| Cronista
de la nostalgia, Silvia H. González se embelesa en las posibilidades
expresivas del ferrocarril, se pierde y se encuentra, deambulando sin pausa
o tregua, por sus vericuetos icónicos: rieles, armones y locomotoras,
vagones y engranajes, tuercas y durmientes, canceles y puertas, aceros
y diafragmas, pertrechos y pistones y cargueros, remaches, escalerillas
y peldaños. Y en cada uno de sus desplazamientos nos deslumbra con
la maestría de su dibujo y su paleta; nada la detiene, se sumerge
a sus anchas en las herrumbres y los salitres de esos metales que ya dieron
de sí, que a punto de estallar la han elegido como su tabla de salvación,
en calidad de registro o bitácora visual de una muerte próxima
que —todavía— conserva el encanto de los tiempos mejores.
Testigo de un esplendor en fuga que atesora la energía de esas
potentísimas máquinas a vapor y a diesel, nuestra artista
demuestra con solvencia impar que el más modesto de los motivos
mecánicos es digno de ser transmutado por la magia de su pincel
o por el disciplinado itinerar de sus carbones, tintas, crayones o lápices.
Quizás en el fondo lo que nos comparta Silvia. H. González
sea su condición errante, esa su naturaleza íntima de viajera,
de ser en tránsito que simbólicamente deviene pariente de
los desvencijados medios de transporte característicos del siglo
XIX y su revolución industrial. |
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| El tren como protagonista de una trama vacía
donde nada ocurre o, mejor aún, para la que el no-acontecer vertebra
el esfuerzo interpretativo de las telas y los papeles. El sentido radicaría,
entonces, justo en entronizar la ausencia, despojando a las composiciones
del más mínimo gesto de humanidad o requiebro sentimental.
La desaparición de los seres humanos del territorio pictórico
permite atisbar "el corazón" de las máquinas, rescatar lo
que tienen que decir y predicar, que tal vez se limite a mostrar con impudicia
el resplandor de sus pieles aceradas, pues a no querer irrumpe una suerte
de erotismo al acecho, agazapado en esos vehículos renuentes al
movimiento. Están allí como estampas de una religiosidad
secular; son cromos que desafían la historia al prescindir de Casasola
y la Adelita despidiéndose, pero que también dan la espalda
a "la belleza de la velocidad" anunciada en el Manifiesto futurista
de Filippo Tommasso Marinetti ("Le futurisme", París, Le Figaro,
20 de febrero de 1909). |
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| Pintura violenta, decidida, sin concesiones, capaz de emular la fuerza
metálica que retrata. Poesía sanguínea que nos causa
dolor, sembradora de cicatrices… heladísimo despliegue de talento.
Suma de trazos de precisión infinita que evoca la exactitud de los
cortes de un troquel; que no sólo la recuerda sino que la extrema
y fatiga en su fiereza plástica. Así es de brutal el vocabulario
artístico de nuestra creadora. Una, habrá que reconocerlo,
incapaz de mitigar los efectos de un proceso compositivo que a golpes contumaces
de forja va pariendo sus objetos-realidades.
El inventario de imágenes nos convida una sensación insólita:
la de la soledad del camposanto, pues las piezas y los detalles, aún
las locomotoras y los cabuses, han perdido su esplendor y se muestran desfallecientes,
carentes de motilidad, fijos en la retina y olvidados en algún sitio
que pudiera haber sido patio de maniobras, estación ferroviaria
o taller. Nada queda de las estampas festivas de Honoré Daumier,
así fuere una escena en un vagón de tercera clase; tampoco
sobrevive el bullicio de Vincent Van Gogh al retratar pasajeros y hacer
del tren el protector del santoral de la modernidad (Estación
Eindhoven), la inminencia de la partida en la Gare Saint Lazare
de Claude Monet, la última oportunidad de salida en El tren de
la tarde de Paul Delvaux o, en el paisaje mexicano, la convicción
por el futuro, el auge industrial, lo mismo en la taxidermia romántica
de José María Velasco que en la melancolía asumida
de Guillermo Garza Galindo.
Silvia H. González sabe que el ferrocarril ha muerto, celebra
sus exequias, se regodea en sus vísceras metálicas, orada
su esqueleto como si pensara que existe algo más detrás del
deterioro y la descomposición, empero sólo se topa con la
paz de los sepulcros, la quietud de un cementerio que atesora enormes seres
de quincallería; en fin, la estática solemne de un medio
de transporte que quiso ser una aventura y terminó reducido al reposo
del acero vencido. Sin esperanza la desolación triunfa, y muy probablemente
esta caducidad del objeto nos permita revalorar el arte del dibujo y la
precisión del trazo, la exactitud del color y la perfección
de la textura. Así, el apunte icónico deviene esfuerzo coronado
por captar un instante, ese en el que los objetos pierden su naturaleza,
pues al escabullírseles su función dejan de ser, pasando
a formar parte de una peculiar bodega de las ilusiones: las masas férreas
que —inertes— añoran el silbido del vapor, la alimentación
del carbón, la inyección del combustible o el fluido eléctrico. |
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| Al modo de un rito atávico, los hierros son sometidos no por
la seducción sino por el golpeteo del yunque y el martillo. Literalmente
sus piezas emergen de la fragua, del caldero primigenio de donde todo procede:
magma informado que adquiere sentido en la intervención matérica
y conceptual de Silvia H. González. Alquimista entrañable
que perfecciona sus invenciones emulando a los dioses: jugando a la creación
por los rieles de la nostalgia.• |
| *Luis
Ignacio Sáinz es maestro en ciencia política por la Facultad
de Ciencias Políticas y Sociales de la unam. Ensayista dedicado
a temas de filosofía y teoría política y estética.
Ha publicado diversos títulos. Sus libros más recientes son
Irma Palacios: poesía de la tierra (cnca, Círculo de
Arte, 2003) y La cárcel de la metáfora: ensayos sobre
América Latina (CNCA, Sello Bermejo, 2003). |
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