* Dafne Cruz Porchini
La reciente obra gráfica de la artista plástica Flor Minor (Querétaro, 1961), presentada en Casa del Tiempo (marzo - mayo de 2000), manifiesta claramente la revaloración de un humanismo que parece desvanecerse entre las más variadas y distintas representaciones artísticas finiseculares. La producción gráfica de Minor enfrenta el nuevo y a la vez antiguo reto del arte: la representación del hombre dentro de un plano y un espacio. 

En la mayoría de sus obras de esta muestra, Flor se basta con la utilización del carbón para mostrar la excelencia técnica de su dibujo, donde el color apenas es requerido. La perfección y sobriedad de su enorme capacidad lineal se generaliza en toda su obra gráfica. En el trazo cuidadoso de su dibujo privilegia el contexto humano y el naturalismo, pero también se hace elocuente su estudio e interés determinante por la geometría y la perspectiva lineal. 

Claridad, secuencia y simultaneidad caracterizan el lenguaje visual de Flor Minor. La plenitud de lo corpóreo la relaciona de forma paralela con el dinamismo de la geometría –ilimitadas elipses, líneas, diámetros, simetrías–, que en ningún momento se ven desunidos o fuera de lugar. Asimismo, parece unificar la visceralidad natural del hombre contra la orden y la racionalidad de las matemáticas. Es por ello que, a la más pura usanza renacentista, cree con firmeza en el potencial del hombre en sí mismo y en su perfecta armonía con el cosmos.

   
 
 
La fuerza y vitalidad leonardescas se hacen evidentes en su quehacer gráfico. Como el artista milanés, Flor es consistente en sus ideales: imitatio, renovatio, aemulatio se presentan como un campo de opciones en su obra. 

Sus litografías, aguafuertes, punta secas, grabados o dibujos al carbón guardan una estrecha relación con esa reconciliación del hombre con la naturaleza y la geometría –la cual otorga el estatus artístico– que Leonardo da Vinci hizo célebre con el hombre de Vitruvio: la figura humana ideal dentro de un círculo. 

Karl Jaspers opinaba que el ideal de hombre de Leonardo era una encarnación del espíritu y la espiritualización de lo corporal. Sucede así en la obra de Flor. Suave, firme y refinada en sus trazos –y a veces recurriendo al claroscuro– hace una proporción franca entre la carne y el espíritu, lo humano y lo divino. Como Leonardo, no se conforma sólo con la observación: el hombre es más que una vía de estudio y experimentación en el modelado y las diferentes texturas; el cuerpo humano se equipara con la arquitectura por sus niveles de proporción. 

A pesar de su admiración por el artista renacentista, Flor no se adhiere al Trattato della pittura. Su obra trasciende de la mera imitación, el homocentrismo es para ella investigación y un camino independiente para particularizar sus búsquedas. 

En las preocupaciones estéticas de Minor se adivinan elementos de aparente simplicidad que pueden rodear una representación figurativa compleja, por ejemplo el misticismo de una oración enmarcada por los principios básicos de la naturaleza, la expresión gestual-grotesca de un hombre, la monumentalidad y estatismo de un guardián –que tiene las proporciones de un Buda–, San Sebastián con un alter ego difuminado, Adán y Eva confundidos entre hojas, tallos y árboles, la estabilidad arquitectónica de algunos trasfondos, ventanas como ejes exactos de la perspectiva, titanes con la musculatura de un gigante picassiano clásico y hombres con rostros casi imperceptibles cuyos cuerpos se observan como estudios anatómicos.

 

 

 

 

 

 

     
 
En casi todas las obras de esta exhibición es reiterativa una especie de hiedra –probable materialización de la inmortalidad– que Minor pone al nivel de las formas humanas. Ese componente orgánico cobra tanta importancia que no puede dejar de advertirse. Adopta el paisaje como acompañante sustancial del motivo principal, y al mismo tiempo dota al dibujo de una especial atmósfera donde se congrega al hombre con la naturaleza en sus pequeñas y más grandes manifestaciones. 

Flor plasma su ideal de humanismo a través de los volúmenes, el movimiento y la energía que define su obra, como si fuesen esculturas llevadas al papel. No tiene un modelo estricto. El hombre aparece sereno, aislado, solitario; no existe tensión en su realidad. Al tener una visión única del mundo, elimina todo lo que considera irrelevante. Por tal razón su producción es transparente, no parece haber secreto alguno, no desea esconder nada. Si existe algún código indescifrable, permite al espectador acogerse a explicaciones personales y hasta ortodoxas. Todos los elementos que puedan ser disímbolos tienen una peculiar razón de ser.

El sombreado de su dibujo proporciona precisión y profundidad. Los cuerpos adquieren presencia gracias al manejo de los escorzos, sobre todo en las extremidades. La línea del dibujo es un razonamiento íntimo sobre la imagen, coherencia y unidad plásticas en su memoria, que finalmente son trastocadas con minuciosidad y las convierte en formas absolutas. 

Mientras que para muchos artistas contemporáneos el arte es parte natural del desorden, Flor lo ve como una vinculación del equilibrio. No existen en ella esos despliegues de pérdida de fe en la forma. En el trabajo de Minor el mundo actual tendría que regresar a principios inamovibles, estructuras perdurables, emblemas, símbolos que tengan una validez universal. En síntesis, la obra gráfica de Flor Minor encierra esa nostalgia del orden como parte complementaria del caos.

Bibliografía 

Giancarlo Maiorino, Leonardo da Vinci, the daedelian mythmaker, Pennsylvania, The State University Press, 1992.

* Dafne Cruz Porchini (ciudad de México, 1973). Historiadora de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Becaria del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, actualmente realiza un estudio sobre Jesús Guerrero Galván. Entre sus publicaciones destaca El arte como necesidad psíquica. Algunas consideraciones sobre la obra de Juan Soriano, UAM, 1999.