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dos tomos de

Aguascalientes en la historia 1786 - 1929

, encontré que la Hacienda de

Ojocaliente perteneció a la familia de doña María Díaz de León de Escobedo, quien

fraccionaría sus vastos terrenos entre 1900 y 1912 contribuyendo a la ampliación de

la capital del Estado. Tan lejos y tan cerca de encontrar alguna clave sobre la identidad

de la modelo. Como otros secretos o enigmas, este quizá debe permanecer oculto

“bajo la capa del polvo del tiempo”.

Hasta su muerte, ocurrida el 8 de octubre de 1918, Saturnino Herrán cumplió

las veces de un interlocutor de múltiples conexiones espirituales y artísticas con el

poeta jerezano; el tema del eterno femenino en ambos se tornó impulso y obsesión,

liturgia y revelación. Se cuenta que López Velarde visitó el hospital ubicado en Santa

María La Ribera, todos los días, una vez que el amigo decidió internarse a la espera

de un milagro que no llegaría; en esas visitas fraternas el escritor conocería a Fe Her-

mosillo —hermana de la esposa del médico Rivero Borrell que trataba a Herrán—,

con la que iniciaría una breve relación amorosa; después de la muerte del artista, se

siguieron frecuentando y llegó el momento en el que poeta propuso matrimonio a la

nueva novia. Dado que la enamorada no pudo cancelar un viaje a Europa de dos años

de duración, el romance concluyó irremediablemente. Los cuatro textos que escribió

el zacatecano en relación con su amigo de Aguascalientes —“El minuto cobarde”,“El

cófrade de San Miguel”,“Las santas mujeres”y “La oración fúnebre”— fraternizan en

el enclave femenino donde se confiesan “de castidad a castidad, menos tristes y más

Arte

de 1949, edición dedicada a López Velarde, no toca el tema de un posible parentesco con la citada e

incógnita Angelita Díaz de León.

Este apellido también lo llevó un curioso médico aguascalentense, Jesús Díaz de León (1875-1919)

—hijo adoptivo del gobernador Rafael Díaz de León—, divulgador de la ciencia de su época especialmen-

te en el periódico

El Instructor

(1884,1891), donde colaboraría también José Herrán y Bolado, padre del

pintor; este “científico diletante” (Jesús Gómez Serrano

dixit

) se casaría en 1881 con la señorita Ángela

Bolado, de familia reconocida en la localidad. Sus últimos años los pasaría en la Ciudad de México donde

se desempeñó como académico de la Universidad. ¿Sería posible que una de las hijas de este sabio fuese

la muchacha de la portada de

La sangre devota

o por qué no, la misma esposa? Un misterio por descifrar.

Para colmo de males, el carboncillo original de Herrán se perdió entre sus papeles y no figuró nunca en

sus exposiciones ni en sus catálogos; igual destino tuvo la supuesta “máscara” que dibujó con la efigie

del autor de “La suave Patria” para la revista

Vida Moderna.

Para acompañar otro “palo de ciego” más,

agrego que el primer rector de la nueva Universidad de Guadalajara se llamó Enrique Díaz de León

(1890-1937), nacido en Cerrito de los Dolores del municipio de Pinos, Zacatecas, la misma localidad

donde nació Enrique Fernández Ledesma.

¿Y el personaje de su crónica “La escuela de Angelita” nos puede llevar a algo? Nos cuenta Sofía

Ramírez que el poeta de 10 años de edad ingresó, en 1898, al Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe

de Aguascalientes; en dicho plantel, mayoritariamente de niñas, asistían unos pocos y bien calificados

niños. La directora del colegio se llamaba Ángela Díaz Sandi y colaboraban con ella sus hermanas

Petra y Lola, nos informa Ramírez en su estudio

La edad vulnerable, Ramón López Velarde en Aguasca-

lientes

(2010). Sin embargo, en otras fuentes de historia regional, el nombre de la docente se cita como

Ángela Díaz de Sandi, apellido compuesto heredado de su padre Antonio Díaz de Sandi. Me inclino a

creer —corazonada pura— que la fotografía que sirvió de modelo a Herrán fue un retrato de esta muy

recordada Angelita, tal vez un retrato escolar del tipo “la maestra y sus alumnos”; la cuartilla velardia-

na, borrador al fin y al cabo, equivocó el “de Sandi” por el “de León”, más común en la heráldica de

aquellas tierras. ¿La aguja seguirá extraviada en el pajar?