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| PAISAJES EN EL LINDERO
Sylvia Navarrete
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Un mapa es una imagen.
Un mapa es un modo de hablar.
Un mapa es un conjunto de recuerdos.
Un mapa es una representación proporcional.
Alberto Blanco, Mapas,
Galería López Quiroga, 1996 |
Quien visite esta exposición quedará
sorprendido ante el giro que ha dado la pintura de Gilda Castillo en estos
dos últimos años. ¿Olvidados, quedaron aquellos paisajes
desiertos y contrastados, mas no infértiles, atravesados por amplios
ritmos ondulantes, como surcados por robustas nervaduras que trazaban colinas
y árboles, que le conocíamos? No completamente.
Gilda Castillo se aleja del paisaje como género
"tradicional", sin cortar de tajo el vínculo que la mantuvo
atada a esta práctica durante tantos años, con logros indiscutibles,
por cierto. Lo que en la actualidad le interesa es la geografía
en su sentido topográfico: delinea el territorio mexicano o terrenos
poco extensos en las particularidades que presenta su configuración
superficial. Gilda dibuja mapas y les presta una simbología singular
que invita a diversas interpretaciones.
Su producción reciente, que abarca desde
1997 hasta 1999, consta de técnicas mixtas sobre tela o madera,
de pequeño y mediano formato. Grosso modo, son tres las maneras
de Gilda de abordar la topografía. La primera consiste en parecer
atenerse a una descripción literal, "científica",
de un terreno dado, como si lo hiciera a partir de una toma fotográfica
aérea, sin referencia a un "territorio nacional" en particular
(para muestra, las series de los Mapas y de los Territorios circundados,
de pequeñas dimensiones). La imagen se enfoca en un plano de parcelas
asimétricas circunscritas por límites caprichosos, pero también
incorpora otros elementos metonímicos, como una brújula,
un globo, que dialogan a su vez con simples trazos arbitrarios que describen
circuitos, o bien con formas orgánicas que pueden asociarse con
la fisiología humana.
Por otro lado, hay obras trabajadas basándose
en un fragmento del mapa de México, identificable a ojos vista (¿cómo
no reconocer Baja California en Patria velada?), o a partir del
concepto visual de territorio nacional en su totalidad. Fragmento y todo
quedan enmarcados en un encuadre fotográfico y se acompañan
de los motivos orgánicos antes aludidos (¿son trompas, son
úteros?).
En última instancia encontramos los cuadros
de formato mayor que se componen de una importante estructura circular,
de contornos negros e inscrita sobre fondo blanco, que contiene un paisaje
vuelto esquemático, hecho de campos cromáticos en movimiento,
atravesados por pistas orientadas horizontalmente (Atrapando al sol,
Murmurando de noche, Ensartando relámpagos).
Se observa, de un programa al otro, una desaparición
paulatina de la topografía precisa, de la noción de territorio
propio, en favor de una "inhibición" del paisaje, de su
absorción en un sistema contundente y cerrado que semeja la forma
del cráneo, de la cabeza. El territorio, de tal modo, se va convirtiendo
en memoria. Se vence la frontera entre realidad física, palpable,
y la ficción de la evocación y del recuerdo.
¿Por qué tal fijación en
la idea de territorio? Por varias razones. Una, muy concreta, es la exposición
temática a la que convocó, en abril de 1996, el Café
La Gloria, en la que se invitó a 50 artistas a componer, mediante
cuadros de 30x30 cm, una Tabla geográfica monumental, que
luego se subastaría para ayudar a financiar la Biblioteca para ciegos
"Jorge Luis Borges" en Oaxaca (un proyecto cultural más
de Francisco Toledo). Fue memorable esta exposición promovida por
Miguel Castro Leñero, Mauricio Sandoval y Boris Viskin. Entusiasmó
tanto a Gilda la iniciativa, que la incitó a seguir desarrollando
el tema y a experimentar en formatos menores y con técnicas como
la encáustica. Se le abrió entonces un nuevo rumbo, en un
momento en el que sentía agotarse su iconografía pasada.
Un mes después, en mayo, la Galería López Quiroga
inauguraba la exposición colectiva Mapas, curada por Patricia
Álvarez que reunió las versiones de 22 artistas, entre ellos
Gilda Castillo.
Poco a poco se fue hilando en bocetos de Gilda
el discurso del mapa como cuerpo, del rostro como mapa. Por otra parte,
en aquella época sobrevino el deceso del padre de la autora. En
su pintura, entonces, se consolidó la reflexión sobre la
patria, asociada irremediablemente con la muerte del padre, y con
el proceso de decadencia y descomposición que conlleva la vejez
("Un mapa es una manifestación artística del miedo a
lo desconocido", señaló Alberto Blanco en el texto del
catálogo de aquella exposición en la Galería López
Quiroga). En los cuadernos de apuntes que traducían este proceso
doloroso, Gilda dibujaba cráneos, huesos y miembros descarnados,
figuras que siguen apareciendo en su pintura.
"Soy como un diccionario de símbolos",
finge lamentarse Gilda Castillo. Efectivamente, su obra deja aflorar un
retrato de su inconsciente de una manera cruda y transparente; según
la autora, una persona por demás púdica y reservada aunque
drolática que asume no sin cierto recelo una experiencia introspectiva
declarada. Y es que se desprende cierta tensión inquietante de estos
nuevos cuadros y dibujos. El territorio metamorfoseado en una masa intangible,
a punto de desintegrarse en la abstracción, atrapado todavía
en lo que ya no es más que un cráneo desnudo, puede evocar
la materia incorpórea de la que está hecha la memoria: los
recuerdos pero, sobre todo, el olvido. ¿Cómo no acordarnos
de aquel texto de Roland Barthes, en el que describe una fotografía
de su madre muerta, rastro mínimo de su memoria que le recuerda
todo lo que se le había olvidado acerca de ella?
Hay melancolía, desde luego, en estas
imágenes que se articulan de manera armoniosa, como pactada, hasta
enlazarse en posibles polípticos. La hay, asimismo, en la paleta
neutralizada, de dominante gris, cruzada de pronto por acentos ladrillo
o verde ladrillo. Y, de súbito, de manera inopinada, irrumpe el
"deschavete": Patria sombreada de azul, que conjuga todos
los matices de azul cielo, agua, turquesa, añil y noche, descomponiendo,
a la vez que los colores, los litorales y las fronteras del territorio
mexicano en un prisma excéntrico. ¿Una licencia? Mejor dicho,
la excepción que confirma la regla.
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