Cinco voces de la novísima poesía chilena
*Selección y nota de Rocío Cerón
Chile, país de un innegable legado poético, sigue demostrando con sus más recientes autores que la poesía es un sitio de encuentro, de márgenes desde los cuales descifrar el mundo. Este breve panorama da cuenta de cinco autores nacidos a fines de los años sesenta y principios de los setenta. Con un registro particular, Javier Bello, Alejandra del Río, Germán Carrasco, Cristián Gómez y Julio Carrasco nos muestran un horizonte de tesituras en las que el lector encontrará discursos poéticos que van desde el río verbal y la dilucidación del entorno y de las figuras icónicas como el padre (Javier Bello), el cuestionamiento sobre la palabra y el silencio y su relación con el Otro (Alejandra del Río), la dimensión amorosa y el discurrimiento del lenguaje (Germán Carrasco), la enunciación poética como forma de aprehender la cotidianidad (Cristián Gómez) y la ironía como catapulta de entrada para sacudir al poema (Julio Carrasco). Cinco vertientes distintas en su aproximación a la palabra, al poema, que nos indican la salud de la poesía escrita en Chile hoy día.

Javier Bello (Santiago, 1972)
Las jaulas (Madrid, Visor, 1998)

IV

De dónde viene la risa

de la cabeza del hombre sometida a la muerte

de la cabeza del hombre en cuyos casilleros 

se encuentra como una lengua azul el ahorcado, 

el ataúd, la culpa, los menesteres del día de todos los muertos

del gran banquete, de la gran comilona, las putas 

que parlamentan con el rey, el resplandor 

de los bellos caballeros en armas

definitivamente sale de la cabeza y sus partes, 

de su esqueleto más humano que el hueso del pie, la extremaunción, los candelabros 

del último desvío 

viene el fuego que provoca el ejercicio del labio 

y el tendón, desequilibra al cerebro, sopla 

con el perro del viento si es tarde y cunde 

en las zarzas con fruto donde está agazapada 

la muerte

con qué suspicacia digna de aquéllas que abandona un demonio en el aire se cierne sobre 

los comensales, los niños dormidos, los viejos locos, y ataca.

De dónde viene entonces la risa si no es de la cabeza de alguien que quiere comprar resurrección 

con su llanto, de dónde si no del tibio palacio 

de la complacencia.

Qué es la risa más que uno mismo convertido 

en un órgano.

La risa viene, aunque la partición de la cabeza reduce sus posibilidades de acierto, la risa viene como 

un ramo de bendiciones ahogadas.

 
 
 
 
La jaula de la sentencia 

Cuídate de los viajes, hijo mío, 
cuídate de los viajes y de los trenes 
y del tambaleo de los barcos en la batalla 
del amanecer.

Cuídate de los trenes 
y de la tierra donde baila sepultada una llama, 
cuídate de los barcos y de los fuegos fatuos
como escondes tus rodillas del tormento 
de la tempestad.

Nunca entenderás el recorrido de los animales 
por las veredas y los parques, 
los animales malos que se comen la sed. 

Nunca entenderás los ojos de los perros
que desaparecen tras el silbido de los cazadores.

No me digas que no has visto 
los animales negros que tienen cara de anciano. 

No me digas que no has visto 
los caballos cansados que cruzan con sus patas 

la verdad.

Ten cuidado de los viajes, 
ten cuidado de los trenes y de las potencias malignas 
y de perderte entre tus propias aguas.

No dejes tu sombrero fuera de la casa, 
no dejes tus guantes lejos del amanecer,

porque las hormigas te golpearán con sus antenas hasta causarte daño, 
porque las piedras arderán en tus zapatos negros, 
para que aprendas a no jugar con las líneas 
de tus manos, 
para que recuerdes, hijo mío,
que el norte de las brújulas se come la cabeza
de tu propio animal.

Cuídate de los viajes,
cuídate de los viajes y de los trenes
y del tambaleo de los barcos en los mares sin ley,
porque en los viajes va la muerte hablándote al oído,
porque en los trenes va la muerte sentada
y en los barcos va la muerte de pie. 

Jaula del padre

De todos los que comen de esta mesa
el único que vive de su fuego es el padre.

Yo no sé de dónde vienen estas piedras
ni tampoco conozco a quien las trajo,
pero aquí las comemos, pero aquí las mascamos.

Salvaje padre sorprendido en tu error,
enemigo caliente de mirada amarilla,
me refiero a tu casa quemada por los bárbaros,
me refiero a tu lecho marcado por un nudo,
me refiero a tu alma que sale a predicar a la calle
el domingo volcánico de los evangelios,
palabra medio rota que envenena el suburbio
coronado por la lengua de un ángel,
coronado por la lengua que has de obedecer,
el decimal que te dará la muerte.

Padre en silencio, eliges el peso de tu voz,
el exacto calibre que arma tu vergüenza,
el bastón de la rabia, el cristal de la sed
cuando el cáncer congela tu garganta
y te deja alucinar en su hueco.

Padre furioso contra un sol de neón
padre furioso contra un grito de fuego,
encerrado con la luz que no entiendes,
encerrado en la jaula del mal,
perseguido por tus bestias de piedra
ofendes la raíz de los árboles.

Las hormigas se comen un perro,
el perro se come la cara de un hombre,
el hombre el excremento de un buey.

Bajo las mantas están tus hermanos
agazapados en la lágrima de su propio calor.

Este fuego es su fuego, y es mi fuego también,
este fuego es su hambre con las alas de mosca.

Un hombre se come la cara de un hombre.

Yo, mi padre, el padre de mi padre.

 
 
   

Alejandra del Río (Santiago, 1972)
El yo cactus (1994)

 Yo cactus

Yo no soy moderna

o tal vez lo soy. Vivo con mi sangre puesta

goteando encima de las cosas

en una absurda imitación del universo.

Yo no llevo guantes ni ropa blanca

cuando toco metales

cuando escarbo en las miradas

y me seduce el olor cuando fermenta.

La palabra es una viga

donde posan su alma los muertos

el verbo una cornisa en movimiento

y mi oscura vitalidad

el camino que no cesa.

Acaso me hablaré de ese silencio.

Acaso alguna vez poder vestirme del vacío

sonreír desde la mueca.

Acaso cegar el mundo con los ojos abiertos.

Ser siempre lo que no soy

—muriendo en cada intento—

a espaldas del reloj que avanza.

Criatura sin bautismo

No he engendrado aún el monstruo que te duplique.

En blancas estepas se yergue una torre

allí soy yo la presa de esta lengua cántara

allí soy yo la Amante de este Amante en celo.

Para sufrirlo, subió el silencio por mis trenzas

yo querría nombrarte en su guarida

así pues encadené mi voz a la mudez

y traté de hacerte espacio entre sus besos.

Para zafarme, escalé su valla de palabras

y rodé reino abajo para unirme al caos.

Desbocados los potros. Se es el ojo

pero se siente en el rostro todo el cuerpo.

No me indica el Caos ni en él te encuentro

pero en medio del tifón mi vida pertenece.

No da el silencio frutos propios ni es posible con él

erguir aparato alguno, mas bajo su ala permanezco.

Yo llevo días errando por tu nombre

como cierta Alicia que mengua y crece

ya te veo escrito en humo y en agua

pero lo cierto es la risa de mi Amante.

La soga que me amarra sólo a mi imagen

el estupro que comete mi vano esfuerzo

las bestezuelas que gimen en mi vientre,

ese todo su poder que me impide partirte. 

 

   

Germán Carrasco (Santiago, 1971)
Calas (Dolmen Ediciones, 2001)

De la musa no queda ni el perfume 

(el tango de Julián)

De la musa o su fantasma no quedan sino fragmentos

para rearmar:

trozos de blusa ensangrentados, manchas de sangre 

en la muralla,

rieles que terminan en niebla y una gruta para 

la devoción del pueblo

(que es lo mismo que decir: tres velas encendidas 

por lloronas iletradas).

De la musa queda la memoria de los momentos 

en que fue musa

y no la súcubus que dividió tu vida en dos como 

la muerte

de un familiar, el crepúsculo cortado por una torre 

de telecomunicaciones

o las dos porciones de carne que se abren como 

el dulce durazno estival;

queda la misoginia, la lección, la ridícula alma latina

que bebe hasta la muerte. Y un tango mal sintonizado.

De la musa o su fantasma no quedan sino fragmentos:

un modelo para rearmar.

En el laboratorio de las palabras

han de tomar vida sus ojos: escarabajos

de ónix sagrado que brillan en los instantes,

la tersura de cala de su piel.

Las rodillas

La diferencia entre estar de pie en la vida

o, por último, en fuga o caminata,

y no estarlo

se sitúa en las rodillas: talones de aquiles,

centros de vulnerabilidad.

Crujen de rabia como máquinas exangües

cuando abandonamos la silla o atisbamos al horizonte por un lapso

(como si la perspectiva les produjera

el pánico de un frío inhabitual).

Los amantes que pasaron demasiado tiempo

(aunque se dice que para ellos no existe el tiempo)

en posición horizontal

deben ahora pararse y caminar, si han de hacerlo,

por un territorio minado, un calvario

como Psique en una de sus pruebas.

(O el futbolista con muletas, recuerdas

sus rodillas evaluadas en kilos de dólares,

devaluadas luego).

O quienes suben arrodillados en las gradas del templo

sangrando profusamente (en mi infancia

los observaba estupefacto).
 

   
Calas blancas

Sin gula, con la angustia y la tensión

que ha de postrarme a mirar las estrellas,

en la oscuridad —gimnasio del instinto—

abro la sábana blanca de una cala.

Sábana, túnica improvisada tras el baño,

gotas sobre la cala tras el riego

cuando, bajo una luna hecha de tus huesos

abres la ventana esperando

aire, una lechuza. Calas —verbo— 

la transparencia del aire cubriendo

la circunstancial blusa, al volverte,

un botón.

En la oscuridad la lengua saborea y desmenuza

calas, para empujarlas y deglutirlas

con el vino negro de la bilis.

 
 
   
Cristián Gómez (Santiago, 1971)La ronda distraída del agua y las muchachas

Un atardecer que pertenece

al hemisferio de la sombra, donde la geografía desta noche

por primera vez se toma en serio las serenatas 

que un demonio

vino o vendrá a ofrecerle: la poesía no está hecha 

sino de sombras, pocas veces la luz se cuela por estas rendijas

pero qué interesa. Como si fuera el agua 

que se asoma a la tarde

(distraída), como un poema que no es un poema

sino está hecho de sombras: la luz que se cuela 

por los entresijos

caprichosos de esta ventana no es capaz de iluminar

sino la ronda distraída de las muchachas, no quiere tomarse de la mano

sino del atardecer, del agua. Yo, que no soy nadie, 

las veo. Las ausencias y

la multitud alrededor deste poema o de mi sombra, 

el atardecer.

Esas niñas que tienen la edad del agua.

Toda descripción es una forma de morir. La más tierna y dulce amada

se pierde en la playa como un puñado desta arena 

indiferente en la transparencia de un reloj. Los viejos

se sientan a observar un mar que no existe: 

son amigos

del oleaje y las gaviotas como el fuego y el origen

del agua y de la tarde distraídas. Las letras 

son los rasgos
de la muerte: he ahí la culpa, el gran responsable. 

Un poema 

sin sombras que van a dar en la mar. Los viejos 

seguirán esperando las tripulaciones del pasado 

y de la noche

mientras dibujan distraídos en la arena el rostro 

de la más dulce y tierna amada: volverá como siempre

del pasado, volverá con esperanza irredimible

y entre las redes concluido su retrato.

En lugar de un cementerio junto al mar,

mensurar la geografía de las piedras y del suelo 

donde lo más profundo que llegues a encontrar 

sea tu piel. 

Construir una muralla como el temor dibujado 

en el rostro 

de una mujer que no envejece. Cruzar este río 

de una sola orilla, 

el camino que ya no se acerca, sin que por ello comience a alejarse. 

Proclamar el fin de toda inocencia el día 

en que tu rostro llegue a ser tu rostro. 

Es inminente la construcción de la muralla. 

Qué, tras esos muros

sino mi abuelo que pasea por el bosque sin haberse dado cuenta

(a pesar de sus largas peroratas sobre la tala indiscriminada de las especies 

autóctonas, para la sustitución de las importaciones 

y el desarrollo interno de la industria nacional) que pese a llegar tarde todas las noches de su vida

a ese hogar 

donde no lo esperaba nadie además de su radio 

a transistores 

sin haberse dado cuenta por ahora que las cartas 

que no llegan no han llegado

porque una carta más allá destas murallas es darle puño i letra

a la única verdad —que nunca ha salido deste bosque. Detrás desos muros

(en lugar de un cementerio junto al mar) tu rostro que no envejece

como no envejece la otra mitad de la noche, donde 

la última inocencia deste día 

ocupa en silencio su lugar como si fuese un ladrillo cualquiera

colindante con ésta y otras murallas.

 
 
Julio Carrasco (Santiago, 1969)

El libro de los tiburones (Cachiyuyo, 1995)

Consejos gastronómicos 

a un joven samurai

Come siempre lo que hay

No te pongas a alegar: hoy

No hay lo que a mí me gusta

Cállate y come lo que está en la mesa

Si hay arvejas

Si hay porotos cómetelos

Si hay relojes (porque sé que los hay)

Traga sin hacer muecas de mal gusto

Si hay cables no menciones los

Tallarines ese tema está de más

échales ketchup (si es que hay por

Supuesto)

Y no hables con la boca llena

Puedes gritar en ciertas ocasiones:

Cuando hay piedras en el arroz por

Ejemplo

Pero sin dejar de comer

Mira siempre tu plato

(Las piedras puedes escupirlas por

Supuesto)

Y si tu vecino protesta su comida

Aléjate de ese niño mañoso blando

Maricón de estómago frágil

Si hay lentejas bienvenidas sean yo

He comido mucho una vez

Me comí una radio de

Puro ingenuo olvidé desenchufarla

Come lo que está en la mesa

Y si no hay nada

Cierra los ojos y respira

Está permitida la violencia en el 

Caso de que alguien

Meta la mano en tu plato

No hagas tú lo mismo porque

Ese no es el modo de fomentarla

Y si hay pollos mutantes

(Porque sé que los hay)

Cocínalos bien y dale los huesos

Al perro

En fin

Es lo que te digo yo

Que he vivido 

Un poco.

 
 
La tarea actual

Todos dicen amar a Cortázar
todos dicen amar al prójimo
de modo
que está
de moda
amar
dicho sea de paso
a Cortázar
y al prójimo
de modo que
lo importante hoy en día
no es amar a Cortázar
que como todos sabemos
fue un prójimo excelente
sino que
menester más ilustre
es ubicar al enemigo
que se encuentra muy a gusto
dicho sea de paso
entre los amantes de Cortázar
y del prójimo
de modo que
no me pidan amar al prójimo
ufano de su amor por Cortázar
sin antes someterle a minucioso examen
porque
como dije antes
la tarea actual
es definir
reconocer
delimitar
(y ya hablaremos de acometer y de neutralizar)
al enemigo.

 
 
Abracadabra Javiera

1) Comenzaste a leer y
2) el segundo verso te hace sentir tranquila
3) piensas: súbitamente estoy tranquila
4) mi respiración se torna dulce
5) el quinto verso te trae la calma
6) sueltas las cejas
7) tu frente se aplana
8) sientes la lengua relajada
9) la mandíbula cae por su propio peso
10) piensas: estoy relajada y quiero seguir leyendo
11) cierras los ojos imaginariamente
12) piensas: cierro los ojos imaginariamente
13) y abres las piernas sin brusquedad
14) nadie te está apurando
15) (los límites mundanos bailaron entre nosotros)
16) tu mano izquierda reconoce el pubis
17) tu respiración se acelera levemente
18) (sin embargo en una extraña forma
19) abracadabra Javiera: te estoy poseyendo)
20) piensas: él me está poseyendo
21) cada verso me atrae más que el anterior
22) soy el tirano de tu mano izquierda
23) piensas: él es el tirano
24) y mientras tanto
25) tu mano derecha ha empezado a trabajar
26) estás húmeda
27) se aproxima el último verso
28) cuando llegue sentirás ganas de volver a empezar
29) al final recordarás todo
30) volverás a tu vida y llevarás mi marca
31) dondequiera que vayas
32) la poesía tiene que servir para algo.•

 
 
Rocío Cerón (ciudad de México, 1972) es poeta y ensayista. Ha colaborado en diversas publicaciones de circulación nacional, como el suplemento El Ángel, del periódico Reforma, y el semanario Etcétera. Fue becaria del Fonca (1998-1999) en el área de poesía.