Naufragios en el río metafísico de Inés Arredondo
 
*Carlos Iván Mendoza Aguirre

Dice Borges1 que para Edgar A. Poe todo cuento debe escribirse para el último párrafo o la última línea; que todo tiene que ser un gran misterio hasta el final y que como escritor uno debe disponer siempre de dos vertientes, o tramas narrativas: la obvia —que cualquier lector advertirá de inmediato— y la oculta —que se mantendrá en misterio hasta el final—. Inés Arredondo (Culiacán, 1928), quien pertenece a la llamada Generación de Medio Siglo2 (entre otros: los miembros de la Revista Mexicana de Literatura: Tomás Segovia, Huberto Batis, Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo y José de la Colina), lleva al pie de la letra la postura estética de algunos escritores estadunidenses, como John Dos Passos o Francis Scott Fitzgerald, pero con Arredondo es ir más allá: ese misterio tan buscado permanece minutos —y en algunos casos hasta horas— después de la lectura. Y esto a pesar de que, como señala Graciela Martínez Zalce, "La narrativa de Inés Arredondo no se caracteriza por pirotecnias lingüísticas o experimentos formales [...] no sobresalen en ellos el lirismo o la abundancia de metáforas [...] Los cuentos siguen por lo general una estructura tradicional de inicio, desarrollo, clímax, desenlace".3 Ello no demerita en nada —por decirlo de alguna manera— la pobre retórica literaria.

Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. 

Horacio Quiroga
"Decálogo del perfecto cuentista"

Ante esto, y para darnos una idea más clara de cómo leer a esta escritora mexicana, nos ayuda una frase de Octavio Paz: "Cada lector es otro poeta; cada poema, otro poema".4 Durante el transcurso y término de la lectura es inminente la necesidad de empatía entre autor-obra-lector, y eso se entiende porque, de manera por demás extraña, la serie de imágenes que se desprenden de los cuentos de Río subterráneo (México, 1979) no nos quedan claras por sí mismas. Y no nos quedan claras porque simplemente no lo son. Inaprehensibilidad, multiformidad, bizarrismo, incontingencia, es lo que se desprende de ellas. La acción de retroalimentación es inaprehensible, no existe otra manera para que la comunicación se origine. Así, la búsqueda del ser como conciencia; la necesidad de encontrarse en otros seres que, como su alter ego o su otredad, son ella y, en cierto sentido, nosotros, quedan descubiertos durante el desarrollo de la narrativa de Inés Arredondo. Cada una de las narraciones de éste, el segundo de sus tres libros de cuentos,5 no es más que un "viaje" hacia el interior de sí misma y por consiguiente, y gracias al arte literario, de uno como lector.

¿Por qué digo esto? Por la simple razón de que no se puede determinar en el mismo instante de la lectura el caudal de "información" narrativa que propone Arredondo. Para recordarlo, para recrearlo, pensando un poco en Baquero Goyanes, que señala: "De la novela se recuerdan situaciones, descripciones, ambiente, pero no siempre el argumento. Un cuento se recuerda íntegramente o no se recuerda",6 para ello es necesario decodificarlo poco a poco.

Bajo la forma de tópicos como el erotismo, la locura, lo escatológico, el destino, y permeadas por la belleza, el arte y la búsqueda de sí misma, la cuentística de Inés Arredondo propone un camino, nada sencillo de recorrer, pero que nos determina como personas en sí mismas —No tengo nada. Estoy sola./ —Yo también./ —Es diferente: tú te tienes a ti mismo ("Atrapada", 145).7 Como afirma Octavio Paz, "Escribimos para ser lo que somos o para aquello que no somos. En uno y otro caso, nos buscamos a nosotros mismos. Y si tenemos la suerte de encontrarnos —señal de creación— descubriremos que somos un desconocido. Siempre el otro, siempre él, inseparable, ajeno, con tu cara y la mía, tú siempre conmigo y siempre solo".8

Arredondo ha tenido la suerte de crear, encontrar y fundirse en cada una de sus búsquedas, en cada uno de sus cuentos. Así pues, gracias al otro, al símbolo, a la soledad, a la locura, al erotismo, a la pérdida, a la ausencia, ese "ente" que es esencialmente insustituible, sugiere la cuentista mexicana, podemos llegar a ser nosotros mismos. Nadie me mira, ya, a los ojos. No podría decir que antes lo hicieran con frecuencia aparte de la mirada inconscientemente sostenida que usamos cuando se habla, se pregunta y se contesta ("Los inocentes", 23).

Es decir, que la otredad se manifiesta más como un modo de relación comprometido, una búsqueda por lograr una coexistencia sana y armoniosa, y por establecer un encuentro vital y fecundo, dentro de la literatura, que nos permita llegar a ser plenos.

En los cuentos de Arredondo es permanente y constante la utilización de ciertas palabras que determinan realidad. En esa realidad material en la que se ve inmiscuida, y que nos inmiscuye, tiene que decidir de manera literaria un sentido oculto y misterioso que anhelará encontrar y que tiene que ver con esa necesidad de concentrar en su universo poético personal —con toda su grandeza y toda su miseria— otro universo más íntimo e irradiador: el del lector-autor. En el cual parece ser que ambos, amalgamados, se pierden en la búsqueda del ser ausente, mientras se encuentran. Lo poético (y vaya que los cuentos de Inés Arredondo lo son) es un símbolo.
 

 
 

Impura y con un dolor nuevo pude levantarme al fin cuando el sol hizo posible otra vez el movimiento, el tiempo, y ante la mirada despiadada y sabia de los pepenadores caminé lentamente, segura de que esta experiencia del mal, este acomodarme a él como a algo propio y necesario, había cambiado algo en mí, en mi proyección y mi actitud hacia él, pero que era inútil, porque entre otras cosas, él nunca lo sabría. ("En la sombra": 79-80).

"[...] la vida cotidiana se retrata a partir de rupturas de la normalidad, cuando se establece un nexo con lo sagrado a través de una religiosidad que no es al común con una deidad institucional. Es la aparición de lo sublime que se vuelve evidente en esos momentos de la iluminación de los personajes alrededor de los cuales se construyen los relatos", señala Martínez-Zalce,9 y es cierto en la medida en que en la vida cotidiana, por medio de la religiosidad, los personajes de Arredondo son símbolos que buscan su significación, su significante y, necesariamente, su referente. Pero esa vida cotidiana también incluye a personajes "literarios" como el Horacio Oliveira de Rayuela y que, de manera inevitable, nos remite a sus ríos metafísicos en los cuales no sabe nadar como la Maga y termina por ahogarse. "Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire [...] Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada [...] Su vida no es desorden más que para mí, encerrado en prejuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo".10 Arredondo también se ahoga en cada uno de sus ríos profundos metafísicos.

Igual que Cortázar, Arredondo, además de la búsqueda del ser en su narrativa —búsqueda acaso de sí misma—, busca de manera infatigable que el lector le ayude a decodificar su prosa llena de misterios; cuando eso sucede, el arte surge: Ahora sí creo que mi padre está muerto. Pero no, en este preciso instante, dulcemente, sonríe: complacido. O me lo ha hecho creer la oscilación de la vela ("Apunte gótico", 36). Por un instante el indiferente, amorfo y bizarro universo poético arredoniano es descubierto... y es aquí en donde, necesariamente, surge la fusión poeta-lector; quizás el primer encuentro entre el tú y el yo, pues el acto de lectura no es simplemente una repetición permanente de ese algo pasado, sino que se asume más bien como un acto que actualiza el presente e incluso el futuro, en un tiempo que es siempre actualidad del instante presente y así el lector actualiza, revitaliza y da sentido a las imágenes y formula uno de los muchos sentidos posibles que habitan la literatura. En Inés Arredondo el paraíso de la ausencia y de la búsqueda es más creíble que el que promete cualquier fe. Si no lo hubieran hecho traer... Por lo menos Sergio no habría aprendido ese grito. El que lo perdió. El grito, el aullido, el alarido que está oculto en todos, sin que lo sepamos ("Río subterráneo", 55). El espíritu siente, por la influencia del vacío y de la prosa, que todo será nuevo en sí y fuera de sí, o nada tendrá sentido para nadie.

Estos elementos nos transportan a otro tiempo y a otro espacio, a otra duración y expansión de los mismos: el pasado, el presente y el futuro fusionados a la idea borgiana. Sustentado por el recuerdo y las vivencias presentes —de nosotros y del mundo—, el cosmos se engrandece segundo a segundo en la dimensión creadora del encuentro. El final de la búsqueda. En última instancia esta búsqueda, en la soledad, es un esfuerzo inconsciente del ser poético por salir de sí mismo en busca del otro, aunque en un primer momento, y sólo en un primer momento, el rostro de ese otro no sea más que él mismo, su doble; para poder llegar a establecer una real común-unión con ese ser al que se encuentra:
 

 
 
   

Se incorporó un poco y me besó en los ojos. Sentí la presión de su pecho contra el mío. La tierra debajo de mí se suavizó blandamente, y cuando él me besó en la boca, yo no quería ya otra cosa que abandonarme sin pensamientos al aguijo-neante bienestar de mi carne resucitada.

—Vámonos— dijo.

Y yo comprendí sin rebelarme: la vida era simple y luminosa ("Atrapada", 155).


¿Qué es la literatura sino la voluntad y más radicalmente la necesidad de transmisión de una experiencia vivida por alguien? En ese sentido, todo escritor y todo lector saben algo que es fundamental: que tanto el escritor cuando escribe como el lector cuando lee ponen en juego los diversos mecanismos de la memoria, que son la ayuda necesaria para la decodificación de las imágenes y símbolos inmersos, subyacentes, en el arte. Este encuentro, que comenzó siendo una búsqueda por parte de Inés Arredondo, no deja de producirnos una cierta estupefacción, ya que sigue siendo una tentativa de conocimiento: un salto hacia la otra orilla de ese encuentro donde confluyen el arte, el amor, la soledad, el engaño, las sombras, la locura y, por supuesto, la visible existencia de la común-unión: el otro.

Hay que admitir que algunos seres humanos —los poetas, artistas, esos rebeldes irredentos— aún conservan su capacidad de asombro y al hacerlo poetizan, divinizan, idealizan y hasta profetizan. Gracias a que estos seres humanos no se conforman con el mundo en que viven, no se resignan a tener la vida que tienen y se rebelan ante ella creando, dando vida a un mundo distinto, aunque sea sólo en el espacio de su creación, la vida es más soportable, más vivible. Es decir, Inés Arredondo es artista en cuanto que crea nuevos mundos, cuando imagina, desea y crea un mundo distinto, una literatura distinta, una sociedad y relaciones diferentes y al hacerlo traspasa sus propias circunstancias y limitaciones y descubre que la vida más que una sustancia es, primero que nada, una experiencia extraordinariamente compleja y maravillosa. Que existe una ausencia, lo sabe, que es necesaria, lo sabe, que la vida entera debe ser consagrada a esa búsqueda, lo vive.

Inés Arredondo —Inesa Redondo diríale yo, ya que su creación es un viaje de circunnavegación que nos descubre parajes ignotos, acaso considerados en primera instancia sólo como el destino ya conocido pero al que se llega a través de una novedosa ruta alternativa (alternativa), pero después caemos en la cuenta de que en realidad la travesía nos condujo a sitios desconocidos hasta entonces, acaso ni siquiera soñados—, en su eterna búsqueda nos hace saber que el literato, y todo artista, es un ser que ha tenido la necesidad de renovar esos momentos de éxtasis (extasis, estar fuera), sin darse cuenta, en realidad, que ello sólo nos revela a nosotros mismos. El amor daba un peso particular a su cuerpo; sus movimientos se redondeaban y caían, perfectos. Esa extraña armonía de la plenitud se manifestaba por igual cuando caminaba y cuando se quedaba quieto ("En la sombra", 72). Arredondo tiene esa doble experiencia del abandono, de la ausencia y de los instantes de gracia que brinda la esperanza. En ella toda impresión cobra vida por medio de su arte. Con todo esto sabemos que el infierno es transitorio. La historia tiene un final; nuestro objetivo, lectores-autores, sin embargo, no es terminarla, sino crearla, ¡re-crearla!, a imagen de lo que de ahora en adelante nosotros sabemos como verdadero.

La literatura es conocimiento, invento de realidades, distorsión de la misma y mucho, mucho más. Esta posibilidad que existe de ir más allá del párrafo es uno de los caminos para que surja el misterio. Suele pensarse que la literatura sólo cabe en el recipiente de la versificación como única posibilidad, lo cual es falso; puede haber literatura en la soledad, en la ausencia, e incluso en la misma muerte. Es así como los cuentos de Arredondo navegan entre la lógica del sentido y la del sin sentido; con la sintaxis y estética propia, tomando la dirección de sus tiempos y ritmos internos, empleó la imaginación como a la desgarrada realidad. Pero no intentó arribar a ninguno de estos símbolos sola, lo que hizo fue conmover las fibras profundas de sí misma y ejercer un exorcismo que liberó al alma de las ataduras, aunque sea por una fracción de segundo; no puede haber más, lo otro sería la muerte real. Lo inaccesible en vida.

* Carlos Iván Mendoza Aguirre es licenciado en relaciones internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México; maestro en estudios diplomáticos por el Instituto Matías Romero. Es jefe del Departamento de Cooperación Educativa con América del Norte y Europa Central, de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Es integrante del Servicio Exterior Mexicano.
Notas

1 Jorge Luis Borges, "Prólogos, con un prólogo de prólogos", en Obras completas IV, Madrid, emece, p. 155.

2 Término que Enrique Krause utiliza para agrupar a los intelectuales nacidos entre 1921 y 1935, quienes se caracterizaban por su ideología definida. Entre otras cosas, marcaron una postura contraria a ciertas tendencias nacionalistas de los años cuarenta, una adición al cosmopolitismo y al pluralismo latinoamericano.

3 Graciela Martínez-Zalce, Una poética de lo subterráneo; la narrativa de Inés Arredondo, México, Tierra Adentro, cnca, 1996, p. 117.

4 Octavio Paz, "Recapitulaciones", en La casa de la presencia, México, fce, p. 294.

5 La señal (1965) y Los Espejos (1988).

6 Mariano Baquero Goyanes, ¿Qué es la novela?; ¿Qué es el cuento?, Murcia, 1993, p. 61.

7 El nombre y el número entre paréntesis indican el cuento y la página de la obra de Inés Arredondo, Río subterráneo, México, Joaquín Mortiz, 1979.

8 Octavio Paz, Cuadrivio, México, Joaquín Mortiz, 1993, p. 143.

9 Martínez-Zalce, Idem, p. 118.

10 Julio Cortázar, Rayuela, Madrid, Cátedra, 1998, p. 234.•