A Ernesto de la Torre Villar

"LETRAS Y NOBLEZA...":
Una crónica barroca de Juan Rodríguez de León

Margarita Peña*

Partiendo de la premisa de que la prosa colonial, como la poesía y el teatro, no han sido descubiertos y editados en su totalidad- de lo cual dan buena cuenta, para no citar más que un rico venero, los textos literarios que van surgiendo como corpus anexo a procesos inquisitoriales- quiero referirme aquí a varios textos en prosa, provenientes del siglo XII, poco conocidos; algunos de ellos han sido mencionados en recuentos bibliográficos en relación con su autor; otros son desconocidos hasta donde se sabe. Son tres textos, encuadernados juntos en un mismo volumen; no pasan de diez a quince fojas cada uno, dos de ellos proceden de la ciudad de Puebla, el tercero de imprenta sevillana. Exequias fúnebres, un epítome, una crónica, integran el conjunto y se ostentan como ejemplos magníficos de prosa barroca. El volumen, en 8o., encuadernado en vaqueta, en regular estado de conservación, mereciera ser restaurado.
Me refiero, en primer término, a la crónica naval de Juan Rodríguez de León, cuyo título, abreviado, es "Juyzio/militar de la/batalla de D. Carlos de Ibarra/Vizconde de Centenar, General de Galeo-/nes, con diez y siete naos de Holanda, en la costa de la Haua/na, a 31 de agosto, este año/de 1638./Por el Dr. Iuan Rodríguez de León, Canónigo de la Santa Iglesia Cathedral de Tlaxcala./... En México por Bernardo Calderón,... Año 1638."

Se trata de un curioso texto en el que se mezcla el alegato jurídico contra la piratería holandesa, con la crónica barroca, erudita, apoyada en autores clásicos. El "Juyzio..." propiamente dicho, va precedido de una "Prosopopeya del mar" en la que el mar habla en primera persona, poetizando. A continuación, y a lo largo de apenas diez fojas repartidas en "votos" o capítulos, se describe la batalla naval sostenida entre los piratas holandeses y los bravos capitanes españoles, entre agosto y septiembre de 1638, en un tono épico salpicado de frecuentes alusiones a Homero y la antigüedad greco-latina. El protagonista, don Carlos de Ibarra, conde de Centenar, es asimismo mecenas del autor. La narración, saturada de latines, tiene por escenario los sitios de la isla de Cuba conocidos como Pan de Cabañas y Mesa de Mariel y trae al ámbito de la prosa barroca novohispana la geografía del Caribe. Es un documento importante para conocer un momento de la historia naval de España en el Golfo, que vincula la isla de Cuba con Tierra Firme: Cartagena de Indias y la Nueva España; en cuanto al contexto literario cubano, se relacionaría lejanamente con el Espejo de Paciencia, de Silvestre de Balboa y Troya de Quesada, texto fundacional de la literatura colonial cubana en los albores del siglo XVII (1608), que relata los desmanes del pirata Gilberto Girón en Santa María de Puerto Príncipe y la prisión del Obispo de la isla de Cuba, don Fray Juan de las Cabezas Altamirano. Dentro del contexto novohispano se vincula por el tema náutico con las obras de Diego García de Palacio sobre la navegación; con alguna relación sobre la destrucción de las naves inglesas frente a Veracruz en el último tercio del siglo ordenada por el virrey Martín Enríquez de Almanza (editada modernamente por Othón Arróniz); con referencias diversas a estragos de los piratas holandeses relacionados con el obispo Bernardo de Balbuena y su destruida biblioteca, en San Juan, Puerto Rico hacia 1625, y cronológicamente, con los Infortunios de Alonso Ramírez, novela de Carlos de Sigüenza y Góngora, de la segunda mitad del siglo XVII. La fecha del "Juyzio militar...", 1638, nos coloca en este momento, y por estos meses, a 360 años de la batalla naval, narrada en una prosa erudita y ultrabarroca por el que fuera canónigo de la Catedral de Tlaxcala, Juan Rodríguez de León (Pinelo). Vaya, así, este trabajo como una suerte de conmemoración del aniversario del encuentro bélico en el que los capitanes españoles encabezados por el conde del Centenar si no salieron victoriosos, por lo menos pudieron salvarse del acoso de los piratas holandeses mediante estrategias militares y una discreta retirada.

Lo que sabemos sobre este casi perdido autor, Juan Rodríguez de León, debemos agradecérselo a Ernesto de la Torre Villar, quien en su amplio estudio titulado El humanista Juan Rodríguez de León Pinelo (Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, México, 1996, 298 p., Anejos de Novohispania), rescata vida y obra, y ubica al cronista como miembro de la célebre familia de los León Pinelo, hermano de Antonio de León Pinelo, quien fuera relator del Consejo de Indias y autor del Epíthome a la biblioteca oriental y occidental…, monumental ensayo bibliográfico, y Diego de León Pinelo, intelectual prominente en el Perú virreinal. Por formar parte de una familia marcada por su origen judío y la consecuente per-secución inquisitorial, Juan pasó su vida entre Portugal (en donde nace, en Lisboa, a finales del siglo XVI), Valladolid, Buenos Aires, Tucumán, Córdoba, Lima, España; y Puebla y Tlaxcala, en la Nueva España. A su muerte fue enterrado en la Catedral de Puebla, a la que había hecho una cuantiosa donación de objetos de plata provenientes de su oratorio particular. A lo largo de una vida cifrada por el exilio forzoso y los numerosos viajes adquirió conocimientos vastos y erudición que están de manifiesto en esta prosa "militar". De la Torre Villar menciona varios escritos -sermones diversos; panegíricos, oraciones, una obra titulada El predicador de las gentes. San Pablo; un Martirologio de las Indias, un Patrocinio de la Pintura, escrita con Vicente Carducio, y una obra que guarda relación con el "Juyzio militar": Narración del viaje de naves de la real flota de las Indias, que haciéndose a la vela desde Cádiz el año de 1627, regresó después de haber visitado muchos puertos. Consignan sus escritos su propio hermano Antonio en el Epíthome de una biblioteca oriental…; Gil González Dávila, Juan José de Eguiara y Eguren, Beristáin de Sousa, José Toribio Medina, y Cristóbal Pérez Pastor, entre otros. Un volumen misceláneo conteniendo varias obras de Juan Rodríguez de León, entre ellas el "Juyzio militar", fue impreso en 1639, en México por Bernardo Calderón, con el título de "Panegyrico/avgvsto, caste-/Ilano latino./Al serenísimo Infante cardenal don Fer-/nando de Austria...". Contiene ocho o diez escritos que versan, a juzgar por los títulos, sobre sucedidos contemporáneos al autor. Dado que gran parte de lo que escribió vio la luz en la Nueva España -salvo algún impreso madrileño-, y que vivió en ella desde 1633 hasta 1644, año de su muerte, podemos reivindicarlo como escritor español avecindado en la Nueva España con una extensa obra en prosa.

Se relacionó a lo largo de su vida con personajes de importancia, entre ellos el conde de Centenar, a quien conociera en la Corte, durante una estancia en Madrid -entre 1627 y 1633-, en donde residía el más famoso de los tres hermanos, Antonio, Gran Canciller de Indias.

De acuerdo con Beristáin de Souza, "gozó de gran prestigio en México por su ciencia y por sus condiciones de carácter, que le valieron la confianza y estimación del ilustre Palafox, en tanto grado, que cuando éste publicó allí en 1643 la Historia real sagrada se la dedicó..."1 El mismo Beristáin se refiere a la buena acogida que le prestó el arzobispo Francisco Manso y Zúñiga, a quien dedicó Rodríguez de León su obra El predicador de las gentes.2 Por otra parte, durante su estancia en España, que se inicia en 1627, cuando llega procedente del Perú con un permiso del virrey Marqués de Guadalcázar, y en donde se sabe que fue predicador al servicio del rey Felipe IV, debió relacionarse con personajes de la Corte y del alto clero. A través de su hermano Antonio, relator del Consejo de Indias, pudo haber conocido, entre otros, a nuestro Juan Ruiz de Alarcón, ya que hacia 1625 éste obtiene el ansiado puesto de relator en el mismo Consejo de Indias, y sabemos de seguro que fue amigo cercano de Antonio de León Pinelo, puesto que lo nombra posteriormente su albacea testamentario. Siendo Juan Rodríguez de León mayor que Antonio, habiendo na-cido entre 1590 y 1595 (fecha esta última en que se incia la "diáspora" familiar, pues viaja con su madre, muy pequeño de Lisboa a Valladolid, en tanto que su padre emigra a Indias), por edad se encontraba más cerca del dramaturgo novohispano, nacido hacia 1581. El propio Antonio de León Pinelo en su Epíthome a una biblioteca oriental... afirma haber ocupado el puesto de corregidor de Oruro, en Perú, antes de pasar a España, y atribuye a su amigo Juan Ruiz de Alarcón el haber sido corregidor de Taxco.3 Este dato, que nos suena dudoso, pudo provenir del propio Alarcón ya que lo unía con el Gran Canciller, además de ser los dos letrados y el empleo común en el Consejo, el pertenecer ambos a familia de judíos conversos. Debo reparar aquí en la manera en que se van estableciendo lazos entre familias con un mismo origen semita: los León Pinelo, los Carmona Tamariz, los Alarcón; y también cómo la ciudad de Puebla parece ser el sitio que por momentos los reúne (además de la propia España, claro), pues se sabe que Pedro, el hermano del dramaturgo Ruiz de Alarcón, profesó como religioso en esa ciudad. Es casi seguro, pues, que Juan Ruiz de Alarcón haya conocido al otro Juan (Rodríguez de León Pinelo) si no en Puebla, sí en Madrid, en los años madrileños de ambos, entre 1627 y 1633.

Transcribo a continuación un fragmento del "Juyzio militar", la parte titulada "Prosopopeya del mar". Como ya dije, es el mar el que en rebuscada personificación habla en primera perso na, y dice lo siguiente: "Si el sol me transformara en lámina de plata, y artifi/ciosamente siruieran de buriles sus rayos, o los fare-/llones que caminan por el aire, sin dexar la tierra,/pudieran ser quadernos que conseruaran historias,/como son atalayas que guardan costas, dexara yo es-/crita a los siglos la batalla del vizconde de Cente-/nera con los Holandeses, pues auiendo asistido embelesado testigo/a la naual, fuera verdadero coronista del suceso; sin buscar informa-/ciones de cristalinos ríos que me tributan, por estar conocidos por/mur-muradores, que no callan: sino valiéndome de la verdad rubricada/en mis ondas, con la escarlata de valientes españoles, por no auer perecido el valor, adonde se cobraron las vi-das; que si soy sepulcro de cuerpos, jamás he sido sepultura de méritos. O si los poetas me consintieran palabras, ya que me conceden lenguas, pues ser mudo y entendi-/do, sin agrauiar lo que venero. Púsome Dios el precepto, que ha más de cinco mil años que obseruo: ojalá aprendieran de mí los hombres; y no he quebrantado la prisión, con ser de arena; porque no se diga, que soy colérico para entrarme a inobediente. Y en el diluuio soltán-/dome en fiado, y dándome el mundo por cárcel, quando fuera lícito/hablar (si bien solas ocho personas me podían oyr) no estuue tentado/por ser orador, sino por parecer detenido. Pero en tiempo en que los/oyentes son tantos, y los escritores tan varios, quisiera más discurrir/libre, que poseer los tesoros que tengo sin prouecho; como rico que/junta, y no gasta. Con esta licencia publicara lo que me cansa Holan-/da; con sus robos y sus cautelas, armando ciudades portátiles sobre/mis aguas, viéndome con la paciencia del mar Adriático, que se ha/dexado en Uenecia diuidir en calles y plagas, pasando por muchas/en traje de arroyo. Cada urca holandesa se disimula castillo, y cada baxel se desuanece fortaleza, saliendo de Amsterdán las seluas/a pasearse por mis dehesas azules, y los árboles a plantarse en mis campos/uerdes: como si faltaran a mis grutas seluas de nácar, y ár-/boles de coral. ¿Qué entretenimiento puede ocasionarme ver exercitar latroci-/nios, y perseguir a infelizes? ¿Y en descubrien do los galeones de España, va/lerse de las alas de lino, huyendo a la inmunidad del barlouento, los que nunca respetan la de la Iglesia? Sienpre auentajados en número, o fiados en/ (f. 297 r.) ligereza: porque no pueden ser aues los leones; ni abatirse a los cueruos/las águilas. ¿Qué hazaña es seguir una fregata, mariposa al fuego de/sus balas? Y acometer diez y siete urcas a siete galeones? ¡Graue dolor uer las flordelises de Francia entre los rebeldes de Holanda! ¿Cómo,/si las açuzenas de Clodoueo parecieran justificadas en lo lexos de sus/ países? Con esta meditación deseo ser mar de lágrimas, y crecer con lo llorado, no por lo caudaloso; pero suspendo el llanto, considerando/los fines. Y veo a la Magestad de Filipo III, el Grande, vitorioso des-/tos contrarios, siendo Alcides de la Religión, Atlante de la Fe; y al serenísimo Infante don Fernando, su hermano, sobreponiendo a la/púrpura lauros, multiplicando a la monarquía triunfos; hollando la ceruiz del Belga, a pesar del Hugonote. Yo incitaré vientos, y repetiré borrascas para anegar a hereges; sin consentir viaje a las Indias, sino/ a los que dilatan la Fe en las conquistas. Son mis costas de España, presto las defenderá la Armada de Barlouento; guárdense los baxe-/les de Holanda, que ya Dios quiere executar castigos, que no está oluidado de los sacrilegios de Terlemón; y ha mandado se me despa-/che la comisión que se dio al Mar Bermejo. Yo executor riguroso, si agora testigo disimulado, y conocerán los holandeses, lo que lloraron tarde los egipcios."

La defensa exaltada de España en esta "reflexión" del mar, implica la magnificación del soberano Felipe IV, que a lo que la historia ha juzgado, poco tuvo de grande. Resuena el orgullo hispano vejado por los atrevimientos de Holanda, Bélgica y Francia en un texto de intención política que recurre a la hipérbole, el hipérbaton, las metáforas ("láminas de plata", "alas de lino", "selvas de nácar"), en el que se compara a los rayos del sol con buriles que labran la superficie del agua, como lo hacen metafóricamente los "farellones que caminan por el aire". El alegato histórico-político termina con una amenaza grandilocuente: "conocerán los holandeses lo que lloraron tarde los egipcios".

Podemos imaginar las aguas del Golfo abriéndose para sepultar a los inicuos herejes protestantes por la sola fuerza de la bíblica palabra que Rodríguez de León, como un nuevo José o un nuevo Elías, arroja sobre esas ciudades de madera, sobre la flota de 17 urcas, o naos, holandesas y sus ocupantes corsarios, contra las que se debatieron valerosamente sólo sie-te galeones españoles en esta histórica batalla naval, en la que los españoles -suponemos que maltrechos- terminaron por buscar refugio en Veracruz, puerto seguro de la Nueva España. Como Neptuno airado, o Júpiter tonante, el canónigo de Tlaxcala esgrime una ira sagrada contra aquellos que no respetan la inmunidad de la Iglesia.

Desde un punto de vista estilístico, la "Prosopopeya del mar" se ostenta como texto barroco en varios sentidos. Abundan lo que Dámaso Alonso ha llamado "metáforas vulgares", aquéllas en que se da el elemento irreal o metafórico sin que aparezca el término real de la comparación. Constituyen "un bello eufemismo",4 por el cual el autor huye de la grosera realidad, premisa básica del artificio barroco. Metáforas eufemísticas serán así, en el texto: "láminas de plata": las ondas del mar; "buriles": los rayos del sol que graban en la superficie acuosa la gesta española; "escarlata de valientes españoles": la sangre de los españoles muertos; "lenguas": olas (o bien, lenguajes, idiomas diversos de los viajeros que cruzan el Atlántico); "prisión... de arena": lecho marino; "ciudades portátiles": flota holandesa, conjunto de naves piratas; "saliendo de Amsterdán las selvas": el conjunto de naos enemigas que zarpan de Holanda, "dehesas azules": la superficie marina, en donde "pastan" los barcos piratas; "campos verdes": de nuevo, enfáticamente, la superficie marina; "los árboles": las naves enemigas de madera; "selvas de nácar": conjunto de conchas en las profundidades del mar que guardan perlas; "alas de lino": velas de las naos holandesas; "mariposa al fuego de sus balas": embarcación ligera que se quema en la proximidad del fuego enemigo; "azucenas de Clodoveo": flores otrora puras equivalentes al emblema de las flores de lis del monarca Clodoveo, contaminadas simbólicamente por la alianza política de Francia con Holanda; "cueruos": los piratas holandeses; "águilas": los capitanes españoles; "mar de lágrimas": el mar metamorfoseado por el duelo español; "púrpura": sangre de los españoles sacrificados. La naturaleza, en el texto, se convierte en "un cortejo de bellas palabras" con las que se construye una "visión irreal espléndida".5 La paleta del escritor barroco dota al paisaje marino de colores: escarlata, púrpura, azul, verde, plata y oro, con implicaciones semánticas que determinan un contexto ideo-lógico-político apoyado en lo visual. Tenemos ante nosotros una pintura naval digna de Rubens, en la que se cuenta una historia de tintes nacionalista-contrarreformistas típica del siglo XVII español. Por otra parte, el juego de metáforas "vulgares" vendría a ser en Rodríguez de León el cañamazo, la tela en la que se tejen imágenes personales, tal la que dice: "si el sol me transformara en lámina de plata", cuyo trasfondo semántico es el del mar que, convertido en voz, expresa un deseo que por efecto de los vocablos nos lleva a visualizar un paisaje marino al alba, en la aurora; o bien aquella imagen trimembre: "los fare-/llones que caminan por el aire, sin dexar la tierra,/pudieran ser quadernos que conseruaran historias,/ como son atalayas que guardan costas", en la que se equipara a los faros, o farellones, con atalayas a un tiempo ancladas y volantes, "que caminan por el aire", y con cuadernos que guardan historias como los farellones guardan la costa; en una palabra: vigías, testigos, cronistas que registran hechos y sucesos del mar. Como resultado del artificio barroco, en el ámbito del significado tenemos el cuaderno, el testimonio, el documento que permanece, por un lado; por otro, la luz que guía. Juntos logran una imagen, una correlación plurimembre. Halago de los sentidos, del sentido de la vista concretamente, el texto remite en su colorismo a Góngora; en una todavía renacentista y tardía simplicidad, a Garcilaso.

En foja 295 recta figura la dedicatoria A Don Carlos de/Ibarra, Cavallero de la Orden/de Santiago, Vizconde de Centenar, General de/la Armada de los Galeones de la Guarda/de las Indias. Y un poco más adelante, en los renglones que preceden a la "Prosopopeya del mar" topamos con una curiosa lista que lleva por título "ARMAMENTARIUM", y que no es sino un índice onomástico en latín de autores de la antigüedad que trataron tópicos militares, y a los que Rodríguez de León va a acudir como autoridades a lo largo de los seis "votos" o capítulos que configuran la obra. Si en la "Prosopopeya" detectamos ecos renacentistas, en cada uno de los Votos, que van precedidos por los nombres de autores clásicos citados por Rodríguez de León en ellos, el barroco campea. No sólo por el uso de los consabidos recursos: hipérbaton, elipsis, metáforas, imágenes, hipérboles, etc., sino debido a la inclusión de largos párrafos en latín tomados de dichos autores antiguos, los cuales aportan el toque erudito y oscurecen el texto (algún crítico los considera verdaderos tropezones que obstaculizan la lectura). Abundan, como era de esperarse en un texto de prosapia barroca, las perífrasis alusivas, con fuga de sentido por alusión a algo sobreentendido ("que esmaltar hazañas con sangre/fue escreuir fama en bronzes"); presencia de personajes homéricos (Ayax Telamón, Aquiles); hipérboles con función amplificadora ("que el valor español, si no rinde lo más soberuio, no se haya triunfante en lo ossado"); algún epíteto heroico aplicado a un personaje valeroso ("Sancho de Urdanivia, luzero de Vizcaya"; o bien: Príncipe, "Lucero del alua"; Infante, "estrella de Flandes"); cifra de ideales renacentista-barrocos tradicionales casi emblemáticos ("No acaban de encarecer/lo que vale un sabio aconsejar. Que bien parecen juntas armas y letras; porque se vea que ay labios con valentía de manos..."). Las oposiciones y las antítesis alternan con la efeméride hagiográfica: "Y siguiósse processión general día de San Miguel, cuya celeste espada se vio tan vitoriosa en el cielo. Assitieron los dos cabildos, Eclesiástico y secular, con letras y nobleza, con grauedad y lucimiento..." Se refiere aquí el autor a la solemne celebración de la batalla naval habida en la ciudad de México, el 29 de septiembre de 1638, día de San Miguel, encabezada por el virrey Marqués de Cadereyta y sazonada con sermones panegíricos al uso. El colorismo barroco se mezcla en "Juyzio…" con el planteamiento ético cuando se afirma "Que bien parece el rosicler de las heridas sobre la púrpura del hábito en un capitán español. Con ellas resplandecía el Vizconde declarando el ánimo prudente sin el furor peligroso...". Es evidente la exaltación de las virtudes del líder: valor que culmina en la sangre púrpura de las heridas, y prudencia en la decisión de la retirada. Domina, como era de esperarse en un texto del XII, una concepción mani-quea, y en la oposición bien/mal, día/noche, triunfa finalmente la luz sobre la oscuridad: "qué felicidad de España ser esfera de tan soberanos resplandores, para desterrar las sombras del Belga, la noche/del Herege".

La declaración anterior cierra el Voto VI. Pese a la fuga frecuente hacia la metáfora, la hipérbole, la alusión y elusión, el texto linajudamente barroco, se ancla en la realidad de un momento histórico gracias a su carácter de crónica. La mezcla de personajes de la antigüedad clásica con personajes reales, con los protagonistas de la batalla, es por momentos causa de confusión, aunque contribuye a situar el relato en un momento preciso haciendo coincidir realismo histórico e ilusionismo barroco. El dato real y la fábula poética están coludidos, casados, a través de la metáfora, la perífrasis, y tantos otros recursos del barroco literario ya mencionados.

La historia nos indica que el 7 de agosto había salido de Cartagena el Vizconde del Centenar con siete galeones y una pa-lache; arribó el día 27 a Cabo de Corrientes. A 30 de agosto se descubrieron sobre Pan de Cabañas 17 velas del enemigo. Libróse la cruenta batalla. Alrededor del 5 de septiembre arribó el Vizconde a Veracruz "con singular alegría de este/ reyno, multiplicando luminarias en México... Ni se devía menos aclamación al suceso, quan/do milagrosamente se auía librado el thesoro, cuydado en que ocu/pó toda la atención el General: que aver vencido perdiendo, fuera arriesgar mucho peleando. Y más le importó a la Monarquía auer conseruado lo que lleuaua, que salir vitorioso...". La conclusión de una huida afortunada de los españoles ante la acometida de los corsarios, anteponiendo la prudencia a la valentía, adobada por el cronista con alusiones justificatorias relativas al estado del erario español en las guerras que libraba España con Francia y Holanda, no logra desviarnos de un hecho cardinal: el de la codicia que vence, incluso, al arrojo tradicional y el orgullo nacionalista. Porque, remata Rodríguez de León, "por una gallardía de ánimo/perder un galeón de plata, fuera desacierto, aunque se llamara/valentía..."

Crónica barroca escrita por quien no es testigo presencial, por un autor de trasmano que se apoya posiblemente en el relato que pudo hacerle el propio protagonista Vizconde del Centenar, para su fama y gloria, el "Juyzio militar" se configura como singular ejemplo de épica en prosa que brota del ánimo exaltado y de la mano del canónigo Rodríguez de León, en el apartado y confortable reducto de Tlaxcala-Puebla.

Desde el punto de vista de la identidad judaico-cristiana y de la dignidad de Rodríguez de León, no dejan de parecer exagerados el cristianismo recalcitrante y la defensa, en su texto, de la Iglesia, una institución que en Portugal, a través del Tribunal del Santo Oficio, había causado la destrucción de su familia (los abuelos paternos fueron quemados), y obligado a los descendientes a un peregrinaje que los llevó del Viejo al Nuevo Mundo. En busca de puestos y canonjías también, pero ante todo, de la supervivencia, huyendo de las delaciones de los "murmuradores" que, por lo menos en Argentina y el Perú fueron causa, de acuerdo con los biógrafos, del éxodo familiar. Es evidente que tal exaltación de la nación española, la monarquía y sus representantes constituía un parapeto tras el cual se defendía el hombre perseguido en razón de su raza y de las creencias y prácticas religiosas de sus ancestros. Estar bajo el amparo de la Iglesia, convirtiéndose en uno de sus miembros era otra manera de ponerse a salvo. El hermano Antonio, por el contrario, no sólo no profesó, sino que se casó y procreó cinco hijos, pasando a la posteridad como jurista y bibliófilo eminente.

No deja de sorprender, tampoco, que habiendo sido predicador en la Corte haya venido Rodríguez de León a refugiarse y morir como modesto canónigo en la remota Tlaxcala. Puebla, la ciudad, sin embargo era otra cosa, y aquí pudo relacionarse Rodríguez de León con don Juan de Palafox y Mendoza, y otros varones distinguidos como él mismo. Y pudo, también, satisfacer sus gustos por el lujo y la estética, coleccionando objetos suntuosos en su oratorio privado, que luego legó a la Iglesia. Destino paradójico y afortunado de este hijo y nieto de conversos, viajero, predicador, escritor, hombre mundano, que entrega sus riquezas a la institución religiosa que sacrificó a su familia, con la cual hubo de reconciliarse, y sobre la cual triunfó finalmente, pues su lápida ¡en plena Catedral poblana!, dice: "Aquí yase/el señor Dn. Juan Rodrígues de León Canónigo que fue/de esta Santa/Iglesia Insigne Predicador y sugeto de grande erudición Murio a 6 de julio año de 1644." Destino azaroso, como el del humanista Juan Luis Vives y el del dramaturgo Antonio Henríquez Gómez, otros dos descendientes de conversos en la España del XVI y el XVII.

Ernesto de la Torre Villar recuperó biográfica y bibliográficamente la figura de Juan Rodríguez de León. Con lo dicho an-teriormente he querido dar noticia de uno de sus raros textos incluido en un volumen también raro y curioso. El resto de su producción, consignada por bibliógrafos, se encuentra dispersa en bibliotecas diversas. ¡Qué más quisiéramos que localizarla y editar una selección de ella! Sería una forma de recuperar a un prosista hasta ahora ignorado de la Nueva España.

El volumen a que me he venido refiriendo contiene, además, una pieza de oratoria fúnebre en el género de la que se dedica a Isabel de Borbón, dirigida a una dama poblana, cuyo título dice: "Descripción/de las funerales exequias, y sermón... a la muerte de la muy noble y piadosa Señora Da. Jacinta de Vidarte, y Pardo... en el Convento de N. P. Santo Domingo, lunes 25 de agosto de... 1681, a expensas de su... esposo D. Pedro Hurtado de Mendoza... Alcalde Mayor... de la Provincia de Tepeaca…/Predícalo/el muy reverendo Padre Fray Gregorio Sedeño... en la Puebla de los Angeles, en la imprenta de la Viuda de Juan de Borja, y Gandía, Año 1681." Estamos ante un bello ejemplo de literatura sagrada en honor de una mujer que no es reina, ni monja notable, ni santa, tan sólo una protagonista dentro de su núcleo social, difunta. Como dato curioso anotamos que la licencia para la publicación fue concedida por el obispo Manuel Fernández de Santa Cruz, amigo de monjas como las "Mónicas" de Puebla y las "Mónicas" de Oaxaca, además de censor infatigable de escritos variados. Por lo demás, el apellido ilustre del marido de la dama hace pensar en la existencia en Puebla de una rama de los Hurtado de Mendoza, parientes quizá del primer virrey de la Nueva España. Ilustre también, posiblemente relacionado con San Francisco de Borja, duque de Gandía, es el nombre de quien imprime el texto. Y finalmente, la alusión al poblado de Tepeaca como lugar regido por un alcalde de noble ascendencia, marido de la homenajeada, hace pensar en la importancia que Tepeaca tuvo en los años coloniales, desde que se le bautizó como Segura de la Frontera, presenció la redacción de la segunda Carta de Relación por Hernán Cortés, y cobijó entre sus moradores a Pedro Suárez de Mayorga, sevillano, traductor del gran tratado de quiromancia del siglo XVI conocido como "Taisnerio", en latín Opus mathematicum, de Johannes Taisnier.

Como se dijo al principio, todos los opúsculos reunidos en el volumen citado provienen de imprentas novohispanas, salvo el titulado "Epítome breve/y tratado único/de la naturaleza, movimiento, y/aparición/del cometa,/que se empezó a ver en esta ciudad por diziem-/bre del año pasado de 1680...Su autor que lo escrive/Don Antonio Cataño Ponce de León,/fiel Executor Perpetuo de Sevilla./En Sevilla, por Tomás López de Haro...1681." " Se trata de un texto en la tesitura de los que escribiera Sigüenza y Góngora en su calidad de astrónomo (Belerofonte matemático cotra la quimera astrológica; Libra astronómica y filosófica). De astronomía que se aparta cautelosamente de la astrología judiciaria en el registro también del Repertorio de los tiempos, de Henrico Martínez. Es prosa escrita e impresa en Sevilla, similar a la que sobre temas afines se escribía en México, en un reflejo especular: lo que priva en la península se reproduce, copia e imita aquí. Como si se tratara de espejos paralelos montados sobre dos continentes, con un océano de por medio. Lo mismo sucederá en el terreno de la poesía y del teatro.

Es evidente que sobre la prosa novohispana no está dicho todo. Los textos anteriores, de diferente corte, contenidos en un volumen misceláneo nos confirman en la idea que hemos venido sustentando: no es posible afirmar de manera radical que este y el otro género no existieron en la Nueva España. Es cosa, me parece, solamente, de seguir investigando.

 

 

 

 

 

Notas

1 Cit. por E. de la Torre Villar, El humanista Juan Rodríguez de León Pinelo. Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, México, 1996 (Anejos de Novohispania), 2, p. 272.

2 Op. cit., p. 273.

3 Cfr. op. cit., p. 281.

4 Para esto y lo anterior, véase Dámaso Alonso, Estudios y ensayos gon-gorinos, 3ª. ed., Madrid, Gredos, 1970 (Biblioteca Románica Hispánica. II. Estudios y Ensayos, 18), p. 73.

5 Ibid., p. 74.

* Margarita Peña (México D.F., 1937). Investigadora, ensayista y crítica literaria. Obtuvo la maestría en letras hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México, y el doctorado en El Colegio de México. En 1993 le fue otorgado el premio Universidad Nacional por investigación artística y extensión. Entre sus múltiples libros destacan: Alegoría y auto sacramental (sobre Calderón de la Barca), Mofarandel de los oráculos de Apolo, Historia de la literatura mexicana colonial, y El canto de nunca acabar.