Medio siglo y los sesenta
Agustín Cadena
 
 
 

Si conincidimos con Enrique Krauze y sus multiples seguidores, y examinamos la historia literaria reciente de acuerdo con el enfoque generacional de José Ortega y Gasset, nos encontramos con un grupo de enorme importancia por la lucidez de su búsqueda técnica: el de los nacidos entre 1920 y 1935. Es la generación que Wigberto Jiménez Moreno, en uno de los momentos más importantes de la crítica moderna, bautizó con el nombre de Medio Siglo.
Con frecuencia se ha cedido a una tentación: la de limitar el concepto de Medio Siglo a un pequeño grupo de narradores, amigos entre sí, que además de sus coincidencias sociales compartieron una actitud ante el quehacer literario. Sin embargo, en términos estrictos, la generación debería incluir también a los otros escritores nacidos en el periodo de los quince años orteguianos. Así, nos encontramos con la necesidad de leer juntos a autores tan disímiles como Inés Arredondo (1928) y Sergio Galindo (1926), o Guadalupe Dueñas (1920) y Ricardo Garibay (1923). A estos nombres añadimos los ya inseparables de la lista: Rosario Castellanos (1925), Emilio Carballido (1925). Amparo Dávila (1928), Salvador Elizondo (1932), Carlos Fuentes (1929), Elena Poniatowska (1932), Juan García Ponde (1932), Juan García Ponce (1932), Sergio Pitol (1933) y Jorge López Páez (1922).
 

 

No es la intención de estas notas agregar uno más a los ya muy lúcidos estudios que hay sobre la generación, entre los cuales destacan los realizados por críticos muy jóvenes: Graciela Martínez Zalce, Leonardo Martínez Carrizales, Bruno Hernández Piché. Otros contemporáneos suyos, menos especializados pero igualmente lúcidos, han dedicado al tema alguna de sus reflexiones. Enlistarlos sería largo y arbitrario: casi todos los nacidos después de 1960 (aunque el criterio orteguiano señalaría un rango de 1951 a 1965) hemos sentido la necesidad de ajustar las cuentas con quienes fueron presencias muy importantes en nuestra formación literaria. Resulta sumamente atractivo -y éste sí es el propósito de este escrito- trazar la ruta de lecturas críticas y lecciones de técnica narrativa que va de Medio Siglo a la generación de escritores que ahora se ocupa con tanto entusiasmo de su examen crítico.
En primer lugar, y aunque parezca una perogrullada, un autor no es leído de la misma manera por sus contemporáneos que por sus descendientes intelectuales. Pero, por otro lado, sería demasiado temerario aventurar observaciones sobre influencias que, en este momento, podrían ser solo transitorias o que aún no se manifiestan claramente. Es cierto que hay un aire de familia entre la narrativa de Salvador Elizondo y algunas páginas de Pablo Soler Frost, de Jorge Volpi y de Álvaro Enrique; o entre Ampara Dávila y Héctor de Mauleón; o entre Inés Arredondo y Edmée Pardo y Marina Bespalova; o entre Juan García Ponce y Mauricio Montiel Figueiras y Pedro Ángel Palou. Pero puede ser que las diferencias entre estos escritores jóvenes sean más importantes que sus -en todo caso superficiales- semejanzas. Puede ser, también, que sus lecturas más determinantes procedan de otras tradiciones literarias y que uno simplemente esté cediendo a la tentación chauvinista de creer en la completa autosuficiencia de la literatura mexicana. En el caso de Mauleón, por ejemplo, ¿cómo saber que encontró las claves de su poder perturbador en Amparo Dávila y no en Julio Cortázar? ¿O quizá se trate de una fuente anterior, como Francisco Tario o incluso Edgar Allan Poe? ¿Y cómo explicar, con sólo la lectura de Juan García Ponce, que escritores tan diferentes entre sí como Montiel Figueiras y Palou compartan ocasionalmente un tono, una manera de focalizar el pasado desde el presente ficcional, pero se encuentren separados por visiones del mundo diametralmente distintas?
Toda historiografía literaria requiere una perspectiva temporal para madurar sus juicios. Todo cuanto por ahora sería posible decir posible decir acerca de las relaciones entre Medio Siglo y los escritores de los sesenta, será revisado y enmendado en menos tiempo de lo que esperamos. Y quizá esta tarea no nos corresponde a nosotros, lo que estamos dentro: no se puede ser árbol y al mismo tiempo hablar del bosque.
 

 

Desde los límites a los cuales me obliga esta posición, deseo proponer una lectura articulada sobre ciertos puntos que me parecen relevantes desde el punto de vista d elo que está ocurriendo actualmente en la narrativa mexicana.
Medio Siglo fue una generación llena de búsquedas y de vacilaciones, pero, acaso por lo mismo, de intentos por delimitar un espacio ideológico, una poética narrativa. Empresa de carácter finalmente más individual que colectivo, determinó la conformación de ciertos estilos y procedimientos literarios que, al oponerse unos a otros, se convirtieron en formas de personalidad notablemente definidas. Paradójicamente, esto nos permite ahora encontrar con más facilidad sus puntos de contacto. Libertad técnica, una insaciable curiosidad experimental y una gran fascinación por lo insólito, los personajes misteriosos y las situaciones límite, son algunos de los elementos que compartieron de manera más visible. En general, su estilo es más poética, más rico, más escalofriante, más sensual que el de los narradores precedentes. y para casi todos, en mayor o menor medida, fue una regla a dominar esa unidad de efecto que Poe estimaba por encima de cualquier otra virtud literaria. Quizá por ese motivo, a la fuerza expansiva de la novela prefirieron muchas veces la concentración del cuento. Ciertamente, Medio Siglo fue una generación que dio al cuento o relato corto un lugar especial en su producción literaria. Algunos de sus integrantes fueron siempre cuentistas, como Amparo Dávila e Inés Arredondo; otros, como Juan García Ponce y Carlos Fuentes, hicieron en su carrera de novelistas un lugar para el cuento. Emilio Carballido, eminentemente dramaturgo, publicó por lo menos un libro de cuentos. Durante los años que ocuparon la producción más abundante de estos escritores, el cuento alcanzó como género un prestigio que no había tenido y que no ha vuelto a tener. Un escritor podía hacer su carrera en el género que quisiera, pero en algún momento tenía que pasar por la prueba del cuento. Y gracias, en muy buena medida, a esta disciplina, el lenguaje literario se volvió más directo. Lo fantástico -materia tradicional del cuento- se convirtió en un instrumento estético cuyo objetivo sería poner en duda lo real de la realidad. Lo fantástico dejo de ser, así, un estilo t se convirtió en un efecto. Un efecto con profundas repercusiones subversivas, ya que dudar de la realidad pareció la mejor manera de acorralar a la ideología. Así respondió Medio Siglo a la necesidad histórica de revisar las condiciones políticas, sociales y económicas de lo que entonces era la nueva realidad latinoamericana. Aparte habría que ubicar, desde luego, la aportación directa, sistemática y monumental de Carlos Fuentes a esta discusión.
 


 

Expuestas estas observaciones, resultaría natural concluir que las influencias más perdurables de Medio Siglo tuvieron lugar en el género del cuento. Así fue durante las décadas anteriores, después -digamos arbitrariamente- de 1980, y antes de que las empresas narrativas de la generación sesentera (La Literatura Basura y el Crack) dieran a la novela el lugar predominante. Sin embargo, gracias a que la transición de la ficción breve a la de largo aliento tuvo lugar de manera paulatina, las lecciones de los maestros han sido asimiladas de manera más amplia y perdurable.
Así, una visión panorámica de la nueva narativa revelaría necesariamente aquellos elementos de Medio Siglo que con más frecuencia se hacen presentes. Por ejemplo, aprendimos de Inés Arredondo la fascinación por las sensaciones físicas y las metaforizaciones del destino humano.
 

Por su parte, la Rosario Castellanos le cabe el mérito de que, con su feminismo desenfadado, fluido y estudiadamente frívolo, fue la abuela de toda la narrativa light que, en esta época, ha convertido el quehacer literario en una actividad de club. Aunque hay que reconocerle el acierto de haber sido la primera narradora que abordó la vida sexual de sus personajes como parte de la experiencia cotidiana, liberándola de la cada vez más onerosa carga que le había impuesto la litertura femenina anterior: el bagaje de los nociones románticas y modernistas de amor, éxtasis, locura, pecado, transgresión, desafío.
De Amparo Dávila nos seduce todavía su fascinación por ciertas zonas oscuras de la conducta humana, el tono, la visión del mundo, los postulados existenciales de su universo narrativo. En él, no es lo insólito lo que invade el territorio de lo real cotidiano, sino que ocurre un fenómeno inverso: habitamos un oscuro mundo desquiciado que a veces -sólo a veces- nos sorprende con fugaces momentos de cordura. Sus personajes raptan, temerosos o culpables, por los laberintos de este mundo que no parece ser el suyo, pero al cual finalmente se han adaptado de una manera perversa.
Salvador Elizondo, presencia que a la larga ha sido mucho más importante de lo que se pensó en su tiempo, cuando la literatura de la onda parecía tan dominante, ha sido para esta generación el gran maestro de la literatura libresca, la exploración intelectual de las sensaciones físicas y los conflictos internos, la intertextualidad como técnica y no como mero elemento, la reflexión del lenguaje sobre sí mismo, la escritura como ejercicio mental y el erotismo como problema filosófico, como experiencia cuya realidad tiene lugar a contracorriente de las categorías espaciotemporales.
Las lecciones que hemos asimilado de Juan García Ponce tienen que ver con la noción de la vida interior como la verdadera vida, como una vida dentro de la vida, que tiene lugar bajo la apariencia estática de la indiferencia cotidiana, con todos sus deseos, sus fantasías y sus impredecibles pulsiones. De Sergio Pitol, nos ilumina su maestría en la creación de atmósferas y de esa aura de sus personajes, que es una especie de atmósfera individual -si esto es posible- que los envuelve sutilmente.
De Emilio Carballido, tenemos la herencia de ciertas constantes suyas: la ironía, la tensión entre lo tierno y lo ridículo, la construcción minuciosa de los personajes, el paisaje como imprescindible marco escenográfico.
 

 

Respecto de Carlos Fuentes, evaluar su influencia en toda la literatura que le es posterior parece una tarea demesurada y, en todo caso, prematura. no creo que haya nadie que no lo haya leído. No creo, tampoco, que haya nadie que no haya tomado partido a favor o en contra de él o de su literatura. La variedad de su obra es tan extensa que prácticamente tiene relación con cualquier rango de procedimientos narrativos, desde los que corresponden al mosaico social y la novela sociol´gica, hasta los que se encaminan a explorar las posibilidades de lo fantástico. Así que, con toda razón, la importancia de su obra podría resumirse en esta cita de José Emilio Pacheco: "Hace treinta años, La lregión más transparente fundó la narrativa mexicana contemporánea."1

En México, atravesamos una época de crisis histórica y literaria. La producción narrativa se aísla cada vez más en el narcisismo y en una irresponsabilidad disfrazada de espíritu conciliador. Todo está bien, excepto nuestros problemas personales, nuestros sórdidos y engrandecidos dilemas cotidianos. Aunque alrededor suceden cosas terribles. Pocos, muy pocos escritores aceptan el reto creativo e intelectual que supone la búsqueda de una obra orgánica, propia, lacerante, lúcida, genuinamente ambiciosa. Aquí está la aportación más grande, el legado más valioso, que tiene para nosotros la generación de Medio Siglo. Y por eso es necesario estudiarlos. Estudiarlos. 1 José Emilio Pacheco (ABC, España, 29 de diciembre de 1987, pág. 70).
 Regresa al índice de la revista Septiembre 1998 
Regresa a la página de Difusion Culrural 
©Universidad Autónoma Metropolitana
Elaboración: Fermín Suárez Rodríguez