
AIM óleo/tela 170x120 cm. |
Frente a ambas lecturas, una tercera aproximación a la experiencia
estética de Ezban, genera la idea de cierto encabalgamiento: si
su pintura reposa sobre aquella conciencia del saber histórico artístico,
este nuevo intento de abordaje posee el riesgo de insertarse en una suerte
de reescritura de dichos textos. He ahí, pues, la analogía
entre los dos procesos: el lenguaje que engarza, edifica a la pintura y
la escritura que reflexiona sobre ella. Y lo que probablemente ocurre es
algo que aparece como condición específica de ambas tareas,
pintura y escritura: un constante reescribirse –en la materia del cuadro
y la materia del texto- como si esa escritura (y reescritura) comportara,
delegadoramente, ineludibles marcas: plagados de nuestros rastros, nuestros
nombres, nuestras pulsiones depositadas en la visión interna y externa,
el cuerpo de la pintura y el cuerpo de la escritura conllevan la inflexión
oscilante de esa otra signatura, siempre desplazada y sin embargo presente:
la de nuestros propios cuerpos.
Si la tarea, entonces, es reescribirnos incesantemente, esta especie
de corporeidad continua desfasada hacia la centralidad del cuadro ha conocido
-en la trayectoria de Beatriz Ezban- diversas instancias. Alrededor de
1990 abundaban las superficies completamente amarillas. Es decir, el color
se instituía como núcleo excluyente de la imagen; otro elemento,
sin embargo, compartía tal protagonismo: la pincelada, anunciadora
y connotadora de la materia para "decirle" al espectador que
aquello que estaba viendo no era más que pintura. Después
llegaron –prolongándose hasta hace muy poco tiempo- las telas predominantemente
verdes en las que el trazo, el espesor matérico y la diversidad
cromática desencadenan una reflexión in sítu sobre
el hallazgo de impresionistas y post impresionistas.
Pero hay algo más en estas rememoraciones del paisaje, un valor
agregado que excede la elección de lo abstracto como zona de pertenencia:
Beatriz Ezban realiza un recorte en la visión de la naturaleza para
procesar a la fragmentación como resorte constitutivo y simbólico
de la capacidad disolvente, desrealizante de la memoria. En tal contexto,
el cuadro nace a partir de una serie de intermediaciones que van de la
observación al recuerdo de lo observado, de esa evocación
a su difuminada persistencia en la retina, y de esta frágil visualización
retrospectiva a la consistencia concreta de lo pintado. Una secuencia temporal,
en suma, que la imagen, una vez construida, completa y suprime simultáneamente
reconvirtiéndola en el tiempo único, en presente absoluto,
del cuadro. Esa es la operatividad abierta por la fragmentación.
Y, a partir de ella, el cuadro emerge como un campo regido por sus propias
leyes que atrae sobre sí múltiples matices: puede abigarrarse
en ríspidas, amorfas pinceladas, o distenderse en serenos, diagonales
brochazos; tensar su espesor o permitir el sutil vaivén de planos
insinuados. Se trata, en suma, de un campo lleno de flotaciones y tenues
mutaciones, que ondea y se aquieta, fulgura en tonos claros y oscurece;
pocas veces sombrío, una áspera, agresiva densidad suele
ganarlo en ciertos cuadros.
Nunca se sabe por qué un artista necesita mantener, durante determinado
período de tiempo, suaves variaciones sobre una misma imagen. Son
los enigmas de una práctica cuya única certeza se concentra
en su estricta visualidad que, a la vez, "dispara" otros enigmas.
Shoot! , que en su traducción al español significa justamente
dispara, es el título de esta muestra cuyo segundo apartado de obras,
abandona la nutrida trama y cambia la organización de los elementos
hacia una apertura en el sentido literal de esta palabra. Mediante una
puesta de la pintura más ligera y lavada, aparece una resignificación
de la superficie que dimensiona altamente su capacidad espacial. Por otra
parte, aquellas pequeñas y superpuestas pinceladas –las de la etapa
anterior- aquella especie de archiescritura que atravesaba un campo cegado,
es sustituída en las pinturas actuales por grandes y gruesas líneas
oscuras.
Esas largas franjas se interceptan, se alejan, se aproximan, surcando
el espacio en distintas direcciones: vertical, diagonal y horizontalmente;
y generando contrastes entre fondo y forma. ¿Pero de qué
formas se trata? No hay tales sino otro mecanismo sustitutivo, precisamente
porque las franjas aquí permean la posibilidad de transformarse
en formas y figuras, afloran como sus indicios, viabilizando, así,
otra conformación de la archiescritura pictórica. Un buen
ejemplo está en un cuadro que funciona a modo de transición:
en él, algunas líneas curvas esbozan cierta delicada visceralidad,
como si fuera el velado, secreto asomo de una figura humana.
La exposición incluye un tríptico llamado Stark (duro,
rígido), cuyo sinónimo bleak expresa "algo expuesto
al viento y al frío". Pese a su denodada abstracción,
esta obra permite analogías con un desolado, calmo y abismal paisaje,
todo eso en inquietante simultaneidad. Una simultaneidad que, en esta y
otras pinturas del último conjunto, toca, roza, un borde, un filo,
una puesta en vilo, en lábil suspenso. Beatriz Ezban, la pintora
que hasta hace sólo dos meses colmaba enteramente sus telas de pintura
sin dejar, casi, ningún resquicio, ahora presiona el otro lado del
péndulo: busca, horada el espacio, se asoma a su desnudez; instala,
en suma, a su pintura, sobre la fluctuante línea de cruce entre
la atracción y el horror al vacío.
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La pintura muriendo vive
Por Benjamín Mayer Foulkes
Solemos suponer que las exposiciones son de una Obra o, al menos, de
obras. Pero, ¿no acaso lo que puede ser expuesto es sólo
la evidencia de una ruptura, el saldo de alguna lógica que, al haber
topado con su propio límite, ha terminado por desgajarse en apuestas
por renovados futuros imposibles? Esto, por lo menos, es lo que sugiere
la presente muestra, que nos convoca a sondear los vestigios de una ruptura,
profunda y fresca aún, que ha tenido lugar en el peregrinar pictórico
de Beatriz Ezban. ¿Cómo entender dicha ruptura?, ¿en
qué terminos dar cuenta de ella?, ¿de qué manera abordar
aquello a lo que nos deja enfrentados? Como sucede con todo acontecimiento
en la pintura, la singularidad de la ruptura que aquí nos es dado
atestiguar cobra sentido sólo contra aquel telón de fondo
que es la provocación y el impulso de todo pintar, a saber, la imposibilidad
radical de la articulación pictórica. Si la consistencia
del gesto figurativo es la imposibilidad misma de acceder al referente
absoluto, el gesto abstracto, en cambio, consiste en un intento no menos
fallido por poner a la vista la operación misma de la pintura más
allá de cualquier voluntad de representación (no menos fallido,
digo, porque este último gesto se muestra incapaz de consumarse
sin caer, a su vez, en la trampa de tornar la propia pintura en un representable).
De manera que, mimética o no, la pintura es deseada precisamente
porque es imposible. Este es el gran telón de fondo que nos permite
entender lo que tienen en común lo roto de la ruptura aquí
expuesta, y lo rompedor de las apuestas inéditas a las que ha dado
pie. Si, por un lado, en esta muestra dicho roto y dicho rompedor no hacen
sino acecharse, por otro fraternizan al tratarse de dos respuestas alternativas
al acertijo de la imposibilidad última de la pintura.
Originalmente, Ezban optó por la vía de la desintegración
de la figura y la forma, hasta llegar más recientemente al extremo
de suprimir la línea y enfrentarse a la tela blanca con sólo
el ánimo de aplicar pinceladas de color. (No cualquier ánimo,
éste, si consideramos que antes de la textura y, desde luego, de
la forma, el color funge como la posibilidad misma de la distinción
gráfica, es decir, como la matriz misma de la (im)posibilidad de
la articulación pictórica.) Y este trayecto, que por momentos
corría los riesgos propios de una búsqueda quimérica
de la esencia de la pintura y del cromatismo, devino finalmente en una
suerte de automatismo, que nos deja mucho qué pensar. Pero antes
de abordar dicho automatismo hay que destacar que éste trayecto
fue fecundo durante largo tiempo, como puede apreciarse en los trabajos
derivados de aquella intensa re-visión conducida por Ezban de telas
impresionistas y post-impresionistas que J. Juanes acertadamente caracterizó
como "metapintura" (en efecto, se trataba de una intervención
en la pintura a partir de la pintura misma), y cuyos ejemplos más
tardíos pueden aún apreciarse aquí. Por lo que toca
al mencionado automatismo, no deja de resultar paradójico que fuese
éste precisamente el destino terminal de lo que en un comienzo fue
un claro impulso por eludir toda reiteración, no sólo encarnada
en formas y figuras sino también, y mucho más radicalmente,
en simples líneas. Pareciera que dicha "metapintura" terminó
descubriéndose implicada sin remedio en aquello mismo de lo que
pretendía desmarcarse. Como si hubiese tenido lugar un retorno de
lo figurativo (o protofigurativo) reprimido, retorno del que podemos dar
mejor cuenta si recordamos que, lejos de buscar una ruptura con la seducción
realista, los impresionistas deseaban representar la realidad misma de
las "impresiones" oculares; esto es, que a pesar de su apertura
hacia la abstracción, el impresionismo fue esencialmente un figurativismo.
Ironía, entonces, de una "metapintura" que, a pesar de
saberse ella misma como tal, se descubrió finalmente como otra articulación
pictórica imposible más.
Inusitadamente, lo rompedor de esta ruptura exhibida aparece ahora,
de momento, bajo el semblante hilarante de la línea, ese fundamento
de toda posibilidad de representación, de toda forma y toda mímesis.
La línea, con todas sus implicaciones, parece haber "retornado".
¿Es que se ha batido en retirada nuestra pintora?, ¿acaso
ha sido asaltada por un episodio de regresión clasicista?, ¿constatamos
por nuestra parte una nueva derrota de un artista por aquella tiránica
ruina que es la historia de la pintura? A mis ojos, no. Porque si antes
la "metapintura" de Ezban permanecía presa de cierta melancolía
por la plena representación, ahora las líneas de sus telas
se despliegan plenamente en su impotencia para articular. A diferencia
de la Línea clásica, estas "líneas" figuran
sólo a pesar de sí mismas. Dudan, se definen solamente para
mejor dibujar su propia caducidad, sin heroismo, sin espectáculo,
sin prestigio "meta" alguno. Las telas llevan estas "líneas"
a cuestas como llevan también sus ilusiones.
Contra lo que hoy parecería, pintar es otra manera de consignar
la imposibilidad de la pintura. Esto es, de desear pintar. Porque la pintura
vive muriendo. Porque la tela misma de la pintura, el gran telón
de su escena, es la imposibilidad misma de la articulación pictórica.
Porque, insisto, la pintura muriendo vive.
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El Paisaje Interior de Beatriz Ezban
En un capítulo de Moby Dick, Herman Melville establece un paralelo
entre el mar y la pradera: desde el punto más alto de su bosque
de mástiles, al no ver sino cielo y agua, el marinero se siente
transportado a esas planicies donde nada interrumpe la sinfonía
del verde, mientras el hombre de tierra que se aventura en el reino marino
inevitablemente evoca su dominio doméstico cuando su espíritu
se funde con la extensión más vasta del planeta.
Semejante ambigüedad deliberada, signo distintivo de una de las
obras fundadoras de nuestra modernidad, se manifiesta en la pintura de
Beatriz Ezban. Nada es lo que parece, mas todo puede ser leído en
este lenguaje donde el color crea las más osadas y exigentes realidades.
Su aventura no ha sido otra que la del arte desde el momento en que se
decretó la autonomía de la pintura frente a un realismo heredero
de la fiebre fabril de la revolución industrial.
Un andamio invisible palpita bajo cada uno de sus cuadros. Su pasión
se transfigura en atmósferas donde el azar está de tal manera
dominado que contemplamos sus telas como nos hipnotiza un cuaderno pautado
donde las notas se inscriben para establecer su propia coreografía.
A lo largo de su trabajo, Beatriz Ezban ha dialogado con maestros que,
como ella, demostraron que el paisaje, traducido al lienzo, debe ser ante
todo un hecho pictórico. hermana en algún instante de Joaquín
Clausell --para referirla a nuestro mexicano domicilio--, supo llegar,
como el último Monet, a esa iluminación que le permitió
comprender que el alma de la pintura reside en el color y que éste
exige, tarde o temprano, su existencia autónoma. De la pincelada
suelta de Delacroix a las torturas a las cuales Van Gogh sometió
al amarillo; del movimiento concentrado de Kandinsky a las exploraciones
monocromáticas de nuestro tiempo, Beatriz Ezban ha establecido su
propia sintaxis, su pesonal sistema de equivalencias.
La herencia de sus mayores, que supieron de la experiencia mística
y estética de fundir en el desierto arena y cielo, fue decisiva
para su encuentro con la naturaleza --igualmente intempestiva y avasallante--
de Islandia. De ahí el contraste tan marcado de sus lienzos por
momentos, parecemos avanzar por un desierto que testimonia los múltiples
matices de su reino. En otros hay un mar que se rebela a su condición
horizontal para expresar su condición de ola que antes fue cielo
tormentoso y mañana querrá ser lluvia desatada. Sus flores
son llamas que son corazones abiertos que son frutos. Lectura fragmentaria
del universo: la realidad se disloca pero vuelve a su cauce gracias al
seguimiento de la mirada y su cristalización en la pintura.
Jorge Cuesta, uno de nuestros críticos y creadores más
exigentes --pues todo trabajo de creación lo es también de
crítica--, anhelaba que el paisaje dejara de ser un estado del alma
para convertirse en un sistema de coordenadas. Naturalmente, se refería
a ese peligroso y fascinante momento cuando la pintura se convierte en
sujeto de sí misma y cuando el artista se debate entre la pureza
y la esterilidad. Beatriz Ezban ha sabido dar un paso adelante, sin caer
en el abismo. En cambio nos dota de alas y de branquias para ser pez en
el aire y pájaro en el agua. Las armas, en fin, para que el paisaje
respire por los ojos y el alma se expanda en la contemplación de
sus microcosmos donde, como en el poema de William Blake, la eternidad
cabe en la palma de la mano.
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