De Emanuele, Roberto, Calakmul y otras historias 
*Oli Pijoan 

Para el resto del mundo, la selva hoy se presenta con cierto desdén efervescente: plagada de misticismos y alegórico fulgor, las grandes hojas descansan libres de la mano del sapiens, los trogones se clavan sin miramientos en el espeso verde y todos los gusanos, los microbios y hasta los seres más insólitos que se han dado a la tarea de habitar nuestro planeta sin que nosotros lo sepamos, están tranquilos. La selva retoza con el baño diurno. 

Pero para Emanuele y para Roberto este sólido aceitunado cobra tintes de grandeza y no escatima en presentarse como tal. Los dos chicos, desgajados de sus raíces y llorando con cada uno de sus pasos a la Milán que dejaron nevada hace tan sólo dos semanas, atraviesan el esplendor maya con la fascinación característica de quien mira al mundo por primera vez.

Este sol del Caribe, aplastando sus barbas contra el piso, les viene debiendo matices aún más extremos; sin embargo, la piel aleopardada que han conseguido en los últimos días, les está sirviendo de camuflaje y ni siquiera los más oriundos atinan a notar su presencia. Emanuele se mueve con ligereza, pues en este preciso instante se reconoce a sí mismo como porción de magia. La suerte le ha venido bien y por ello esas tonadas tristonas que ha traído siempre bien pegadas al artilugio ése que llamamos corazón lo persiguen aquí también; se ríe. No están importando en este momento de primigenia quietud, los pies apestosos de su jefe, ni las sobredosis de estupidez, ni las banalidades de común acuerdo entre los hombres y mujeres de este mundo. No importa, siquiera, el hecho de que aquella nena de melena oscura en Mérida no haya sucumbido al encanto de su endiablado y dantesco hablar. Sentado acá, sobre esta pequeña cuota de pasado que es Calakmul, ya nada tiene peso. Pareciera que los deberes humanos del diario se difuminan con los aceites que suponen todas estas plantas sin nombre y todos estos bichos sin denominación.

Vuela un Motmot y Roberto cae en la cuenta de la facilidad con la que fluyen en su cabeza los ires y venires de un pensar conocido ya en toda la Italia por su habituada agitación. Y es que aquí las densidades desaparecen.

Los chicos se miran. La amistad les data ya de tanto tiempo atrás que han aprendido a leerse, así que no flaquea el intento por describir, sin fonemas, los sabores, los olores, los rojos y los ocres y los azules de este particular pedazo de tiempo. 

Y así, sin mucho más, al terminarse el turno del sol, se dan a la ardua tarea de encaminarse hasta Chetumal. Le queda poco a este viaje. Unos cuantos días más en Playa del Carmen y de vuelta a casa. Pero son tan pila, estos dos, que han adquirido invaluables conocimientos acerca del buen castellano de nuestro México de hoy, en el que pesan mucho más los secretos de la cochinita que cualquier tratado filosófico de que se tenga memoria. En este México, Emanuele y Roberto se entremezclan con los habitantes como si se tratara de naturales. La buena vibra la llevan pegada en el medio de la frente, como hacedores transatlánticos de paz sobre los que ha descansado ya, en el transcurso de estas dos semanas, la aridez profunda de varias mujeres.

 
 
   

A medio camino, casi llegando a Nicolás Bravo y acompañándose de una tenue sencillez lunar, estos dos italianos se ven obligados a detener el auto y bajar, pues allá arriba, mucho más allá de las conciencias, los deberes, los miedos y las frustraciones, hay un pequeño-gran punto verde. ¿Y qué carajo será esto? Se recargan sobre el coche, al costado de la ruta, sabiendo a ciencia cierta que ni todos los euros del mundo pueden jamás comprar un fragmento de vida como lo es éste. Encrespado el corazón, vuelven a la silenciosa carretera.

Tres días más tarde, y tras innumerables chelas, unos cuantos tequilas, dosis inhumanas de topless en Mamitas, mucho Blue Parrot y mucho Tutix, Emanuele y Roberto se regresan a Milán, sin imaginarse siquiera, que acá en México, Calakmul y todos sus ufanos habitantes de colores echan de menos su despreocupado andar.•  

*Oli Pijoan cursó —un tanto equivocadamente— la carrera de ciencias y técnicas de la comunicación, para después dedicarse de lleno a las letras. Es cuentista y novelista. Ha colaborado en diferentes revistas virtuales e impresas. En la actualidad trabaja en una apasionante novela de ficción, esperando ganar algún premio de renombre para jubilarse temprano y retirarse a seguir creando frases al mar.