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metaforiza esa contradictoria concentración de ardor vital y fervor religioso que

este libro despliega y complica; alude a un equilibrio precario, constantemente

amenazado, como en toda exaltación mística por la pujanza de la carne.”

10

El nom-

bre del libro sobreviviría a la poda y a la revisión que hizo el poeta del manuscrito

de 1910, a la escritura y rescritura de poemas realizada seis años después de cara a

la edición definitiva. El solo sustantivo “sangre” contiene ya ese menú de significa-

ciones paradójicas que aluden, por una parte, al ímpetu y vigor sensual, y por la

otra, al elemento agonal por excelencia del imaginario católico, la bendita sangre de

Cristo. El adjetivo“devota”pareciera cargar la intencionalidad del sujeto que califica

al ámbito de lo religioso; sin embargo, esa palabra empleada por el poeta —en su

condición polisémica— también implica a los verbos “devorar” y “brotar”, no en

su raíz etimológica sino en una abierta proyección de asociaciones homófonas: “la

sangre devora” y “la sangre brota”.

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La modelo de la portada de

La sangre devota

se encuentra en las antípodas de

las bellezas concupiscentes pintadas por Saturnino Herrán entre 1914 y 1917. Un

cielo brumoso envuelve la escena lo que da un toque onírico, levemente lúgubre.

Como las vírgenes de la iconografía católica, la muchacha enmarca su rostro con su

manto, incluso, se distingue una gasa —mantilla “de ala de mosca”— que cubre una

zona del perfil y del cuello. No obstante esos pudores, observamos su pelo oscuro: un

rizo cae sobre la frente y se mira la línea divisoria de su peinado. La mitad del rostro

permanece bajo una insinuada penumbra a semejanza del lado oculto del satélite de

nuestro planeta; la región dichosamente visible muestra una faz oval y de hermosura

criolla, donde resalta un ojo que confronta al espectador bajo el frontón de una ceja

delineada con arte venusino. La nariz es majestuosa sin ser grosera o desmedida, en

claro contraste con una boca pequeña, entreabierta lo suficiente para enseñar sus

dientes —“el pulcro y nimio litoral”, dirá López Velarde—, linternas de nácar que

arrojan luz al abultado labio inferior, tornándolo sagradamente apetecible. A la

espalda de la doncella, como si cargara el símbolo de tal monumento, la iglesia de

Churubusco destaca un contrafuerte, una de sus torres y la cruz de una cúpula. Con

elementales recursos de composición y dibujo, por lo visto y entrevisto, el trabajo

de Herrán cumplió con creces la encomienda de ofrecer una fachada de belleza

imantada y propiciatoria de la obra de su amigo; las dualidades funestas y amorosas

del cuerpo y del alma se expresan en ese retrato sugestivo y de variadas claves en

conexión con el universo lópez-velardiano.

10

(Yurkievich:

Poesía RLV

: 37).

11

En resonancia a otras posibles variantes, en la revista juvenil

San-Ev-Ank

(1918), una pluma anónima

en la que se ocultaban, posiblemente, los adolescentes Jaime Torres Bodet y Enrique González Rojo, parodia-

ron el título velardiano como

La Sangre Rebota

,

haciendo lo mismo con el poema “A la gracia primitiva de

las aldeanas” al que reescribieron con divertimento con el nombre de “A las gatas anónimas de mi pueblo”.

Parece ser que, lejos del enojo, al vate de Jerez la broma literaria le provocó tan sólo una sonrisa displicente.