El canto de la historia
Rafael Menjívar
La vieja polémica
Las ciencias sociales nunca han hecho buenas migas con ciertas expresiones culturales, especialmente las artísticas; sin embargo, no son pocos los científicos sociales que han intentado encarar los fenómenos estéticos desde el punto de vista de sus respectivas disciplinas, bajo el supuesto casi positivista de que su maletín contiene los instrumentos necesarios para operar sobre ese paciente inconforme que es el arte.
¿Qué es lo que buscan las ciencias sociales en los fenómenos artísticos? Datos, usualmente. Una novela o una canción, digamos, puede referir hechos o citar fechas o dar cuenta de nombres que serán importantes para una investigación, o bien dará una mejor ubicación de un determinado contexto.
 
 
 
 
 
Éstas son fuentes que siempre deberán manejarse con pinzas; los autores de obras artísticas en ocasiones se portan excesivamente liberales en el manejo de los datos históricos. Como botón de muestra, basta cotejar Los tres mosqueteros con la historia real para darse cuenta de que las cosas no son tan fáciles: a Richalieu se le acreditan acciones que estarían mejor en la cuenta de Mazarino y, sin ir más lejos, se hace convivir en el mismo tiempo a personas que pertenecieron a diferentes momentos. (Para mayor información, y ya que se trata de la credibilidad en la ficción, léase la excelente novela El club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte.)
Hay, no obstante, un espíritu en ciertas obras artísticas que es invaluable para los científicos sociales. Tal es el caso de esa comedia humana que pintó Dickens en sus novelas: quizá, sin ellas, lo que se sabe de la Inglaterra del siglo pasado no serían sino simples cifras y algunas espantosas anécdotas coronadas por los crímenes de Jack, The Ripper, esa síntesis del victorianismo. Si se trata de buscar información en los hechos estéticos, pocos lugares como Oliver Twist o David Copperfield: la dimensión humana de la explotación, la prepotencia del poder y los recovecos de la miseria están retratados allí más claramente que en cualquier libro de historia o política. Gogol y Dostoyevski pusieron sus importantísimos granos de arena en ese aspecto y, un tanto más autoconscientes y condescendientes, Zolá y algunas corrientes que florecieron en América Latina a mediados de siglo, como el indigenismo y el costumbrismo, con el ecuatoriano Icaza y el salvadoreño Salarrué a la cabeza, respectivamente.
El problema comienza siempre a la hora de determinar qué fue primero, si el huevo o la gallina,* esto es: dónde termina la estética y comienzan las ciencias sociales, y viceversa.
No son pocos los que, en diferentes etapas y bajo métodos diversos, han intentado hacer de la estética un apéndice de, digamos, la sociología, la historia o el psicoanálisis, y tampoco han sido pocos los artistas que intentan hacer de las ciencias sociales un apéndice del hecho estético; mucho de la música de protesta de los sesenta andaba en ésas (Viglietti, Ángel e Isabel Parra, Víctor Jara), y también escritores como Benedetti, Roque Dalton, Otto René Castillo y otros que florecieron a la sombra de los movimientos revolucionarios latinoamericanos de las décadas pasadas. La síntesis de ambas tendencias fueron los realismos socialistas y las revoluciones culturales que se plantearon en la URSS y China, principalmente, con sucursales en los países que se hallaban bajo su influencia política y -de algún modo hay que llamarla- estética.

La historia y más allá
La antropología, dentro de las ciencias sociales, es la que encara con mayor franqueza los fenómenos culturales, aunque tienda a limitarlos en cuanto a su valor estético y, sobre todo, a buscarlos en los márgenes de las corrientes culturales dominantes, en eso a lo que se da el nombre a veces peyorativo de "folclor".
escucha"Los otros" son los autores del arte que usualmente estudian los antropólogos, pero al menos buscan la fidelidad del hecho y la exactitud del dato, en contraposición a la sociología, por ejemplo, que no deja mucho que recoger después de la autopsia. Gracias a la antropología, muchos cantos y narraciones populares se han salvado de la extinción o de la segregación, aunque al frecuente precio de convertirse en curiosidades de museo, ajenas a quien las lee o escucha.
La historia también se beneficia de los hechos estéticos, de dos maneras diferentes: en la consecución de datos a través de aquéllos y en su clasificación cronológica o interpretativa. Esto fue lo que hizo Vicente T. Mendoza, sin ir más lejos, con muchos de los cantos populares mexicanos: recopilarlos y darles un sentido histórico.
El corrido mexicano y Décima y glosa en México, sus obras más importantes, son documentos básicos para la ubicación histórica de dos corrientes estéticas populares fundamentales para la comprensión de ciertos aspectos de la cultura de un país rico en tradiciones e historia.
No obstante, y sin el afán de cometer una injusticia, es clara la distancia entre los hechos estéticos que registra Mendoza y la disciplina desde la cual los registra; es decir, la historia. Por lo que se planteó al principio de este artículo, nada más natural: las ciencias sociales y la estética tienen una guerra a veces tácita, a veces declarada, que parecería irresoluble. Sin embargo...

El recurso del método
Cualquier disciplina que estudie los fenómenos estéticos deberá, por fuerza, cumplir un papel subordinado. Muchas disciplinas (la crítica, las ciencias sociales, la psicología) olvidan esta premisa básica y tratan de rebasar en sus alcances el objeto de sus estudios. El resultado: de disciplinas subordinadas tienden a convertirse en disciplinas parasitarias, que llegan a matar por asfixia lo que es su razón de ser.
 
 

 
 

Lo importante de la crítica es el hecho estético que estudia, no la crítica misma. La sociología no tiene valor por encima de los fenómenos que analiza. La psicología no puede erigirse por encima de las cosas humanas, pues de ellas se nutre y ellas son su origen y su fin.
Desde ese punto de vista, y ya que se habló de corridos, es interesante el trabajo del sociólogo Antonio Avitia Hernández, El corrido histórico mexicano, publicado recientemente por la editorial Porrúa, en la colección "Sepan cuantos..."


El punto de partida del trabajo no es el registro de corridos mexicanos a partir de un método historiográfico, sino el registro de la historia con los corridos como eje central. Avitia Hernández parece apostar a una carta fuerte: no hay hecho histórico que no se encuentre registrado en corridos o en formas artísticas análogas de expresión popular, y no hay personaje importante, desde la Independencia hasta la actualidad, que no esté reflejado en los cantos populares.
El resultado son cinco tomos, en los cuales Avitia se lanza a un trabajo que toma en cuenta, simultáneamente, dos líneas de comprensión: por una parte, presenta corridos históricos; por otra, la descripción del contexto histórico que hizo posibles los corridos.
El trabajo, producto de más de 20 años de investigaciones, no intenta ajustar el hecho estético a la metodología (la praxis a la teoría), sino seguir un fenómeno que marca su propia metodología, que es a la vez el objeto y el método de estudio. Es, ni más ni menos, un ejemplo de honestidad intelectual que no es frecuente encontrar cuando hay manifestaciones artísticas de por medio.
Ciencias sociales y estética: agua y aceite. Pero vale la pena intentarlo. * Para beneficio del lector, se aclara que se pusieron muchísimos huevos antes de que apareciera la primera gallina sobre la faz del planeta.


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Elaboración: Fermín Suárez Rodríguez