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Ilse Gradwohl o la Poética del Espacio Lelia Driben Color en movimiento y suspenso, movimiento suave, envolvente, hechos de ondulaciones con la sola presencia de un rojo oscuro y destellos blancos que afloran de la profundidad del rojo generando una esfera abstracta, el augurio del aire que acentúa la suspensión. Así pinta Ilse Gradwohl el espacio en el interior de sus cuadros actuales, mediante un rojo oscuro y luminoso a un tiempo, luz plena de oquedades, de una opacidad ajena a la fase lúgubre del sueño, que destila sobre el rojo-tierra el haz de luces de una vigilia vivida como sueño, con la aprehensión táctil, señorial, visionaria de esa vigilia gozosa, que roza y desliza un estado de encantamiento. De ese modo labra esta artista su poética del espacio. Una poética que emerge entre los pliegues de la memoria, que aflora desde un punto, eco, recuerdo y o cúmulo de visiones sumergido entre esos pliegues, que son, en clíptica gradación, expansión y recodo. Todo ello en lo que constituyen las fuentes externas que, mediante un tenue movimiento hacia las lindes interiores de cada cuadro, forja otras similarmente tenues vibraciones, y el rojo puede transformarse en resplandores de verde, siena, amarillo, algún tornasol azulado, para desplegar márgenes adentro de la tela un territorio latente que re engendra la poética donde se unen espacio y memoria. Un espacio habitado y desnudo, habitado por el silencio encendido. Dije territorio, los cuadros rojo ocre son eso, a diferencia de aquellos otros, los que compusieron su exposición en el Museo de Arte Moderno de México, que evocaban el espacio en titilante vilo próximo al cielo. Hace un tiempo, Ilse Gradwohl estuvo en Sudáfrica especialmente en Pretoria y Johannesburgo. Recorrió extensamente los paisajes de Kenia, Tanzania y Etiopía. Y volvió a México trayendo en su equipaje bolsitas con ocre masai, la tierra roja de esos sitios del Africa del Este. Entonces mezcló el ocre masai con el óleo y esparció, aquí y allá sobre la superficie de sus telas –superficie que se muestra y embosca trazos, marcas, la frágil, despojada silueta fantasmal de ramas, semillas que confluyen sobre un centro, gestos, franjas rectangulares y la línea que divide tenuemente al lienzo como una oscilación que subsume y exalta al horizonte, o la línea que se reitera para escanciar el lazo tenue entre visión y recogimiento, de un horizonte múltiple que esparce el paisaje imaginario, imaginario y vivido, al infinito. Todo esto en la pictoridad de sus espacios. Porque en ellos la materia desplaza su consistencia hacia el color, y es el color y pintura como agua, suelo y aire aquello que deslizan sus verdes, sus tonos sienas, los puntos como rastros de la memoria en una serena flotación, marea, de ritmos. |
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