Literatura, poder y simulación
*Alejandra Herrera

Saltan a la vista las diferencias que existen entre La provincia de los santos, de Severino Salazar, y El miedo a los animales, de Enrique Serna: la primera es una novela corta epistolar y la segunda una novela negra; una se ubica en la provincia mexicana en el siglo XVIII, mientras la otra en la ciudad de México, en el ya casi a punto de terminar siglo XX. En la de Salazar, y como corresponde a la epístola, el narrador se vale de una primera persona, mientras que en la de Serna hay un cambio de la tercera persona a las voces que componen los diálogos. En La provincia de los santos se maneja un lenguaje indirecto como el de la alegoría, y en El miedo a los animales hay un lenguaje directo, que se afianza en la realidad.

No obstante las diferencias, existen puentes que enlazan tiempos, espacios y temas de ambos textos, y son estos puentes por los que me interesa transitar para exponer las semejanzas de conflictos que originan en los personajes el cambio que exige una narración.

Rápidamente me detengo en los argumentos de los textos:

En La provincia de los santos un joven cura se dirige a la capital de su estado, Zacatecas, en busca de la fórmula que le permita hacer milagros, pues en sus alrededores hace mucho tiempo que no se realiza ninguno. El encuentro con el obispo y sus exegetas hará que retorne a su pueblo desencantado y sin ninguna esperanza, pues se da cuenta que todo es una grotesca simulación que obedece a intereses personales. Todo lo que ocurre a su llegada y a lo largo de su estancia lo va relatando en las 17 cartas que escribe a su monaguillo. Y aquí es importante señalar que no es casual que Salazar elija el género epistolar, que como se sabe fue cultivado en los siglos XVII y XVIII, pues recordemos que el tiempo del relato es precisamente el siglo XVIII, y quizá la intención del autor es utilizar un género acorde con la época. Además, en este caso la cualidad didáctica de la epístola dará mayor verosimilitud al desenlace del relato.

En El miedo a los animales Evaristo Reyes, ex periodista de nota roja, es el protagonista de la historia. La novela comienza cuando ya tiene varios años de haber renunciado a los ideales de juventud al entrar a la Policía Judicial. Por una situación en la que el azar tiene mucho que ver, decide no traicionar los últimos vestigios de su dignidad y salvar a un periodista de una sección cultural, cuyos artículos contra el señor presidente lo tienen en la mira de su jefe. El caso es que Roberto Lima, así se llama el temerario articulista, es asesinado antes de que la Judicial le eche el guante. Resolver este asesinato hará que Evaristo penetre en los círculos intelectuales más exclusivos, para finalmente regresar decepcionado a la Procuraduría.

El desencanto final de estos dos personajes es el primer puente que se tiende entre las dos historias. Cabe entonces preguntar: ¿qué originó en ambos personajes esa decepción?, ¿cuáles eran sus expectativas?, ¿qué realidades encontraron?
 

 
 

Antes de responder a estas preguntas habrá que resignificar el texto de Salazar, porque cuando el lector ya está instalado en esa provincia que espera con fe la aparición de los milagros, el autor plantea en la segunda carta la primera clave que identifica a los milagros con el arte y la literatura: "Y ahí se caía en la vieja discusión, por demás ya superada, de los milagros comprometidos, los de interés social […] o si debía hacerse milagros por el simple placer de hacerlos[…]" (Salazar, p. 125). Esta discusión remite, sin duda, a la pregunta por la función social de la literatura: ¿debe ésta ocuparse, en un momento dado, de los problemas políticos y sociales de la época que le tocó en suerte vivir al escritor, o la obra literaria debe alejarse de todo planteamiento extraestético y, a través del lenguaje, crear una nueva realidad cuyo fin último es la edificación de la belleza y el placer estético del lector?

A este problema siguen otros de la filosofía del arte, que van apareciendo a través de ciertas claves y que ciñen el mundo de los milagros al de la literatura y su crítica. En la misma carta se define la función del exegeta: "[…] tan importante era el trabajo del milagroso como el del exegeta […] [porque] Al explicar un milagro, el exegeta lo está re-creando, volviéndolo a ejecutar" (Ibid., p. 127). Aunque a veces habría que cuidarse del poder de los exegetas, de los provocadores, porque en un momento dado "podían cambiar la naturaleza de un milagro" (Ibid., p. 132). De este modo, la crítica queda divida entre los exegetas que se atienen al texto y los que lo alteran por diversas causas.

En la décima carta aparece el asunto de si es válido o no clasificar la literatura con base en géneros: "Hay una discusión enredada, sin resolver, en las hojas parroquiales. Los exegetas se plantean una gran pregunta: ¿Los milagros tienen sexo? ¿Hay milagros masculinos y milagros femeninos […] milagros macho y milagros gay?" (Ibid., pp. 142, 143).

Otro problema de la estética y la teoría literaria que aparece planteado en el texto de Salazar y que identifica a milagro con obra literaria es el que alude a la fórmula para hacer milagros. Tampoco es casual que el autor emparente estos términos, porque si se atiende a su significado milagro es un hecho sobrenatural e inexplicable que ocurre en beneficio de algo o de alguien, y este rasgo misterioso del milagro vale también para la obra literaria, pues a pesar de los intentos de explicar su naturaleza, es un hecho que algo —o a lo mejor un mucho— de inexplicable tiene. Los mismos escritores afirman que al iniciar un texto no se puede prever hacia dónde se dirigirán los personajes o qué rumbo tomará la historia. Tampoco se sabe cuál será su recepción o en qué radicará su éxito o fracaso. En la décimo sexta carta se afirma que la fórmula para obrar milagros "[…] nadie la conoce, porque cada milagro es diferente. Que tal fórmula no existe" (Ibid., p. 153).

Más adelante, en la misma carta, aparece el problema de si el milagroso se hace o nace y la respuesta, en la historia de Salazar, es que "la mitad" se trata "[…] de práctica, concentración y oficio. Y que la otra mitad es la santidad con la que ya se nace, que viene en los genes, en la sangre" (Idem).

Después de estas claves, habrá de entenderse que milagro corresponde a obra literaria; exégesis, a crítica; milagroso, a escritor; y exegeta, a crítico literario. Las hojas parroquiales que muchas veces son el medio en el que se desarrollan estas discusiones equivaldrán entonces a revistas y suplementos culturales. Una vez aclarado el sentido de estos términos, vale regresar a las preguntas anteriores y transitar por los puentes que acercan a estas obras.

El cura, sin nombre, de la sierra de Juanchorrey, ingenuamente va en busca de la fórmula de los milagros. Su interés es auténtico, sabe que los curas de su edad, que viven en la capital, son ya casi considerados santos por la cantidad de milagros consumados. Sin embargo, no los envidia, se siente deprimido porque él no ha podido obrar ninguno. En la introducción expone el motivo de su viaje: "[…] voy preocupado, el tiempo se me echó encima sin que me diera cuenta, y voy a averiguar qué pasa, a investigar en qué consiste la suerte de mis afortunados contemporáneos, por qué a mí se me ha negado ese don" (Ibid., p. 122). Y con esto, además, señala Salazar el olvido en que ha vivido la periferia. En el centro, en este caso la capital del estado de Zacatecas, es donde sucede lo importante, donde ocurren los milagros. Vivir en la periferia implica estar alejado de la cultura y la ciencia, de los avances y de la comodidad. Conquistar el centro es el anhelo, casi imposible, de muchos "curas", que para realizarse tendrá que vencer las pruebas de toda iniciación, y que en la mayoría de los casos terminará en fracaso, en frustración.

Evaristo también está deprimido: el trabajo en la "procu", redactar los informes de su jefe, el temible Maytorena, lo tiene frustrado porque "En sus escritos, la inventiva era tan importante como el estilo, pues tenía que reemplazar las andanzas criminales del comandante por el itinerario ficticio de un policía modelo" (Serna, p. 26). A esta frustración hay que añadir la cruda que le dejó la parranda del día anterior y que en realidad es el pan de todos sus días. No obstante, entre la vigilia y el sueño, fantasea —diría Freud: dime tus fantasías y te diré cuáles son tus frustraciones— que es un reconocido escritor, objeto de homenajes por su pluma combativa contra las injusticias sociales. A los cuarenta y cinco años sus obsesiones escriturales siguen intactas. Para justificarse ante sí mismo piensa en los privilegios que disfrutan su ex mujer y su hija, desde que decidió ingresar a la Judicial. También en la intolerancia y los sueldos de hambre del medio periodístico. El narrador da cuenta de su pasado periodístico:
 

Como periodista [Evaristo] sólo había deseado que los lectores de la nota roja, en vez de horrorizarse por los hechos de sangre, se horrorizaran por la injusticia […] Pero los jefes de redacción querían información escueta, y al recibir sus kilométricos reportajes trinaban de cólera: "¡Te pedí algo breve y me traes una novelita! Esto es periodismo no literatura. Déjamelo todo en una cuartilla" (Ibid., p. 17).

Como puede verse, ambos personajes están insatisfechos: el primero por lo que no ha hecho, obrar milagros, y el segundo por lo que sí ha hecho, ceder, dejarse manejar por la corrupción, contribuir a ella mediante su escritura, renunciando así a su conciencia crítica. No obstante, sus expectativas son un motor que los hace andar, el del cura es develar el misterio que rodea a los milagros para poder realizarlos. Mientras que en Evaristo localizar a Roberto Lima hará que renazca su ánimo combativo y su dignidad. Por una sola vez desobedecerá a Maytorena para poner sobre aviso al periodista en quien ha depositado los ideales de su malograda carrera.
 

 
 

También cabe la analogía en cuanto a la idealización del medio intelectual que comparten los dos personajes; recuérdese que milagro se identifica con obra literaria. Ambos consideran que se trata de un ambiente claro y transparente, en el que los secretos de profesión se comparten abiertamente, la solidaridad entre sus cofrades es casi cristiana y la verdad resplandece a todas luces. No obstante las perspectivas son diferentes, la del cura es la ingenuidad del provinciano que llega a la capital en busca de concretar un ideal auténtico. Escuchemos sus intenciones:
 

Preparo mi ánimo para una estancia prolongada en esta ciudad […] Deseo conocer personalmente a todos los milagrosos, oírlos pronunciar sus sermones, leer sus hojas parroquiales y, de ser posible, presenciar sus milagros, escuchar de viva voz el relato de sus vidas, de sus experiencias místicas. Beber en la misma fuente. Purificarme para que haga su nido en mí, el don, la gracia (Salazar, p. 123).


La perspectiva de Evaristo es la del judicial, que para su desgracia ve críticamente el entorno en el que lo único que se da es el crimen, la impunidad, la simulación y la prepotencia. Desde ahí ha idealizado, por oposición, el medio cultural. Pero ¿qué pasa cuando los ideales aterrizan en la realidad?, ¿qué encuentran estos personajes?

Instalado en Zacatecas, el cura de Juanchorrey vislumbra cierto comportamiento del señor obispo que no corresponde precisamente a la expectativa que tiene de él. En una de sus cartas lo describe así a su monaguillo:
 

[…] el Señor Obispo, escondido en un rincón oscuro del coro […] vigila a sus seguidores […] quién le es fiel y constante […] En cambio él manda a algunos de sus achichincles para que recojan todas las hojas parroquiales de la ciudad; por muchas razones las necesita todas: para él mismo estar bien enterado de lo que piensa su diócesis, para que no le vayan a madrugar sus exegetas, para mantenerlos dentro del redil […] O para ver a quién puede jalarse a su grupo de seguidores o veneradores (Ibid., p. 124).


Por su parte, Evaristo penetra, en su papel de detective, al mundo cultural a través de la presentación del libro de Perla Tinoco. Igual que el señor obispo, la escritora está bien provista de carnes y sus exegetas o presentadores explicarán al público cómo y qué ver en su obra. Muy en su papel Daniel Nieto, uno de ellos, afirma:
 

Avecilla de fina estampa que viaja de ensueño en ensueño, solitaria y altiva en su libertad, Perla Tinoco sabe que la búsqueda del poeta consiste en volar siempre más alto, hasta alcanzar las orillas del gran silencio […] Pero es en los poemas de largo aliento donde Perla encuentra su propia voz […] que no tiene precedentes en la poesía mexicana de nuestro siglo… (Serna, p. 66).


El narrador advierte la incomodidad de Evaristo: "Había en el ambiente un olor a estabilidad financiera que chocaba con su idea romántica de la literatura. Para él todo escritor digno de ese nombre, más aún si era poeta, debía estar inconforme con la realidad y desesperado por cambiar el mundo" (Idem). En términos de Salazar, Evaristo pertenecería al bando de los que pensaban que los milagros tendrían que ser de interés social.

La incomodidad mencionada se vuelve decepción cuando Evaristo, ya a solas en un bar, con los presentadores del libro, Nieto y Segura, apuñalan por la espalda a la llamada "Tinaco", ya en confianza.
 

—Yo sí la admiro —intervino Nieto—. La admiro porque siendo la poetisa más cursi, ramplona y analfabeta de México, ha reptado con una habilidad increíble para llegar al lugar donde está.

—[…] Miss Piggy es la virreina del Conafoc. Todo pasa por su oficina: ella reparte becas, premios, ediciones, viajes al extranjero […]

—Hay veces en que uno debe ser mentiroso por diplomacia —explicó Segura—. La Tinoco nos invitó a presentarle su libro. ¿Qué querías? ¿Que se lo hiciéramos pedazos enfrente de sus amigos? Hubiera sido una chingadera. Ella sabe que le hicimos un favor y dentro de poco nos lo va a tener que pagar. Así funciona esto: hoy por ti, mañana por mí (Ibid., p. 74).


Después sigue una cátedra de cinismo e hipocresía en la que Evaristo descubre que en la verdadera crítica no cuenta lo que se dice en público, "la neta" sólo se dice en el café, en el bar, en las reuniones, siempre y cuando el aludido no esté presente. Así se van desmoronando los ideales del nuevo detective.

En otro tiempo y en otro espacio, el cura zacatecano también recibe su curso intensivo para escalar más rápido a la cima del poder. Si no por el medio de obrar milagros, sí por sus exégesis. Así describe el método que utilizó uno de los favoritos del señor obispo:
 

Me dijo que un milagroso debe ser verdaderamente chingón para llegar a tener poder […] Que en el peor de los casos era mejor ser un exegeta. [Y así narra su camino de ascenso:] Comencé atacándolo desde mi humilde púlpito, hasta que un buen día me mandó llamar. Me ofreció su propio púlpito, donde yo podía predicar una vez a la semana, lo que yo quisiera, sin censura. Así es esto: hay que consolidar el poder lo más pronto posible en la vida (Salazar, p. 128).


De modo que no se trataba de un camino limpio, construido con base en esfuerzo y dedicación, no se trataba tampoco de una crítica fundada en el análisis objetivo de la obra literaria, sino que todo era simulación, búsqueda de poder, atención a intereses personales en los que la literatura era sólo un medio.

Sería interesante, todavía, acercarse a la personalidad del señor obispo y de Palmira Jackson, pues en ellos los protagonistas de estas historias todavía tienen depositado un último resto de esperanza.
 

 
 

Si bien existe en Zacatecas un corregidor y su cabildo, es el señor obispo quien verdaderamente tiene poder en aquellas provincias. Su egolatría no tiene límites y ésta aunada al mencionado poder, le permite tener espías en todos lados y enterarse de quiénes le son fieles, trátese de milagrosos o exegetas, quiénes le son adversos y quiénes lo ignoran. Cada vez que hay una discusión en la que pueden verse afectados sus intereses, organiza rápidamente un congreso para levantar desde ahí su chillona voz y poner fin a los desacuerdos. La envidia es otro rasgo de su carácter: no reconoce el valor de otros milagrosos como el del anacoreta de los páramos del norte. Considera que los exegetas han inflado su único milagro. Pero cuando se trata de órdenes superiores se alinea por la derecha y aunque se contradiga se vuelve panegirista del que antes había atacado, manifestando con ello su burdo oportunismo. Pero todavía falta mencionar la estrategia magistral para conseguir el control total. En el momento más adecuado, propone al corregidor, más bien le exige:
 

[…] Que los exegetas y los milagrosos no vivan nada más de las limosnas y las caridades que recaudan en sus capillas […] sino que gocen de una mesada durante unos años para que se dediquen, sin ninguna premura, a gestar un milagro o a hacer una exégesis (Ibid., p. 141).


Y es así como surgen en el siglo XVIII las becas del Consejo Para Fomentar los Milagros. Después de esperar y esperar vehementemente, el obispo consigue ser honrado con la máxima distinción del medio: se le asciende a arzobispo.

Todo esto, que es narrado en las cartas del cura de Juanchorrey, organiza los tejes y manejes de ese mundo cultural y literario, que como se dijo al principio generan el desencanto del joven aprendiz de milagros.

En el texto de Serna, Evaristo cree que entrevistarse con la recientemente homenajeada Palmira Jackson, por su trayectoria intachable a favor de las causas de los marginados, es el último reducto que le queda para probar su inocencia, pues ya a estas alturas de detective ha pasado a ser el principal sospechoso del asesinato de Roberto Lima. Disfrazado de mesero, Evaristo penetra en la residencia de las Lomas de la escritora comprometida buscando el encuentro al servir a sus invitados. El narrador traduce los sentimientos del ex judicial:

Los admiraba de corazón, pero una barrera cultural o de clase le impedía verlos como iguales. Pertenecían a otro mundo, al mundo de las utopías generosas […] ellos eran otra cosa, una minoría impugnadora y crítica, moralmente irreprochable, que había puesto su prestigio y su inteligencia al servicio del pueblo (Serna, p. 212).

Minutos más tarde Evaristo se encerraba en un baño a vomitar: Perla Tinoco era una humilde aprendiz, comparada con Palmira, quien resultó ser más dañina que una víbora venenosa y sus amigos, un séquito incondicional de reptiles, que sometidos no se atreven a contradecir a la "Señora". Para muestra basta un botón:

—¿Rita Bolaños? ¡Pero de dónde saca usted que esa mamarracha es una intelectual de prestigio!

[…] Respiraba agitadamente y una contracción de los músculos faciales le había desfigurado el rostro.

—No se enoje, doña Palmira […] La dirigencia consideró que la compañera Bolaños tenía merecimientos para ser invitada.

—Pues la dirigencia tiene que decidir si la invita a ella o a mí, porque yo no me junto con esa víbora ratonera (Ibid., p. 218).


Y así siguen las intrigas, uno a uno se van borrando de la lista de los invitados de la dirigencia que convoca: uno, porque a pesar de ser traducido a varios idiomas es un mierda, otro porque ya se cree lo del Faulkner mexicano y vive alcoholizado y, verdaderamente, sólo da lástima. En fin, no dejan títere con cabeza; total, el prestigio de Palmira basta y sobra, no necesita de segundones.

 
 
   

El descubrimiento del medio intelectual en ambos textos se condensa en la siguiente fórmula: simulación = prestigio / prestigio = poder / prestigio = toda clase de privilegios. ¿Dónde queda la literatura? Desde luego, fuera de la jugada.

De sobra es conocido que en nuestro país la autenticidad de la postura intelectual y periodística es cuestionable, ambos autores están conscientes de que la crítica independiente también tiene su precio; de que el trabajo intelectual es poco reconocido y muchos talentos se venden al mejor postor. Luego, ya bien colocados, los intelectuales cambian, aminoran sus ataques, para que no se vea tan mal, y de paso afirman con ello que la libertad de prensa sí existe, que hay libertad de expresión y más cosas. Otro asunto son los grupos, donde los ritos de iniciación y complicidad son sus bases. Las becas mensuales y al extranjero también contribuyen a que los intelectuales cambien de puntos de vista, de perspectivas y hasta de grupos. Los que antes eran amigos de pronto ocupan las páginas de los suplementos culturales para lanzar graves acusaciones en contra de los que antes habían sido la mugre de sus uñas y hasta sus compadres. Las leídas de cartilla, los compromisos al pertenecer a un grupo prestigioso cierran las bocas y acallan las plumas de los críticos más aguerridos. Los más reconocidos intelectuales de pronto pasan, si no a las nóminas, sí a la imagen del Canal de las Estrellas. Y si a alguien se le ocurre cuestionar, se le contesta que se trata de "complejos", hay que estar cerca de las masas y quizás auténticamente sienten que de verdad están culturizando a este país. La cualidad contestataria del arte y la literatura queda, así, mediatizada por completo.

Paradójicamente a lo esperado ambos personajes realizan sus anhelos: el cura de Juanchorrey realiza su primer milagro ya de regreso a su pueblo. Evaristo, ya detenido por el asesinato de Roberto Lima, en Almoloya escribe su primera novela, gana un concurso literario y por fin descubre al asesino de Lima. Sin embargo, estos triunfos sólo sirven para acentuar más el desencanto de los dos personajes. Resulta que el monaguillo, previamente instruido en las cartas del joven cura —recuérdese la función didáctica de la epístola—, se convierte en el exegeta de su primer milagro y sintiéndose más valioso que el propio milagroso se alista para conseguir una beca, ante la rabia e impotencia del cura de Juanchorrey. Evaristo ya reconocido por el premio en el medio intelectual regresa abrumado a la Judicial, porque según sus propias palabras "Necesitaba respirar aire puro" (Ibid., p. 269).

Y estas semejanzas, entre textos tan diferentes, hacen que el lector se pregunte: ¿por qué justo en este momento dos escritores contemporáneos abordan el problema del poder y la corrupción del medio intelectual? Quizás una posible respuesta sería que ambos autores se preguntan por la función de la literatura en este momento en el que la ciencia aplicada y la tecnología han adquirido una fuerza central, que ha dejado en la periferia a las humanidades. Existe un Estado "benefactor" que otorga becas para simular que las humanidades todavía cuentan en este país, pero más bien se trata de una mediatización que permite el control de la producción intelectual —así fue el ofrecimiento del obispo para que el cura exegeta utilizara su propio púlpito—. El periodismo en este contexto es todavía una actividad más limitada pues está al servicio de los medios de comunicación y los compromisos son mayores.

Otra posibilidad sería que la literatura y el arte son los únicos espacios en los que el hombre todavía puede acercarse a las causas de la experiencia vitalmente humana y, por eso, vale la pena, entonces, desenmascarar a través del humor los problemas que traen consigo la simulación y la búsqueda de poder, quizá generados, sobre todo, por la injerencia del Estado en el medio cultural e intelectual. Después de plantear dichos problemas se podrá redefinir la función que tendrán la literatura y su crítica en los tiempos venideros.

* Alejandra Herrera es licenciada en filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde también realizó la maestría en letras mexicanas. Actualmente es profesora-investigadora en el Departamento de Humanidades de la UAM-A. Ha colaborado para diferentes revistas con diversos artículos especializados. Entre sus publicaciones destacan: Relatos y prosas breves de Max Aub y Fragmento de sombras, antología poética de Ariel Valero.

Bibliografía

Severino Salazar, La provincia de los santos, en Tres noveletas de amor imposible, México, Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco, 1998 (Biblioteca de Ciencias Sociales y Humanidades/Serie Literatura), pp. 121-159.

Enrique Serna, El miedo a los animales, México, Joaquín Mortiz, 1995 (Narradores Contemporáneos), 269 pp.