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Chacarera
¡Bueno, querido!
Con unos gritos, con un bandoneón
y la guitarra me voy acercando a tu lado,
tu brazo marrón, grueso
y sabio, acercando tu mano
gigante, llena de pecas, de tierra
y pasto.
Llegué. ¡Me siento
contigo en la mesa
y vamos a celebrar el choclo, cremoso, caliente
y amarillo como nuestros corazones, celebrando
la carne suave, jugosa entre tus labios
y mis piernas, vamos!
El vaso de vino
lo tenemos en el pecho,
vino con agua, agua con tu sangre,
mi sangre.
Dos costillas, un mordisco,
una cereza,
dos pasos adelante, un paso atrás,
una vuelta, se acaba.
¡Bueno, vamos!
¡Córdoba!
Tus caminos sobreviven
entre ojos y labios.
Tu vino ajeno, dulce, amargo
se cae,
lluvia de una.
¿Cómo hablas
a tu gente,
Córdoba?
Paisaje de mil lenguas
y una boca.
El bolso
de tu traje tradicional
está habitado
por un río, un mordisco de queso
y el olor a cebolla asada.
En una esquina espera
tu mujer, y en su cara
tiene todo un mundo.
¡Córdoba!
Me dejaste tocar
tus palmas de rocas y luna joven
me dejaste tocar tus caminos.
10/XII/2002
Despedida de una ciudad
Te caes
gota con alas
en mi hoja latiendo
y estallas en una bandada
de golondrinas
que se juntan este día
marchitado de mi verano
en la fila del tiempo
para buscar el sueño tranquilo
del sur.
Mis raíces dolorosas
se entierran
en los sonidos ajenos
y en el color
aquel que mis ojos
aprendieron a amar.
Te caes en mi hoja
para remontar tu vuelo
al cielo de mi añoranza.
En una mano tengo
la brújula
en la otra mis labios
y el beso,
un beso de tierra y humo,
aliento y peces.
Buenos Aires, 14/VIII/2002
Día de la primavera
Paseando por la calle
veo a un hombre acercándose,
no tiene cara ni ojos,
pero lleva en una mano
un árbol
en la otra mano
tiene mi corazón.
Sorprendida espero que su cabeza
me dé una palabra,
una señal,
pero escucho solamente
sus pasos en el polvo.
Le pregunto murmurando,
él me responde:
"Voy a poner, hoy, día de la primavera,
este árbol en la ventana
de tu dormitorio,
donde entran los animales,
los niños, las raíces del sol,
donde se caen los gritos
de tu niñez, de las horas
femeninas,
donde botas
los dedos que sangran
y las frases que lloran.
Voy a darle a tu corazón
la bola de cristal, los olores
de los condimentos que tú abandonaste.
Lo voy a regresar a los lugares
donde dejaste atrás una hoja, alguna palabra,
donde acostaste tus ojos.
Para tu corazón haré
un nido de yerba y fruta,
de agua y lengua".
El hombre sigue su camino,
lo miro.
Dónde será mi dormitorio,
dónde el lugar de un nido
para el pedazo de un mundo tan ajeno,
tan liviano,
que se nota que se está ahogando.
21/III/2003
El hombre que yo quiero, II
Hombre de tierra y trigo,
¿dónde te perdí?
¿Entre las fisuras de rocas marinas,
entre las plantas
alzándose de mis ojos ardientes?
Otra vez tu brazo, oscuro,
brillante, noche
sobre el sur doloroso.
Otra vez tus labios,
labios de hombres eternos.
Amante mío, que vive
en el cuadro cerca de mi cama,
en los pastelitos que cocino,
que vive en mis dedos, en mi espalda,
mi melancolía.
Oiga mi llanto, llanto
de mil animales,
de un pajaro que conoció
tu piel, que estira sus alas
para darte casa.
Mis palabras no encuentran
sus nidos en tu pecho,
mis versos eluden tu calle.
Soy una niña frente a tu puerta,
sin voz, pero con un veneno,
dulce como el pan tierno.
Entrégate, te amaré en el color amarillo,
te mataré con la luz
de un día de invierno,
te sepultaré en el mar mío
con un canto búlgaro.
24/IX/2003
¡Entra!
Mis ojos son la puerta
abierta,
mi casa será tu tarima,
mi pelo tu cielo.
¡Entra, no me dejes
sufrir más al canto
que se repite como un salto
en mi corazón!
Mi abrazo es el mar
de la distancia.
Hoy, por primera vez,
te voy a llevar
al jardín del duende.
Las sombras toman asiento.
Tú apareces
entre mis rincones.
Simeonovo, 11/XII/2002
Entre mis piernas
está el vaso lleno
de pétalos,
con color de fruta
y piel
con sabor de soledad
y llamadas.
Amado mío,
junta tus palabras
en la imagen
de madre, de hija,
de nena dulce,
de puta hermosa.
Imagen con gotas de ron,
con fragancia de palta
y choclo.
Quiero hervir los pétalos
en tu boca
y tragar
el verde, el amarillo, el marrón,
y ardiente contenido
de tus cuentos.
7/V/2002
Iguazú y Paraná
En tu pecho desemboca un río
misterioso
con corazón de infierno y sol
con aguas de una tierra negra,
de palabras coloradas.
Los dedos de tus manos,
manos de niño bien,
de gitano, de amante blanco,
tus dedos tienen los nombres
de colegiales en una clase,
me llaman, me miran
los quiero proteger
del próximo día, de aquel momento.
Tienes manos de mariposa,
no soportarán mis lágrimas
y las salvo hasta de las miradas
con sabor de marmelada.
Tomo el barco
tengo mis alas en la valija.
No conozco este paso, esta figura
mis alas crujen bajo la tela,
suave, suenan a la canción
de seda y las aguas de tu río
mis alas cantan con la voz
de tu palpitación.
30/VIII/2002
El hombre que yo quiero
No tiene que ser un hombre perfecto.
Sus piernas son velas
que se apagan y prenden
con el viento del oeste.
En la oscuridad
me parecen alas de animales temibles.
Su altura es una idea profunda
o dos versos demasiado líricos
o a veces, es cuando más me gusta,
el jugo de un dulce árabe.
Su pecho es un prado
donde mis caricias se acuestan
a dormir sus sueños
de ilusión y verdad
donde el mundo encuentra un exilio
y donde ni el océano ni el cielo
nos podrían descubrir.
Su voz me lleva con él
dondequiera que sea.
Me muestra el lugar del cumplimiento.
Me suena a candela
de una canción, o a tambores extraños,
o a alaridos.
Me gusta cuando me suena familiar,
o cuando me suena ajena,
como si la escuchara por primera vez.
Su acercamiento es un plato
lleno de trocitos picantes,
y de manzana caramelizada,
de chocolate líquido
de granos de café.
Los granos de café
sobrepasan mis ojos,
son lágrimas fragantes.
Mi hombre no tiene que ser perfecto.
Él me gusta
como me gusta el vino
con un mordisco de alba
o el aire fresco que me trae
recuerdos.
Lo beso, lo extraño
en las calles de mi ciudad
está a mi lado
como un pensamiento, paseándose.
8/III/2002
Tango baile
Donde el chocolate suspira
en leche bendita
como un niño parado
entre luz y música,
encontré una sábana
con tu nombre,
un bosque de nieve y frutillas negras.
Caigo, una niña muda y perdida
en la pista de tus cien reinas
de mi sueño. Apareces oscuro
con ojos que caminan y una boca
formando las calles de Hamburgo y Nápoles,
formando las calles
de mi mano derecha.
En mi boca nace una gaviota
perfumadita. La madrugada tiene sabor
a cintura y media luna.
La luz, compañera a tu lado,
se escondió con el aire frío.
Te levantas con ramas de lluvia
de mi abrazo.
Buenos Aires, 1/VIII/2002
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