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*Humberto Macedo
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| Los viajeros atisbaron Íkmar
al aparecer las primeras luminiscencias del día. Las murallas de
la ciudad emergieron tras el horizonte. Parecían antiguos centinelas
que, provenientes de la arena, observaban el paso del tiempo. Entre la
caravana se esparció un halo de agradecimiento: habían logrado
vencer al desierto.
—Al cruzar esos muros comenzará nuestro destino —susurró Marieth para sí. Aunque se alegraba de que su peregrinaje al fin concluyera, le angustiaba pensar en el futuro: la jornada siguiente resultaría aún más incierta. Miró a su compañero: Azgarton mantenía un gesto hierático, con la vista dirigida a las puertas de la ciudad. Los músculos de su cara estaban tensos y los tatuajes lucían más oscuros de lo normal, como si la cercanía de la ley los remarcara. Al darse cuenta de que Marieth lo observaba intentó ablandar sus facciones, sin conseguirlo. Dio un gruñido y regresó su atención al camino. La caravana se desbandó frente a las puertas de la ciudad. Algunos penetraron en ella de inmediato: eran conocidos comerciantes o emisarios de otras ciudades. Los demás, entre ellos Marieth y Azgarton, debieron formarse en una fila que avanzaba con agobiante lentitud. —No queremos mercenarios ni delincuentes; tampoco mujerzuelas —espetó uno de los guardias, cuando tuvo a la pareja frente a él. No podía ocultar que la mirada feroz y el tamaño de Azgarton lo intimidaban; asimismo, era incapaz de quitar la vista del torneado cuerpo de Marieth. Inconscientemente llevó su mano a la empuñadura de su espada. Azgarton cerró los puños y apretó los dientes, al tiempo que la mirada se le encendía. Marieth, conocedora del significado de ese gesto, se apresuró a tomarlo del brazo. Déjame a mí, escuchó él dentro de su cabeza. —Venimos a la audiencia —replicó con firmeza la mujer, clavando su diáfana mirada en la del militar. —Lleva a estos dos con los de su calaña —ordenó el centinela a uno de sus subalternos. Éste indicó a la pareja que lo siguiera. Azgarton avanzó, no sin lanzar una última mirada retadora al de la puerta. Sonrió al imaginarlo con la nariz sangrando y sin dientes. —Nuestro gran monarca, Akashet el Justo, los recibirá a partir del medio día; mientras tanto esperarán en las afueras del castillo; allí habrá agua y alimento. Antes de entrar no olviden entregar sus armas —explicó el guía. Azgarton y Marieth apenas le prestaban atención. Se sentían abrumados por el bullicio que había en la ciudad: cientos de gentes iban de un lado para otro; sus voces se confundían con los bramidos de animales que llevaban sobre sus lomos pesadas cargas, con los gritos de los comerciantes y las risas de niños que jugaban en las plazas, ocasionando una ensordecedora alharaca. Sin embargo, percibieron algo falso en la animosidad de Íkmar; como si, por más que trataran, los habitantes y la ciudad misma fueran incapaces de ignorar los tiempos aciagos que se vivían en Himenerion. —Hemos llegado —sentenció el guardia. La pareja miró hacia el frente: una imponente construcción de mármol, oro y marfil se elevaba ante sus ojos. Ambos quisieron decir algo, pero la estupefacción les había bloqueado la garganta. —Más les vale no ocasionar problemas, si no quieren pasar la noche en los calabozos —espetó el soldado antes de retirarse. Marieth y Azgarton no respondieron. Al darse cuenta del gran número de personas que también deseaban comparecer ante el monarca, se sintieron desalentados: aún tendrían que esperar mucho tiempo. Se sentaron en el suelo y Marieth se acurrucó entre los brazos de Azgarton. Al escrutar en derredor se dio cuenta de que era la única mujer. Las miradas de esos hombres de cabellos enmarañados y manchas de mugre en la piel parecían desnudarla. Al examinar sus rostros, Marieth descubrió que algunos de ellos carecían de brillo en los ojos y su semblante reflejaba maldad. Pensó que esos hombres sí eran criminales, lo que confirmó al ahondar en sus mentes, aunque en realidad no lo deseaba. Odiaba esas ocasiones en que perdía el control de su habilidad. Se enfureció al enterarse que la mayoría de ellos ni siquiera creía en su inocencia. Sólo nos harán perder el tiempo, pensó. El calor, que medraba implacablemente, incomodaba sobremanera a Azgarton, quien una y otra vez iba al recipiente de agua que les habían dejado. Vaciar el contenido de la cuba sobre su cara no resultaba suficiente para refrescarlo, y mucho menos para disminuir su ansiedad. Maldijo entre dientes haberse dejado convencer por Marieth. Jamás me perdonarán, concluyó. Al darse vuelta y mirar que un trío de hombres de tez negra y cabellos hasta la cintura rodeaban a Marieth, un súbito arranque de cólera le nació en el estómago. Lo enojó aún más que ella estaba dispuesta a enfrentarlos sola. Se dirigió a trancos hacia ellos y apenas tuvo uno a su alcance lo tomó por la nuca y le estrelló la cara contra el suelo. El hombre ya no se movió. Los otros dos se distrajeron, lo que le dio la oportunidad a Marieth de patear a uno entre las piernas. Se dobló hasta caer de rodillas. El restante comenzó a temblar cuando Azgarton se colocó frente a él. —Toma a tus secuaces y llévatelos de aquí. Agradezcan que en verdad debo ver al rey, de lo contrario ya no nos robarían aire —el negro asintió y echó a correr, seguido por el otro que apenas podía caminar. Azgarton escupió sobre el que yacía desmayado, ante la atónita mirada de los demás. Dos hombres, conscientes de que si los guardias hallaban el cuerpo nadie entraría a ver al soberano, se lo llevaron a rastras de allí. Al darse vuelta, Azgarton descubrió a Marieth mirándolo como a un niño que acabara de cometer una travesura. —¿Ya te sientes más tranquilo? ¿Ahora sí dejarás de creer que no nos escucharán ni alcanzaremos el perdón? —¿Algún día ya no escudriñarás mis pensamientos? —contestó Azgarton, casi alegre, al darse cuenta de que esa pequeña brega le había librado de su ansiedad. —Cuando ya no sean interesantes —contestó Marieth, sonriendo. El sol alcanzó el cenit. El tiempo había discurrido pesado como una roca de la montaña Kalen y ya todos desesperaban. Algunos de los hombres reñían entre ellos, mientras que otros decidieron retirarse. Entonces se escuchó un crujido: las puertas se abrían. Fue como si un rayo cayera justo a la mitad del campamento. Todos quedaron inmóviles y las voces acallaron, mientras las miradas permanecían fijas en el umbral. Varios soldados emergieron del castillo, vociferando órdenes. Requisaron las armas y luego acomodaron a los solicitantes en fila. En seguida explicaron cómo comportarse ante el soberano; finalmente flanquearon al grupo e iniciaron la marcha al interior del edificio. Tras cruzar un amplio salón repleto de estatuas y adornos, recorrieron un largo pasillo de paredes marmóreas que deslumbraban al reflejar los rayos del sol, acompañados sólo por el eco de sus propios pasos y la solemne marcha de los soldados. Llegaron hasta la puerta de la sala de audiencias: su anchura abarcaba una longitud de casi diez pasos y su altura era tan grande como la de los muros. En su superficie estaban tallados hermosos relieves que contaban la historia de Himenerion desde sus comienzos hasta la época previa al gobierno de Akashet el Justo. Aún quedaba demasiado espacio de madera lisa, por lo que Marieth dedujo que allí se plasmarían los sucesos futuros. Al descubrir en uno de los pasajes la figura de un bálak, un escalofrío le recorrió la espina dorsal. La impresión la hizo caer transida de horror, sintiendo que desfallecía. —¿Qué sucede? —dijo Azgarton, al tiempo que la tomaba por los hombros para evitar que se desplomara. Marieth mantuvo la mirada fija en la imagen de la bestia, temblando sin cesar. Azgarton no tardó en descubrir el grabado y de inmediato desvió a la mujer de esa visión. La estrechó contra su pecho, sin dejar de susurrarle al oído. Poco a poco Marieth dejó de tiritar. Algunos soldados se acercaron, al tiempo que los demás miraban morbosamente. Azgarton les lanzó una mirada igual a un rayo de fuego que atravesara un campo de trigo. Resultó suficiente para que los dejaran en paz. —Fue horrible... como si de nuevo... —balbuceó Marieth. —Calla. No pienses más en eso. Ha quedado atrás y no se repetirá. Lo juro —la mujer volvió a esconderse entre el pecho de Azgarton, mientras éste le acariciaba el cabello—. Te juro que no volverá a suceder… Lentamente, los hombres entraban y salían del recinto. La mayoría de ellos lo hacía con un semblante apesadumbrado, signo de que no habían sido perdonados. Algunos incluso eran expulsados presas de un frenesí cercano a la locura. Los soldados los miraban con sorna, casi satisfechos, como si disfrutaran de su infortunio. La angustia de Azgarton crecía nuevamente. Una y otra vez repasaba las palabras que diría a Akashet el Justo, sin poder convencerse de que fueran las correctas. De vez en cuando miraba a Marieth, dormida sobre su regazo, y sus pensamientos se ensombrecían aún más. Él también estaba exhausto, pero le era imposible siquiera cerrar los ojos. Al poco tiempo de que el último hombre saliera sollozando, les llegó su turno. Marieth se espabiló rápidamente y entró tras Azgarton. El sonido de la puerta al cerrarse retumbó en los oídos de la pareja. Fueron llevados al centro de la habitación. Al otear en derredor encontraron soldados únicamente; al elevar sus ojos descubrieron a Akashet el Justo, acompañado por sus consejeros. Se encontraban rodeados por un deslumbrante brillo, otorgado por una desconocida fuente de luz. —¡Póstrense ante el magnánimo y único señor de Himenerion! —ordenó el guardia principal, al tiempo que golpeaba en las rodillas a Azgarton. Éste cayó de hinojos y de no ser porque escuchó a Marieth dentro de su cabeza, rogándole que soportara la humillación, se habría levantado para hacer añicos el cuello del soldado. —Alabado sea Ábzheim. Eres el último que comparecerá hoy ante mí, puesto que no me encuentro de humor para seguir escuchando insidiosas súplicas. Expón tu caso con prontitud —exclamó el gobernante con una indolencia que molestó aún más a Azgarton. —Hace muchas estaciones, cuando era miembro de las Huestes Hieráticas en el templo de Ábzheim, se me acusó de abusar de una de las sacerdotisas —alcanzó a decir con la voz opacada por la furia—. Sircon, se llamaba ella. Entonces fui expulsado del templo, luego de que los sacerdotes me privaron de mi virilidad y cubrieron mi cuerpo con estos tatuajes. Desde entonces he vivido como proscrito, vagando por los confines más áridos de Himenerion y dedicándome a tareas indignas de alguien perteneciente a mi estirpe. No estoy dispuesto a soportarlo más. —¿Es acaso el hijo de Régard quien ahora comparece ante mí? Deberías estar muerto. Como entendí, fuiste encontrado culpable en el juicio. Y el castigo debido era la emasculación. ¿Cómo escapaste de ella? —intervino el soberano. —Fue una consideración a mi padre. Y a mí mismo. Además, algunos de los sacerdotes creían en mi inocencia. —No se me informó de ello… la cabeza de alguien habrá de caer. Pero continúa, descendiente de Régard, que me has despertado cierta curiosidad. —Mi único crimen real fue amar a quien no lo merecía. Yo no ignoraba que era prohibido liarse con las sacerdotisas, pero la atracción que sentía por Sircon fue mayor que nada en el mundo. Y ella tampoco hizo algo por alejarse de mí. La pasión que me dominaba era lo más fuerte que había sentido hasta entonces, y hallaba aún más fuerza al saberse correspondida. Sircon me juró que jamás nadie se enteraría de nuestra unión, y que si llegara a suceder lo contrario, moriría junto conmigo… la primera de sus mentiras. Tras muchas noches en que me hizo conocer algo más allá de la felicidad, llegó el momento en que reveló su verdadero rostro. Una noche decidió expulsarme de su lado, sin explicación alguna. Yo quedé destrozado, sin más ánimos de existir... no le bastó con eso; también me acusó de haber abusado de ella. Entonces... —Tu presencia ante mí es un insulto —interrumpió Akashet el Justo—. Violaste las leyes del templo y aunque recibiste un castigo, no era el merecido. En estos momentos pienso corregirlo. No puedo concebir que exista descaro como éste. —Si no estuviera convencido de mi inocencia, no me encontraría aquí. No olvide que mi estirpe se ha regido por el honor. Soy culpable de haberme enamorado de quien no debía, sí. Pero nunca obligué a Sircon a nada y mucho menos la lastimé. No merezco la pena que cargo. Considero que ya he pagado mi falta con las estaciones que me he torturado con la culpa de haber defraudado a mi padre, cuyo deseo de verme al mando de las Huestes Hieráticas jamás será cumplido. Además, anhelo ser un hombre digno para Marieth. Y si usted decide que yo no salga de aquí, le resultará difícil que sus órdenes se cumplan —sentenció Azgarton, sin dejar de mirar al monarca. Akashet el Justo pareció recibir con agrado el exabrupto de Azgarton. Sin perder su impávido semblante, dirigió su atención hacia Marieth. Esbozó una tenue sonrisa y luego inquirió: —¿Qué haces tú con este hombre, mujer? ¿También te ha forzado? Puedes mirarme, si lo soportas… Marieth dibujó una mueca desdeñosa al elevar su rostro. Intentó ir más allá de la celeste mirada del soberano y ahondar en sus pensamientos; pero fracasó. Era como si Akashet el Justo tuviera una barrera mental que lo protegiera de cualquier intromisión. Dejó escapar un suspiro antes de hablar. —Es mi corazón lo que me obliga a permanecer con Azgarton: le debo más que la vida. Mis sentimientos nunca me han traicionado, por eso sé que él es inocente. Bien es cierto que lo conocí mucho tiempo después del suceso que lo condenó... sin embargo, nadie ha sido capaz de protegerme ni hacerme sentir como lo hace él. Yo confío en sus palabras y sé que las cosas sucedieron como dice. Sólo fue una víctima, apostaría mi vida en ello. Akashet no perdió la sonrisa del rostro. Se recargó sobre el solio y entrelazó los dedos, formando un puente donde descansó su barbilla. Permaneció pensativo durante unos instantes y luego recuperó su posición inicial, como de estatua. —Azgarton... ¿por qué habría yo de condescender y revocar tu maldición? —Considero que mi falta no fue tan grave como para condenarme a vivir así el resto de mis días. Mi lealtad hacia el templo de Ábzheim jamás fue quebrantada. Estoy hastiado de que la gente se aleje de mí como si fuera un leproso; ya no soporto ver en los ojos de Marieth ese dejo de insatisfacción, cuando por las noches fingimos dormir para ignorar que no podemos extinguir el fuego que nos abrasa las entrañas. Y por encima de todo, quiero recuperar el honor que me arrancaron injustamente. El monarca miró directo a los ojos de Azgarton, quien sintió que lo atravesaban. De nuevo los labios de Akashet el Justo se arquearon y retumbó su voz: —¿Qué estarías dispuesto a hacer para demostrar tu inocencia, Azgarton? —Cualquier cosa. —¿Marieth? —También. Lo que sea. —Que se hayan atrevido a comparecer ante mí y presentar su apelación con tal impertinencia y valentía, sin contar que este día ha sido aciago y no he revocado ninguna pena, me impele a otorgarles el beneficio de la duda. Les daré la oportunidad de demostrar la veracidad de sus palabras —Akashet el Justo se levantó de su asiento y tomó una actitud aún más solemne—. Veintiocho veces cambiaron las estaciones mientras Bhéztraz, el hijo del Fuego Negro, dominó este mundo; veintiocho veces veintiocho fueron los inviernos que Himenerion tardó en salir de la oscuridad; veintiocho anocheceres tardan en regresar las lunas a su posición más alta... De igual forma, veintiocho amaneceres durará tu ordalía, Azgarton. Deberás afrontar varias pruebas que servirán, ya sea para eximirte de tu castigo o para terminar de condenarte, porque si al final del periodo estipulado permanecen las marcas que los sacerdotes te infligieron, serás ejecutado junto con Marieth. No existe castigo suficiente para aquellos que intentan engañarme. —¿Qué pruebas habré de librar? —Eso no debe preocuparte, aún. Todo a su tiempo, hijo de Régard, y ahora es tiempo de decidir. Azgarton y Marieth se miraron unos instantes, incapaces de ocultar el temor que sentían. Habían llegado a una encrucijada que no esperaban. Impulsados por el cariño que se profesaban y la mutua confianza aceptaron el riesgo. |
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| —El tiempo discurrirá a partir del nacimiento
de la luz del día de mañana, cuando les será revelada
la naturaleza de la primera prueba. El resto del día lo pasarán
en palacio. Confiemos en que su espíritu será fuerte y que
el omnipotente Ábzheim no los abandonará. Nos veremos aquí
mismo, al amanecer… Y no traten de escapar.
Entonces Akashet el Justo se levantó y, luego de hacer una señal a manera de despedida, se retiró junto con su séquito dejando únicamente el eco de sus pasos. Azgarton y Marieth se quedaron pasmados dentro del recinto. Sentían los pechos oprimidos por un aciago presentimiento. Se habían dejado llevar por sus impulsos, además de que no les habían dado tiempo para siquiera meditarlo; ya era demasiado tarde para retractarse, sólo restaba entregarse en cuerpo y alma a la lucha y confiar en que su amor les otorgaría el poder necesario para superar cualquier prueba.• |
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