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* Miguel Ángel
Echegaray
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| Poeta de arcaísmo espontáneo,
Guillermo Landa nos recuerda, poema tras poema, la generosa anchura y largueza
del idioma. Su voz poética se apoya en voces infrecuentes que parecen,
a primera vista, preciosas curiosidades de diccionario añejo y erudito.
Pero que su retórica se asiente en vocablos ignorados más que en desuso no quiere decir que sea un poeta amante del drapeado y la joyería; de chispazos filológicos y sonidos anacrónicos. No es así. Guillermo Landa ha recurrido a palabras infrecuentes porque su visión de la poesía desconfía de que todo pueda ser dicho más por la convención del habla que por la de la lengua. Sus rarezas y curiosidades lingüísticas abren sus tenazas para atrapar los temas que lo obsesionan: el erotismo, su pueblo, su familia y las ciudades extranjeras que su condición de diplomático le deparó años atrás. Tales palabras le inoculan un sentido épico y no pocas veces irónico a su relación poética con la vida, al igual que le permiten cobijarse en su condición de poeta solitario y malicioso. Un dibujo narrativo de contornos definidos subyace en buena parte de sus poemas; con él se marca un transcurso que desborda la sola pulcritud de oficio y que los vuelve materia del tiempo reverberado y reverbalizado. Funda su propia llaneza y dispone a su antojo de las palabras que han de poblarla. De ahí la dificultad para asociar a Guillermo Landa con otros poetas de su generación o para sugerir una estirpe poética, más o menos definida, a la cual ceñirlo. Pienso también que Guillermo Landa ha querido decirnos con su obra que la poesía vive aún entre nosotros por ser un anacronismo radical. Guillermo Landa busca palabras como un buscador de oro. Lo he visto ir de un diccionario a otro, durante toda una mañana, siguiéndole la pista a una palabra y luego salir airoso al encontrar el sentido con que habrá de utilizarla en un poema. Como el personaje de Lewis Carroll, se empeña en darles órdenes a esas palabras para que cumplan su papel revelador en cada uno de sus versos. Viar de la venada se compone de poemas que Landa hiló
durante los últimos años, en ellos reitera su visión
y oficio poéticos rigurosos. Al leerlo, me acordé de una
de las máximas de Oscar Wilde que dice: "Sólo los grandes
maestros del estilo triunfan siendo oscuros". Y es que Viar de la venada
aloja no pocos poemas que tienden a la oscuridad impaciente de lo decible,
poemas animados por la certeza de que la palabra poética no gusta
de lazarillos ni reflectores instantáneos. En sus palabras: "Entre
vislumbre y deslumbre, está la gruesa tea que nos ahúma".
Landa regula la luz y la sombra del poema a su conveniencia.
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Otro de sus procedimientos, si es que es dable
tal determinación de su construcción poética, consiste
en hacer convivir palabras añejadas con vocablos híbridos
y trasplantados con impunidad a nuestra lengua. Con estos últimos
se ceba hasta ridiculizarlos y, por ende, despliega una crítica
al mundo moderno y sus productos tecnológicos. Advierte en un poema:
No permitas que el apátrida nauta web
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