CARLOS MARTÍNEZ MORENO:
LECTURAS Y RECUERDOS 

 
*Rocío Antúnez Olivera
 

Carlos Martínez Moreno nació en Colonia, Uruguay, y murió en México en 1986. Su primer libro de cuentos, Los días por vivir, apareció en 1960. A esta colección siguieron Los aborígenes (1961); La sirena y otros relatos y Los prados de la conciencia (1968); Las bebidas azules (selección, 1969); De vida o muerte (1971) y Animal de palabras (libro póstumo, 1987). Escribió también narraciones extensas: Cordelia (nouvelle, 1961) y las novelas El paredón (1963); Con las primeras luces y La otra mitad (1966); Coca (1970) y Tierra en la boca (1974). Se ufanaba de haber obtenido premios o menciones en todos los concursos en que participó. Su última novela, El color que el infierno me escondiera, le valió el premio de la revista Proceso y la editorial Nueva Imagen en un concurso sobre "El militarismo en América Latina".

A los cuarenta y tres años, cuando se inició en el oficio de narrador, contaba ya con vasta experiencia de la palabra. De 1943 a 1951 se hizo cargo de la crítica de teatro del semanario Marcha, publicación que agrupó a gran parte de los intelectuales independientes de la política oficial desde la fecha de su fundación (1939) hasta la de su clausura por el gobierno militar, en 1974. A la experiencia del periodismo crítico, común a los miembros de su generación literaria (a la cual Ángel Rama llamó, justamente, generación crítica) aunaba el ejercicio de la abogacía. Sin duda el alegato oral, la organización del discurso encaminado hacia el convencimiento y la demostración, se le convirtieron en hábitos lingüísticos. Fue defensor de oficio durante años y defensor de presos políticos desde 1968 hasta el momento de su exilio en México, a mediados de los setenta. Aquí vivió sus últimos años trabajando como profesor de la unam, junto con su esposa, Carmen García (también abogada e investigadora de la Universidad Nacional), y su hija menor, Matilde.

Tuve el privilegio de frecuentar a don Carlos durante los últimos años de su vida. Era un hombre de presencia rotunda, en extremo afable y gran conversador. Hablaba de la misma manera como escribía, con un vocabulario preciso y de una abundancia deslumbrante. Era sumamente curioso, un hombre ávido de historias. Conocía al dedillo la historia del Uruguay y de igual manera indagaba los árboles genealógicos de amigos y personalidades. Su conversación brincaba con frecuencia de la versión heroica de los personajes públicos a la pequeña anécdota de sus vidas privadas y sazonaba sus cuentos con humor, ironía y chistes culteranos.

 
 

Sus viajes y erudición le proporcionaron material para sus relatos; con algunos es posible jugar a adivinar a qué personaje histórico corresponde la anécdota, como en "Adriana en el Adriático" o en la novela La otra mitad, donde detrás de la figura de la amante asesinada se va esbozando el caso del crimen pasional de Delmira Agustini. Atento a su presente, Martínez Moreno escribió relatos profundamente marcados por el acontecer político. En este sentido, Los aborígenes puede leerse como una metáfora de América Latina a través de los siglos, pero también es evidente su trabazón con la época de la Alianza Para el Progreso; El paredón representa el derrumbe del Uruguay de la primera parte del siglo XX (la "Suiza de América") y a la vez los juicios populares que siguieron al triunfo de la revolución cubana. 

Si hay un aspecto de la experiencia biográfica que caracteriza su obra, éste es el ejercicio de la abogacía. Careos, procesos y casos criminales, confesiones, constituyen el tema y a la vez la estructura de sus narraciones. A esta zona de experiencia vital pertenecen "El careo" y "Los candelabros". Este último relato fue incluido en el volumen Animal de palabras; asimismo, forma parte de la novela El color que el infierno me escondiera, a la que el autor calificó de "memorial patético"; memorial del hombre y del defensor de presos políticos en los momentos de mayor enfrentamiento entre la guerrilla y las fuerzas gubernamentales.

Como buen profesional uruguayo formado en la primera parte del siglo XX, manejaba con soltura el francés; como buen abogado, leía y traducía el italiano. En su frecuentación del mundo del delito, Martínez Moreno asimiló voces y giros del lunfardo y fundió el español rioplatense de las capas altas con las jergas secretas de la delincuencia; con este riquísimo bagaje creó algunas obras maestras de la marginación, como Tierra en la boca, novela de crimen fortuito, culpa y autocastigo. 

Leída en su conjunto, la obra de Martínez Moreno se orienta hacia el desentrañamiento de una verdad mediante desenmascaramientos, investigaciones, denuncias, descensos a los bajos fondos, conjeturas destinadas a agotar los posibles desarrollos de una historia (como en "La puerta"). Parafraseando a Borges, son las suyas "obras de imaginación razonada", devotas de los poderes de la razón para iluminar el mundo, y de los poderes del lenguaje para expresarlo. Siempre precisa, ocasionalmente coloreada de humor, su prosa echa luz sobre un mundo frecuentemente sórdido y apasionado hasta los límites de lo execrable. Aun iluminado, sometido a una vasta red de causas, efectos y conjeturas, el abismo humano sigue allí, presente y ejerciendo una irresistible fascinación.

La puerta va a abrirse
(relato inédito de Carlos Martínez Moreno)*


 
 

Marcella Grisenti me refiere costumbres, distracciones y hazañas de Giorgio La Pira, el famoso ex alcalde rojo/cristiano de Firenze. La Pira tiene ahora sesenta y siete años y fue uno de los invitados a la Operación Verdad del gobierno de Allende. Viajó sin su secretario, quien se hallaba enfermo; y librado a sus solas fuerzas, La Pira es un inválido social. Marcella Grisenti describe con gran vividez al personaje. No tiene bienes, domicilio, dinero ni siquiera ropa. Estudia y escribe en una célula del convento de San Marco (el de los frescos del Angelico) y duerme en una habitación cercana, de hospital. Come (no regularmente) cuando le dan, se viste y calza con lo que le dan. No maneja dinero, no sabe nada de dinero. Es terciario de una orden religiosa: soltero, casto.

En Chile, dejado solo, hizo las cosas más inverosímiles. Enfrentado a los periodistas, La Pira (que es de origen judío) en vez de responderles preguntas sobre sus impresiones acerca de Chile, los interrogó (a su vez) si no habían reparado en las profundas semejanzas que existen entre el Éxodo y el Manifiesto comunista. Lo que representan para el primero los faraones, lo representan para el segundo los industriales capitalistas. En una comida que ofreció Allende a sus invitados, sostuvo que había que unir a los gubernistas con los demócratas cristianos. Estaba allí Radomiro Tomic, pero se le dijo que había también demócratas cristianos de derecha. "¿Quién?", preguntó. "Frei", le repusieron. "No importa" —dijo. "Se habla con Paulo VI". "Eso lo arregla Marcella", concluyó. Por momentos decía cosas de una lucidez abstracta tremenda, y me cuenta Marcella que era como si estuviese viendo a través del tiempo. Allende, que no entendía (que no acababa de entender) muy bien al personaje, en una ocasión se lo dijo a Marcella: "Hay momentos en que desconcierta con su lógica". "Este hombre tiene razón: pero su razón es la de mañana o pasado mañana", le confirmó ella.

De súbito, un día se declaró cansado y quiso irse. No había vuelos a Italia en varios días, por sas, y se trató de arreglarle otra conexión. Se le pidió el pasaje. Contestó que no lo tenía. Sí, tenía que tenerlo, se le había entregado un librillo que incluía el billete de regreso. "Ah", respondió sencillamente. "Lo tiré". Se le obtuvo otro pasaje y, acompañado de un funcionario de la embajada italiana, lo llevaron al aeropuerto. Allí le pidieron su tarjeta de ingreso país. No la tenía. Le explicaron que era un cartoncito blanco, etcétera. "Ah, sí", volvió a responder. "Lo tiré". El avión estaba ya en la pista, para partir, y él no tenía la tarjeta de policía. ¿Dónde había alojado? En el Hotel Carrera. Telefonearon: sí, había estado allí, como invitado del gobierno. A alguien se le ocurrió llamar a La Moneda. Entretanto, el avión esperaba con todo su pasaje a bordo, listo para despegar; y La Pira, subido a un banco del aeropuerto, comenzó a arengar a los funcionarios de Inmigración, en su toscano con acento siciliano (porque nació en Sicilia). "En el mundo de hoy, las fronteras son absurdas. El hombre es uno, el mundo debe ser uno. Las fronteras son absurdas. ¡Quitadlas! Este es el mejor país del mundo. ¡Quitadlas vosotros!" El funcionario de la embajada italiana, rojo de confusión, no sabía dónde meterse. De La Moneda confirmaron que el señor La Pira era invitado personal del presidente Allende, y se daba la orden de dejarlo pasar. Entonces, otro problema: ya antes, como Air France lo llevaba solamente a París y él debía pagarse la conexión a Roma, se le preguntó si tenía dinero. Marcella se lo preguntó y él dijo que sí. ¿Cuánto? Sacó y mostró: quinientas liras. Le daría para tomarse un café en Orly, pero no para pagar un vuelo de París a Roma. Los funcionarios chilenos le consiguieron entonces cincuenta mil liras. Pero cuando tuvo que pagar la tasa de embarque, dijo no tener dinero. ¿Cómo? Lo había dejado en el hotel, dijo. Pero ya no había tiempo de ir a buscarlo. El avión saldría en minutos. Alguien vio entonces dinero italiano sembrado en el suelo. Empezaron a seguirle la pista, y las cincuenta mil liras regaban el piso, desde el estand de la compañía aérea hasta el puesto de Inmigración. 
 

 
 

Marcella me cuenta que así, con esa invalidez, se fue hasta Hanoi, fue recibido por Ho Chi Minh y obtuvo de él (primeros tiempos de la guerra del Vietnam) una declaración escrita de las condiciones en que podría hacerse la paz, aún sin que cesaran totalmente los bombardeos y sin que se evacuaran de golpe todas las tropas invasoras. Cuando decidió retornar a Europa, había perdido el billete. Ho Chi Minh hizo que le prestaran el dinero para otro. Regresó, la cosa endureció, los norteamericanos se situaron en un punto de no retorno y un periodista llegó a saber cuáles eran las condiciones y las publicó, con lo cual aquella posibilidad —única en las oportunidades que Ho Chi Minh dio jamás a nadie— se estropeó del todo. Cuando, tiempo después, desde Hanoi le reclamaron el reembolso del pasaje, La Pira dijo sencillamente: "Yo no tengo dinero y Ho Chi Minh ¿para qué lo quiere?" Y allí se acabó la historia.

Marcella relata un episodio relativo a las certezas extralúcidas del personaje. Lelio Basso, el famoso abogado criminalista, debía defender ante los tribunales a un partigiano que, días después del armisticio, había dado muerte a unos fascistas. El asunto se presentaba muy confuso: el partigiano estaba escondido y Basso le aconsejó que compareciera y adujese que no tenía noticia del armisticio al dar muerte a los fascistas. El partigiano compareció, pero en la intruttoria pudo probársele que había tenido conocimiento del armisticio y había matado a sabiendas de que éste se había convenido. Las perspectivas eran muy negras para el partigiano: todo indicaba que iba a ser condenado.

En la mañana del día en que debía pronunciar su arenga forense, Lelio Basso tomó un ferrocarril y encontró allí a La Pira. Éste le dijo que lo notaba muy preocupado y Basso se lo confirmó: por un erróneo consejo suyo, un hombre iba a ser condenado esa misma tarde; y le contó la historia.

La Pira lo tranquilizó: "¿No ha oído la misa de esta mañana?" (Basso era ateo). "Está todo resuelto". "¿Cómo?", preguntó incrédulamente Basso. "Allí se ha dicho: La puerta va a abrirse y el prisionero va a salir", anunció (como toda explicación) La Pira. "Así que esté tranquilo".

Esa tarde fue la audiencia. Basso empezó a pronunciar su arenga, pero apenas comenzada, la emoción de su responsabilidad le impidió seguir hablando. Y era consciente de no haber dicho prácticamente nada que pudiera servir para salvar a su defendido.

"El Tribunal ha comprendido lo que el señor abogado ha querido decir", aseguró con bondad el presidente. "Y pasa ahora a deliberar".

El enjuiciado fue absuelto. La puerta se abrió, como La Pira se lo había asegurado, tras escuchar la misa de aquella mañana.• 

 
 
   
*Agradecemos a la doctora Carmen García, viuda de Martínez Moreno, habernos proporcionado este manuscrito inédito.

 

*Rocío Antúnez Olivera es profesora-investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa, adscrita al área de investigaciones en Literatura Hispanoamericana. Es autora de Felisberto Hernández, el discurso inundado (México, Katún, 1985), por el que recibió el Premio de Ensayo Literario José Revueltas en 1984.