Pintura veneciana, siglos XVI al XVIII: 
de Tiziano a Longhi

Palabras del doctor Luis Mier y Terán Casanueva, Rector General de la Universidad Autónoma Metropolitana, en la ceremonia de inaguración de la exposición Pintura veneciana, siglos XVI al XVIII: de Tiziano a Longhi. Ciudad de México, Museo Dolores Olmedo, jueves 21 de febrero de 2002.

En la quinta y última parte de su libro El Renacimiento,1 el Conde de Gobineau describe un diálogo ficticio entre Tiziano y Pietro Aretino. Como si hubiera ocurrido el día de hoy, la conversación versa sobre el encargo que el pintor hace al poeta Aretino para que mediante la fuerza de la palabra escrita se denoste a otros artistas para provecho y en alabanza del responsable de los murales de Santa María Gloriosa dei Frari. De los defenestrados, asegura Aretino, "tendrán que salir de mi pluma los nombres del Veronés, del Tintoretto y del Bassano, rodeados de epítetos que no les hagan mucha gracia".2 Y la comparación, para alabar a Tiziano, será nada menos que con Miguel Ángel. El autor de los Diálogos amenos3 accede a realizar el trabajo por una buena paga, situación que no debiera escandalizarnos especialmente, pues en aquellos tiempos todos hacían trabajos por encargo.

   
 
   

¡Quién podría asegurar que justo en una ciudad que fuera hermana de Venecia, como la de México, se disiparían semejantes envidias y celos! Y ello ha sido posible gracias al empeño convergente de distintas instituciones de México e Italia. Así, los tres pintores mencionados como blanco de la crítica en el diálogo ficticio aludido (el Veronés, Tintoretto y Bassano), además de quien ordena y paga el vilipendio (Tiziano), se encuentran esta noche representados con sus cuadros, para deleite nuestro. Por cierto, en especial de este último, por primera vez podemos ver en México obra suya.

El destino de Venecia y México se ata simbólicamente con amarras casi invisibles. Ambas ciudades fueron fundadas en lagos, aunque la nuestra ya no conserva su entorno original salvo en mínima parte, precisamente por estos rumbos. Alguna vez Miguel de Cervantes escribió en sus Novelas ejemplares, con cierta ingenuidad diríamos ahora, que estas urbes tenían paralelo, aunque Venecia era "orgullo de los europeos" y México "espanto del Nuevo Mundo". Era la visión de la época, que por fortuna ha cambiado radicalmente y que encuentros como éste que nos congrega, en el festín de la pintura, promueven para bien de ambas naciones.

El mismo Cervantes formó parte del ejército unido que bajo el mando de don Juan de Austria, hijo natural de Carlos I de España y V de Alemania, derrotó a los turcos en la batalla de Lepanto, en 1571. A raíz de esa acción guerrera la mano derecha del futuro autor de Don Quijote quedó inservible. Dominar y someter el Mediterráneo fue durante siglos la llave del control de la relación entre Occidente y Oriente. De esa manera los fenicios llevaron sus mercancías a sus costas, al mismo tiempo que el alfabeto, fruto de los esponsales de Cadmo y Armonia según Roberto Calasso. Más tarde los griegos le dieron resonancias míticas al mar en que sus naves transportaron buena parte de las semillas de la civilización occidental.

   
 
 
   

La batalla de Lepanto marcó la cumbre del esplendor del ejército veneciano. Y bajo ese impulso el Estado se convirtió en una potencia, que dominaba buena parte del comercio entre Oriente y Occidente. Por esto en el arte pictórico veneciano, punto de encuentro entre ambas tradiciones, encontramos reminiscencias bizantinas. Como Constantinopla, Venecia fue espejo, puente comercial, artístico y humano, entre Europa y Oriente.

Disfrutar esta noche la muestra Pintura veneciana del siglo XVI al XVIII: de Tiziano a Longhi, en el inmejorable marco del Museo Dolores Olmedo, con quien la Universidad Autónoma Metropolitana tiene suscrito y en activo un productivo convenio de colaboración, es una oportunidad para regresar a los rostros, los paisajes, los interiores y las vistas de Venecia. Sobre todo es reconocer la luz y el color que esa hermosa ciudad, hecha prácticamente de agua, le legó al mundo a través de sus pintores, a partir de los Vivarini (Antonio, Bartolomeo y Alvise), pintores originarios de Murano activos durante el siglo XV y, sin duda, precursores de los que disfrutaremos esta noche.

No en balde Leonardo escribió casi al mismo tiempo en que muchos de estos pintores estaban en activo sus Seis libros sobre la luz y la sombra, que forman parte del Tratado de la pintura.4 Era, como podemos ver en esa suma enciclopédica, una preocupación esencial en los artistas plásticos de la época: captar la vida en su movimiento, con la cálida energía de la luz.

San Marcos, el intérprete de Simón Pedro, la piedra para la fundación de la lglesia, escribió en Roma su evangelio, el más compacto de los cuatro canónicos. Esto ocurrió hacia el año 64 de nuestra era, y lo escribió para los gentiles que acababan de convertirse al cristianismo. San Marcos se convirtió, más tarde, en el santo patrono de Venecia. Hoy, la Basílica dedicada a su culto es una de las más bellas del mundo. No podía ser de otra forma. Esta noche tenemos ante nosotros una muestra de esa luz que los artistas venecianos captaron en su ciudad, hermana nuestra, hoy más que nunca. 

Les deseo a todos que disfruten intensamente la exposición Pintura veneciana del siglo XVI al XVIII: de Tiziano a Longhi. Muchas gracias.

   
 
 
   
 
Notas

1Conde de Gobineau, El Renacimiento, segunda edición, Buenos Aires, Espasa-Calpe, Argentina, 1952, segunda edición (Austral, 1036), 352 pp.

2 Ibid., p. 316.

3 Pietro Aretino, Diálogos amenos, traducción de José Santina, Barcelona, Bruguera, 1977 (Clásicos del Erotismo, 1), 336 pp.

4 Leonardo da Vinci, Tratado de la pintura, introducción, traducción y notas de Ángel González García, Madrid, Editora Nacional, 1976 (Biblioteca de la Literatura y el Pensamiento Universales, 9), 512 pp.

5 Mateo, Marcos, Lucas y Juan, Los cuatro evangelios, versión literaria de Rafael Tena, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2001 (Cien del Mundo), 272 pp.