Erotismo vegetal. A próposito de Flor-eros
Luis Ignacio Sáinz
A veces la realidad seduce, tal como sugiere y plasma Sergio de la Peña, y lo hace por el olor, el tacto, el gusto, la vista. Únicas mediaciones a nuestra disposición para combatir o dosificar las tentaciones, casi siempre irresistibles, del mundo. Ésas son nuestras prótesis, los mecanismos naturales, que nos hacen dioses baldados. Las huellas fotográficas nos ofrecen una conciencia: aquella que sabe que estamos enclaustrados en un cosmos poblado de seres provocadores y de materias estimulantes.
Gracias al lente del fotógrafo apreciamos cuerpos en rotación de lo que son en apariencia, los cándidos pétalos de una flor anónima. Empero, no es cualquiera, pues nos ha atrapado su deseo en movimiento. La morfología de esas flores deviene otra, no la botánica sino la anatomía nuestra, humana y colmada de antojos. Una capaz de cubrirse y desnudarse, de entregarse y compartirse, en cálices, filamentos, corolas o polen.
De disfraces y de máscaras, pues si de alguien se trata, ¿quién inquieta los resortes de nuestra complacencia y por qué irrumpe en la calma atroz de nuestras convenciones? Acaso el enigma de la identidad de tan excitante personaje se revele en la modestia de un agapando febril enredado en la magia de su pareja ocasional, o de una rosa delirante que anticipa el encuentro erótico, quizá de un lirio trastornado por las caricias de su mimesis, tal vez de una violeta desflorada por el asedio de un atractivo clan de pistilos.
Estamos atrapados y confinados en la geografía incierta y evanescente de sus fotografías: segundas y terceras pieles que nos impelen a ejercer nuestros sentidos, a riesgo de perdernos para encontrarnos, en calidad de dignos herederos de fray Juan, el místico seducido por los ángeles. El delito del deleite, el deleite del delito.
La paradójica condena consiste en infringir, vulnerar, domeñar y transgredir, las fronteras de la percepción para obtener provecho de un simulacro básico: ese que nos da gato por liebre y que, a pesar del truco, nunca nos decepciona, ya que nutre la ilusión.
Torbellino de confusiones, el universo de lo real apropiado por un plural de intérpretes permite identificar y postular sujetos y objetos; transformarlos y modificarlos para saciar nuestros apetitos, para inventar nuestros motivos. Somos animales simbólicos capaces de postular sus necesidades, de transmitirlas encubiertas en signos y mensajes, en códigos cifrados, en cuyo territorio las apariencias engañan y, por ello mismo, hacen las veces de pistas y huellas. En suma, rastros de nuestra sensibilidad demandante, cicatrices de nuestra racionalidad oferente.
Lo visible, eso que resulta observable, surge por todas partes como si tal cosa, provocando reacciones en los puntos esquivos de nuestra cartografía del placer; en esa vuelta del deseo primigenio que, a contracorriente, detona sensaciones pensables e ideas sensibles.
Fotografías que musitan un adiós a los remordimientos, que se despiden de las culpas. Fotografías, sí, como coartadas hedónicas, sí, como invitaciones sensuales. Flor-eros muestra y comparte una visión de lo que las cosas no son: flores en tanto gajos de cuerpos humanos. Discurso plástico que permuta tallos y hojas, colores y formas, en órganos invitantes, en cavidades infinitas.
Ciegos en un templo de imágenes requerimos de un lazarillo: esa suerte de monje alquímico que transmuta sus oraciones en miradas, especialista en el arte de compartir aquello que ve y observa con quienes, marcados por la falta, van por la vida tropezándose con la belleza, autistas, sin saberlo; hundiéndose en los intersticios del deseo, ignorantes, sin disfrutarlo. Invidentes que buscan con afán y tesón los ideogramas que los iluminen, el José Saramago que los conduzca.
De sólo decidir abrir los párpados, liberando la función propia de los ojos, cuya misión se cumple en escudriñar y atisbar, podríamos percatarnos de que estamos, bendición equívoca, presos en un serrallo habitado por pieles que hechizan, convictos en un harén ocupado por colores que hipnotizan. Espejismo y realidad virtual que exige de su espectador asumir la condición de cómplice, ya que su lectura dona el sentido, configurando el alcance de las siluetas esbozadas.
La aproximación de los observadores, el esfuerzo de composición y descomposición que emprenden, concluye el trabajo del re-creador, de ese fotógrafo metido a pornógrafo, en el sentido más literal y genuino de la palabra. Sin aspavientos, Sergio de la Peña pone a nuestra disposición consumidora trozos y trazos de realidad que reconvertimos en aquello que deseamos: coitos, vulvas, falos, senos; y, sobre todo, los emblemas personales de nuestra sexualidad intransferible: nucas, caderas, piernas, espaldas, muslos, torsos, labios, amén de un etcétera infatigable.
Lejos del escándalo desfilan las phalaenopsis, los kniphofia, las convallaria majalis, los cleome, las ranunculus repens, los portulaca, las cleome, los lupinus, las digitalis, los dodecatheon o las cucurbita. Legión de seres fantásticos que decidió morar en los pliegues del latín, para confundirnos con su atractivo silencio, para distraernos con su elocuente desnudez. A pesar de que las flores se yerguen solitarias, carentes de escenario y referencia, permiten evocar composiciones clásicas: la zenei-bana del maestro Sofu Teshigahara o la moribana del artista Unshin Ohara.
Flores presentadas como cuerpos, anhelantes y discretos, gozosos y reservados. Entes sutiles que se oponen, por convicción estética, el atractivo brutal del genitalismo de las figuras voraces y las escenas bestiales de Georg Grosz. Los relámpagos de color de Sergio de la Peña son descendientes legítimos de un voyeur refinado. Sus fotografías surgen vitales de partos indoloros, los de una cámara que metamorfosea la realidad para preservarla en nuestra imaginación.


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© Universidad Autónoma Metropolitana
Elaboración: Manuel Hernández Rosales