9/11 
*Miriam Mabel Martínez 
A los 14 años me enteré que podía morir. El terremoto del 19 de septiembre del 1985 fue el mensajero. Ese día si bien no perdí la inocencia sí descubrí la fragilidad. La muerte era un hecho. Vi caer dos edificios y mi escuela. Esos segundos aún continúan en mi memoria. Estoy en Nueva York y me pregunto si el derrumbe de las torres gemelas permanecerá en la memoria de los norteamericanos. Sé que en la historia sí, aunque a ellos poco les importa. 

Han brotado banderas por doquier. En los escaparates y vitrinas penden mantas que tienen escrito "We remember", "We'll never forget", "I love New York", "Hope", "In rememberance", pero sé que mañana nuevamente habrá maniquíes anunciando la temporada otoño-invierno, que las velas hoy encendidas se acabarán y que esos todos regresarán a su cotidianidad. Y eso me espanta.

Esperé con morbosidad la celebración del primer aniversario del September 11th. Desperté temprano para lanzarme a la Zona Cero, quería ver qué pasaba, quería ver los rostros de quienes perdieron a sus esposos, a sus hijos, a sus amigos. Quería comprobar que recordaban, y confieso que no lo sé, pese a que los miré de frente. Me confunde la actitud de venganza, la necesidad (o la inercia) de comercializar hasta el dolor. Por respeto no tomé fotos a esas personas que marchaban por Church Street con las imágenes de sus muertos en las playeras, pero intuyo que deseaban salir en muchas. Percibí cierta arrogancia en su sufrimiento y me entristeció que el llamado 9/11 formara ya parte del tour turístico "Visite nyc". El respeto y el silencio de los neoyorquinos es parte de la puesta en escena. No puedo culparlos, viven en un país que asume la realidad tal como la retrata Hollywood. 

La logística del 11 de septiembre fue perfecta. Una producción a la altura de la tecnología y de las costumbres norteamericanas. En Times Square las luces de neón repetían los nombres de los muertos, las grandes pantallas transmitían imágenes de los bomberos, de los sobrevivientes, de sus familiares, de la desgracia. A lo largo de la isla, así como en los condados restantes, se realizaron eventos; sin embargo, el hecho más emotivo (y creo de los pocos sinceros y, por fortuna, alejados de las cámaras curiosas y de televisión) sucedió en las iglesias, donde la gente entraba unos minutos, prendía una vela, oraba y listo. Una parada sin canciones cursis, sin banderas enredadas en el cuello, sin revanchas y sobre todo sin morbo; esta expresión me impactó. Lo demás sólo corroboró la certeza de que los gringos viven su realidad desde la butaca de una sala de cine. Así han enseñado al resto del mundo a contemplarlos. Estados Unidos es una película interminable. Nueva York es uno de sus mejores sets. 

Este 11 de septiembre hasta el clima y el paisaje se portaron adecuadamente. El azul rey del cielo combinó perfectamente con el ambiente melancólico. No llovió como se había previsto, pero hubo mucho viento, tanto que el sonido del aire se convirtió en el acompañante idóneo para las gaitas y los tambores que se escucharon durante los festejos en que se asumieron como New York City (no se discriminó al Bronx, a Queens, a Brooklyn ni a Staten Island. Hasta se aceptó a New Jersey como un hermano). En la televisión, los comentaristas hablaban de su orgullo por ser niuyorquers, de su amor a la ciudad. El duelo se convirtió en fiesta, en un festejo que respetó cada línea del guión. 

En el Lower Manhattan se reunieron los familiares de las víctimas en un "evento" privado (pero televisado) para escuchar la larga lista de los ausentes, recitada por más de 140 personas (entre ellos Robert D'Niro, participación que, por supuesto, salió en los créditos junto al de Julliani, quien, además, carga con la pérdida de su madre —el velorio fue hace unos días— y Colin Powell como actor de reparto), mientras que las nubes corrían rápidamente sobre las puntas de los edificios demostrando la calidad y variedad de los efectos especiales con los que cuenta esta ciudad-set. No podía faltar la música, sólo que en este caso ese fondeo era imaginario, cada transeúnte caminaba al acorde de su canción favorita, recordando la secuencia del derrumbe, la melodía más socorrida fue "God bless America", of course

Fotografié el paisaje hueco por todas sus ausencias y ángulos. Prendí solidariamente mi vela en la iglesia de San Patricio, visité la exposición Our Heroes, exhibida en un pabellón improvisado en el Rockefeller Center, leí —con más morbo que sentimentalismo— cada una de las cédulas que acompañaban los retratos tamaño caguama de aquellas personas quienes la libraron por casualidad o por destino y de los que ayudaron en las jornadas de rescate sin rescatados.

El ambiente híbrido se pegaba a las paredes. La gente caminaba sola. Nadie hablaba con el prójimo. Sobrevolaba la soledad y la incomprensión, de la cual la televisión y el gobierno sacaron provecho. Quienes entraban a las iglesias, los que rondaban el Central Park, las madres y los niños, los hombres de negocios, los policías y los bomberos que merodeaban el Upper Side fingían que no pasaba nada. Abajo había duelo; arriba, cotidianidad. Me cuesta trabajo explicar la sensación dominante, no era un holiday, pero tampoco era un día cotidiano. Fue un día de encierro. ¡Exacto! La ciudad estaba cercada por el miedo, los habitantes temían más de lo que recordaban. El terror, y no la nostalgia, estaba presente. Aunque se empeñaban en recordar, los esfuerzos no eran suficientes y se empecinaban en convencerse de que no había pasado nada. Es esta resistencia a vivir fuera de Neverland. La necesidad de protección y no mirar al otro. Es esta actitud ingenua y patriótica que convierte la vida real en un reality show. Los gringos se creen el centro del mundo porque han expulsado, de la pantalla que enmarca su geografía, al resto del planeta: espectadores, urgidos de nuevas aventuras y pendientes de las miserias "americanas". Nueva York no es el ombligo de la tierra, simplemente es el programa con mayor ratting

Y cuando uno vive aquí es difícil distinguir la realidad de la fantasía, en términos construidos por los norte americanos, porque en esta "realidad" existen cuestiones que desde la butaca uno intuye fantasía. Hace un año presencié por televisión la caída de las torres gemelas. Contemplé el derrumbe no con horror sino con escepticismo (siempre he creído, como mis abuelos, que el hombre no llegó a la luna, sino a un set. ¿Qué más puedo hacer, si únicamente conozco el hecho por video?). Mientras escuchaba los noticiarios y seguí la trama en vivo, traté de imaginar la vivencia. Todo sucedió tan rápido, los ataques fueron tan certeros, tan contundentes que no dejaron evidencia. 

Así son las pesadillas. Yo sentada frente a mi televisor Sony, en mi hogar en la Del Valle, pensé que ya nunca comería en el restaurante del Windows of the World. Inmediatamente me arrepentí de mis pensamientos, pero la imagen era tan seductora que sentí cómo el horror se convertía en placer, como sucede con los juegos de video. Mi cabeza no registró la caída hasta que llegué a ny y no las encontré. Ahora que recorro las calles aledañas, que compro en Century 21st, que me subo al metro y no hay parada en el wtc, que observo las ofrendas, pero sobre todo el agujero, es cuando ese pasado se confirma en mi mente. Este hoyo es un silencio. Paradójicamente, la dimensión de este hecho fue reducida por los medios de comunicación y por los discursos nacionalistas. 

Me resulta irónico que los asesores del presidente no consulten a los mejores guionistas ni directores de cine. Me preocupa que si bien quieren convertir todo en un producto consumible, no realicen estudios de mercado. Nada, ningún libro, ningún programa, ninguna exposición, ningún discurso ni postales serán nunca más evidentes y escalofriantes que el hecho mismo. El agujero de la zona cero es contundente, pero los gringos necesitan más y más, no se percatan que ese exceso caricaturiza sus sentimientos. O quizá sí, y lo aprovechan como una fortaleza.

Las imágenes del 9/11/01 (fecha que en español se lee distinta: 9 de noviembre del 2001) se han repetido incansablemente, lo cual ha desgastado la veracidad y conducido el melodrama. Dudo ya hasta del dolor de los familiares, y me avergüenzo de ello, ninguna prueba confirma su actuación; además, tampoco tengo derecho a dudar de sus sentimientos, ¿o sí? No puedo poner en tela de juicio los caminos del dolor. Y sin embargo pienso que lo que persiguen son los anhelados cinco minutos de fama, la compasión, ser el centro de atención y conquistar América por la tragedia, y si de paso se puede obtener un poco de dinero, mejor. 

Nunca entenderé esta visión de la realidad tan superficial, como si la muerte fuera también ficción y al término de la película, el personaje se acaba y el actor retoma su vida otra vez. Aunque en un examen objetivo, asumo mi procedencia melodramática barroca, los mexicanos también somos sufridos; ellos sufren como ganadores y nosotros como perdedores. Acá no perdonan los chistes (no tienen sentido del humor) y en México condenan al que comercia. Por eso venden su dolor, mientras que del otro lado del río la catarsis es a través de la sorna. La gente vive como si fueran otros individuos, y eso me espanta porque ni aun así, ni creyendo que actúan, ni escogiendo el personaje y su carácter son capaces de entender que es importante el otro. 

Pero esta soberbia gringa es alimentada por la envidia y el deseo de nosotros, quienes quisiéramos radicar aquí, disfrutar del american way of life (con cigarrillos baratos, por favor) y creer que conquistamos la galaxia (y quien no, que aviente la primera piedra). Me enoja comparar, me molesta decir que tienen una mejor vida, que ganan más, que la gente es menos corrupta, que tienen oportunidades, que son tres gramos más justos. Me enfurece decir que aquí un cajero de K Mart tiene seguro social y si bien no vive en la opulencia, tiene una vida decorosa y le alcanza para arreglarse los dientes. Me caga pensar en que aquí los proyectos están mejor estructurados y planeados (aunque con más excepciones de lo que allá en México creemos). Odio decir que son profesionales, y me justifico diciendo que se toman la vida muy en serio, aunque parezca una contradicción, porque no viven la vida sino una película; pero ese filme tiene la mejor producción, quizás el guionista sea cursi, pero ¡a quién diablos le importa!, el sentimentalismo reditúa, es una inversión grande que garantiza el uso de tecnología, una buena escenografía y un buen casting. Saben que cada minuto de rodaje es muy caro, por eso no repiten, los actores han memorizado las líneas. Son buenos muchachos. Quieren que sus películas salgan sin errores, que sean un éxito en taquilla... y lo consiguen. 

Y todos esperaban la oportunidad y el estrellato, el 9/11 fue la plataforma, el foro de lanzamiento. La secuencia que el mundo esperaba se empezó a rodar sin ensayos. El director llegó tarde, pero los actores destinados a la fama, no. Aunque muchos extras no estaban seguros si querían aparecer o no. Los contratos de exclusividad tienen sus contras. Nadie pudo rechazar la oferta. Aun los que permanecieron en casa o en sus oficinas, los que optaron (a pesar de las críticas) por ir al teatro (ya no digamos a los actores, a quienes se les calificó de frívolos), los que salieron a beber con amigos, los que se rehusaron a participar, estos personajes eran también necesarios para equilibrar el ambiente. Los malos son imprescindibles. Pero eso sucedió en el rodaje.

La cartelera de eventos del 9/11 fue impresionante, contó con un elenco estelar. Fue más importante el regodeo con el dolor, que la reflexión. "América" siempre mira al futuro. Por eso, en el clímax del espectáculo, el alcalde actual, Julliani, Kofi y los 91 mandatarios asistentes a la reunión general de Naciones Unidas (la cual, por cierto, mañana empieza, y en la cual se discutirá sobre el posible ataque a Irak), junto con los hijos de las víctimas (un casting de primera), encendieron la Eternal Flame, en Battery Park, con una de las escenografías más glamorosas: la trendísima Tribeca. Claro, el guionista sabe cómo manipular al público. Ahí los asistentes (yo, gracias a dios, me fui antes) llevaban una vela para encenderla como símbolo de la libertad mundial (o sea la americana a costa de las demás). Nada mejor que una orquesta sinfónica de fondo, espectadores con banderas en diferentes presentaciones: mascadas, gorras, pins, camisas, faldas, bolsas, tenis, calzones, suéteres... y el río Hudson. La flama mirando hacia el horizonte, apuntando hacia la estatua de la libertad. Y un gesto de It's still hurting us en la nariz. Fade out

Cada barrio recordó —o festejó— a su manera (me hubiera gustado saber cómo sucedió el día en el barrio árabe de Queens). La conmemoración debía ser representativa y ejemplo de la pluralidad y del multiculturalismo. Tenía la obligación de subrayar la democracia y la justicia, experimentadas no sólo en esta ciudad sino en la "nación americana". No hubo descuidos en el argumento. Se reunieron en una ceremonia representantes de cinco religiones distintas, marcharon cinco bandas distintas provenientes de los condados, con gaitas y tambores (ahora sí muy irlandeses, ¿no?). Por eso, se montaron ofrendas y altares en los parques. Por eso en Little Italy hubo un parade. Por eso China Town inició actividades después del medio día. Por eso, aprovechando el momento, algunos artistas visuales presentaron sus reflexiones acerca de la desgracia, y los más listos hasta crearon una instalación ex profeso. Pocos espacios se aprovecharon para discutir o reflexionar. No se trataba de eso, sino de sufrir y hacer llorar al auditorio. No importa el medio. 

Me atrevo a señalar algunos títulos de exposiciones, que legitimaron la veracidad del dolor tecnologizado (ese prefabricado de acuerdo y en cumplimiento cabal de todas las últimas investigaciones biológicas, físicas, psiquiátricas, sociales y etcétera, que debe de contener) que ha suplantado al dolor de "adevis"; el cual, por desgracia, no resulta tan creíble ni tan bonito en la pantalla. 

Es imposible enumerar las actividades realizadas para conmemorar la desgracia. De los cientos de entrevistados sólo el padre de un bombero muerto, arremetió: "Esto no es una celebración". Aunque con los años se convertirá en tal, quizás en un Holiday, en una fiesta nacional tan sentida como el Halloween. Los productores del reality show New York, New York han trabajado duro para no perder auditorio, y lo han conseguido. Esta ciudad, aparentemente, está más fuerte que nunca. Y es que nyc es invencible, aunque haya perdido a sus guerreros gemelos en la punta de la isla. 

He aprendido a fiarme de las personas que poco hablan del 11 de septiembre, no tiene caso, su silencio dice más. Este silencio los aterra. Ninguna imagen, ninguna palabra es más contundente que el agujero en la Ground Zero. Este hoyo indescriptible confirma la ausencia. La visión de la zona cero comprueba la realidad (nunca pensé que la realidad tuviera que comprarse a sí misma). Trato de imaginar cada avionazo, el rechinido del fuego, los gritos, las pisadas en las escaleras, los empujones, los timbres de los elevadores, el sonido de 110 pisos cayendo en dos ocasiones, y presiento las toneladas de polvo correteando a los transeúntes, el olor a muerto, el calor y el pánico. Trato de recordar lo que no viví, de recordar a los doctores que esperaban heridos en los hospitales sin que llegara uno solo, a los que se despidieron por internet o por celular. Trato de recordar lo que supongo el terror y esos recuerdos que aún no han sido tocados por la mano divina de la mediatización ni del gobierno, y entonces miro a los neoyorquinos caminar no altivos sino orgullosos de su ciudad, los observo heridos pero sordos. A pesar de que por doquier la vista se topa con las palabras reflect, rebuilt, remember, renew... lo que menos ha existido es la reflexión. Se habla de lo que se construirá en el área, de que los culpables pagarán la ofensa. Nadie acepta la responsabilidad, unos cuantos intuyen el por qué, pero prefieren callarlo, es más cómodo, menos peligroso. Los menos, con dignidad e inteligencia, asumen su historia y conminan al resto a la toma de conciencia, a mirar con otros ojos, tarea ardua simplemente porque la mayoría niega la historia. 

El pasado está demasiado lejos como para afectar el futuro, el presente es consecuencia del presente, actúa hacia delante, no acepta apelaciones. Por eso de nada sirven los conciertos en el Central Park con Billy Joel como estrella, las mesas redondas en el met, los videos en The Kitchen, los desplegados en el New York Times, los artículos de fondo, las conferencias en las universidades, las marchas ni las flores ni las fotos, ni las firmas, ni las velas encendidas, ni el silencio. No sirven porque en una ciudad donde el anonimato es una de las frustraciones más evidentes (para mí, una cualidad), el sufrir y participar en las actividades del 9/11 ofrece la oportunidad de tener nombre y apellido aunque sea por un instante. Entonces uno se enfrenta con notas como "Los bebés que salvaron a sus padres de morir", reportaje del New York Post sobre los niños que nacieron ese día y sus papás faltaron a sus trabajos en las Twin Towers; o la historia de una mujer que fue fotografiada empanizada por el polvo (imagen escalofriante), quien subastará el traje sastre que vestía aquel día; o la puntada de un sobreviviente quien cobra 911 dólares. Parecen bromas, y sólo son acciones de mal gusto. 

Pero las desgracias también tientan al diablo; la avaricia aprovecha el momento: no faltan los robos (como el de las 15 toneladas de metas, algunas semanas después del ataque) ni la comercialización (no mal vista) en ChinaTown, donde se vendieron reproducciones de las torres con el material de las originales y bolsitas con ceniza. Por supuesto estos productos se agotaron de inmediato. Cuentan que aquel día también se agotaron las postales del wtc y los rollos de cámara. La gente salió a capturar "la historia". Una de las fotografías más impactantes y difundidas fue tomada por un jovencito, quien después de venderla sintió remordimiento, pero se consoló con las palabras de su padre: "Era tu deber". Ese impulso colectivo de tomar fotos, hoy ha fructificado en distintos libros como Here is New York o en folletines que se venden en la zona cero y en el Battery Park. 

Quisiera creer que cada persona vive un duelo distinto. Que el dolor y la tristeza no tienen formas específicas de uso, de trato ni de cura. Que los familiares de los muertos sí los extrañan. Cierro los ojos y vuelvo a mirar a la gente anónima en la iglesia de San Patricio encendiendo veladoras y respiro aliviada; pero pronto una voz femenina en la televisión derrumba mi fantasía. Me esfuerzo por imaginar alguna escena que me parezca humana, ya no emotiva, sino humana, y la voz de esa mujer exigiendo más dinero al gobierno por la pérdida de su hijo bajo el argumento de que un "hijo es irrecuperable, las que perdieron a sus esposos pueden conseguirse otro", hacen que comprenda por qué ganó Bush las elecciones.

Los más sensatos —y los más conscientes— no acudieron a las actividades "aunque fueran gratis y espectaculares". Ellos, como algunos de mis amigos, fueron a trabajar normalmente y permanecieron en silencio. Todavía sienten miedo y saben que deben seguir temiendo. Han entendido que New York, New York ya no es el mismo. Son los que empiezan a ver la ciudad chiquita, los que quieren viajar y conocer; los que no viven en la capital del mundo, sino simplemente en Nueva York. Por desgracia son muy pocos, la mayoría es soberbia y les gusta el reality show que actúan. Muchos no votaron por Bush, no importa, están convencidos de su inocencia y superioridad. Su gran cosmopolitismo se constriñe en una isla llamada Manhattan; su mundo, a un país y su dolor, al melodrama. Nueva York es la capital del mundo, por eso hay que construir del 11 de septiembre una fecha que determine la historia, hay que aprovechar los testimonios, las anécdotas, las imágenes y pagarlos bien. Hay que hacer un negocio, sobre todo hay que producir una realidad cada vez más parecida a la fantasía, sólo así se recuperará la confianza de los estadunidenses.

 
 
 
 
 
 
 
 
   
El miércoles 11 de septiembre fue un día muy largo e intenso. Un día con un sol brillante y con mucho viento —dicen que eran los fantasmas, yo lo creo—, clima perfecto para realzar las emociones. Un día que para unos empezó hace un año, para otros ha durado lo que su película fotográfica le ha permitido; para algunos más serán parte de las vacaciones, otros sentiremos que hemos vivido hechos históricos —no la realidad, esa la vive cualquiera—; nosotros, los privilegiados, vivimos la historia. 

* * *

Por fin es viernes, es un día soleado. En las calles los trabajos de reconstrucción y remozamiento nunca terminan. En el Soho los chinos atienden una larga fila que requiere de sus servicios de masajistas; en Little Italy las mesas están llenas; en las tiendas, la gente compra y compra. El Time Out está over sold, es fin de semana y hay mucho por hacer. Yo también estoy agotada, eso de vivir la historia es muy estresante, para tranquilizarme visitaré el met, me beberé un trago en el roof para disfrutar la vista idílica del Central Park y las luces de Manhattan; después me reuniré con unos amigos para ir a cenar o a algún bar. Pero aun ahí, en ese bar desconocido, mientras beba un martini de manzana (la especialidad de la casa), el sonido del derrumbe de las torres estará presente, sé que escucharé el eco; lo que ignoro es que si los otros lo escucharán igual que yo.•  

*Miriam Mabel Martínez (ciudad de México, 1971) ha sido becaria en dos ocasiones del Centro Mexicano de Escritores. Recientemente lo fue del Fonca en la categoría de Jóvenes Creadores, en el género de cuento. Está por aparecer su primera novela.