La travesía de
la mirada:
la pintura de Jörg
Dobrovich
Los viajes de la mirada son
travesías que inician desde un cambio súbito en el alma.
El movimiento, el tránsito por los distintos parajes de las culturas,
generan en el creador relaciones entre su lugar de partida y los nuevos
horizontes que se le ofrecen a la vista, al tacto, a los sentidos. Desde
esta instancia, Jorg Dobrovich (Graz, Austria, 1940) ha partido para mostrar
en ésta su última muestra pictórica De todo corazón
los hallazgos y las interpretaciones que ha fabulado de su encuentro con
algunas de las culturas mesoamericanas. Así, su pintura ha abrevado
de las simbologías y mitologías maya, zapoteca y azteca.
Su estancia en nuestro país, en esta ocasión gracias a una
invitación de la Fundación Paalen, le ha permitido ahondar
en la temperatura de lo mexicano.
En De todo corazón
persisten diversos elementos unificadores: glifos, fragmentos de cuerpos,
figuras femeninas, formas fálicas y redondeces, de hecho, una saturación
de redondeces. Dobrovich utiliza de igual manera imágenes trastocadas
de Chac Mool y Quetzalcóatl-Kukulcán. Como todo buen arte
que se precie de serlo, en la pintura de Jorg no hay literalidades, hay
sugerencias. Las imágenes que vemos son evocaciones de los dioses,
nuevas encarnaciones de ellos. Las heridas o el desmembramiento en la obra
del autor son expresiones dimanantes del mito fundacional, es decir, en
la carga aparentemente violenta que emanan se fragua un nuevo orden de
significantes. Los cuerpos dislocados dan una plasticidad que implica el
reconocimiento de la piel. La dermis, entonces, da significado y consistencia
al discurso plástico del artista.
Las líneas curvas
-extendidas por la mayoría de los cuadros- recuerdan el diálogo
entre el viento y las aguas (como en la pieza Aparece Quetzalcóatl),
entre la tierra y los cielos (basta ver Cenote sagrado para percibir la
comunión entre la tierra-contenedor y el agua que baja de los cielos)
y, sobre todo, explotan los contrapuntos cromáticos -blancos, azules,
carmines, ocres, verdes, negros- que ejercen un poder a manera de eslabón
entre lo terreno y lo celeste. Los colores en Dobrovich es lo que permite
que el encuentro entre culturas se dé de manera suavizada, armoniosa.
lnclusive sus cuerpos desmembrados no son brutales debido al uso de blancos.
Esta tendencia hacia la
claridad (aunque en algunos cuadros haya saturación de negros como
en Sacrificio) permite que el juego de contrarios: violencia-pasividad,
femenino-masculino, creación-destrucción, muerte-vida -tan
presente en el contexto prehispánico- no sea un estallido de fuegos
artificiales sino un espacio donde los opuestos se reúnen, intercambian
fuerzas, se construyen nuevos rostros.
De todo corazón
es una muestra imantada de erotismo, si se ha derribado al cuerpo es para
hacer con él una nueva conjugación de gozo. Dobrovich sabe
que la interrelación del placer y del dolor van en Iínea
paralela. La sugerencia y presencia del cuerpo femenino en varios de sus
cuadros habla de un deseo por el mismo pero también de una necesidad
de reconfigurarlo, de fragmentarlo para darle un sentido distinto, un sentido
primario. Octavio Paz escribió: "Los cuerpos, frente a frente como
astros feroces, están hechos de la misma sustancia de los soles".
Jorg, en esta muestra, le brinda al espectador una pintura de encuentros,
una pintura que combina una pincelada grave, pastosa, casi cruda con un
sosiego y una templanza de elementos. Cuerpo y espíritu en su sitio,
travesía de la mirada y los sentidos que, en el viaje, han encontrado
el equilibrio entre el exceso y la liviandad.
Rocío
Cerón
Ciudad de México,
mayo de 2002
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Paisaje con ángel
caído, 2002
plumas y técnica
mixta/tela, 80x120 cm. |
Ídolo, 2000-2001
mixta, acrílico y
gis/papel, 50x70 cm. |
Paisaje nocturno (díptico),
1999
collage y técnica
mixta/papel, 60x80 cm. |
Glifos 2, 2002-06-18
técnica mixta/tela,
120x80 cm. |
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