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La tapa de la centenaria edición luce a una gentil moza de enlutado reboso, con

la iglesia de Churubusco a su espalda. Con ese rostro de mirada inquietante, comenzó

a circular la ópera prima de Ramón López Velarde (1888 - 1921) a finales de enero de

1916, uno de los clásicos modernos de nuestra poesía. De los treinta y siete poemas

que integran el volumen, su autor recuperó trece textos del manuscrito original de

1910 —de la frustrada edición tapatía—, hoy conservado en la Academia Mexicana

de la Lengua. Fundamentalmente, con poemas escritos entre 1914 y 1915, en sus

iniciales años en la Ciudad de México durante su segunda y definitiva residencia

capitalina, el jerezano redondeó la faena y concluyó

La sangre devota

: rabo y orejas,

además de un arrastre lento para éste, su primer astado, en una tarde pletórica de

pañuelos al viento, nervios y sol.

El arte de Saturnino Herrán (1887 - 1918) en la obra inicial velardiana merece

un comentario y un contexto. Para 1916, el interés del pasado colonial por parte de

escritores, arquitectos, historiadores y artistas plásticos estaba en sumejor momento.

El llamado neocolonialismo removió prejuicios raciales y nacionalistas; tres siglos

de la historia de la nación seguían presentes en el entorno arquitectónico, pero

también y hasta el tuétano, en los rituales domésticos y litúrgicos de los mexicanos.

Un catálogo innumerable de templos y conventos, a la largo del todo el país, daba

cuenta de una riqueza artística seriamente amenazada. Incluso, desde las instituciones

públicas, se expidieron decretos para la conservación del patrimonio novohispano,

una pequeña parte inventariada por la cámara fotográfica de Guillermo Kahlo du-

rante el Porfiriato. En ese marco de reapropiación, los arquitectos Federico Mariscal

y Jesús T. Acevedo dedican amplios estudios sobre el arte virreinal, incluso, apoyan

la iniciativa de convertir el ex Convento de la Merced en un museo dedicado al arte

colonial, proyecto que sólo queda en buenas intenciones.

En esa pieza de finales de 1915, colocada al frente de la obra del zacatecano

—deduzco, ejecutada al carboncillo—, Saturnino Herrán retoma el mismo eje