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De Silvia H. González |
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Entre
tocar fondo e ir a pique aparecen en las Estructuras de Silvia H.
González, ignorantes de su destino, mostrando con impudicia absoluta
un pasado hecho de ruinas, de recoldos, de resabios. Se trata de líneas
y trazos que componen un homenaje, en más de un sentido luctuoso,
al mar, a esa espesura líquida que todo arrasa y todo vivifica.
El truco mágico de semejante descubrimiento está cifrado
en que, al igual que en los sueños de anábasis, el final
es negativo: no muestra, esconde el protagonista de la secuencia, termina
casi se palpa, se intuye, nos despabila su brisa, pero no está allí
salvo en la forma de los versos de René Daumal: “Un fantome entouréde
presents”1
Soledad
del litoral carente de océano, río o laguna, que se desdobla
en un aislamiento todavía de mayor agudeza: tampoco atisbamos rostros
humanos, faltan los seres que manipulan las redes y posan las jaulas, brillan
por su ausencia aquellos pilotos y navegantes que hicieron de los barcos
su morada. De babor a estribor, y de la popa a la proa sólo se desplaza
un viento – ¿salobre y frío? – que ratifica ka condición
fantasmal, núcleo grupo organizativo de la composición de
estos finísimos dibujos, de una narración sin personajes.
Los maqroles, palinuros y carontes se han ido, habitan con seguridad otros
espacios, en el territorio de las piezas de Silvia H. González se
les extraña; bulle, a hurtadillas, una nostalgia por sus aventuras.
Empero, la tristeza y la desolación se mitigan gracias a la artista,
pues como escribe Sciascia:”qualche volta interviene anche una sorta de
pieta”.2
El acercamiento de quien nos ofrece los restos de naufragios está lacerado por las virtudes de la conmiseración y la piedad. Así, teniendo como magnífico soporte la solvencia de su dibujo,3 Silvia H. González nos hace dudar incluso del origen de la tragedia visual: la furia de los ciclones y la violencia de los huracanes, pues no sabemos a ciencia cierta en qué lugar de los océanos nos encontramos. La serie Estructuras es un camposanto en el que moran catafalcos sin fin y hierba hirsuta; su geografía nos convida el quebranto de una empresa imposible, la de vencer el mar. Esta condición de imposibilidad marca con efectividad el ritmo de los episodios narrativos de la incuria, el abandono y la ausencia de señas de identidad humanas. No hay biografía. El silencio se levanta en medio de una nada petrificante. Los vestigios resultan ser evidencias de las derrotas que la naturaleza y el tiempo han inflingido a los sujetos que en el mar buscan afanosamente su sentido y sobrevivencia: los marinos y los pescadores. Las obras se desplazan en un espacio imaginario, ese que oscila del reposo al movimiento. Objetos descontextualizados que, a su pesar, están cargados de significación y racionalidad, ya que remiten – insisto – a la ausencia de lo propiamente humano, ese fantasma rodeado de presentes. Silvia H, González se apropia del destino marcado por Johannes Bobrowski en su poema “Impronunciado”: A nuestra artista, quiéralo o no, la alcanzan las aguas subterráneas, aquellas que han remontado el caer del tiempo, sin prisa pero sin descanso, al modo en que pervive una tradición: la de que todo acto formal de creación pictórica hunde sus raíces, la posibilidad misma de su alcance y satisfacción, en el dibujo; ya que como ha sostenido Colin Eisler:”With a single stroke, light is separated from dark, and space and scale are evoked from a void”.5 Imágenes flotantes, aún desnudas de palabras. La elocuencia les vendría de eso que no observamos, los seres que manipulan los motivos de la composición en su condición de instrumentos; sin embargo, los dispositivos, grandes o pequeños, están allí inertes, también inertes, careciendo de referencia alguna quienes tendrían que – eventualmente - utilizarlos, hacerlos suyos, dotarles de inteligibilidad y orientación. ¿Habrá
que ahogarse de nuevo para renacer? Preguntémosle a Silvia H. González
al disectar sus Estructuras.
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