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aprender lenguas extranjeras, aprehender el mundo *Lilia
Granillo Vázquez.
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Desde hace dos décadas soy profesora en una universidad pública, donde casi todos mis estudiantes son de bajos recursos, por no decir escasos, al igual que la mayoría de los habitantes del país. A veces me cuentan sus preocupaciones ante la falta de empleo que ya se imaginan, para cuando terminen la carrera. Cierto desaliento los lleva a decirme que hubieran hecho mejor en dedicarse a patear una pelota o en manejar un tráiler, más que seguir una carrera universitaria. Por lo regular, los estudiantes capitalinos desconfían, mientras que los de provincia saben que haber salido del lugar de origen, acometer la aventura de estudiar lejos de la casa, para regresar con otra experiencia diferente, les proporcionará más armas, mayor equipo para encontrar empleo. Eso se llama creatividad y es señal de liderazgo. A los estudiantes les preocupan
los cambios sociales que incluyen la globalización —o mundialización,
como proponen algunos— y que han complicado el acceso de los jóvenes
mexicanos al mundo laboral. Al entrar en el tercer milenio, México
cuenta con una población que en su mayoría tiene menos de
25 años, esto es, con una población joven que en tan sólo
una generación, desde 1975, se multiplicó, complicando el
equilibrio social entre quienes trabajan generando recursos y quienes se
preparan para generarlos en el futuro. Empezamos el siglo XX con una población
de 10 millones y lo cerramos con una de 110 millones. Este hecho se puede
ver en toda su gravedad o en toda su riqueza.
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Opto por considerar que el crecimiento poblacional es evidencia de la riqueza humana de nuestro país, y no soy la única. De acuerdo con la teoría de las sociedades civiles, y con las propuestas de la nueva administración, la explosión demográfica —que hemos logrado reconvertir y redirigir mediante políticas de planeación demográfica— constituye nuestro capital humano. Según esto, una empresa se fundamenta, se asienta en tres tipos de capitales: el financiero, el tecnológico y el humano. Por eso, hablo de la población juvenil como evidencia de riqueza y no como un problema. En España, por ejemplo, país que empezó el milenio con la tasa de reproducción más baja del mundo, y que históricamente ha tenido problemas de despoblamiento, la escasez —por no llamarla pobreza— del capital humano es preocupante. Autores como L. Gratton (Estrategias de capital humano, Madrid, Financial Times, 2001) o K. Thompson y A. Rodríguez (El capital emocional, Madrid, esic, 2001), consideran trascendental el capital humano en la vida económica de una empresa o de un país. Aún se habla de capital emocional como elementos importantísimos, verdaderos centros de atención para quienes se interesen en el mundo laboral. En los países desarrollados obtener y rentabilizar los dos primeros capitales es una tarea relativamente fácil; en contraste, las naciones en vías de desarrollo encuentran abundancia de personas, que constituyen un material más sutil, y a la larga de mayor sustento empresarial. Ante la riqueza humana de México podríamos decir, con estos autores, que "el capital humano es el principal activo de una empresa. Cultivar el corazón y la mente es lo primero, triunfar viene después". Por fortuna, en México la educación es gratuita y quien se interese en cultivar la mente encontrará las oportunidades si no a la vuelta de la esquina, sí en todas las regiones del país. Sólo hay que decidirse y comenzar a allegarse los recursos. Como facilitadora de procesos de desarrollo de habilidades comunicativas, me encuentro una y otra vez con los anhelos universales de mis estudiantes; esos deseos que empiezan por querer salir del ambiente infantil, bajarse de la cuna, por decirlo de alguna manera, y aventurarse por corredores y sendas desconocidas. Me constan sus intentos por abrir puertas que los y las llevarán a la calle, hacia el parque, los amigos, el mundo exterior pleno de conquistas y aventuras. Recuerdo la pregunta que tímidamente, en el aula, inició una discusión acerca del valor de conocer otros lugares, de desplazarse por el planeta. Para favorecer la escritura de un texto descriptivo, mostré al grupo un video acerca de la historia de Granada, y aparecía La Alhambra. Me deleité observando la evidencia de la globalización: los y las futuras profesionales nacidos en lo que alguna vez fuera la gran Tenochtitlan escuchaban el relato del estadunidense Washington Irving, traducido al castellano (el español de España), mientras contemplaban exóticas escenas del Patio de los Leones, de celosías blanquísimas, fuentes, terrazas y decoraciones árabes; el escenario de las mil y una noches en pleno día y en Azcapotzalco. Cuando encendí la luz, una vocecita tímida al principio, pero determinada después, me preguntó: "Maestra, ¿de veras existen lugares así en el mundo?" Tres años después, esa alumna me informaba que había conseguido una beca y se iba a estudiar al extranjero, a Alemania ni más ni menos. Había decidido tomar los cursos de alemán que ofrecía la propia universidad mientras seguía la carrera de administración de empresas: "Al principio fue muy difícil y todos me decían que si estaba yo loca, que la carrera me ocupaba todo el tiempo, que a quién se le ocurría estudiar alemán. Ahora me preguntan cómo le hice y me confiesan que ellos también quieren..." Íntimamente satisfecha, con una gran sonrisa, me contó segura de sí misma: "Al año de estudiar alemán, conseguí unos alumnitos, me ocupé de ayudarles en sus tareas y con eso, además de practicar la lengua, ganaba dinero. Ya me ofrecieron trabajo, allá por Cuautitlán, para cuando acabe el posgrado".
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| La madre de la alumna que
regresaría con una maestría alemana para trabajar en una
empresa global, había sido estilista: tenía un salón
de belleza en una colonia popular y ganaba apenas dos salarios mínimos.
Además de ponderar las ventajas de la educación superior
pública, gratuita, de nuestro país, esa historia de superación
personal y familiar —nuestro capital emocional se revela en los lazos familiares—
me habla de las esperanzas de empleo y de profesionalización para
nuestros jóvenes, toda vez que se deciden a apoderarse de los recursos
a su alcance. Es bien conocida la movilidad social como característica
de nuestra comunidad. Mientras que en otros países, en muchos desarrollados,
el hijo del relojero será relojero, en México los hijos pueden
optar por ocupaciones y profesiones diversas.
La humanidad siempre ha visto la conveniencia de aprender lenguas extranjeras. Si hubiéramos nacido hace cinco mil años en las regiones de, digamos, el Mediterráneo, hubiéramos tenido que aprender la lengua egipcia, no sólo para conocer el esplendor de las pirámides y el resplandor del desierto, sino para hacer tratos con los fenicios y demás pueblos. Si hubiéramos nacido cerca de Jerusalén hace dos mil años, además del arameo habríamos necesitado el griego y el latín, por no hablar del cananeo. Y en caso de que la teoría de la reencarnación fuera cierta, si alguna vez nacimos en la incipiente Europa del siglo XI, el latín, lingua franca, hubiera bastado para desplazarnos desde Andalucía, por las campiñas francesas e inglesas hasta Irlanda, atravesando la Babel de la dialectalización latina y traspasando el español antiguo, el gaélico, el gallego, los dialectos galos y el inglés antiguo. Si hubiéramos nacido en el pueblo de La Malinche, en 1325, cuando se fundó la gran Tenochtitlan, además del chontal de Tabasco, nuestra lengua materna, hubiéramos tenido que aprender náhuatl y maya, cuando menos, para desplazarnos por el Anáhuac. Los estudiosos dicen que con el descubrimiento de América la invasión europea inició la desaparición de más de mil lenguas autóctonas en todo el continente americano; ¿cuántas lenguas hablarían los pochtecas, aquellos empresarios comerciantes que desde tiempos de los toltecas recorrían Mesoamérica y, según algunos expertos, llegaban hasta Tierra del Fuego? En México poseemos
una cultura de la diversidad que favorece el aprendizaje de lenguas extranjeras.
Además de nuestra lengua oficial, el español, se hablan más
de 62 idiomas indígenas, y con ello ocupamos el segundo lugar, entre
la India y China, en número de lenguas vivas. Los pueblos indígenas
nos dan ejemplo de la capacidad del bilingüismo. Por si fuera poco,
nuestra sociedad ha sabido aprovechar la desventajosa cercanía geográfica
de Estados Unidos, fuente del inglés, lingua franca de la
globalización, para fomentar el aprendizaje de esa lengua en provecho
de nuestra cultura. Dado que contamos con la tradición de subtitular
películas y programas de televisión respetando la emisión
en lengua extranjera, comúnmente en inglés, todo mexicano
que acuda al cine o que vea películas por televisión ha estado
expuesto a esa lengua. Los jóvenes tararean y cantan en inglés,
unos cuantos en francés e italiano, las canciones de moda en esas
lenguas. Los profesores de lengua extranjera sabemos aprovechar los beneficios
de esa exposición: casi todos los alumnos de inglés en México
entran, al principio de su aprendizaje, en la categoría de false
beginner, o sea falsos principiantes. Cualquiera en nuestro país
reconoce una lengua extranjera y trata de comprender al hablante, y aun
de comunicarse con él, sea en español, en inglés o
en spanglish. Desde la escuela secundaria, en los pueblos y en las ciudades
el sistema educativo nacional gratuito ofrece el aprendizaje formal de
una lengua extranjera. Todas las escuelas e institutos de educación
media superior y superior, universidades y politécnicos cuentan
con centros de lenguas extranjeras. La mayoría de ellos son gratuitos
y accesibles a todo público. He ahí la riqueza de nuestro
capital cultural.
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| Por si fuera poco, tal riqueza
ha logrado que lo mexicano sea la cultura culinaria, la musical o literaria,
la propuesta estética, en fin, que nuestra riqueza cultural se proyecte
y se reproduzca fuera del territorio nacional. A un mexicano hablar inglés
no lo hace menos mexicano, como sucede en otras identidades. Por ejemplo,
mencionemos el caso de Cataluña o del País Vasco, las autonomías
de España. Refuto ahora a quienes ven con desconfianza el derrumbe
de fronteras, la difusión de lenguas extranjeras, la globalización
en su sentido primario (el capitalismo feroz no es globalización),
y argumentan de manera anacrónica "que no corresponde con nuestro
proyecto de país".
Por el contrario, en las discusiones acerca de la llamada cultura hispana en Estados Unidos —donde el número de hablantes de español supera al de los españoles de España— se percibe la persistencia de lo mexicano. Sólo 10% de los hablantes de español se encuentran en España; en México está la gran mayoría, más de 25%, y en Estados Unidos se ubica otro 10% que constituyen, a la vez, 12% de la población total, y que en 2004 crecerá —capital humano— hasta alcanzar 42%. Los llamados hispanos, los latinos estadunidenses, se nutren de la cultura mexicana. Aclara Rolando Hinojosa-Smith, escritor y profesor en la Universidad de Texas:
Las lenguas extranjeras constituyen parte del bagaje cultural necesario para vivir en esta época. Con ellas estaremos capacitados, capacitadas, para desempeñar nuestro empleo a satisfacción y también para defender nuestros puntos de vista, para favorecer la comunicación en la empresa y beneficiarnos del derrumbe de fronteras. Cuando se habla otra lengua se ponen en marcha aditamentos cerebrales, propiedades cognoscitivas que se atrofian en quienes sólo se limitan a la materna.Como lenguaje y pensamiento van unidos, tendremos, por decirlo así, dos cerebros, muchos mundos. Invito a aquellos jóvenes que se lamentan del desempleo a revisar sus recursos y a dedicarse a estudiar inglés, alemán, japonés o finés. Siempre será mejor ocuparse que preocuparse. A la hora de evaluar la solicitud de empleo, haber aprendido una o más lenguas extranjeras constituye una sólida recomendación, pues muestra capacidad para la interrelación y la disposición para ampliar horizontes. En muchos casos sustituye a la experiencia profesional. En términos de capital cultural, sea liderazgo o creatividad y gestión, corresponde al poder para participar en zonas de oportunidades.• |
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Portales para aprender idiomas extranjeros |
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