El pianista: Roman Polanski en el espejo de su historia
* Miguel Ángel Flores
 En los últimos días de agosto del 2002, una enorme manta frente al Palacio de la Cultura y la Ciencia, ese incómodo, ineludible y espantoso regalo de Stalin, monumento al cinismo y la hipocresía, daba noticia de una película que cuenta en su reparto con la participación del cineasta, y también actor, más célebre del país. Si sólo se hubiera reproducido el nombre y no su rostro, el distraído transeúnte del trópico jamás hubiera advertido de quién se trataba: Romana Polanskiego, quien una semana después regresó a su lugar de origen para festejar la gloria de un premio más: El León, la presea que el Festival Cinematográfico de Venecia otorga a la mejor película de concurso. Roman Polanski fue recibido en Varsovia como lo que es: un verdadero héroe cultural, un sobreviviente sui generis de las batallas contra el realismo socialista y la represión. Con toda ceremonia, pompa y circunstancia se estrenó El pianista.

Regresar a los orígenes después de un largo trecho recorrido, cuando la juventud quedó atrás, lo mismo que hechos y sucedidos de una vida turbulenta que no ha estado exenta de reconocimientos, éxitos y aceptación social, pero tampoco del escándalo, el dolor y los problemas legales. En Polonia nació Polanski, en el seno de una familia de fe judía, lo que lo predispuso a una especie de determinismo histórico y religioso. La tradición antisemita es casi una seña de identidad de la nación polaca. Es innecesario repetir aquí la larga cadena de agravios a que se vio sometida la comunidad judía durante siglos. El recuerdo más intolerable es el de la miseria y la marginalidad que afectó a la mayor parte de ella. Polanski emigró con su familia a Francia para escapar de esa suerte, pero en los primeros años de juventud estuvo de regreso en Polonia. Y comenzó sus estudios de cine en la famosa escuela de Lodz.

En los años de la transición, de los cincuenta a los sesenta, Polonia vivió una intensa actividad cultural que aprovechó los resquicios de libertad que hicieron posibles los años del deshielo soviético. En 1956 habían sido denunciados los crímenes del padrecito Stalin. El jazz alegraba las noches de Varsovia y mitigaba su tedio. Y se veía el cine francés de los jóvenes de la llamada "nueva ola", contemporánea del nouveau roman: años de búsquedas y encuentros. Polanski destacó entre aquellos jóvenes cineastas que empezaron a filmar historias basadas en las vidas cotidianas y vulgares de la juventud: narración con imágenes de la crónica de esos años, que se hacía con pocos recursos de producción. Su mérito residía en la eficacia estética.

Cuchillo en el agua llamó la atención de la crítica mundial. Un trío de jóvenes, dos hombres y una mujer, pasan un fin de semana en un yate, en algún lago del país. Todo el argumento está basado en la complejidad de las relaciones que se establece entre ellos. El rasgo más interesante de la película es que su contexto social es neutro: la historia pudo haber sucedido en cualquier parte. No hay referentes al país socialista ni a la propaganda que se estilaba en aquel entonces. Los desplazamientos de cámara son precisos, las tomas sobrias, y una fluidez narrativa sostenida en una efectiva transición de las imágenes que confirmaban el talento del joven cineasta, responsable del resultado final de esta película.

Polanski no tardó en emigrar de nuevo a Occidente para confirmar sus dotes artísticas. Y en poco tiempo se le abrieron las puertas de las grandes producciones. Y nunca defraudó a quienes le confiaron su dinero para hacer posible las películas, pues cada nuevo estreno de Polanski garantizaba la recuperación en la taquilla de la inversión.

Ninguna historia del cine puede prescindir de su nombre. El catálogo de sus películas confirma la gran intuición que el cineasta demostró para combinar en la trama de sus films elementos que le asegurarán obtener la atención del espectador sin demérito de la calidad estética. El giro sorpresivo de una historia, la violencia latente en los personajes, los toques de cine negro y la complejidad psicológica de los personajes convirtieron a sus películas en piezas inolvidables en nuestra experiencia de cinéfilos. A una trama en apariencia anodina la podía envolver con el manto de una inquietud tejida por hechos que resultaban insólitos: recuérdese El inquilino y aquella presencia que muda espiaba mientras un mundo voraz y poco proclive a la comprensión y tolerancia desbordaba la vida del personaje que encarnaba Polanski. Inolvidable fue Repulsión y la respuesta de una mente desquiciada ante el acoso sexual. El paréntesis de humor casi fue una apoteosis en su carrera: La danza de los vampiros fue filmada a golpes de un fino humor que no pocas veces se deslizaba por los intersticios de lo grotesco. Todos somos portadores de un infierno que puede hacer erupción arrastrando con su furia cuanto lo rodea. El infierno, alimentado por la pasión entre los amantes malditos, puede llegar a convertirse en una experiencia devastadora. Luna amarga es el amor loco sin matices. Cuando el placer se satisface en la humillación de la pareja, que no conoce límites.

El regreso a los orígenes y la memoria de una vida y un país que estuvo en el corazón de la tragedia durante la guerra más terrible del siglo xx. El pianista, su más reciente film, no parece tener punto de contacto con el resto de la cinematografía de Roman Polanski. El film está construido con su maestría para el manejo de las imágenes, con la visualización de la historia, lo que le permite un impecable emplazamiento de las cámaras para elaborar un hilo narrativo sin fisuras. El despliegue de producción tal vez sea el rasgo más sobresaliente de este film. Reconstruir Varsovia en vísperas de la guerra y hacer que las ruinas contengan la verdad de una ficción, esas ruinas que conformaron el paisaje después de la batalla, son la parte más memorable de la obra más reciente de Polanski.

Él lo ha comentado a propósito del estreno mundial de su película: pensó que tenía una deuda con su biografía personal y con su gente, con su país de origen. Estaba latente su inquietud por reflexionar sobre el Holocausto. El proyecto del film nació cuando un amigo le hizo conocer el libro autobiográfico de Wladyslaw Szpilman, un judío polaco, de profesión pianista, que sobrevivió a la persecución. El libro circuló sin pena ni gloria por las librerías y tuvo pocos lectores. No era el libro de escritor profesional o de alguien particularmente dotado para la narrativa. Quedó como un testimonio más de quienes se vieron atrapados en el centro de la acción bélica y que tuvo la fortuna de sobrevivir a los horrores del gueto de Varsovia.

 
 
 
 
 
 
   
Desconocemos el libro. En la adaptación cinematográfica de Polanski la acción se inicia cuando empiezan a caer las primeras bombas sobre la ciudad. A la música la interrumpe de súbito la presencia de otros, que en su estruendo conllevan una carga letal. Wladyslaw, de profesión pianista, advierte en poco tiempo que un cerco de hostilidad empieza a rodear la vida de la comunidad judía. Sucede la invasión y los alemanes se adueñan primero de todos los espacios públicos y después de los privados. Se les advierte a los judíos que deben pegar a sus ropas la estrella de David como distintivo y luego como estigma. Más tarde no bastará ese tipo de segregación: habrá que hacerla más efectiva y no sólo simbólica. Los judíos reciben la orden, sin concesiones, de abandonar sus hogares con el fin de concentrarlos en otro lugar de la ciudad, que quedará sellado por muros infranqueables y por rejas. Nacía así el gueto en su expresión más infame. Degradar al prójimo fue la consigna de los alemanes. Había que borrar la idea de dignidad de la mente de sus nuevos siervos. En el gueto se les obliga a bailar cómicamente, y antes de ello, los ancianos serán golpeados en la calle con cualquier pretexto. Unos se niegan a aceptar su nuevo destino y se rebelan inútilmente, otros sólo tratan de sobrevivir. El relato de Wladyslaw Szpilman es la narración de su odisea personal en una nueva realidad donde la existencia ha perdido todo sentido y sólo queda la esperanza de sobrevivir, en espera de que las circunstancias sean favorables para que así suceda. La mayoría murió. Szpilman tuvo la resistencia, la determinación y la suerte de conservar la vida cuando todo auguraba su próximo fin. En la Varsovia devastada por la guerra, donde, salvo los de su grupo social y religioso, todos eran sus enemigos, casi sin medios para resolver la subsistencia cotidiana, la salvación de Szpilman fue un milagro.

Todo muy bien. Pero a lo largo de la película se tiene la sensación de lo déjà vu. Nos queda la reflexión moral y la banda sonora: la música de Frédéric Chopin y Wojciech Kilar, ejecutada por la Orquesta Filarmónica Nacional de Polonia. Falta el toque genial de Roman Polanski, su visión personal del sufrimiento más allá de una historia ya muy conocida y varias veces contada.

*Miguel Ángel Flores es profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Su libro más reciente es Umbral y memoria (México, UAM/Aldus, 1999). La Universidad Nacional Autónoma de México acaba de incluirlo en su colección Material de Lectura.