Delirio subterráneo, 1998

Presentación

Dr.  José Luis Gázquez Mateos
Rector General de la Universidad Autónoma Metropolitana

Durante cerca de un cuarto de siglo, la Universidad Autónoma Metropolitana se ha dado a la tarea de contar con instalaciones adecuadas para el cumplimiento de sus propósitos institucionales. Si bien es cierto que falta camino por recorrer y objetivos que cumplir de cara a la sociedad que es nuestro origen y sentido, el balance resulta positivo por la formación de jóvenes profesionistas, el impulso a la investigación científica, la reflexión humanística, la innovación tecnológica, la preservación y la difusión de la cultura.

A partir de su fundación, las prioridades de la UAM se centraron en diseñar, construir y poner en funcionamiento las Unidades que componen nuestra Universidad, Azcapotzalco, lztapalapa y Xochimilco, escenarios de nuestro quehacer sustantivo: la vida académica.


Identidad de la imagen, 1998
Desde el lunes 17 de diciembre de 1973, ocasión en la que el Diario Oficial de la Federación publicara su Ley Orgánica, nuestra Universidad se ha afanado en transformar un proyecto educativo alternativo y novedoso, por su organización colegiada y departamental, en una realidad universitaria plural, incluyente y de excelencia, que encuentra en sus alumnos y cuerpos académicos los ejes de su desarrollo institucional.

Siendo la comunidad universitaria el actor estratégico y protagónico de nuestro sistema de educación superior, la administración del mismo tuvo que aguardar, con paciencia y gracias al esfuerzo de distintas gestiones, un tiempo propicio para contar con una sede propia para su Rectoría General.  El edificio que el día de hoy se inaugura ha sido concebido como un espacio de servicios académicos y de encuentro universitario.

Entre otras áreas de apoyo y promoción de las actividades de nuestras Unidades Académicas, cuenta con una galería de arte.  Espacio de difusión cultural que abre sus puertas albergando una magna exposición plástica del maestro zacatecano Manuel Felguérez, quien generosamente ha facilitado su obra reciente para dar realce a la inauguración de nuestro complejo arquitectónico.

Martes 17 de noviembre de 1998



A la muerte del poeta, 1998
un cronista local anota que «no se ve el pasado zacatecano de este pintor universal».  Yo diría que sí, pues las memorias de infancia quedan como trazos de buril, incrustados indeleblemente en la memoria, ya sea pintor abstracto, escultor, pintor figurativo, escritor, poeta, cura de almas o lo que fuere.  El cielo cruel y la tierra colorada allí están, las angulosas aristas del paisaje o el ultrabarroco de algunas fachadas también.  Todo transmutado sin duda, pues Felguérez no recurre a la mímesis. Preguntarse si su pasado está allí, sería como interrogarse si el pasado de Brancusi, de Sadkine o de Litchenstein (por mencionar un figurativo) está en lo que hicieron.

Teresa del Conde, 1998



Tempestad en Fuga, 1998
El riesgo hace al pintor.  La dimensión de Felguérez puede calibrarse en su continuo hurgar e inventar, hacer y deshacer.  Proponer.  No hay problema que no se haya puesto enfrente, no hay medio que no haya probado, no hay certeza de la que no se haya desdicho.  Y haciéndolo, ha seguido siendo el mismo Felguérez.  Cuando salía de la etapa rigurosa yo hablé de un «regreso» en su obra, no en el sentido de ir hacia atrás (lo que no pasa en ningún artista de verdad, ni siquiera en De Chirico) sino en el hecho de recuperar ciertas cualidades que adrede había subsumido a otros intereses.

En su intenso trabajo de estos últimos años, Felguérez entra y sale con facilidad asombrosa de estructuras formales y colorísticas como si tratara con una mujer querida y siempre deseada. Se acerca y hasta a veces se contamina de otros, siendo siempre él mismo.

Jorge Alberto Manrique, 1997



Santuario, 1997
No hay forma de ver esta pintura sin discutir con ella; observarla es siempre un acto crítico.  Aunque la participación del espectador es consustancial a toda pintura abstracta, en el caso de Felguérez, el papel activo de la mirada se ahonda por la variedad de los estímulos que recibe: cada tela le exige una verdad y no pocas veces la incomoda.  En sus series de los años ochenta, los rojos, los naranjas, los ocasionales azules, las cristalizadas sustancias de color caramelo, buscan una revelación desesperada: el color explota, al borde de la descomposición, en sentido físico y plástico.

Juan Villoro, 1997