Cómo destruir Nueva York*
*Miriam Mabel Martínez.
Nueva York es una ilusión, o al menos eso me pareció ayer en la noche mientras observaba. Desde el paradisiaco roof de mi apartamento (en West Houston y la Six Avenue) contemplé las miles de ventanas encendidas en los largiruchos edificios que desde la calle 14 forman largas hileras, este ejército custodia al Empire State. Confieso que la primera noche que subí a la azotea a beber una chela y simplemente mirar el paisaje urbano, giré la vista hacia el norte seducida por las formas esbeltas de los edificios, me sorprendieron las franjas roja, blanca y azul; pensé "ah, chingá, qué hace ahí la bandera francesa", como le faltaban las estrellitas. No importa mi confusión: Nueva York es distinto cada día. No. Yo soy otra cada día. Diario salgo a la calle y me enfrento a mi propia invención.
 * Texto escrito durante la residencia de la autora, en agosto y septiembre de 2002, en el Writers Room de Nueva York, auspiciada por el Fonca, Sogem y Writers Room de NYC.

Me gusta sentirme parte de esta ciudad tan engreída, pero entre más me involucro en una vida con obligaciones y responsabilidades (ir al súper, a la lavandería, comprar leche, ver el noticiario, trabajar en el Writers Room, etcétera) más ordinaria la acepto. Me parece que las pocas lluvias que han caído la hubieran encogido. Sin las Torres Gemelas el paisaje es antiguo. Nueva York se parece a sí mismo en la década de 1930. Como si de pronto la presión por ser moderno, por marcar la vanguardia hubiera explotado y revertido el efecto. Hoy esta ciudad tiene los tiempos revueltos y a pesar de las reparaciones no han podido ajustar el reloj.

Nueva York requiere mucha energía, no sólo para caminar (para eso están los tenis), ni para trabajar, sino para sostener la idea de grandeza. A veces me es difícil recorrer el Lower East Manhattan sin taparme la nariz, sin odiar el mal olor, sin pensar que tengo que apreciar esa suciedad, porque es generada en la capital del mundo. Me impresiona cómo cambia el ambiente de una calle a otra, cómo hasta en el Central Park después de la 96 pierde estilo, sus arbolitos verdes no tienen tan buenos cortes ni sus laguitos se ven tan cristalinos ni las banquitas tienen este aire de elegancia. Me molesta que en los mapas Manhattan termine en la calle 99. Me pregunto ¿qué ocultan? Y creo que es su intolerancia y su racismo, ése que en el Manhattan para turistas se viste de versatilidad y cosmopolitismo. Allá arriba viven los que atienden a los de abajo. Los que sirven y limpian, los extras de la película... Allá arriba, no hay escenarios fancy y trendy, porque no necesitan de tantos efectos especiales, y los edificios, la señalización, los autobuses, las banquetas, los parques son más honestos con la realidad. Y esa lealtad equilibra la mentira del downtown. New York City le debe mucho a esas escenas morenas, a los ojos rasgados, a las ojeras hindúes. Le debe mucho a sus barrios brasileños, irlandeses, alemanes, árabes...

 
 

El Harlem, por ejemplo, aunque algunos piensen lo contrario, es tan importante como el Distrito Financiero. Es un mercado polifónico, junto con el Bronx y Queens, son la nota de color de Niu Yorc. Paradójicamente, en esos "lugares" tan cerca de América Latina y tan lejos de Manhattan se vive el multiculturalismo sin pretensiones, allá conviven los judíos con los estadunidenses (americanos somos todos los habitantes de este continente), con los mexicanos, los dominicanos, los coreanos... Y esta convivencia no está permeada de estudios ni análisis, simplemente de vida cotidiana, en la que hay anuncios de "el auténtico bizcocho dominicano", "fresh maíz tortillas", donde en una esquina hay una pastelería húngara y a la siguiente un restaurante cubano, seguido de un lugar de comida egipcia. Esa relación directa y franca de distintos idiomas y visiones, ésa es la que reniega y necesita el Nueva York de postal donde el Boricua College le da la cara a la Facultad de Journalism de Columbia, donde un bistró es vecino de una taquería o de la iglesia de Saint John The Divine sigue un templo pentecostal... Un ambiente de barrio en el que no se niega la cultura popular (sin su toque Urban Outfitters), en el que la gente chifla (aunque no esté contenta) y se toca.

En el Harlem viven quienes se aferran a Manhattan con las uñas. Quienes arañan las orillas de la isla para no caer al río. No quieren salir. Quieren el pedazo de Central Park que les corresponde, las estaciones del Metro que cruzan por debajo de sus territorios, la posibilidad de también morder la Gran Manzana. Entonces, uno observa, por fin, la diversidad con la cara lavada: judíos, dominicanos, puertorriqueños, mexicanos, negros, universitarios, gringos, provincianos... Si algo une a los pobladores del norte es la nostalgia, ya sea por Ohio, por Santo Domingo, por las alitas de Búfalo o por las tortillas mexicanas. Los que habitan esos edificios antiguos añoran su propio lugar de origen y recrean en unos cuantos metros (al juntarse suman varias cuadras) el poblado donde crecieron sus abuelos o sus padres. Entonces inventan una metarrealidad, parten de puros supuestos, la mayoría no conoce ni Israel ni Puebla ni San Juan ni Costa Rica, reconocen el sabor en los plátanos machos, y de los frijoles y del arroz, por referencia.

A partir de la calle 100 la gente ya no conserva ese pudor trendy citadino, no importa si el pedicure está bien hecho o no, en las escaleras de las casas hay gente que sentada con los pantalones arremangados fuma y baña a manguerazos a los niños, en la 110 venden raspados, en la 115 hay una panadería con auténticos bolillos y conchas, pero nada como la 125 Street de East a West: punto neurálgico de las compras culinarias de los latinos dispersos por la ciudad, desde los sofisticados habitantes de Tribeca, hasta los gays del Village, los estudiantes de doctorado, las parejas del Upper East Side (otros van a Queens, claro)... compran ahí sus tortillas, chiles, miguelitos, gansitos, tlacoyos, en un descuido hasta tasajo y tlayudas. La 125 es también parte de los recorridos turísticos, cada 20 o 30 minutos pasa un camión de dos pisos; ignoro qué dirán: "en esta calle Clinton tiene su oficina", o "éste es el peligroso Harlem", o "es una zona que tenía un proyecto de rescate, el cual detuvieron después del 9/11, el dinero se destinó al Downtown", o que dicha zona ya no pertenece a Manhattan... No sé. Y después ese mismo autobús sube casi hasta la punta de la isla, para llegar a la 190, donde están los famosos Cloisters, un capricho de los Rockefeller, una excentricidad del Metropolitan y prueba de que el pos-modernismo existe.

 
 

Pero desde el roof de mi casa, esa punta norte es una fantasía. Simula estar más lejos de lo que está. Desde la terraza West de los Cloisters, el sur no existe, sólo Nueva Jersey.

Mi mapa para peatones asegura que Manhattan termina en la 99. La mayoría de los sureños no conoce el norte porque no
han tenido tiempo o porque está muy lejos o es muy moreno. No todos los norteños conocen el sur, para qué, ese Nueva York de rascacielos se ve mejor en las series televisivas. Y ambos viven muy felices imaginando el resto de la isla a su conveniencia. Nueva York es, como sabemos, una simulación, ningún lugar como éste tan perfecto y con tan buenos productores como para inventar el fragmento personal de realidad al tamaño de los propios caprichos, como los Rockefeller que crearon su Toscana, entre Washington Heights e Inwood, o los mexicanos que venden tacos y tortas en la 106 y Broadway, por supuesto en el West.

La primera vez que visité Nueva York recordé que John Lennon la comparó con Roma, y en mi ingenuidad lo creí. Así que veía a las Torres Gemelas con la fuerza del Coliseo. Hasta que visité Roma y la certeza de su imperio, la solidez de su historia me aplastaron. No hay comparación. Nueva York es hermosa, cándida como las adolescentes. Nueva York es una Lolita.

Es tan grande o pequeña como uno quiera, es un mutante, puede ser las películas de Woody Allen, los buenos muchachos, King Kong, las novelas de Paul Auster, el asesinato de Lennon, el suicidio de Ana Mendieta, la musa de Adrian Piper, el centro de diversión de Warhol, el escenario de Pat Benatar, el fashion club de Lou Reed y Nico, la visión chicana de zoot suit, Sean Connery en el Bronx, la mirada de Spike Lee, David Mamet, los musicales de Broadway, los reyes del mambo, la majestuosidad del met, la importancia del moma, la vanguardia artística de Chelsea, sobre todo es la imagen sofisticada que se inventó... Sin embargo, también puede ser la ciudad donde Miriam camina y fuma, donde escribe y duerme, donde revisa su email, donde estornuda y se deleita... donde se suma a la larga fila de personas que buscan esa "oportunidad". Dicen que si la haces en Nueva York, ya la hiciste, pero que la fila es larga y necesitas suerte, ambición, aguante (como en todos lados) y que si te toca, bingo, el resto del mundo, si es que existe, no importa.

Aún no entiendo por qué Nueva York se empeña en ser tan moderno. No entiendo por qué no puede mirar hacia atrás, por qué le robó el concepto de modernismo al mundo o por qué la serie mundial de beisbol se proclama tal, ni por qué los estantes de las librerías están repletos de relatos sobre la marginación, sobre la pesadilla de los abuelos negros, sobre la tragedia de ser inmigrante, sobre la violencia doméstica, sobre el amor imposible entre los gays blancos y negros, sobre el cinismo de la mafia italiana, o de cómo me escapé de la esclavitud china en Canal Street. A los niuyorquinos les interesa lo diferente, porque subraya su cualidad trendy democrática y justiciera. Ana Mendieta es más importante porque era cubana y murió trágicamente, si es que a alguien fuera de los circuitos artísticos le importa. Muchos nunca han visitado The Earth Room. Eso lo saben unos cuantos, como en cualquier lado, y esa parte culta de Nueva York, esos hombrecitos y mujercitas dispersos en cafés, en teatros, en librerías de viejo, en salones de la universidad, integran otra capa de la realidad necesaria para sostener la ciudad. Aquí la manutención de la idea Nueva York es una labor colectiva en la que hasta yo colaboro. Soy una de las que en las noches prende la luz de su habitación, para que en otra azotea, o en la calle o donde sea, alguien más disfrute el paisaje eléctrico.

 
 
   

La gran cualidad de esta metrópoli es que la realidad no existe. La combinación de experiencias y de imágenes integran un collage, cuyo producto final es una hiperrealidad más cercana a la falsedad de los reality shows. Así me siento. Por momentos creo que hay una cámara detrás de mí, acosándome, y esa persecución me obliga a portarme nice, trendy y cool, me obliga a ver todo maravilloso, a caminar hasta el cansancio para ver más canchas de basquetbol, más bares-lounge, más gente hablando sola, más museos, más tiendas, más edificios, más escenas pintorescas de los migrantes que ya son niuyorquers. Esa sensación me obliga a sentarme estúpida en el roof de mi casa para contemplar el horizonte como si en el simple acto de mirarlos pudiera retener "la magia", simulando ser tan intensa que puedo robarme a Nueva York en un segundo, cuando sé que lo único que sí puedo hacer es destruirlo en un parpadeo.

*Miriam Mabel Martínez (ciudad de México, 1971) ha sido becaria en dos ocasiones del Centro Mexicano de Escritores. Recientemente lo fue del Fonca en la categoría de Jóvenes Creadores, en el género de cuento. Está por aparecer su primera novela.