mi papá me regañó porque no fui a la peluquería y me castigó dos semanas sin domingo ni nada para gastar.

Sin añadir nada, Santi sacó una cajetilla arrugada de Deli-cados.

—Hasta el vicio tiene uno que pagarles —dijo resignado.

Nos repartimos los cigarrillos. 

—Nada más háganse para acá —les dije—. Para no estar tan cerca de los tanques. No vayan a explotar. Una chispita, ¡y adiós!

Fumamos en silencio un momento.

—¡Ah! Estoy enamorado —afirmó Sammy en tono profundo. 

—¿De quién? —pregunté, aunque sabía la respuesta.

—¿Cómo de quién? ¿De quién ha de ser? Sólo existe Nora. ¿O hay alguien más? —respondió seguro.

Me reí. Santi no supo qué hacer. Mejor protestó:

—¿A poco ya le cantaste, güey?

—No. Pero falta poco. Cuestión de días.

—Pues te la vas a pelar, ojete. Porque yo también le voy a cantar —dijo Santi.

—Pierdes tu tiempo, manito. No te va a hacer caso.

—¿Por qué estás tan seguro? ¿A poco ya te dijo algo?

—No. ¿Pero no has visto cómo me mira?

—Como un fenómeno, güey. Yo creo que nunca había visto a alguien tan negro —afirmé.

—¡Ya, cabrón! Nomás porque tú estás güero, ¡no mames! Pero el amor es otra cosa. Ahí no hay colores, ni tamaños.

—Pero sí olores —afirmé, aludiendo al recelo de Sammy a bañarse.

—No, güey. Si yo me baño cada sábado. Haga falta o no haga falta. No fallo.

—Pero tapas el caño —dije seguro.

Al unísono, viéndonos, Santi y yo comenzamos a cantar la parodia de una canción publicitaria que se escuchaba en la radio:

Cada vez que me baño
se tapa el caño.
Por eso lo hago
una vez al año.

Una o dos veces le dimos a la canción. Sammy enrojeció, dentro de su negrura.

—¡Ya, cabrones! Como si ustedes se bañaran diario.

Quedamos desarmados, pensativos, con nuestros cigarrillos en las manos.

—Todas las pendejadas que digan no van a impedir que le declare mi amor a Nora. Será el próximo sábado. Van a hacer otra fiesta. Ya me invitaron. ¿A ustedes ya los invitaron? —preguntó Sammy muy orondo. 

Santi y yo nos quedamos estupefactos con la noticia de la fiesta. Ambos no sabíamos.

—Oye, Sammy —le pregunté—, ¿y qué se siente estar enamorado?

—¿Ya viste, pendejo? Ni eso sabes. ¿Tú qué sabes de amores si no has besado?

—Deja de decir mamadas y dinos —apuró impaciente Santi.

—Bueno, güey. ¿Cómo les diré?

Vi las facciones morenas de Sammy. Con pelo crespo, parecía más un africano. De boca ancha, bembón; nariz de corbata, grande. Pero era simpático. Se quedó pensativo muchos segundos, tratando de darse importancia. Volvió a sorber su cigarrillo. Luego lo tiró y lo aplastó contra el piso.

—Échalo hacia la otra azotea —le recordé.

Solícito, se agachó a tomar la colilla. La aventó lo más lejos posible.

—Pues verán: estar enamorado es… Bueno, sólo piensas en la chava. Todo el tiempo. Se te aparece en sueños. Y hasta cuando estás despierto. Nada más piensas en ella. No quieres comer, ni hacer tarea, ni…

—Si tú no haces tareas, de todos modos —me quejé.

—¡Oh, chingá! No me interrumpas. Como les iba diciendo: estar enamorado es pensar que la chava, Nora, en este caso, es como la Luna. Que va a brillar cuando la veas.

Santi echó una trompetilla.

—¡Saco correr! —se defendió Sammy.

*

 
 
 
 
 
 
 
 
   
No hicieron fiesta el siguiente sábado. Pero hubo muchas más, tanto en casa de ellas como en la nuestra. Nunca supe si Santi o Sammy le cantaron a Nora. Estoy seguro de que nunca fue novia de alguno de ellos. No quise declalármele. Me mantuve a distancia, como un amigo.

Pero la amé. De lejos, de cerca, acostado, dormido, jugando futbol, canicas, balero. Ahí estaba Nora. 

*

Un día, tal como llegó, se fue la familia de El Tamarindo. Habían pasado casi tres años. Tres cortos años. Ambos estábamos a punto de llegar a los quince. Dejó una profunda herida en mi piel rugosa. Pero aun sigue aquí: en el aire, en la sed, en los ojos que me atisban desde los espejos, en las estrellas, en los conos de helado, en mi pelo cuando cae al piso en las peluquerías, en los comics nunca leídos, en los cigarrillos fumados furtivamente, en las canciones, en los balones que pateo, en el cielo, en el ciclo de mi respiración, en la lluvia que me moja y se detiene luego. En todo eso, y en más, está Nora.

¿Y mi herida? ¿Y ella qué ha hecho de mi pobre flor?• 

*Rodolfo Bucio estudió filosofía en la UNAM. Fue becario INBA-Fonapas (1982-83) y del Centro Mexicano de Escritores (1985-86) en narrativa. Ha publicado los libros de cuentos Las últimas aventuras de Platón, Diógenes y Freud (SEP, 1982) y Escalera al cielo (Cuadernos de Estraza, 1982), y el de prosa poética Geoda (UAM Xochimilco, 2000).