Una interpretación energética sobre la transición
*Rafael Montesinos 
Así como nunca podemos conocer realmente la realidad, no podemos conocer nunca realmente la potencialidad real de la energía. Siempre debemos operar sobre la base de las ideas que tengamos acerca de la realidad, y estas ideas se construyen por la cultura y la experiencia. En toda relación, cada actor tiene sus propias ideas, su propia potencialidad cultural, acerca de la situación. 

Adams, 1983 

El planteamiento general

Una interpretación energética de cualquier transición es un reto que, sin duda, pondrá a prueba los instrumentos analíticos del investigador así como a la consistencia de su esquema metodológico. Como todo cambio social supone un objeto de estudio profundamente complejo y, por tanto, de difícil comprensión. En ese sentido, quizás, la forma más "práctica" de resolver un problema de este tipo, sea elegir algún aspecto de la realidad social para que funja como eje expositor de un objeto de estudio que es captado en el periodo que definimos como transición. 

Salta el primer punto a aclarar, puesto que se supone a la realidad social como un objeto analítico en constante cambio. Pero ¿cómo distinguir entre la esencia cambiante de la sociedad y un proceso societal al que denominamos transición? Esto es, un cambio diferente al que ocurre permanentemente en el proceso social. Además, la pretensión de un análisis energético de la realidad social exige establecer las relaciones existentes entre los ámbitos societales más importantes, el político, el económico y el sociocultural. De tal manera que el referente más ilustrativo para ubicar las implicaciones de un enfoque de esta naturaleza sea la idea de Lévi-Strauss, en cuanto al conjunto de estructuras estructurantes que dan cuenta del orden social, pues al suponer la transformación de una de éstas es obligado esperar cierta influencia, cuando menos, en alguna otra. El encadenamiento de un proceso de cambio como éste, es decir, mediante el cual las estructuras de la sociedad se transforman, alude, según mi interpretación, a reconocer un periodo en el que se registra el cambio global de la sociedad. A ese periodo en el cual cambian las estructuras lo podemos identificar como transición. 

La transformación de las estructuras no es simultánea, sino asimétrica. Esto exige reconocer, primero, a la estructura social que inicia la transformación, o segundo, la que predomina en el cambio integral de la sociedad. Visto de esta forma, los retos de una interpretación energética de la transición, nos obliga a relacionar las estructuras más importantes que sustentan a una sociedad determinada. Quizá valdría la pena considerar que, en todo caso, si bien es cierto que el cambio social alude a un proceso societal muy complejo, su misma dinámica, esto es, la red de la expansión humana a la que se refiere Adams, propicia que dicho proceso se complejice poco a poco, situación que no necesariamente conduce a una sociedad a iniciar una transición, esto es, una clara transformación de sus principales estructuras, sino a un proceso "natural" que al caracterizarse por un permanente cambio llegará al momento en el cual las estructuras cambien tanto que, en efecto, se registre una clara transformación de las mismas. En ese sentido, la transición es un proceso inherente al desarrollo de la sociedad, de la evolución misma de la humanidad. El problema será, entonces, reconocer bajo qué circunstancias la transición implica crisis parcial o global de la sociedad. 

Por lo que toca a la pretensión de dar forma a una interpretación energética de la transición, será pertinente establecer algunas implicaciones básicas respecto al papel que jugará la energía dentro del modelo analítico. Situarnos en el contexto social sin percatarnos que tomamos como instrumento analítico un esquema que capta como ley general los procesos físicos (naturales), diluirá la posibilidad de servirnos de la metáfora que representa la interpretación energética de la realidad social. La característica del modelo energético es, básicamente, el intercambio entre el sistema y el ambiente; además ese intercambio, explicado a través de la segunda ley de la termodinámica, es la energía que fluye de uno a otro y viceversa. Esto quiere decir que todos los aspectos de las relaciones sociales, sus productos materiales y simbólicos, pueden ser considerados como energía. Adams señala: 

Una suposición importante al respecto es que todo lo que tratamos tiene la calidad de energía. Es decir, se rige por la primera y la segunda ley de la termodinámica. Ya sea que tratemos con madera como combustible, o con sonidos del habla, o con la conversión nutritiva de los alimentos, o con tocados de plumas, símbolo de fuerza ritual, todos los elementos involucrados se conforman a estas leyes (Adams, 1978, p. 30). 
Así tenemos que las vinculaciones entre los tres principales ámbitos de la sociedad se traducen a partir de la vinculación energética, la transformación de la energía. A manera de ejemplos podríamos pensar que la expresión política de contradicciones económicas alude a un proceso de transformación de energía mediante el cual observamos intercambios entre el sistema político y el económico. Siguiendo lo expuesto, tendríamos que todo es cuestión de identificar al ámbito societal que se ha elegido coyunturalmente como sistema, dejando al resto del sistema social como parte del ambiente. La relación la ciframos a partir del interés en destacar cierto aspecto de la realidad social. 

Si manejamos como premisa que el rumbo de la transición mexicana ha sido definido por el poder empresarial, esa cuestión abstracta a la que nos referimos cuando decimos poder representa en el modelo analítico a la energía. En todo caso, el problema se sitúa en descubrir las fuentes de esa energía, así como captar el proceso de transformación que corren del origen de las fuentes hasta manifestarse, siquiera simbólicamente, como poder. Adams señala que la información representa a la energía, así como al proceso de transformación: 

Lo que se olvida en ocasiones es que, en el sistema cultural humano, los flujos de energía transportan siempre información... En sentido técnico, el flujo de información (es decir, la comunicación) se refiere... al movimiento de los marcadores energéticos en el espacio o el tiempo. No es diferente de ningún otro flujo energético. Sin embargo, esta transferencia de información ha sido confundida con la transferencia de significado (Adams, 1983, p. 133). 

En ese mismo sentido apuntan las interpretaciones que hacen sobre la relación entre el poder y la información autores de la calidad analítica de Balandier y Luhmann. En general, el manejo moderno de la información establece como uno de los principales indicadores de la evolución humana a la complejidad progresiva de sus estructuras. La información constituye una parte fundamental en la construcción del análisis sistémico que guía al espíritu metodológico de esta investigación. 

Para Balandier, por ejemplo: 

El objetivo de todo poder es el de no mantenerse ni gracias a la dominación brutal ni basándose en la sola justificación racional. Para ello, no existe ni se conserva sino por la transposición, por la producción de imágenes, por la manipulación de símbolos y su ordenamiento en un cuadro ceremonial. Estas operaciones se llevan a cabo de acuerdo con modelos variables y combinados de presentación de la sociedad y de legitimación de las posiciones gobernantes (Balandier, 1994, p. 19). 

La proyección de las imágenes acontece por conducto de los medios de comunicación que en el contexto de la sociedad contemporánea refleja la complejidad de la misma. El ejercicio del poder queda supeditado al manejo de la información, instrumento que se disputan los actores sociales que compiten por el poder. La manipulación de los símbolos sólo es posible mediante el discurso vertido a los medios de difusión en forma de información. Se puede afirmar que los actores sociales excluidos del poder representan a sectores que se han queda sin discurso, y por tanto sin una interpretación de la realidad social en la que se desenvuelven. 

Aunque también la incapacidad o el deterioro del poder de las elites gobernantes se esconde en discursos que presentan a la sociedad soluciones a los diferentes aspectos de la crisis que caracteriza a sociedades como la nuestra. Los medios de difusión, es decir el manejo de la información, permiten a los gobernantes exaltar valores históricos compartidos por la nación, para ganar el compromiso y la unidad en situaciones de crisis económica o política que ponen en entredicho al régimen. 
Luhmann también considera a la comunicación como el factor determinante que permite la reproducción de los sistemas sociales. En la información se expresan las reacciones sociales, las estrategias de los diferentes actores, se expresan sus programas políticos, es decir, toma forma el escenario político. Por ejemplo, refiriéndose a la escritura, que representa una de las principales formas de comunicación, le adscribe el mérito de ser el instrumento básico para generar las redes de poder burocrático (Luhmann, 1995, p. 11). La comunicación tiene la capacidad de simplificar, y por tanto también de manipular, la "realidad". A partir de la información, del discurso, se proyecta un futuro alentador ante un escenario presente marcado por la desesperanza y la falta de credibilidad. La información vertida desde el poder intenta controlar los embates del ambiente en la subjetividad de los miembros del sistema. Con el discurso las elites intentan hacer predominar su interpretación respecto al cambio social, haciendo explícita su capacidad para enfrentar las crisis o futuros contingentes que se presenten en cualquiera de los principales ámbitos de la vida social. Se trata de mantener con una ofensiva informática la confianza en las elites para garantizar la reproducción del orden establecido. 

La transición de una sociedad se juega dentro de las márgenes del cambio social, pero sobre todo dentro del objetivo de la permanencia. De ahí que los intercambios intra y extrasocietales adquieran relevancia en la interpretación energética. En la lógica de un proceso de transformación de la energía en el cual advertimos el efecto de la economía sobre la política, de ésta sobre la cultura (viceversa), etcétera, el intercambio entre las partes del sistema societal, entre éste y su ambiente, marca el cambio permanente que caracteriza a la realidad social. Dicho proceso representa los niveles de evolución de la humanidad que plantea como proyecto universal la persistencia (a diferencia de los sistemas biológicos). Al respecto Adams menciona: "La estructura disipativaes, por tanto, una estructura organizada, que contiene en sí misma los elementos necesarios para mantenerse durante cierto periodo de tiempo" (Adams, 1978, p. 41). 

Estamos ante una interpretación acerca del proceso social en el cual además de confirmar la importancia de la permanencia en cierto periodo, sólo así podemos reconocer la transición de unas estructuras que han prevalecido durante un tiempo determinado. Por otra parte, lo referente a la estructura organizada sugiere, a nivel de metáfora, la relación existente entre un conjunto de estructuras que dan cuenta de un orden establecido. La proximidad con el concepto de formación social de las interpretaciones marxistas se debe a que una forma de organización de las estructuras permite, precisamente, reconocer en el tiempo la permanencia de las estructuras que conforman a la formación social o al modo de producción, en un lapso de la historia. 

El problema metodológico inicial queda definido. El primer paso en la estrategia analítica será, entonces, reconocer las características anteriores al contexto (la transición) en el que se sitúa nuestro objeto de estudio (el poder empresarial). Sin este paso sería imposible reconocer qué está cambiando. Tal distinción permitirá ubicar los tiempos en que ubicamos el proceso de transición como cambio general de la sociedad, a la vez que las relaciones entre las estructuras que la conforman. Se trata de captar el carácter homeostático del proceso societal, como lo señala Adams: "En el transcurso de su existencia las estructuras disipativas manifestarán alguna condición homeostática, o sea un estado constante. Este puede variar en cuanto a su duración, pero en los sistemas vivos tiene que durar, desde luego, el tiempo necesario para su reproducción" (Adams, 1978, p. 43). 

Así queda confirmada la necesidad de identificar los elementos materiales y simbólicos que permiten afirmar que unas estructuras han permanecido en cierto periodo, lo mismo que reconocer que una transición no supone un proceso de creación de estructuras que borre toda huella de lo anterior sino, como lo siguiere Touraine, reconocerla como un proceso de avance y retroceso mediante el cual lo viejo aparezca recompuesto como parte de un conjunto de elementos novedosos que dan cuenta de la transformación social. 

En ese mismo sentido Balandier sostiene que: 

El orden y el desorden de la sociedad son, como el anverso y el reverso de una moneda, indisociables. Dos aspectos ligados, de los que al sentido común uno se le antoja la figura inversa del otro. Pero la inversión del orden no es su derrocamiento, sino que los constituye, y puede ser empleada para reforzarlo. La inversión hace orden del desorden, de igual forma que el sacrificio hace vida de la muerte y la "ley" a partir de la misma violencia que la operación simbólica viene a aplacar (Balandier, 1994, p. 77). 

En esta interpretación, que no necesariamente comulga con la energética, advertimos cómo el cambio social, su radicalización, adquiere forma a través de la transformación de las estructuras, supone el desorden de lo establecido, situación que en esta perspectiva genera condiciones para la reproducción de un nuevo orden. Esta relación dialéctica es la que aparece captada a través de un modelo de análisis energético a la Adams, o sistémico como en el caso de Deutsh, Easton y Luhmann. Las estructuras anteriores a la transición aparecen como lo viejo que ha prevalecido en el tiempo, como prácticas sociales que dan forma al orden establecido; las estructuras emergentes constituyen lo nuevo, lo moderno, que en su consolidación aparecen como un escenario catártico hasta entrar en un periodo de equilibrio, por tanto de orden. El carácter de la homeóstasis garantiza la permanencia del proceso societal. 

La interpretación energética de los sistemas sociales nos hace atender los insumos que garantizaran la reproducción permanente del sistema, el proceso homeostático mediante el cual se regulan los intercambios con su ambiente. Es pertinente comprender que un orden determinado, esto es una forma de articulación de las estructuras, requiere de cierto volumen de energía para permanecer en el tiempo. De manera que el registro de un incremento superior al necesario para permanecer en condiciones normales provocará que una estructura, o el conjunto de ellas, avance hacia una nueva forma espacio-temporal (Adams, 1978, p. 54). Por ejemplo, es el caso de una actividad económica que se ve favorecida por cuestiones ínter o extrasocietales, permitiendo a esa sociedad avanzar a una etapa superior del desarrollo; viceversa, una crisis económica también puede significar un retroceso en el desarrollo económico. Los efectos político-culturales que de ello se desprendan generarán nuevas prácticas políticas que antes no se presentaban. La asimetría del cambio social y sus expresiones particulares en el contexto de la transición se presentan como una transformación desigual de las estructuras de una sociedad. Mientras, en nuestro ejemplo, las estructuras económicas entran en un retroceso al verse afectadas temporalmente, las estructuras político-culturales registran un avance en la evolución de la humanidad, al abrir nuevas opciones a la participación política de la sociedad. Esto se puede apreciar, sobre todo, en sociedades como las nuestras que ven truncado su desarrollo económico, pero que registran una politización progresiva de los sectores más afectados por la crisis. 
<>Se trata de un proceso mediante el cual se crean condiciones materiales y simbólicas de ruptura de los límites que nos permitieron captar la permanencia de estructuras y prácticas sociales anteriores. El incremento de la energía que fluye al sistema es lo que impone condiciones cada vez más complejas de la realidad social. En esta situación lo que se pone a prueba es la capacidad del sistema para adaptarse a las nuevas condiciones societales, la capacidad para controlar los incrementos del insumo y guiar el proceso hacia una etapa de evolución mayor, a partir de la persistencia de las mismas estructuras. De darse así, el proceso se advertirá como parte de la evolución regular de la organización social que avanza a una etapa superior de desarrollo más que como un proceso conflictivo en el que se ponen a prueba las capacidades energéticas del sistema. En un contexto de incremento de la energía que se transforma, de los insumos que toma el sistema, se pone a prueba su capacidad homeostática, pues ahí tendrá que demostrarse que una sociedad, así como el hombre en su ambiente, puede adaptarse a nuevas condiciones. Para lo cual tendrá que dar paso a la creación de nuevas estructuras que permitan la captación de mayor energía, potenciando así su evolución, sin evitarla ni retardarla. 

Al referirse a la crisis política de las sociedades posindustriales, Roger Benjamin encuentra que ésta obedece a la incapacidad de esas sociedades para adaptarse a las nuevas exigencias y prácticas políticas de los actores sociales (Benjamin, 1991). El autor destaca la incapacidad de las instituciones sociales, esto es de las estructuras estructurantes, para responder a la nueva realidad social. Este fenómeno de contradicción entre el gobierno y la sociedad bien puede ser tratado a partir del fenómeno de la homeóstasis, de tal manera que en ese caso habría de ser interpretado como un momento en que la capacidad homeostática no está respondiendo de la misma forma en que se incrementa el flujo de los insumos; como un momento en que el sistema social no tiene la capacidad de controlar su relación con el ambiente. 

El caso de la transición latinoamericana en general, y la mexicana en particular, ya no nos remite a escenarios abstractos sino a unos materializados por la práctica política de sus elites gobernantes que se ven incapacitadas para controlar las transformaciones del ambiente. Para Adams: 

Este proceso básico se manifiesta en una variedad de mecanismos, cada uno de los cuales por sí mismo, y todos ellos colectivamente, sirven para trasladar los modos de concentración de poder a los niveles superiores. Esto se logra sobre todo mediante el trabajo de intermediarios, la explotación de los centros de control en los niveles inferiores y la expropiación efectiva de dichos controles, trasladándolos a dominios que se encuentran más directamente bajo el poder de los detentadores de poder en los niveles superiores (Adams, 1978, p. 137). 

La cuestión del proceso energético que permite la estabilidad de un conjunto de estructuras durante un periodo, independiente al cambio constante de la realidad social, es posible gracias a las estructuras de poder que controlan los intercambios con el ambiente. La transición entendida como un proceso probablemente conflictivo en la medida que el sistema toma del ambiente mayor cantidad de energía, o por cambios registrados en este último, puede ser analizada a partir de los flujos del poder. De los desequilibrios o equilibrios del poder dependerá el control de la transición, de un cambio inesperado para la dinámica de las estructuras mostrada en el periodo anterior. Por lo tanto, la crítica al modelo de Luhmann, respecto a que su lógica dependía de la lógica sistémica, tendrá que ser planteada en términos del papel que juegan los actores sociales, que de manera más precisa va a ser captada a través del concepto de unidad de operación. 

Este concepto permitirá dar seguimiento a las diferentes interacciones que los actores sociales desempeñan en el universo sistémico, ya sea en la política, la economía o la cultura. Su paso en el contexto social reflejará de manera nítida el proceso energético mediante el cual la energía se va transformando hasta llegar el momento en que el poder se manifieste en la capacidad de un actor o grupo social para influir en el sentido y forma que toman las estructuras o el rumbo de la transición. La permanencia de las elites de poder dependerá, entonces, de la capacidad que tengan para adaptarse a las nuevas condiciones del ambiente. La crisis entendida como el momento de la transición en que las estructuras se desarticulan, o en ocasiones se contradicen, representará la incapacidad del sistema para controlar la expresión desordenada de la evolución social, que aun permitiendo la permanencia de ciertas estructuras o prácticas sociales proyecta un escenario caótico en relación al orden que prevaleció en el periodo anterior.

La complejidad de la realidad social va acompañada de la evolución de la humanidad que en su proceso societal se va desarrollando. Sin duda el cambio de las estructuras influye inevitablemente en las estructuras de poder que también se van transformando. Por ejemplo, es posible pensar a la complejidad progresiva de la sociedad en la medida que la expansión de la red humana se manifiesta verticalmente, esto es, con la adición de niveles superiores de concentración de poder, a niveles superiores de integración (Adams, 1978, p. 153). El poder, que en todo caso significa el control del ambiente, queda ante una situación en la cual requiere refrendar su capacidad de adaptación, de mantenerse independientemente de que su estructura se hubiese expandido, pues al mismo tiempo refleja la transformación que ha sufrido el insumo regular de energía. 

Por ejemplo, cuando Adams se refiere a las manifestaciones de este proceso en el ámbito internacional, dice: 

Resulta indudable que en la actualidad varias naciones del mundo se encaminan hacia la formación de bloques para poder defenderse y desarrollarse mejor en la comunidad de naciones. Esto no es más que el resultado del continuo proceso de expansión vertical que se inició con el surgimiento de las jefaturas (Adams, 1978, p. 179). 

Esta idea refrenda el carácter del cambio social asociado a la expansión vertical de las estructuras de poder, esto es, a procesos de complejización de la realidad social. 

La transición como un proceso societal inigualablemente complejo tendría que ser discutido a la luz de un sin fin de perspectivas analíticas. En este caso hacerlo a través de su aproximación con la modernidad es insoslayable, pues tanto ese fenómeno como el de la transición van marcados por dos procesos de alto interés para las ciencias sociales: la modernización económica y la democratización. Como es fácil interpretar, se trata de dos temas fundamentales para discutir la transición mexicana. En ese sentido van dirigidas las siguientes líneas. 

Modernidad, transición y viceversa

Así como en los últimos años se ha venido discutiendo el sentido de la modernidad al final del siglo XX, la caída del Muro de Berlín y la caída de las dictaduras militares que instauraron en América Latina el proyecto neoliberal en los setenta colocan a la transición como uno de los principales problemas que las ciencias sociales están intentando resolver. 
<>El primer aspecto a tratar es establecer las diferencias o semejanzas entre la modernidad y la transición de sociedades como la nuestra. Es preciso establecer que la primera representa el primer proyecto universal que intentó guiar a la humanidad en la construcción de formas de organización social que tomaran como banderas los principios heredados por la Ilustración: libertad, igualdad y fraternidad (Touraine, 1994, p. 24). La modernidad constituye un paradigma a seguir por toda aquella sociedad que se jacte de "moderna". La lucha que retoma esos principios resumen los esfuerzos de la humanidad para eliminar las deformaciones de sistemas esencialmente autoritarios que adolecían de instrumentos sociales que de manera progresiva erradicaran las injusticias del ancien regimen. Por esa causa hoy se eleva una consigna que cuestiona el avance de la modernidad, esto es ¿el avance de este proyecto ha beneficiado a la humanidad? ¿O habremos de reconocer que la modernidad queda hoy representada por una diversidad en los niveles de desarrollo de los sistemas sociales que conforman a la comunidad internacional? Cómo resolver el hecho que la razón aparezca en forma de estupidez (Gluckmann, 1988) cuando confirmamos que el hombre para el hombre es lobo. Es más fácil advertir los peligros que ha constituido la razón como expresión del conocimiento, que cada vez se vuelca más en contra de la integridad de la humanidad que como un conocimiento que resguarde y eleve la condición humana. 

Sin embargo la idea de progreso como ideal de la modernidad se ha materializado, grosso modo, en las formas materiales y simbólicas de desarrollo de las sociedades que hoy llamamos del primer mundo. Ahí tenemos algunos ejemplos de cómo la razón puede ser utilizada para beneficio de la comunidad, a veces en lo económico, político o socio-cultural. Ya sea al evaluar los beneficios que promueve la actividad económica, los beneficios que la institucionalidad deja para los intereses de la sociedad, o las garantías existentes para la reproducción de expresiones culturales. Pero tendremos que reconocer que la modernidad como un ideal universal se ha fracturado, como lo sugiere Touraine, y que por ello se encuentra en una etapa procesual inconclusa.

La modernidad emerge al final del siglo XX como un catalizador para evaluar cómo las sociedades contemporáneas avanzan en el sentido que supone la razón. En el caso de los países desarrollados el desafío que enfrentan los sistemas políticos es, además de resolver las necesidades de la sociedad, garantizar que sus intereses sean permanentemente considerados en las decisiones que afectan el rumbo de cada sociedad. Ese tipo de críticas está presente en los estudiosos de la posmodernidad y la etapa posindustrial o programada (Benjamin, 1991). Los primeros trabajan, grosso modo, cómo la fractura provoca el desencanto de la modernidad, conforme la sociedad va advirtiendo las falacias de la democracia y la desigualdad en las oportunidades de reproducción material. Los segundos han dirigido más sus análisis a desentrañar las tendencias del desarrollo y la institucionalidad, que también sugieren el fracaso de los intentos por instaurar un sistema social apegado a la herencia de la Ilustración.3 Se trata, en los dos casos, de un esfuerzo por comprender cómo el continuum histórico, la materialización del proceso societal, viene complicando el ascenso a una modernidad más real que ideal. 

Se puede sostener que conforme la modernidad representa el paradigma de la humanidad se pueden establecer comparaciones entre los elementos que impiden el avance o retroceso de países como los nuestros o los del primer mundo. Establecer la comparación en términos de desarrollo o subdesarrollo, en una perspectiva integral, supone reconocer que los países desarrollados se aproximan más al ideal de la modernidad; por ello constituyen modelos a seguir para sociedades como las nuestras. Dicho de esta forma, cabría establecer una relación entre modernidad y transición. La primera encuentra en la segunda su expresión, independientemente que la materialización del proceso societal, esto es, la expresión histórica de las relaciones sociales de una sociedad determinada, reproduzca las prácticas sociales que la modernidad supone erradicar, por ejemplo el autoritarismo, o se acerque a los ideales de ésta, sea por ejemplo el compromiso con la democracia y la solidaridad. 

Lo importante del paradigma de la modernidad es que ofrece, en el marco del desencanto, tanto a los países industrializados como a los semi-industrializados la idea de un futuro mejor, de un futuro que promete certidumbre y que, por tanto, combata el desencanto colectivo e individual. Esta relación entre el imaginario de una sociedad en proceso de cambio social y la instrumentación de decisiones que modifiquen las tendencias manifiestas hasta el presente es lo que se aproxima a una de las caracterizaciones que Touraine hace sobre la modernidad, cuando se refiere a la esperanza como una de sus mejores expresiones en el campo de la subjetividad. 

Así, la modernidad aparece como el enlace entre pasado-presente-futuro. Las crisis sociales o los límites económicos y políticos de un sistema social son tierra fértil para los actores políticos que ven en el futuro un instrumento para dar forma a ofertas políticas que garanticen los consensos requeridos para fortalecer su posición. La relación convencional tradición-modernidad, donde el presente aparece como un tiempo que es posible distinguir del pasado, de un tiempo renovado, se hace más compleja cuando establecemos la relación temporal entre presente y futuro. El presente se expresa como una modernidad atrofiada, mientras el futuro promete una nueva posibilidad histórica de reencuentro, de rectificación de un camino que no conduce a etapas estructuradas por una razón que garantizará la libertad, igualdad y fraternidad. El futuro se presenta como una salida a la crisis societal que ha provocado la concreción histórica de la modernidad. 

La afirmación de Touraine acerca de la modernidad como un proceso en el que se advierten avances y retrocesos apunta a imbricar relaciones sociales, económicas, políticas y culturales, que aparecen renovadas en el presente o imaginadas de manera diferente en el futuro. Es entonces la articulación temporal que representa la modernidad, pues como señala este autor no se trata de una ruptura sino de una integración de los tiempos sociales: 

La modernización exige rupturas, pero también continuidad. Si la discontinuidad es total significa que la modernización proviene enteramente desde afuera, por la conquista, y entonces es mejor hablar de colonización o de dependencia y no de modernidad. En cambio, si la continuidad es completa, lo mismo no se convierte en lo otro, sino que queda inmóvil y se adapta cada vez peor a un ambiente cambiante (Touraine, 1994, p. 310). 

Aquí tenemos una interpretación que sin proponérselo ni circunscribirse en el marco del análisis sistémico nos remite al carácter homeostático que al tomar energía del ambiente no destruye la estructura prevaleciente sino entra en un proceso de recomposición, mediante el cual prevalecen elementos de estructuras anteriores que se funden con las nuevas. 

La relación entre modernidad y transición es entre lo ideal y lo concreto, como lo sugiere Godelier al referirse a la vinculación entre las estructuras materiales y simbólicas de la sociedad (Godelier, 1989). La imagen coincide, quizás, con la concreción de la modernidad a partir del proceso de racionalidad que permite, por ejemplo, la reproducción material de las sociedades. Esto es, la utilidad que deja a la humanidad el conocimiento científico para apropiarse "racionalmente" de la naturaleza y, por tanto, garantizar su reproducción.4 De tal manera que en la medida que la modernidad sea parte del imaginario de la humanidad será difícil pensar el cambio social o las transiciones como algo separado de esta idea; lo mismo que la modernidad aparecería como algo incomprensible si no es pensada a partir de las experiencias históricas de los últimos doscientos años del milenio. 

Para el caso de la transición latinoamericana, y en particular de la mexicana, es necesario destacar que pesan sobre éstas los esfuerzos de algunos teóricos ya considerados como referencia obligada para el análisis de este objeto de estudio. Este lugar corresponde a autores como Schmitter y O´Donell, quienes consideran a la transición como un periodo en el que se permite observar el cambio de un régimen por otro, definición que privilegia lo político sobre lo económico y socio-cultural. Idea confirmada por su trabajo clásico ya sobre la transición desde los Estados autoritarios, referente a los países de Europa meridional y América Latina (Schmitter y O'Donell, 1988). 

Vista así, la transición latinoamericana es considerada un proceso social mediante el cual las diferentes fuerzas políticas, emergentes de los sistemas autoritarios que prevalecieron de manera generalizada hasta los años ochenta en esos países, intentan instaurar sistemas políticos democráticos. Sin embargo, valdría la pena preguntar si la superación de los sistemas políticos autoritarios significa el reencuentro con la democracia o si, en su defecto, se trata de un proceso que abortó por la irrupción de los militares en los escenarios políticos de cada sistema. 
<>Los casos son tan variados que sería casi imposible cosechar beneficios en la comprensión de cada uno en particular, sobre todo en el caso mexicano que no comparte con el resto de los países la presencia de los militares en los escenarios políticos, a pesar de que la tecnocracia instalada en el poder desde 1982 hubiese concentrado tanto poder como cualquiera de las dictaduras militares que sirven de referencia. 

El proceso de democratización está presente en interpretaciones más recientes, aunque inexplicablemente más limitadas en lo correspondiente a la profundización del tema. Tal es el caso de Calderón y Dos Santos, quienes cifran su interpretación sobre la transición latinoamericana a partir de analizar el avance de los procesos de democratización y modernización.5 Es pertinente señalar algunos puntos en común con el tratamiento que hace Touraine de la modernidad, que de paso servirá para justificar la relación que intentamos establecer entre ésta y la transición.

Por una parte, la referencia al proceso de modernización económica que se manifiesta globalmente en el mundo, en el cual la razón o el proceso de racionalización representa la esencia de la sociedad contemporánea; y por otra, la constitución de sujetos sociales que materializan el proceso de racionalidad imponiendo fuerzas antisistémicas al orden establecido que traiciona el espíritu de la modernidad. Grosso modo, Calderón y Dos Santos, en las vertientes que abre la discusión de Touraine sobre la modernidad, ofrecen alguna definición para comprender la transición: 

El concepto de patrón societal se refiere a un conjunto de relaciones integradas al ciclo histórico estatal y estatista, y particularmente a la trama de relaciones políticas que organiza el estilo de desarrollo económico y la autocomprensión cultural de la época y de sus potencialidades sociales de cambio. Por consiguiente, dicho patrón societal hace referencia al orden social en sentido amplio, es decir, no correspondiente sólo al régimen político sino a la peculiar articulación entre las dimensiones económicas, sociales y culturales.

 
 
 
 
 
 
 
   
El concepto de crisis se refiere a las dificultades de reproducir o conservar el patrón estatal integracionista anterior... Si bien los patrones societales no están exentos de una permanente conflictividad, este sentido de la crisis es específico para las sociedades latinoamericanas, por el alto grado de conflictividad social, inestabilidad política y de desarrollos económicos truncos... (Calderón y Dos Santos, 1995, p. 34).

Aquí tenemos resumidos los principales aspectos referidos a la transición. El primero, la relación entre política, economía y cultura, aunque desde una perspectiva del determinismo político, pues este ámbito aparece organizando a los demás. Segundo, cuando se define a la crisis como las dificultades de patrón histórico-societal para conservar a las estructuras anteriores, alude al proceso de cambio social entendido como transición. Es decir, se hace necesario reconocer las características de las estructuras que comienzan a cambiar, como identificar los cambios que se van registrando en cada una de éstas. Además, arroja luz, distinguiendo la peculiaridad de una transformación estructural en países desarrollados y las sociedades como la nuestra, marcadas por una modernidad en ciernes que por las mismas características socio-históricas proyecta escenarios político-sociales más caóticos. 

En ese contexto se comprenden las dificultades que enfrenta la transición mexicana, pues tanto el proceso de modernización como el de democratización aparecen fragmentados, para utilizar los términos de Touraine, y desarticulados entre ellos. Las resistencias de las elites a compartir el poder emerge como el principal fenómeno que contiene la transición, y por tanto impide, también, el ascenso a la modernidad. 

 

*Rafael Montesinos es profesor-investigador del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa.
Notas

 1 Otra forma de interpretar a la unidad operacional, es: "La noción de unidad operante se refiere a un agregado de seres humanos que comparte la preocupación adaptativa común con respecto al medio ambiente" (Adams, 1978, p. 100). 

 2 El avance de la modernidad se puede seguir a partir de la discusión entre modernidad y posmodernidad. Un ejemplo de ello es el conocido artículo de Jürgen Habermas "La modernidad: un proyecto inacabado", en Ensayos políticos, Barcelona, Península, 1988. Idea general que comparten autores como Elias y Héller. 

 3 Una interpretación sencilla acerca de esta corriente de pensamiento es reconocerla como "Un modo de sintetizar el pensamiento de la Ilustración sería diciendo que ella consiste en la creencia en el carácter idéntico de la modernidad de la tecnología y la modernidad de la liberación", Immanuel Wallerstein. 

 4 Al entrecomillar "racionalmente" intento llamar la atención acerca de fenómenos de apropiación que además de hacer uso de algún aspecto de la razón, atentan contra la estabilidad del medio ambiente, lo que significa atentar contra la integridad de la humanidad. La sobreexplotación de los recursos naturales, la contaminación de los alimentos y los espacios urbanos, la proliferación poblacional, etcétera, apuntan en ese sentido. 

 5 Fernando Calderón y Mario R. dos Santos, Sociedades sin atajos. Cultura, política y reestructuración económica en América Latina, Buenos Aires, Paidós, 1995. Además de la sorpresa que causa este trabajo por el pobre avance en el manejo del tema (considerando las expectativas que abrió el libro de los mismos autores Hacia un nuevo orden estatal en América Latina. Veinte tesis sociopolíticas y un corolario, Santiago, Clacso/fce, 1991) y la endeble interpretación que hacen de Touraine. Lo más lamentable son las descripciones del caso mexicano, donde lejos de aportar algo modesto pero novedoso cometen una serie de errores que hacen poner en duda su autoridad como especialistas sobre el tema (véase en especial p. 66). 

 6Calderón y Dos Santos, op. cit. En este trabajo los autores reconocen una deuda intelectual con Gino Germani, Medina Echavarría, Cardoso y Falleto, así como con Touraine. Quizá los parámetros que exijan mayor calidad en el desarrollo de su nueva interpretación sobre América Latina son los de Germani, por su propuesta integral, sistémica, que contempla la permanente articulación entre lo económico, político y sociocultural. Touraine presenta una interpretación más sólida sobre los sujetos sociales en su Crítica a la modernidad

Bibliografía

Richard N. Adams, El octavo día. La evolución social como autoorganización de la energía, México, UAM-Iztapalapa, 2001. 

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