INCURSIONES EN LA FÁBRICA MEDIÁTICA
*Carlos San Juan Victoria
Orwel se imaginaba en su novela 1984 un "ministerio de la verdad" donde el Estado, convertido en panóptico, difundía las verdades que requería la contingencia del momento. Nuestro tiempo cambió ese miedo del anarquista por el complaciente control hedonista de un puñado de gigantes empresariales mediáticos: grupos reducidos de Big Brothers, en ocasiones grandes empresas privadas mediáticas; en otras, asociaciones de poderes políticos con empresarios leales, las cuales difunden una pluralidad, acotada, de visiones de elites sobre el presente. Ahora la verdad tiene que ver con "mostrar lo real"; donde la realidad socialmente aceptada es el ojo de una cámara, la voz de un testigo, la crónica escueta de un evento. El espectador puede ser Dios, disfrutar del placer de estar en diversos lugares y momentos, asomarse al ojo del aleph y ver la guerra desde un tanque. Pero eso sí, sin muertos. Es un panóptico invertido al alcance del gran público. Pero pocas veces se dice que ocurre en su entraña, cómo se fabrica la "verdad" y la realidad mostrada. Por ese motivo llama la atención un libro reciente que ofrece la reflexión y el testimonio de un destacado obrero de una de las más sobresalientes fábricas mediáticas. Diarios, de Arcadi Espada, periodista catalán de El País. Es una experiencia que invita a reproducirla en otros lugares: hablar desde el gremio y contra sus vicios; hablar desde adentro y con entereza crítica; asumir el orgullo del oficio y romper la omerta, la ley del silencio que como herencia medieval se incrusta en los diversos oficios que giran en torno a la palabra: literatos, periodistas y académicos. 

La importancia de escribir un diario

Diarios fue escrito entre enero y diciembre de 2001. En la tradición intimista de Montaigne, el creador del ensayo moderno como el espacio literario de una subjetividad plena, Arcadi Espada reflexiona sobre su oficio, las notas diarias de los periódicos, los estilos periodísticos, el lenguaje de las fotos, sus libros queridos que, como faros éticos, alumbran la penumbra de la apurada cotidianidad de elaborar la nota. Es una lectura poco acostumbrada, de una dureza implacable hacia su oficio y a la gran fábrica mediática, casi como alquimista desencantado que describe cómo hacer para que el plomo se convierta en oro falso. 

Es una lectura de cómo ese brillo engañoso es aceptado por los lectores; una lectura de cómo, a veces de manera contradictoria, se mueve para despojarse y ver de lejos los hábitos del quehacer que lo constituye. Para decirlo en una frase, Arcadi nos habla desde el espacio ético y empresarial de un contrato de compra venta; que imagina las relaciones entre prensa y lectores como un contrato de suministros de hechos escuetos, que hablen por sí mismos. "Los ciudadanos escuchan la radio, ven la televisión y leen los periódicos dispuestos a que les narren hechos. Ese es el contrato. Y por lo tanto, narrar una ficción en los medios es quebrarlo" (p. 85).

El autor de Diarios es un disiente de las transmutaciones del discurso político en hechos; de la desfiguración del acontecer por el hambre de trascendencia; del amortiguamiento de la verdad con los eufemismos que le hacen soportable; de la búsqueda de esas verdades sólo apariencias, simplemente verosímiles, mediante trucos y disfraces literarios. No está de acuerdo por ello con las inercias, compromisos, flojeras, usos del lenguaje, realidades trucadas, que inundan a la gran fábrica mediática. Bueno, no está de acuerdo ni con los lectores dóciles que, a pesar del contrato imaginario, pagan por mentiras verosímiles. El libro de fragmentos cotidianos hila razones unitarias y consistentes. Las razones duras de la ética, de conocer la entraña y la maña. El lujo existencial de detener el paso rápido del periodista, distanciarse, y hacer una pausa reflexiva sobre el camino andado, eso que antes se llamaba filosofía. El ánimo del combatiente que, glosando a Chomsky, mira en el periodismo y en los medios no sólo un arma de los perversos, sino un campo de lucha de todos, hasta de los lectores. Las razones no dichas como argumento, pero que surgen como posiciones en ocasiones encontradas a lo largo del texto, y que parecen parte de lo original y verdadero del reto: distanciarse de lo que nos constituye. 

El libro arranca con una muestra extrema de los métodos narrativos al uso donde un periodista para hacer verosímil su retrato del juez Garzón lo describe en el momento de ponerse los calcetines. Es mala literatura para inyectar una vida supuesta al personaje. En diversas ocasiones contrasta la diferencia entre una novela periodística (A sangre fría de Truman Capote, por ejemplo), de un periodismo novelado, que emplea la forma narrativa para construir realidad y veracidad de los hechos. Pero el libro del que hablamos y que es de una alta manufactura intelectual, con argumentos reflexionados y cuya forma natural sería el de un texto especializado, encuentra, sin embargo, una forma narrativa accesible y seductora, casi literaria, de un diario íntimo. La dificultad de despojarse del hábito. 

La recepción de ideas

¿Cómo leo esta reflexión, desde la entraña, en mi condición de que formo parte de esa cofradía de lectores que en México y en el mundo inician su existencia diaria leyendo en algún momento los periódicos? Con cierta conciencia de las semejanzas pero también de las diferencias con el periodismo español. El País fue uno de los actores principales de la transición española, introdujo un temple reconocido ante autoritarismos tanto de derecha como de izquierda; lo cual ayudó a crear espacios de diálogo tolerante y de argumentación desde el espacio de la información y la razón. 

En México tenemos una prensa híbrida, donde coexiste el viejo maridaje, fruto de las concesiones, entre poder y prensa con sus mecanismos para inducir opinión e información, con las nuevas enterezas forjadas en un periodismo combativo que en ocasiones tropieza por sus déficit informativos, y con una reciente capa de periodismo de empresa, dispuesto a forjarse su propio nicho en los términos que defiende Espada. Es decir, el de pregonar un contrato donde la fábrica mediática entrega hechos escuetos, casi puros, para que el consumidor los digiera con certidumbre. Coexiste la asociación entre poder y prensa, el modelo francés de periodismo de opinión y de combate, y el modelo americano de periodismo de empresa. Pero además, es una prensa minoritaria que puede presumir de números iguales a los de los usuarios nacionales de la internet (más de dos millones), de escasa tradición de investigación, que oscila entre la retórica, la crónica del "nuevo periodismo" y la fórmula empresarial de mucha foto y texto mínimo, casi telegráfico. 

A pesar de la diferencia, la reflexión de este periodista sugiere varios temas comunes: la necesidad de que los "consumidores" tengan una relación activa con el "producto", casi a la Ralph Nader, donde se pueda demandar la notoria tergiversación de los hechos. El debate interno en el gremio de los periodistas para marcar su código de ética y enarbolar el orgullo del productor en esa mítica "entrega de la verdad". Como alimento para una discusión que aún no llega sobre los modelos de periodismo y el periodismo en años de transición, como los hilos de Ariadna en el laberinto fabril del minotauro mediático; como ética y estrategias de combate ante la marea informativa; como otro capítulo de algo muy viejo y muy nuevo, la relación entre los hechos y la palabra. Casi nada.

Transición y modelos de periodismo

En varios momentos, con relación al terrorismo, al entrecejo fruncido de una prensa combativa y demasiado seria, Arcadi Espada introduce la necesidad de otra prensa, distinta a la de los momentos de combate, como cuando llega el tiempo que exige amueblar con decoro la casa democrática. ¿Se puede continuar con hábitos de alquilar espacios informativos a declaraciones de políticos que se hacen pasar como información? ¿Se puede "lavar" una nota incierta citando que fue publicada o trasmitida ya por otros medios?, ¿cómo transitar hacia un periodismo fundado en veracidad y hechos, no de discursos, victimización y reclamo? ¿Cómo asimilar las nuevas realidades de empresa y mercado, donde la antigua matriz de fabricación de noticias, fruto del ayuntamiento entre poderes autoritarios y grupos empresariales, cede al dictado de la demanda, de la racionalidad de costos, de las redes de compromisos de los patrones en su sentido más estricto? 

El problema de fondo es ¿la transición cambia todo, menos a los diarios? Si estos permanecen como opacas fábricas mediáticas, sin límites a la discrecionalidad del enfoque y la edición de la realidad, no sujetos a un control de calidad de la marea noticiosa, con públicos lectores pasivos y cautivos. Desde mi condición de lector ¿realmente se trata sólo de pasar de un modelo americano de periodismo de empresa y dejar el modelo francés de un periodismo político?, ¿qué hacemos con la tradición nacional de construir redes de favores mutuos, mercados pagados de acceso al espacio público, de guerras intestinas entre fracciones políticas que utilizan a la prensa como escenario de sus escaramuzas? ¿No se trata, en el fondo, de que el panóptico sea observado, que esos grandes ojos que miran sean sometidos a escrutinio y control social?

Noticias desde la fábrica

Al parecer, la obligación de entregar hechos por parte de la prensa enfrenta no sólo inercias y estilos de periodistas, sino además los limites del funcionamiento propio de una empresa, la racionalidad implacable del mercado. ¿Por qué las noticias son como granizo, andanadas de fragmentos que se deshacen, sin continuidad alguna? Entre otros motivos, porque la continuidad requiere de altos costos, por ejemplo, destinar varios salarios de reporteros para concentrarse en un solo asunto. Además, ¿todos esos torrentes de informaciones varias no deben explorar en la naturaleza profunda de los hechos? Es granizo que se convierte en agua que se desliza por la superficie de los hechos. 

Todos sabemos de la venta al menudeo de droga y mercancía de contrabando en Tepito y de las bandas de jóvenes que protegen ese mercado ilegal. Pero nadie sabe de las redes que introducen desde puertos y fronteras esas mercancías y mucho menos se conoce las "lavadoras" financieras de esos ingresos. Explorar la complejidad de los hechos, bajar a los sótanos del infierno, aparte del riesgo que implica amenazar redes de compromisos; conformada, entre otros, por los empresarios periodísticos. La misma conversión del periódico en una empresa a secas, al asumir de manera plena la lógica implacable de costos y utilidades, favorece también la vieja inercia de convertir el espacio periodístico en parcelas, las cuales son ofrecidas en arriendo a la publicidad comercial extendida en planas enteras, de "figuras públicas" dispuestas a invertir en su fama pública o de usos políticos varios, desde el denuesto, el chantaje; o bien, la zancadilla verbal al oponente. 

En la dinámica de empresa se cae en la tentación de la producción en serie y la estandarización: notas y artículos marcados por la atenuación de realidades extremas; o bien su opuesto, la nota que inaugura épocas histéricas más que históricas, a mayor distancia del lugar de la noticia mayores mentiras, el monopolio pleno de las agencias noticiosas internacionales dueñas de la fabricación de la imagen coherente de las guerras, la amenaza crónica de que prestigiadas empresas se conviertan en ministerios de propaganda, en la misma tierra emblemática del periodismo de empresa, Estados Unidos.

La utopía de los "hechos"

Pero tal vez la mayor insistencia de Espada recae en el poder mediático de mezclar hechos con ficción. El periodismo, dice de manera tajante, no tiene que ver con la producción de sentido. Por ello desmenuza los estilos periodísticos que mezclan y confunden lo verosímil con lo veraz, advierte sobre las prácticas de sumar mentiras y verdades, distingue entre dos tipos de relato literario: el que entrecomilla para distanciar se; y el que fabrica arquetipos, realidades simbólicas. Tal vez por ello hace el elogio del ojo ciego, el de la cámara de video de un centro comercial que capta a un pequeño de espaldas y de la mano de un jovencito, y que según la información de contexto en esa cálida imagen está el inicio de un cruel asesinato. El hecho se transforma en imagen, sin equívocos subjetivos de ganadores hipotéticos de premios Pulitzer ansiosos de retratar el terror de una mirada. Esa es la utopía con la que sueña este destacado periodista, de que los hechos se conviertan de manera transparente en foto y palabra. 

Los tajos de la Espada

Es en ese punto duro de la reflexión de Arcadi en donde coincido con lo más reciente y al mismo tiempo difiero en su raíz vieja; lo cual se pierde en los tiempos y en su consecuencia contemporánea, la lucha por la construcción del sentido. Coincido ante lo nuevo y monstruoso del fenómeno, donde, para señalar lo más escandaloso y que ocupa los últimos meses de sus Diarios, hemos sido testigos de guerras sin sangre y (casi) sin cadáveres. ¿Qué coalición de poderes, tecnológicos, geopolíticos, militares y mediáticos hacen esto posible, que las guerras con mayor cobertura de información no tengan tripas desparramadas, que los ejércitos iraquíes desaparezcan en el polvo del desierto, que las armas de destrucción masiva no se encuentren? En efecto, ante esta pavorosa construcción de realidad me vuelvo positivista y exijo hechos, es una trinchera mínima de cordura y de libertad. 

Difiero porque los "hechos" y su conversión en imagen y palabra es todo, menos transparente. Es un asunto tan viejo como la humanidad. Por mencionar algo, cuando Roberto Calasso hizo su celebre ensayo Sobre la opinión, recuperando con una mirada lúcida y penetrante el trabajo de Karl Krauss, que durante 37 años publicó un diario sobre los diarios, Die Fackel, se fue a Platón y a Giorgias para mostrar cómo entre la "cosa", el "hecho" y su apariencia, siempre había existido una ruptura ocupada ahora por la opinión. "Esas cosas no tienen naturaleza ni esencia; sino que su verdad estriba en la opinión que la sociedad tiene de ellas, si existe tal opinión y durante el tiempo que subsista". Aquí pues, dice Calasso: "la opinión se ha emancipado, transformado en un poder autónomo que no se mide por nada externo a él, sino por la sociedad entendida como un conjunto de opiniones".

Hay además un asunto del siglo XX: la tentación de crear una sola opinión y su opuesto, la mirada movediza, frágil e incierta de miles de opiniones sobre un mismo asunto. 
 

Sin embargo, el aspecto probablemente más destacado, y también más terrible, de la huida de los alemanes ante la realidad sea la actitud de tratar los hechos como si fueran meras opiniones... porque el alemán corriente cree con toda seriedad que esta competición general, este relativismo nihilista frente a los hechos es la esencia de la democracia. De hecho se trata, naturalmente, de una herencia del régimen nazi. 
Hanna Arendt, Visita a Alemania


En la referencia de Arendt está el imperativo ético de reconocer una responsabilidad, fruto de actos y visiones propias, que se elude por opiniones diversas. En otro contexto, la diversidad de sentidos, es decir, de opiniones, puede contrapesar la inercia del poder a erigirse en panóptico, en una sola mirada, que en el caso de la prensa es el riesgo latente de erigirse en un sinsentido que es el único sentido. ¿Qué oculta la imagen idílica del contrato de compra venta en fábricas opacas y consumidores inermes? Precisamente el pequeño asunto de la construcción de sentido, el modo problemático de volver a ligar la "cosa" con la palabra. Sólo asumiendo de manera plena esa complejidad, cobra fuerza el orgullo ético del productor que intenta reducir sus márgenes de manipulación, y el imperativo social de dotar de transparencia a la fábrica mediática y de luchar por una pluralidad de sentidos. 

El historiador, afanoso constructor de hechos, que le otorga una sistematización al fragmento, densidad a la silueta apenas intuida en un documento o en una vieja foto, que labora fuerte para dar continuidad al instante, sabe que al verse en el espejo del tiempo que es la historiografía, donde se revisan las cambiantes miradas de los historiadores para hablar de lo mismo, sabe en el fondo de su ser, que a su manera, es también un fabricante de opinión, con rebabas de hechos inalterables donde Roma en efecto conquistó a Cartago, y eso nadie lo va a cambiar; pero que vendrá el momento en que sus afanes científicos no evitarán que lo descubran como tal.

En la nota del diario del 11 de septiembre, de manera literaria y vivida, es decir, para producir un efecto verosímil; Espada narra cómo se enteró, en medio de un viaje de verano, gracias a un amigo y vía telefónica, del ataque contra las torres gemelas en Nueva York. El hecho le parece primero una broma, luego eco preocupado de otras bromas que ahora no tienen lugar; más tarde, escucha la radio, habla al periódico y regresa apresurado de su paseo, pasa por su mente el máuser para defender la patria amenazada. Así es la existencia misma y su materia prima, los hechos, siempre opacos, ambiguos, fragmentados. Su transformación en imagen o en palabra, por decir lo menos, es problemática, pasa por un trabajo de transformación que nos recuerda todas nuestras mañas y culpas de alquimista. 

Dice Alexander Cockburn: "Chomsky fue al dentista. El doctor, al examinar a su paciente observó que le rechinaban los dientes... La práctica de esta actividad quedó circunscrita con bastante rapidez al momento en el que Chomsky leía cada mañana el New York Times sin darse cuenta que sus molares rechinaban página tras página". ¿Cuántos no sabemos de nuestras reacciones de malestar ante ese ritual implacable, esa droga matutina que es sumergirse en el diario nuestro de cada día, a sabiendas de las ruedas de molino que aparecerán implacables?, ¿contribuye a las arrugas del rostro, a males hepáticos, al chirriar de dientes, serán ya una fuente de insalubridad pública? 

 
 
 
 
 
 
 
 
   
Sin embargo, la prensa en su innegable éxito para convertirse en una referencia de la creencia, el disgusto y la plática cotidiana, también muestra sus límites: es de elites, de grupos ilustrados, de "comunidades imaginarias" que luchan por la opinión pública. La gente común tiene una relación mucho más compleja con la prensa y con los medios de comunicación en su conjunto. Por ejemplo, cuando el fenómeno televisivo alcanzó sus más altos niveles de audiencia: mientras cubría hora tras hora la tragedia del 11 de septiembre del 2001, empezaron a llegar llamadas indignadas por la suspensión obligada y sin previo aviso de las transmisiones de varios deportes. Mientras la "opinión pública" se concentró horrorizada en un evento, el panóptico se erigió e hizo que muchos dejaran asuntos tan placenteros como unas vacaciones en verano; la vida masiva y sus muchas apetencias transcurrían en otra parte. 

Y eso me hace recordar la enseñanza de un pequeño libro de un esgrimista oriental escrito en ánimo de orientar a sus hijos: Transmisión familiar del arte de la guerra. Su capítulo tres se titula "Sin espada". ¿Qué hacer cuando uno de los contendientes es despojado de su espada, qué hacer cuando se carece de esa arma mortífera que es la prensa? Pensar en ganar es un error, incita a despojar al otro de su espada, y con ello, colocarse en el radio de un tajo mortal. Se trata, por el contrario, de no vencer, es decir, de eludir la muerte. Y en efecto, aún nadie se muere de "vida pública". Cuando más, a los conscientes como Chomsky les rechinan los dientes. 

*Carlos San Juan Victoria, economista e historiador, es investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Entre sus libros publicados podemos señalar: Vidas paralelas: cinco hipótesis sobre los pueblos indígenas y los ciudadanos, actores marginales del siglo XX (Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana), ¿Si regresan los pueblos? Problemas de la reconstitución de los pueblos indígenas (Instituto Nacional Indigenista); fue cocoordinador del volumen ¿Una ciudad para todos? La experiencia del primer gobierno electo en la ciudad de México (UAM/UNAM/INAH). 
 Bibliografía

Arcadi Espada, Diarios, Madrid, Espasa-Calpe, 2003.

Roberto Calasso, Los 49 escalones, Madrid, Anagrama, 1994.

Hanna Arendt, Visita a Alemania, Barcelona, Paidós, 1991.

Anónimo, Transmisión familiar del arte de la guerra (SF).