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*Luis
Herrera de la Fuente
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Sobre tan prodigioso artista, Luis Herrera de la Fuente, he escrito muchas páginas; me liga a su persona y su talento una lejana admiración y una estrecha amistad. He recordado lo que significó para mí el primer disco que escuché: dirigía la Sinfónica Nacional y allí estaban obras cumbres de la música sinfónica mexicana, enriquecidas con la batuta de un hombre de excepción. Más adelante, las vueltas de la vida me permitieron conocerlo personalmente, compartir el vino y el pan y su conversación llena de inteligente cultura y salpicada de fina ironía. No pocas veces estuvimos juntos en mesas de conferencias para presentar libros suyos, de Sebastián o míos. Esto, aparte de mostrar su faceta de hombre generoso, permitía enseñar una sólida preparación literaria y artística en general. Alguna vez, en un programa radiofónico, lo interrogué: ¿De dónde, Luis, tu prosa tan bien trabajada, tan literaria? Su respuesta fue sencilla: "Antes que músico quise ser escritor, ésa fue mi primera vocación". En efecto, a Luis Herrera de la Fuente se le ve más rodeado de literatos que de músicos. Su amistad con el poeta Rubén Bonifaz Nuño, por ejemplo, es, aparte de antigua, cálida. De este modo, respondiendo a esa vocación inicial, deja la música para satisfacer una pasión compleja: la de escribir. Luis ha escrito no sólo artículos agudos y ensayos brillantes sino también obras autobiográficas, libros que nos permiten ver de cuerpo entero al músico, al artista, al hombre irónico, al analista de su tiempo, con una enorme capacidad para distinguir lo negativo de lo positivo, lo hermoso de lo desagradable. Es, lo he puesto en otras palabras, un hombre cuya presencia enriquece. Con exactitud precisé: Cada encuentro con él es una lección, una serie de enseñanzas poderosas que no se hallan en la academia. Admiro su música y su extraordinaria sensibilidad, una inmensa sabiduría, su fortaleza usada para maravillarnos y todo aquello que implica vivir en el sentido que Pavese concibió en El oficio de vivir: su música, su literatura, en esencia, su pasión por lo más hermoso de lo humano. |
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El Luis Herrera de la Fuente que hoy presentamos en Notas falsas compite con los más notables y agudos fabulistas y escritores de aforismos. Se trata de un género complejo, difícil, donde no todos, por buenos narradores que sean, tienen fortuna. Hay que decir mucho en escasas palabras y decirlo con ironía, con una intensa moraleja. Es algo que va mucho más allá de la simple definición ("sentencia breve y doctrinal"), una manera de señalar una larga y profunda cultura bien combinada con prosa del mejor estilo y una sólida capacidad para la economía de palabras y la intensidad. En México, los aforismos de Edmundo O'Gorman han sido publicados como obra menor del historiador, sin embargo, han sido capaces de alcanzar diversas ediciones y no es difícil encontrar quien los conozca de memoria. Lo mismo ocurrirá con éstos, que Luis Herrera de la Fuente nos obsequia, son ya perdurables, forman parte de la riqueza literaria de México y sin duda del castellano. En ellos predomina el músico, pero hay espacio suficiente para otros temas, otras posibilidades literarias, filosóficas y políticas. No me cabe la menor duda: el alorismo es el género natural para la sensibilidad del maestro de música, del artista irónico, erudito y preocupado por lo que a su alrededor sucede. En algún otro momento le pregunté a Luis Herrera de la Fuente cómo habían nacido los aforismos que constituyen Notas falsas. "Fueron una forma de defenderme de una penosa enfermedad", repuso el artista con sencillez y naturalidad. Para sobreponerse no sólo estaba su fuerza de voluntad y el apoyo de Victoria, su extraordinaria esposa, y sus más devotos amigos y admiradores, estaba su poderosa mente y su amor por la vida. Poco a poco, con un lápiz y un cuadernillo, la forma más antigua de hacer literatura, fue redactando los aforismos. Cuando Luis estaba plenamente repuesto, estaba asimismo la obra concluida. Notas falsas, pues, es una obra con historia que encierra parte significativa de la cultura y la pasión artística de un hombre de gran talento y peculiar sensibilidad. Hombre del Renacimiento por sus maneras de mirar a la humanidad y de absorber sus más hermosos productos, Luis Herrera le la Fuente hoy nos sorprende con Notas falsas, una obra que, como en las definiciones clásicas (Cervantes dixit), entretiene y enseña. Éste es un pequeño gran libro que enorgullece a la UAM-X, una obra destinada a perdurar no sólo porque la escribió un músico de gran talla, sino porque ese músico se permitió lo que para otros hubiera sido una osadía quizás infructuosa: recuperar su inicial vocación, la del escritor inteligente y dueño de una prosa de suaves cadencias y ritmos soberbios. A alguien que por un momento dejó la batuta para empuñar el lápiz y permitir que su imaginación de escritor, de literato, fluyera y lograra páginas francamente memorables. ** René Avilés Fabila
Aviso
En la mitología de la música la llamada nota falsa es un monstruo más temido que las gorgonas. Hay razón para ello: si no se atina a la nota impresa, la nota falsa es convertida en piedra por la hipnótica mirada de Medusa. No hay Perseo que tronche a tiempo su testa viperina. Un dicho nuestro da en el meollo: "palo dado ni Dios lo quita". Dedo que pisa donde no debe, en un teclado, cuerda o llave, causa una disrupción irreversible en el rostro inmaculado de la música. La nota falsa es la pesadilla del virtuoso. Es la piedra de toque por donde se asoma el rabo que, a la postre, conduce inexorablemente a la picota. No hay nada censurable en este pudor estético; se trata de una cuestión de honor, y por el honor se da la vida. Según Stefan Zweig, en el ámbito musical de Viena una nota falsa es una vergüenza nacional. Hay críticos que acuden a los conciertos pertrechados de una red para cazar mariposas. Por supuesto que pillarán más de una, por supuesto que se darán el gusto de señalar al virtuoso con su dedo inquisidor. No todo pianista, contrabajista o tenor posee los atributos de Hércules. ¿Lo recuerdan? Su profesor de música, Limus, lo increpó por una nota falsa; Hércules, de pocas pulgas, ejecutando el decimotercero de sus célebres trabajos, le estrelló la lira en la cabeza y lo mató. Un caso poco común, sin duda. La historia de Marsias acontece en un plano diferente. Atenea, diosa epónima, dejó su flauta en el bosque donde el joven sátiro Marsias solía vagar. El designio de los inmortales lo llevó a encontrar ese instrumento cuyo metal, a la luz de la mañana, lanzaba a sus ojos los áureos guiños del sol. Tomó la flauta como quien toma un tesoro; sopló en ella, primero con timidez, luego con brío, poco a poco más y más, hasta que el sonido lo fue envolviendo en su embrujo dionisiaco y lo alzó hasta la cima parnasiana, donde las musas y Apolo elaboran las condiciones del arte. En el vórtice de su delirio llamó: ¡Oh, Apolo! toma tu lira, te desafío a un certamen musical. Es sabido que Alcibíades, en El banquete, equipara el verbo lúcido de Sócrates con la destreza y el estro de nuestro flautista Marsias; pero Marsias osó desafiar a un dios. Apolo tocó su lira con divina perfección; Marsias, acorde con su condición humana, manchó su ejecución con algunas notas falsas. Por ello fue desollado vivo. Un tanto exagerada la pena. Sin embargo, en nuestros lares somos, como dicen los que hablan el inglés, second to no one. Nos cuenta Sahagún: "Los danzantes tenían buen cuidado de no discrepar un ápice de sus obligaciones, so pena de incurrir hasta en castigo de muerte, como podía sucederles igualmente a los músicos que pifiaran". Sahagún emplea el verbo pifiar para indicar "notas falsas". En fin, he querido, por un lado, avisar de los peligros inimaginables de la música; por otro, destacar la importancia de las tan traídas y llevadas notas falsas. Las mías, reunidas en este libro, son inocuas; o se combinan en reflexiones, máximas, aforismos, epigramas, micro-sátiras, sentencias magistrales de chile, de dulce y de manteca, apotegmas, textos breves y una que otra greguería. Me muevo de lo simple a lo arrogante. A lo peor resuenan ecos de letras vistas u oídas, aleteos propios y ajenos, chatarra o partículas de miel. Estos y otros materiales brotan de mi cacumen sin orden ni relación, sin contraseñas de lugar o tiempo. Aparecen en mis ratos de
labor, de holganza, de sueño; irrumpen como el ruido de la calle,
el secreto sepulto, el gesto deshilvanado; como el tono de una voz que
reclama su derecho de existir.
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No me atribuyo arrojo alguno al pisar tierras labradas por las manos bien curtidas de Pascal, Valery, Epicteto, La Roche-foucauld, Flaubert, o de tantos otros maestros de tan aguda calaña; más bien me empeño en excluir estos esfuerzos de todo aire de familia, no podría haber ningún parentesco entre mis balbuceos y la obra de aquellos héroes de la idea. Aquí me reduzco a jugar un solitario sin otra intención que el mismo juego, limitado por mis naipes a la mano: mis ojos, mis alergias, mis trucos, mis criterios. Suelen saltar ovillos de la memoria; travesuras de algún Puck por ahí suelto; hay quiasmos de cosas de arte, de la polis y, claro, contradicciones, ineludibles contradicciones, ya vastas entre latinos Sapientis est mutare consilium. No faltan, no podrían, aquellos vértigos enojosos: los preguntares, los dudares, el andar trastabillando por estos trozos de vida que, a conciencia, uno no sabe si los tiene o cree tenerlos. Mis notas falsas como que intentan un comentario de la insignificancia, de la precariedad de nuestros alientos mortales en relación con aquello que nos circunda y estrecha, de esas cosas descomunales ahí estancadas o siempre huyentes; del bagaje indetenible que nos abruma de mundo y tiempo. Como quiera, el poner en letra lo que acosa, tuerto o derecho, tonto o no tanto, es el quid de la cuestión que aquí acometo, desde esta mi celda oculta, cuasi confesionario, cuya puerta abro al vecino cada vez que la palmea. Ocurre que nunca falta un desocupado que llama, porque, al igual que el pavorreal, "Se aburre de luz en la tarde". Agustín Lara dixit. A ese caro espécimen dedico estas parrafadas, no sin temer, por escrupuloso recato, que puedan causarle un mayor aburrimiento. La música sirve para
mucho: se baila, se canta, se toca, alegra, entristece. Es camarada histórica
de la raza humana. Lo sabemos. Recordamos poco, en cambio, que Pitágoras
por medio de la música encontró la proporción y su
pacto con el número; es decir, halló lo que él mismo
nombró armonía, la Armonía con mayúsculas,
bien supremo del ser, del arte y del universo.
Amiga música, en qué insignificancias te mezclas. * En la oscuridad eres tú mismo. A la luz del sol devienes rama, pájaro, sombra, piedra, fuente, calle, hombre, género, especie: nada. El paso del tiempo se estaciona en las arrugas de los viejos. Ahí quedan sus moléculas malignas, su casta demoniaca, su manecilla atroz, su impronta intransigente y destructora. * El arte comprometido se desposará en breve. * La vida es un riesgo omnímodo, agridulce, que alguien ha puesto en nuestras manos. Si algún abracadabra mutase el arte en ciencia, los críticos pondrían pies en polvorosa. En pintura el movimiento no se mueve. Es un estado de gracia. Arquitectura, pintura, danza, música, son presa fácil de la jauría literaria. El escultor cabal es el que, a su tiempo, hace su propia mascarilla. ¿Es el arte inagotable? Lo inagotable es el hombre. La pintura es un arte invisible; quien la ve inventa lo que ve. * Rubens y Botero son pintores de brocha gorda. * |
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El azahar es un símbolo perfecto en una boda. Con hache o sin hache, casarse es un acto temerario. Quisiera rehabitar mi juventud: volver a creer que creo. * Bienaventurados los mansos: los regresan al corral. * Se dice que la venganza es manjar de dioses. Los dioses lo comparten con sus fieles. Un Tomás quiere ver para creer. Otro Tomás quiere pensar y creer. Los milagros de la fe. A Adán le sacaron su costilla, qué bien que no le sacaron su cosilla. Los milagros de la T. * Dada mi condición de no escritor me abruma el gozo de verme en letra impresa. Verme, no leerme. * * El hambre de novedad indica vacíos en la memoria. Lo nuevo está siempre ahí, transcurriendo en pos de sus arrugas. * * La mitología no es una metáfora de Psique, es su libro de memorias. La música es realidad objetiva sólo en el momento en que acontece. Al callar, deja su imagen en el alma. * Un músico, por prominente que sea, no debe enseñar su instrumento. * La aventura filosófica es ardua como la amorosa. Más alta, en cuanto que no deja rescoldos, deja llamas. * El rey David cantaba Las mañanitas en hebreo. * En razón de su analogía estructural —una en el tiempo, la otra en el espacio— alguien dijo: "La arquitectura es música congelada". Sugerente, pero no. La música no hiberna, se halla en estado virtual entre los pentagramas: sólo es música cuando se mueve. * Arcimboldo es el pintor más fructífero. * En los dominios del arte no hay pueblo; todos somos señores. Eso sí, hay señorones y señorines. * El círculo nos da su imagen, no el conocimiento de su verdad geométrica, que es independiente de la impresión sensible, de la percepción por los sentidos. No así el arte: su imagen y su verdad son una y la misma; las variables, infinitas, provienen del sujeto y su peripecia. * * * Dicen que un proverbio chino dice: "Si quieres saber algo de algo, escribe un libro". Ya lo escribí. Ya sé menos de todo. * |
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El pobre de espíritu es opulento en horas. Le sobran para no hacer nada. * * * * La memoria es un calambur, imposible adivinarla, hallar la trampa que oculta la nostalgia. Cartaphilus escribió (Borges, el inmortal): "Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras". * Si luces detestable, rompe tu espejo. Si luces admirable, rompe tu espejo. * Los románticos afirman: "El corazón tiene razones que la razón no comprende". Un modo de culpar a la razón de la sinrazón del corazón. * La nostalgia no es un mal de viejos; es mal de nostálgicos. * * * * * * * * * * |
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Antes de oír del poeta, presentí que sólo se hace haciendo. * * * * * * * * * * * * * * * * |
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