| Quien visite esta exposición
quedará sorprendido ante el giro que ha dado la pintura de Gilda
Castillo en estos dos últimos años. ¿Olvidados, quedaron
aquellos paisajes desiertos y contrastados, mas no infértiles, atravesados
por amplios ritmos ondulantes, como surcados por robustas nervaduras que
trazaban colinas y árboles, que le conocíamos? No completamente.
Gilda Castillo se aleja del
paisaje como género "tradicional", sin cortar de tajo
el vínculo que la mantuvo atada a esta práctica durante tantos
años, con logros indiscutibles, por cierto. Lo que en la actualidad
le interesa es la geografía en su sentido topográfico: delinea
el territorio mexicano o terrenos poco extensos en las particularidades
que presenta su configuración superficial. Gilda dibuja mapas y
les presta una simbología singular que invita a diversas interpretaciones.
Su producción reciente,
que abarca desde 1997 hasta 1999, consta de técnicas mixtas sobre
tela o madera, de pequeño y mediano formato. Grosso modo,
son tres las maneras de Gilda de abordar la topografía. La primera
consiste en parecer atenerse a una descripción literal, "científica",
de un terreno dado, como si lo hiciera a partir de una toma fotográfica
aérea, sin referencia a un "territorio nacional" en particular
(para muestra, las series de los Mapas y de los Territorios circundados,
de pequeñas dimensiones). La imagen se enfoca en un plano de parcelas
asimétricas circunscritas por límites caprichosos, pero también
incorpora otros elementos metonímicos, como una brújula,
un globo, que dialogan a su vez con simples trazos arbitrarios que describen
circuitos, o bien con formas orgánicas que pueden asociarse con
la fisiología humana.
Por otro lado, hay obras
trabajadas basándose en un fragmento del mapa de México,
identificable a ojos vista (¿cómo no reconocer Baja California
en Patria velada?), o a partir del concepto visual de territorio
nacional en su totalidad. Fragmento y todo quedan enmarcados en un encuadre
fotográfico y se acompañan de los motivos orgánicos
antes aludidos (¿son trompas, son úteros?).
En última instancia encontramos
los cuadros de formato mayor que se componen de una importante estructura
circular, de contornos negros e inscrita sobre fondo blanco, que contiene
un paisaje vuelto esquemático, hecho de campos cromáticos
en movimiento, atravesados por pistas orientadas horizontalmente (Atrapando
al sol, Murmurando de noche, Ensartando relámpagos).
Se observa, de un programa al
otro, una desaparición paulatina de la topografía precisa,
de la noción de territorio propio, en favor de una "inhibición"
del paisaje, de su absorción en un sistema contundente y cerrado
que semeja la forma del cráneo, de la cabeza. El territorio, de
tal modo, se va convirtiendo en memoria. Se vence la frontera entre realidad
física, palpable, y la ficción de la evocación y del
recuerdo.
¿Por qué tal fijación
en la idea de territorio? Por varias razones. Una, muy concreta, es la
exposición temática a la que convocó, en abril de
1996, el Café La Gloria, en la que se invitó a 50 artistas
a componer, mediante cuadros de 30x30 cm, una Tabla geográfica
monumental, que luego se subastaría para ayudar a financiar la Biblioteca
para ciegos "Jorge Luis Borges" en Oaxaca (un proyecto cultural
más de Francisco Toledo). Fue memorable esta exposición promovida
por Miguel Castro Leñero, Mauricio Sandoval y Boris Viskin. Entusiasmó
tanto a Gilda la iniciativa, que la incitó a seguir desarrollando
el tema y a experimentar en formatos menores y con técnicas como
la encáustica. Se le abrió entonces un nuevo rumbo, en un
momento en el que sentía agotarse su iconografía pasada.
Un mes después, en mayo, la Galería López Quiroga
inauguraba la exposición colectiva Mapas, curada por Patricia
Álvarez que reunió las versiones de 22 artistas, entre ellos
Gilda Castillo.
Poco a poco se fue hilando en
bocetos de Gilda el discurso del mapa como cuerpo, del rostro como mapa.
Por otra parte, en aquella época sobrevino el deceso del padre de
la autora. En su pintura, entonces, se consolidó la reflexión
sobre la patria, asociada irremediablemente con la muerte del padre,
y con el proceso de decadencia y descomposición que conlleva la
vejez ("Un mapa es una manifestación artística del miedo
a lo desconocido", señaló Alberto Blanco en el texto
del catálogo de aquella exposición en la Galería
López Quiroga). En los cuadernos de apuntes que traducían
este proceso doloroso, Gilda dibujaba cráneos, huesos y miembros
descarnados, figuras que siguen apareciendo en su pintura.
"Soy como un diccionario
de símbolos", finge lamentarse Gilda Castillo. Efectivamente,
su obra deja aflorar un retrato de su inconsciente de una manera cruda
y transparente; según la autora, una persona por demás púdica
y reservada aunque drolática que asume no sin cierto recelo una
experiencia introspectiva declarada. Y es que se desprende cierta tensión
inquietante de estos nuevos cuadros y dibujos. El territorio metamorfoseado
en una masa intangible, a punto de desintegrarse en la abstracción,
atrapado todavía en lo que ya no es más que un cráneo
desnudo, puede evocar la materia incorpórea de la que está
hecha la memoria: los recuerdos pero, sobre todo, el olvido. ¿Cómo
no acordarnos de aquel texto de Roland Barthes, en el que describe una
fotografía de su madre muerta, rastro mínimo de su memoria
que le recuerda todo lo que se le había olvidado acerca de ella?
Hay melancolía, desde
luego, en estas imágenes que se articulan de manera armoniosa, como
pactada, hasta enlazarse en posibles polípticos. La hay, asimismo,
en la paleta neutralizada, de dominante gris, cruzada de pronto por acentos
ladrillo o verde ladrillo. Y, de súbito, de manera inopinada, irrumpe
el "deschavete": Patria sombreada de azul, que conjuga
todos los matices de azul cielo, agua, turquesa, añil y noche, descomponiendo,
a la vez que los colores, los litorales y las fronteras del territorio
mexicano en un prisma excéntrico. ¿Una licencia? Mejor dicho,
la excepción que confirma la regla.
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