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*Gerardo
de la Fuente Lora
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| I
¿Es inevitable la hegemonía, estamos condenados a ella y, sobre todo, es deseable en algún sentido? De un tiempo a esta parte, la noción de lo hegemónico ha venido siendo fuertemente cuestionada. La caída de la Unión Soviética y la consecuente primacía unilateral de Estados Unidos en el ámbito internacional, pero al mismo tiempo la degradación acelerada de las condiciones y capacidades para la dominación por parte de esta última potencia, trajeron a colación la urgente necesidad de reflexionar en torno de la posibilidad de construir órdenes estables, pacíficos, mínimamente armónicos, sin que para ello fuese necesario que se erigieran polos rectores, centros hegemónicos capaces de forzar y conducir la cooperación. Ya incluso unos años antes de la caída del Muro, en su libro After hegemony. Cooperation and discord in the world political economy, Robert O. Keohane señalaba que "en tanto persista la economía política del mundo, su dilema político central será cómo organizar la cooperación sin hegemonía" (p. 10). Después de examinar las aporías planteadas por el mercado, por los órdenes de interacción en que los agentes se conducen guiados sólo por su propio interés, así como por los marcos institucionales que podrían regular tales interacciones, Keohane concluyó con lo que él pensaba era una afirmación polémica contra el pensamiento marxista: "La dominación de una sola potencia puede contribuir al orden en la política mundial en circunstancias particulares, pero no es una condición suficiente y no hay ninguna razón para pensar que es necesaria" (46). Pero la hegemonía no sólo ha sido cuestionada en el terreno académico, ni únicamente desde la perspectiva teórica orientada a pensar las condiciones más generales para la articulación de cualquier orden; de manera mucho más importante, actores y movimientos políticos de izquierda, protagonistas de nuestro tiempo, han afirmado de forma explícita que el objetivo de su lucha consiste en desestructurar toda hegemonía y que de ninguna manera es su propósito instituirse a sí mismos como sus nuevos beneficiarios o gestores. Más aún, la hegemonía ha llegado a comprenderse como una especie de antivalor, como la negación abierta y directa de aquello que habría que conquistar y defender, a saber, la diferencia, el respeto, la diversidad cultural, la identidad, la dignidad de la otredad. Los zapatistas, y el subcomandante Marcos en particular, han empleado en muy pocas ocasiones el término, pero cuando lo han enunciado, lo han hecho en un sentido crítico devastador. En su extraordinario texto
de abril del 2000, Oximorón (La derecha intelectual y el fascismo
liberal), el jefe militar del ezln caracteriza a los pensadores progresistas
como aquellos en los que la crítica "es fundamentalmente frente
al poder hegemónico". Antes, en su ensayo de enero de 1997 titulado
Siete preguntas a quien corresponda (Imágenes del neoliberalismo
en el México de hoy), Marcos hace una reflexión
más profunda y considera al afán de hegemonía como
un elemento de la mercantilización. Al describir a la izquierda
que podría abrir opciones nuevas para nuestro tiempo, la define
como aquella que "reconoce que el tratar de imponer la hegemonía
es también parte de la lógica mercantil. El reconocimiento
de las diferencias, de la riqueza de luchas distintas, no es para competir
o para apropiarse de ellas, sino para multiplicar sumando". Pero es sobre
todo en la Invitación al encuentro intercontinental por la humanidad
y contra el neoliberalismo, donde el intelectual zapatista ubica con
claridad y brillante eficacia retórica a la problemática
de la hegemonía como la negación de la diversidad cultural.
Citemos in extenso:
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II La hegemonía, pues, en cuestión. ¿Pero qué hay entonces con el pensamiento de Gramsci? ¿Cuál es su destino en la medida en que un vocablo toral en sus elaboraciones está siendo sometido a abierta recusación? ¿Era pensable para el autor de los Cuadernos de la cárcel la instauración y permanencia de un orden sin hegemonía? ¿Era la hegemonía de la que hablaba el comunista italiano, distinta a aquello contra lo que se rebelan hoy los luchadores sociales? Me parece obvio que Gramsci estaría de acuerdo con el subcomandante Marcos en la necesidad de reconocer las diferencias, la diversidad de luchas sociales, precisamente en vistas a "multiplicar sumando". La consecución de la hegemonía por parte de las fuerzas subalternas tiene el propósito de incrementar su potencia superando la fragmentación. Hasta este punto de la argumentación, el propósito hegemónico no tiene por qué significar eliminación de la diversidad sino sólo crecimiento de la eficacia en el accionar de los de abajo. Cuando en el debate corriente, tanto teórico como político, se recusa la "hegemonía" por su carácter arbitrario, homogeneizador o aplastante, el término no se emplea en sentido gramsciano estricto, sino que, de acuerdo con las elaboraciones del comunista italiano, se estaría mentando más bien lo que llamó centralismo orgánico, es decir, el esquema de orden fundado en el principio de que un grupo político es seleccionado por cooptación en torno de un "portador infalible de la verdad", o bien, la situación en la que debe "verificarse la identificación del individuo con el todo, siendo el todo (cualquiera que fuese el organismo) representado por los dirigentes". Hegemonía no quiere decir en Gramsci simplemente superioridad o dominio. Su concepto incorpora de manera clave la participación activa, y no la eliminación, de quienes son incluidos en el manto hegemónico. Y, sin embargo, en tanto posee una fuerte orientación hacia la subjetividad, en tanto supone un quehacer educativo por las fuerzas conductoras, en cuanto implica, en fin, un proceso de reconstrucción intelectual y moral encabezado por un grupo eje dotado de una perspectiva histórica de mayor alcance, el concepto gramsciano corre el peligro de resultar también homogeneizante, regulador, atentatorio contra la diversidad de las identidades y las diferencias. No es éste el único aspecto de su construcción teórico política, pero de entrada debemos reconocer que este lado, esta tonalidad existe, para poder tasar en todo su valor el otro costado por el que el pensamiento de Gramsci se abre hacia una nueva consideración profunda, productiva y abierta, de la otredad y la diferencia. En el contexto italiano, en las primeras décadas del siglo XX, la cuestión nacional, el lugar del Estado como instancia de unificación y control significaban asuntos de extrema urgencia y la postura que se adoptase frente a ellos traía aparejadas consecuencias definitorias para la efectividad política. Y Gramsci quería eficacia, quería ganar. Pero por cierto que quería vencer realmente, y no sólo administrar de manera temporal un orden dominado estructuralmente por las fuerzas burguesas de siempre. Si queremos comenzar a captar el lado libertario de la concepción gramsciana de la hegemonía, hay que partir de la aprehensión del carácter alterno, diferencial, que debería tener el propósito hegemónico de las fuerzas hoy subalternas. Ellas se organizan para construir un mundo otro, un cosmos diferente, diverso no sólo en su matriz económica, sino sobre todo en la subjetividad de sus sujetos. Y la única posibilidad de construir ese ámbito nuevo es en póiesis polémica con el orden hoy vigente. No se trata de una edificación tranquila, sino de un conflicto acalorado, duro, a veces violento. Un conflicto que se desarrolla en todos los terrenos, también en el del lenguaje, los conceptos y las actitudes. Buena parte del aspecto a veces homogeneizador de la noción gramsciana de la hegemonía, tiene que ver con el carácter siempre polémico y con vistas al triunfo que tiene su discurso. Se verifica en relación a su obra, el mismo gesto que él reconoce en Maquiavelo: a saber, que el supuesto cinismo, la crudeza, están dirigidos hacia el aprendizaje de los de abajo; pues no son los poderosos, no es el gobernante el que requiere la lectura de El príncipe, sino los que no acceden a la corte. Así, no son los dominadores quienes requieren conocer los dispositivos de la hegemonía, sino precisamente aquellos que hasta hoy son subalternos. Y más vale no engañarse sobre estos asuntos: la conducción, la dirección histórica, poseen sus propios requisitos de unidad y subordinación. La hegemonía en Gramsci
es muchas cosas, pero es, antes que nada, una actitud y un lenguaje nuevo
por parte de los dominados. Es un talante, una forma de pararse en el mundo,
que los dispone a parir una nueva personalidad. Dice en el Cuaderno 23
de 1934:
La cuestión candente
para nosotros, hoy, en relación a lo dicho hasta aquí, es
entonces la siguiente: ¿debemos seguir empleando el término
hegemonía para designar el carácter de la actitud nueva,
triunfadora, creadora de los subalternos, así como el tinte expresivo
definitorio de su nuevo lenguaje?
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III En Gramsci es posible pensar
el orden sin hegemonía. De hecho eso fue lo sucedido, de acuerdo
con sus reflexiones, durante la Antigüedad y el Medievo. Dice en el
Cuaderno 25, refiriéndose a esos periodos:
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En cuanto a lo primero,
Gramsci señala en el Cuaderno 11 que así como dos científicos
podrían creerse sostenedores de dos verdades distintas por utilizar
vocabularios diferentes, y sin embargo estar en el fondo de acuerdo,
Lo común a las lenguas
es la gramática y, sorprendentemente, aparece en nuestro autor una
analogía entre estructura y fondo gramatical esencial. Leemos en
el Cuaderno 8:
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