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Josefina Guinchard, a la Ciudad de México a la búsqueda de mejores opciones de

subsistencia y de estudio. Ya para 1904 se encuentra en la Escuela Nacional de Bellas

Artes —antigua Academia de San Carlos—bajo la tutela del pintor español Antonio

Fabrés; entre sus compañeros de la clase de dibujo se encuentran un circunspecto

José Clemente Orozco de 20 años y un parlanchín Diego Rivera de diecisiete años.

¿Se pudieron haber cruzado Saturnino Herrán y Ramón López Velarde en una

avenida del Jardín de SanMarcos o en el andén de la estación del tren? Posiblemente.

La familia del poeta se instala en Aguascalientes a finales de 1898 cuando su padre

obtiene la titularidad de una notaría pública; en esa ciudad concluye sus estudios

primarios y cursará dos años, de 1900 a 1902, como alumno del Seminario Conciliar

y Tridentino de Zacatecas. El futuro escritor regresa a Aguascalientes en el mes de

septiembre de 1902 para iniciar curso en el Seminario Conciliar de Santa María

de Guadalupe. El pintor, en ese ciclo escolar, 1902 - 1903, estudiaba en el Insti-

tuto de Ciencias de la misma ciudad, escuela que abriría sus puertas al natural de

Jerez en el otoño de 1905, una vez que corroboró que la carrera eclesiástica no era

lo suyo. El narrador de

Un corazón adicto: La vida de Ramón López Velarde

(1989)

de

Guillermo Sheridan cuenta como cierto el encuentro, sucedido, tal vez, durante las

vacaciones o en los días de la Feria de San Marcos; a esa hipotética cita se sumaría

el músico Manuel M. Ponce (1882-1948), completando una tríada excepcional entre

los pilares del nacionalismo en las arte de México.

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Según la minuciosa la relatoría de Fausto Ramírez en su

Crónica de las artes

plásticas en los años de López Velarde 1914 - 1921

, 1915 fue un año difícil y cruel para

la mayoría de los habitantes de la Ciudad de México: “Escaseaban los alimentos

básicos y los artículos de primera necesidad, como el carbón; la gente gritaba su

desesperación irrumpiendo en la Cámara de Diputados, donde sesionaba la Con-

vención, o caía de plano muerta de hambre en las calles. Cundían las epidemias,

de viruela primero, más tarde de tifo…”

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Además, con las entradas y salidas de los

constitucionalistas puestos a prueba por los ejércitos de la Convención, la capital

quedaba desprotegida de los cuerpos de seguridad y se convertía en un botín fácil y

codiciable de los grupos delictivos; este sería el año de esplendor de la famosa Banda

del Automóvil Gris, especializada en robo a mansiones como la del minero Gabriel

Mancera o de la viuda Carmen de Rocha. No obstante lo aciago del clima social y

económico de la urbe, se organizaron algunas exposiciones como la de las acuarelas

de Gonzalo Argüelles Bringas y la de los alumnos de la Escuela Nacional de Bellas

Artes; asimismo, como lo refiere el propio Fausto Ramírez, se entregaron, a inicios

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La cultura criolla a la que llamaba López Velarde “la cultura del café con leche” es un tema para explorar

y profundizar y que la obra de estos tres artistas del centro del país expone y celebra. En julio de 1917, Manuel

Ponce puso en circulación sus

Escritos y composiciones musicales

—bajo el sello de Cvltura— donde aborda

varios tópicos de la música popular mexicana; es viable realizar ciertas conexiones del ensayo de Ponce con

la pintura de Herrán y con la literatura del poeta de Jerez. Un estudio del todo pendiente.

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(Ramírez:

Crónica

: 37)