ENTRE LA HABITACIÓN PROPIA Y LA PLAZA DE TODOS O 
SIMONE DE BEAUVOIR COMO PRETEXTO 
*Sandra Lorenzano
 Para Carmen, por el amor a las palabras 

Un libro abierto también es la noche. Estas palabras que acabo de pronunciar me hacen llorar, no sé por qué. Escribir a pesar de todo, pese a la desesperación. No: con la desesperación.

Marguerite Duras1

 Como yo, ella ama las palabras y las personas que saben servirse de ellas. Niña, adolescente, los libros me salvaron de la desesperación (...) No podría vivir sin escribir.
Simone de Beauvoir2

I

Libros, escritura, palabras, desesperación... releo los epígrafes que he elegido y pienso que se puede considerar que ha sido la mía una elección sesgada; hay tantos millones de frases que podrían haber sido escogidas que, por supuesto, debo asumir que mi lectura, mi propuesta, es sesgada. ¿Hay acaso alguna que no lo sea?

Libros, escritura, palabras, desesperación... releo los epígrafes y sé que en esos términos, en la red de relaciones y dependencias que esos términos construyen, se protege, se esconde, uno de los núcleos de lo literario: la palabra contra la muerte. Escribe Jorge Semprún en La escritura o la vida:
 

Siempre puede expresarse todo, en suma. Lo inefable de que tanto se habla no es más que una coartada. Siempre puede decirse todo, el lenguaje lo contiene todo. Se puede expresar el amor más insensato, la más terrible crueldad. Se puede nombrar el mal, su sabor de adormidera, sus dichas deletéreas. Se puede expresar a Dios, lo que no es poco. Se puede expresar la rosa y el rocío, el lapso de la mañana. Se puede expresar la ternura, el océano tutelar de la bondad. Se puede expresar el porvenir, los poetas se aventuran en él con los ojos cerrados, el labio fértil. Puede decirse todo de esta experiencia... Corriendo el riesgo de no salir victorioso del empeño, de prolongar la muerte, llegado el caso, de hacerla revivir incesantemente en los pliegues y recovecos del relato, de ser tan sólo el lenguaje de esta muerte...3


En otros trabajos he intentado pensar sobre todo esto: en las palabras frente al horror. Pido una disculpa, pero una tiene siempre las mismas obsesiones. También sé que las palabras pueden no ser suficientes: Primo Levi, Paul Celan, Walter Benjamin, José María Arguedas, Alejandra Pizarnik, son ejemplos que contradicen y complementan esta certeza —permítanme ustedes la ambigüedad.

Vuelvo a los epígrafes; vuelvo a la idea de un núcleo de lo literario expresado en ambas frases. Son frases de dos escritoras, lo que me permite pensar que, aunque no sea de manera exclusiva, podría verse allí la marca de cierta escritura femenina. Escritura de la desesperación —aun cuando sea gozosa—; escritura que nace de los desgarramientos —aun cuando parezca reparadora—. Quizá deba decir que, desde mi perspectiva, lo femenino en la escritura tiene más que ver con el trabajo textual, con una cierta subversión a lo establecido, que con el sexo de quien escribe. No es el momento de profundizar en esto. Más bien tiendo a pensar, quiero hoy pensar, a partir de los epígrafes, en los desgarra-mientos, en la desesperación, de las mujeres que escriben. Las historias las conocen ustedes tanto como yo: Sor Juana, Emily Brönte, Virginia Woolf, Rosario Castellanos, Alfon-sina Storni...

A diferencia de lo que sucede con Rosario Castellanos, de quien —como dice Aralia López— pocas veces se recuerda que era filósofa, de Simone de Beauvoir se tiene escasamente en cuenta su perfil de escritora: filósofa, militante, la mujer que funcionó como modelo para gran parte de una generación. Estas imágenes —algunas de las cuales han caído estrepitosamente— han tapado su literatura. Sin embargo, se trata de un proyecto fundamental en su vida. "La obra de arte —escribe en Memorias de una joven formal— la obra, literaria era a sus ojos un fin absoluto; llevaba en sí su razón de ser, la de su creador y acaso, no lo decía pero yo sospechaba que lo creía firmemente, la del universo entero".4
 

II

"La gente feliz no tiene historia —escribió alguna vez—. En el desconcierto, la tristeza, cuando uno se siente quebrantado o desposeído de sí mismo, experimenta la necesidad de narrarse". Fuerte como declaración de principios de una mujer que permanentemente se narró a sí misma y a su mundo, aun sabiendo lo riesgoso de la propuesta: "...esa hermosa historia que era mi vida, iba volviéndose falsa a medida que yo me la contaba".5 La mayor parte de sus textos es de carácter autobiográfico. "La historia de mi vida no existe si no la cuento —propone Sylvia Molloy—. Vida es siempre, necesariamente, relato".6

El relato autobiográfico masculino ha sido concebido muchas veces como deber público, sobre todo en América Latina. "...el yo que (se) cuenta cuenta a la vez a una nación, o mejor dicho se cuenta como nación".7 El ejemplo de Sarmiento es paradigmático en este sentido. La autobiografía puede ser vista, como lo propone Paul de Man, como "máscara textual". "Escribir sobre uno mismo sería ese esfuerzo siempre renovado, siempre fallido, de dar voz a aquello que no habla..."8 Hay un juego entonces de encubrimiento/descubrimiento, de desnudar pero también de disfrazar para esconder y proteger: "realidad" y simulacro. Cada lector es, entonces, un voyeur de la intimidad que se despliega y se repliega en su afán por realizar lo imposible, contar la "historia" de una primera persona que sólo existe en el presente de su enunciación.

Me pregunto, citando un título de Nara Araújo, ¿es la autobiografía femenina un género diferente? La crítica feminista "discute el concepto humanista/liberal/positivista que asocia la autobiografía con la grandeza de una vida pública... como modo de destronamiento del sujeto occidental, blanco, masculino que ha sido erigido en `sujeto universal'".9 Para algunas críticas la escritura autobiográfica de mujeres da lugar a una "autoginografía" en tanto busca constituir un sujeto femenino.

Pienso en una frase de Marguerite Duras: "La historia de mi vida no existe. Eso no existe, nunca hay centro. Ni camino ni línea. Hay vastos paisajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie''.10 Creo que estas líneas no podrían haber sido escritas por Simone, creo percibir en ella una tensión mayor entre —por decirlo de manera sim-plificadora— esa imposibilidad a la que alude Duras y un modelo de reflexión más cercano a aquello consagrado por la filosofía dominante, patriarcal. Entre la eficacia, en términos de mercado, y el placer del desperdicio. Hélène Cixous dice respecto de la escritura femenina: 

Nos gusta la inquietud, el cuestionamiento. Hay desperdicios en lo que decimos. Necesitamos esos desperdicios. Escribir, al romper el valor de intercambio que mantiene a la palabra en su raíl, es siempre dar a la superabundancia, a lo inútil su parte salvaje. Por eso es bueno escribir, dejar a la lengua intentar, como se intenta una caricia, tardar el tiempo necesario para una frase, un pensamiento para hacerse amar, para resonar.11
Lo femenino y lo masculino, el desperdicio y la eficacia discursiva, en una tensión no resuelta. En Memorias de una joven formal Simone de Beauvoir escribe: "Yo me jactaba de unir en mí `un corazón de mujer y un cerebro de hombre'", inmanencia/trascendencia, naturaleza/cultura, serán estas tensiones las que den inicio a las reflexiones de s, buscando trascender la condición de alteridad que el pensamiento patriarcal impone a las mujeres; se trata de que éstas —en términos de política feminista— deslegitimen toda la feminidad normativa a fin de que puedan ejercer su libertad. En literatura esta libertad no puede sino pasar por el propio cuerpo. El sujeto femenino como devenir minoritario; quiebres sobre la piel.
 

III

Si esperaban un discurso teórico, lo lamento. Aprendí a ser mujer en plazas y sótanos, gritando por la paz con las mujeres del mundo, asistiendo a nacimientos y a abortos, apoyando la pluma o el plumero con las compañeras que apretaban mi brazo cuando una Madre de Plaza de Mayo rasgaba el mundo de mi otredad y nos traía el sueño de justicia en este mundo. 
Alica Genzano12

Para discutir sobre la condición de las mujeres, Simone de Beauvoir se basó en su experiencia, habló desde lo personal. En este sentido, quizá sea forzado establecer una división tajante entre sus obras literarias y sus obras de reflexión; tiendo más bien a pensar en fronteras porosas, lábiles, en corrientes que se comunican y mezclan.

Esta presencia de la primera persona habla también de un cambio en la relación entre lo público y lo privado. Aunque para algunos autores se trata de la gran dicotomía del pensamiento político en tanto "alberga o ampara lógicamente otra serie de distinciones conceptuales derivadas, su definición está lejos de ser inequívoca".13 Ya sea que se vincule lo colectivo a lo público masculino (territorio de la vida civil y política, de la razón) y lo individual a lo privado femenino (espacio de lo doméstico, lo familiar), ya que exprese una oposición entre lo visible frente a lo oculto y secreto, el sentido de la dicotomía ha sido cuestionado por el pensamiento feminista, de modo de mostrar el carácter no natural de las relaciones en el ámbito íntimo de la familia y la sexualidad. Para Nancy Duncan esta división se utiliza para construir, controlar, disciplinar, confinar, excluir y suprimir la diferencia de género preservando la tradición patriarcal de las estructuras de poder. El confinamiento (voluntario o forzado) en espacios privados contribuye a la reducción de la vitalidad de la esfera pública y disminuye "la habilidad de los grupos marginados para reclamar su participación en el poder".14

Sin embargo, en los últimos años se ha dado una emergencia de movimientos sociales de mujeres que tienden a exasperar esta dicotomía instalándose en los quiebres de sus términos. Este sería el caso, por ejemplo, de las Madres de Plaza de Mayo, a quienes la cultura del miedo impuesta por los militares (muerte, desapariciones, torturas, silencios) no logró detener. Las Madres convierten sus cuerpos que dan vueltas alrededor de la Plaza —"porque no están permitidas las reuniones; hay que circular"— en signo de resistencia, a través de un acto ritual que conjunta política y estética sobre la propia piel. Sus cuerpos marcados por la brutal desaparición de sus hijos siguen hoy clamando justicia con la misma frase que al comienzo de la pesadilla: "Con vida los llevaron, con vida los queremos".
 

Madre oscura la patria, madre oscura, 
negada luz hembra triste en el alba, 
madre luna de luto. 
Yo digo que te olvido, que te olvidé. 
No es cierto: 
mírame con los ojos vacíos de tus muertos, 
agua lenta, mi patria, déjame que te diga 
que tus palabras rotas me sostienen... 
Escribe Pedro Orgambide.15
La Plaza es el lugar donde se produce el verdadero y único milagro de la resurrección, cuando llego, siempre necesito unos segundos para mí. Para ese reencuentro tan fuerte que siento. Los primeros pasos tienen mucha profundidad y cuando me pongo el pañuelo en la casa de las Madres, antes de salir para la Plaza, y me lo aprieto fuerte en la barbilla, es un abrazo, el abrazo de los treinta mil. 
Hebe de Bonafini16


Los jueves —día de la ronda de las Madres— se hacen eternos en la búsqueda colectiva de los que están ausentes. Quizá porque, como lo escribe Pedro Orgambide, "en Argentina la eternidad es jueves para siempre". En una sociedad dominada por el miedo, las Madres salieron con su dolor a las calles enfrentándose al Estado policial. En silencio —un arma sutil ante la vocinglería oficial— enseñando las fotos de sus hijos, transforman la Plaza de Mayo en el lugar simbólico de oposición; como en una suerte de teatro, la población entera, estuviera presente o no, se convertía en audiencia y testigo del gesto que, de algún modo, restituía lo perdido al señalarlo. La presencia de los ausentes (el abrazo de los treinta mil).

La ceremonia es un eco de los ritos antiguos que, recuperando la tradición clásica del ágora o fórum, convierte el espacio público en un espacio para la liturgia, "para los actos del pueblo", pero en el cual los verdaderos actores han desaparecido. Esta ocupación de la Plaza subvierte el papel asignado a la mujer por el discurso oficial como depositaria de los valores nacionales, sostenedora de la familia sobre la cual se monta el aparato represivo. Núcleo social primigenio, a la familia se le adjudica la misión de evitar los "desbordes" de cualquiera de sus miembros a través del control y la vigilancia. Al mismo tiempo, es uno de los blancos favoritos de la represión; familias enteras son destruidas con el fin de extraer los "tejidos infectados" del cuerpo social. El discurso autoritario enaltece el papel de las mujeres —madres por antonomasia—, cuya actuación tiene tres vertientes fundamentales: ser defensoras (de los valores "occidentales y cristianos"), controladoras ("¿Sabe donde está su hijo ahora?", repetía una publicidad televisiva) y educadoras.

Si el gobierno se infiltra en el ámbito doméstico "aconsejando", pautando comportamientos o incluso decidiendo la amputación del cuerpo familiar, las Madres harán el gesto inverso: instalar su intimidad en el espacio público convirtiendo en problema social algo que el Estado quiere ocultar en la trama de la individualidad ("Algo habrá hecho"). La "socialización" de los hijos —es decir, el sostener que todos los desaparecidos son hijos de todas las Madres— produce una transformación en el significado de la maternidad: no es el lazo biológico sino el ser víctimas de la represión lo que determina la filiación familiar.17

Si la estrella amarilla hacía surgir al judío de la multitud anónima —escribe Paul Virilio—,18 el pañuelo blanco habla de la negación de la viudez, del rechazo del duelo.

Nuestro pañuelo tiene su propia historia. Cuando se hizo la Marcha a Luján, principalmente de estudiantes, decidimos ir. Pensamos entonces en la forma de encontrarnos y reconocernos; es cierto que muchas nos conocíamos las caras, en el rostro llevábamos la tragedia de la desaparición de nuestros hijos, pero ¿cómo íbamos a reconocernos en medio de la multitud? Entonces decidimos llevar algo que nos identificara. Así una madre sugirió que nos pusiéramos un pañal de nuestro hijo, porque ¿qué madre no guarda un pañal de su hijo? Y así lo hicimos.19
Porque ¿qué madre no guarda un panal de su hijo? Y el blanco es puñal en las miradas, dolor sobre las pieles.
 
 
 
 
 
 
 
 
   
Un cierre sin final

Desgarramientos en el cuarto propio y en la plaza marcan los cuerpos, los textos, las palabras de las mujeres. La desesperación —de la que hablaba Duras, de la que hablaba De Beauvoir en las frases que encabezan estas páginas— no implica renunciamiento ni desasosiego, sino la exploración de los quiebres y los intersticios de un espacio femenino que la escritura de Simone supo intuir. Más allá de discusiones y desacuerdos, de imágenes contradictorias e incluso ambiguas —para qué querríamos reivindicar también nosotras un sujeto sin fisuras—, más allá de esto, o quizá por esto, nos sabemos también herederas de Simone de Beauvoir.•

*Sandra Lorenzano es profesora-investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa. 
 Notas

1Marguerite Duras, Escribir, México, Tusquets, segunda ed., 1996, p. 31.

2Simone de Beauvoir, "La edad de la discreción", en La mujer rota, Buenos Aires, Sudamericana, 1968, p. 20.

3Jorge Semprún, La escritura o la vida, Barcelona, Tusquets, 1995, p. 26.

4Simone de Beauvoir, Memorias de una joven formal, Buenos Aires, Sudamericana, 1965, p. 367.

5Ibid., p. 361.

6Sylvia Molloy, "El teatro de la lectura: cuerpo y libro en Victoria Ocampo", en Juan Orbe (comp.), Autobiografía y escritura, Buenos Aires, Corregidor, 1994, p. 13.

7Ibid.

8Sylvia Molloy, Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica, México, Fondo de Cultura Económica/El Colegio de México, 1996, p. 11.

9Nara Araújo, "La autobiografía femenina ¿un género diferente?", en Debate feminista, México, año 8, vol. 15, abril, 1997, p. 77.

10En Debate feminista, México, año 8, vol. 15, p. 8.

11Hélène Cixous, La risa de la medusa. Ensayos sobre la escritura, Barcelona, Anthropos, 1995, p. 55.

12 Alicia Genzano, "De porteña histérica a feminista romana", en Feminaria, Buenos Aires, año IX, núms. 18/19, noviembre, 1996.

13 Nora Rabotnikof, "Privado/público", en Debate feminista, México, año 9, vol. 18, octubre, 1998, p. 3.

14 Nancy Duncan, Bodyspace. Destabilizing Geographies of Gener and Sexuality, Londres y Nueva York, Routledge, 1996, p. 128.

15 Pedro Orgambide, Cantares de las Madres de Plaza de Mayo, México, Tierra del Fuego, 1983, p. 23.

16  Citado en Liliana Caraballo, Noemí Charlier, Liliana Garuli, La dictadura (1976-1983). Testimonios y documentos, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, p. 128.

17Sobre este tema ver, entre otros, el trabajo de Claudia Láudano, "De mujeres y discursos: veinte años es mucho", en Feminaria, Buenos Aires, año IX, núms. 18/19, noviembre, 1996, y Judith Filc, Entre el parentesco y la  política. Familia y dictadura, 1976-1983, Buenos Aires, Biblos, 1997.

18 Paul Virilio, “Política de la desaparición”, en Etcétera. Semanario de política y cultura, México, núm. 47, 23 de diciembre de 1993, p. 17.

19 Hebe de Bonafini en Liliana Caraballo, Noemí Charlier, Liliana Garulli, La dictadura (1976-1983)..., op. cit., p. 128.