Francisco Tario (Pésame a Toño Peláez)*

 
*Mauricio González de la Garza
 
Uno piensa que sus amigos son inmortales, que el cariño y la admiración, el agradecimiento y los filtros de luz de la amistad son un tapete mágico que extradita a los que amamos del tejido incomprensible de la muerte.

Por Proust, el ineludible, este artículo debió llamarse "Por el camino de Tario". Yo conocí a Francisco Tario, a Paco Peláez y a Carmen Farell en su casa de Etla 24, por allí por la calles de Baja California, donde pasaban desperezándose los tranvías. Pero antes, antes de pisar la alfombra azul de la sala, antes de las interminables conversaciones en el cuarto chino, antes de todo rito de iniciación y de la liturgia que exige cada amigo, yo ya los quería, ya los admiraba. El amor es transferible, la admiración es circulante. Yo conocí primero a Toño en Nuevo Laredo. Apenas empezaba él a pintar; Paco a publicar. Toño hablaba de Paco y de Carmen con entusiasmo, con pasión, con vehemencia, con ademanes de hechicero y palabras de escenógrafo vital. Paco era el ídolo y la imagen, el poeta y el encanto de la sabiduría, Carmen era la ecuanimidad y la belleza, la ternura y la configuración de los astros. Etla 24 era la latitud de la palabra y la nave prestidigitadora de seres vitales y maravillosos.

En 1945 eran muy jóvenes, éramos muy jóvenes todos. Paco y Carmen se habían casado como pareja deslumbrante. Él era guapo, ella bellísima. Los ojos de Carmen eran claros, serenos, inmensos e intensos. Paco, como portero futbolista, había destacado hasta aparecer en las cajetillas de cerillos. Cambió la pelota por la pluma y el Peláez por el Tario y así surgio el magnífico, espléndido escritor Francisco Tario.
 

Francisco Tario buceaba en el rumbo de la fantasía, de la alucinación, de las angustias oníricas y las melancolías interminables. Su primer libro, La noche, confeccionado de cuentos singulares, extravagantes, excéntricos, escalofriantes, surrealistas algunos, espeluznantes otros, magníficos todos, hizo saber a México que había surgido un gran escritor.

La noche sigue siendo un libro mexicano sin paralelo.

En aquel entonces, cuando apareció La noche, Borges aún no encadenaba las conversaciones. Octavio Paz era desconocido y Al filo del agua tardaría dos años en llegar a la imprenta.

Paco escribía y Carmen leía en voz alta, como primicias, los cuentos que él engarzaba, cuentos sortilegio, cuentos con sabor a nostalgia y a pesadilla, a rumor de caracol y a novia secreta.

Algo hubo siempre en la literatura de Francisco Tario de lágrimas embalsamadas y de vals de cementerio, de angustia existencial y de romanticismo triste. Francisco Tario siempre fue peregrino sin posada. Un viajero incansable de sí mismo, bailarín de la espuma y eco de risas y sueños.

Recuerdo la alfombra azul de su sala, el piano Steinway y los nocturnos y los valses de Chopin que Paco tocaba con emotividad contenida. Allí La Valse de Ravel, allí Bach y Palestrina, allí Thomas Mann, Marcel Proust, Sartre y las películas de Greta Garbo en discusiones sin reloj.

Francisco Tario murió en Madrid el 30 de diciembre de 1977. Pronto, me dicen, aparecerá un libro suyo y de Borges. Francisco Tario es un gran escritor mexicano. Mi dolor a Toño su hermano, a Sergio y a Julio sus hijos.

* Texto tomado de Novedades, México, 3 de enero de 1978.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
   
Zona prohibido, 1979, óleo sobre tela, 89 x 114 cm. Fotografía de Rafael Doniz
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 Cito uno de sus cuentos:
 
Y otro mundo más noble, infinitamente más bello, salió a mi encuentro. Un mundo húmedo, susurrante y pleno. Un mundo de fosforescencias extrañas, de monstruos casi divinos de sombras gráciles que se deslizan sin ningún ruido, de mujeres azules y hombres con escamas rojas, de copas cargadas de sal. Un mundo de floraciones perpetuas, de miradas inalterables; de paz y regocijo continuos...
* Mauricio González de la Garza (Nuevo Laredo, 1923) es doctor en filosofía, psicología y letras por la UNAM. Participó en el experimento psicoanalítico que Gregorio Lemercier llevó a cabo en el monasterio benedictino Santa María de la Resurrección, en Cuernavaca, a fines de los años sesenta. Entre su bibliografía destacan la novela El río de la misericordia, el libro de denuncia Última llamada y Mauricio dice, que recopila una parte de sus columnas periodísticas.