¿Hacia una Teoría Integral del Análisis Político?

*Víctor Alarcón Olguín.

La dimensión teórico-analítica representa una de las áreas de análisis que mayores transformaciones han sufrido dentro de la disciplina politológica en los años recientes. Desde luego, conviene precisar que también se ha dado una profunda revisión acerca de su especificidad respecto de otras modalidades de adquisición de conocimientos, como lo son la filosofía y la historia de las ideas, además de las metodologías y técnicas para el estudio aplicado de lo político.

Para CJ

Se trabajará, entonces, en la distinción de estos niveles de carácter epistemológico general, para luego indicar cómo se podrían aprovechar algunos de estos elementos, a fin de insertarlos mejor y poder entender qué ha ocurrido recientemente con los esfuerzos renovados a favor de una visión reconstructiva de análisis prácticos, realistas y eficaces, pero que ya no basen su vigencia a partir de su oposición entre los ámbitos de la filosofía y la teoría, sino que, por el contrario, se les incorpore y vislumbre como partes necesarias y complementarias de una naturaleza integral e interdependiente dentro y fuera de los confines básicos de la reflexión política. Sin embargo, cabe hacer énfasis en que este trabajo se concentrará específicamente en el ámbito de la teoría, sin dejar de asumir y asociar su contenido con la importancia que poseen en sí mismas las aristas filosóficas e históricas de la ciencia política.

La importancia de la teoría para la política

La construcción de toda teoría implica la síntesis de dos operaciones básicas: comprehender y explicar. Comprehender significa el acto de apropiación y de percepción interior que realiza todo sujeto social acerca de los acontecimientos y comportamientos que nos rodean mediante la mayor acumulación posible de datos, ideas o valores que se puedan adquirir en torno del objeto de conocimiento en estudio.

Por su parte, explicar significa un esfuerzo de sistematización ordenada y propositiva, con el cual el sujeto social intenta construir una visión argumentativa de su proceso de comprehensión acerca de dichos acontecimientos para las demás personas, con el propósito de conectar los conceptos idóneos con sus respectivas prácticas. Por ejemplo, todos experimentamos el fenómeno del poder mediante su ejercicio por una autoridad, pero quizá muy pocos sean capaces de exponer una justificación o una descripción convincente del porqué éste no se ejerce de manera similar. 

Visto así, cada sujeto puede construir con base en sus experiencias y contextos de formación una concepción acerca de qué significa el poder (una teoría de primer orden, de naturaleza personal/comprehensiva) y otra respecto de cómo funciona el poder (una teoría de segundo orden, de tipo general/explicativa). De ahí que una teoría pueda ser catalogada como una propuesta integral y sistematizada, que parte de las opiniones e ideas, para luego transformarse en conceptos y valores que se concretarán en reglas, axiomas e hipótesis, las que, a su vez, finalmente demandarán una corroboración práctica y procedimental que pueda ser desarrollada a través de distintos medios e instrumentos, sean de naturaleza técnico-experimental (lo que permite definir a las metodologías científicas) o con un alcance filosófico-histórico especulativo (lo que traza la naturaleza de las ideologías) (Nagel, 1996).

Si se carece de estas dos precondiciones, comprehender y explicar, la elaboración de una teoría por lo general queda incompleta, dado que los problemas de comprehensión y explicación remiten a vicios en la capacidad perceptiva de los sujetos, que, como ya se expuso, usualmente estarán condicionados por ideas previas, herencias de prácticas culturales, filosófico-morales e históricas o por usos y contenidos experimentales que se no han ajustado al paso del tiempo. A pesar de ello, la carencia de estos factores también marca limitantes que influyen dentro del tipo de conocimientos a obtenerse, ya que se generan distancias crecientes acerca de la veracidad y utilidad de los mismos (Alarcón Olguín, 1990).

En esta dirección, se puede indicar que se ha pasado por ciclos pendulares que han oscilado entre los "grandes" y "pequeños" esfuerzos de sistematización explicativa de los fenómenos políticos. Las grandes teorías se estructuran como lógicas convergentes con una visión integral y conceptual (Duso, 1997), mientras que las teorías particularistas funcionan, a su vez, como explicaciones de ciertos comportamientos en dimensiones coyunturales y en campos delimitados (Skinner, 1988).

 
 

Así pues, los esfuerzos analíticos por generar explicaciones que sean comprehendidas por cualquiera de nosotros, en tanto sujetos sociales, implican un esfuerzo muy concreto de explicación si es que el objeto de nuestro conocimiento es precisamente conocer la naturaleza particular de lo político, en tanto actos de manifestación específicos que se distinguen de otras acciones humanas justo a través de la presencia de un lenguaje que permite denotar y connotar cosas con palabras. Hechos y lenguaje que se vuelven así instrumentos de apoyo para la construcción científica de un orden lógico y predecible (Gellner, 1962).

En este sentido, elaborar explicaciones comprehensibles sobre los acontecimientos y comportamientos políticos implica para el sujeto social la utilización de varias dimensiones analítico-racionales, cuya interacción siempre estará condicionada a los intereses y motivaciones del propio sujeto.

En primera instancia, las teorías políticas deben diferenciarse de las filosofías e ideologías políticas, esto es, de las elaboraciones normativas de principios cuya consistencia básicamente está fundada en una racionalidad y lógica formales en torno de supuestos (el deber ser) y conceptos que se asumen como aceptados como trascendentes e intemporales por todo mundo, aun cuando su formulación no se halle correspondida con su práctica. Nociones políticas de alcance trascendente (es decir, asumidas por cualquier analista, tales como la libertad, la justicia, la democracia, la soberanía, etcétera) que se acepten como necesarias, aunque se discrepe en la manera de fundamentar dicha necesidad y sus usos.

En segundo lugar, el problema de ligar los contenidos con sus usos nos permite ubicar que las teorías políticas deben distinguirse de las ideologías políticas en tanto sistemas de valores que intentan una finalidad de aplicación concreta de las peticiones de principio filosófico-normativas dentro de la realidad, aunque asumiendo una preponderancia y exclusión sobre cualquier otra alternativa.

Las ideologías se distinguen por un potencial de explicación y comprehensión teórica determinista y restrictiva que en general se alimenta tanto de los procesos de vida cotidiana como de los procesos simples de especulación moral ya previamente referidos. De ahí que las ideologías políticas infieren la formación de alternativas cognitivas que obligan al sujeto social a involucrarse en procesos decisorios que puedan sustentarse en el empleo de diversos instrumentos que apoyen su realización práctica a lo largo del tiempo.

Justamente debido a este argumento de distinción temporal, las teorías políticas se deben contrastar de la historia de las ideas políticas, cuyo ámbito se orienta a fijar periodizaciones alrededor de la génesis, interpretación, desarrollo y vigencia de los conceptos y las prácticas políticas dentro de las sociedades (Duso, 1997).

Este punto remite a un último instrumento de fundamentación de las teorías políticas: ser insumos para la formulación de técnicas y estrategias metodológicas, mismas que implicarán la comparación de las alternativas ideológicas y filosóficas que han sido construidas por los propios sujetos, a fin de poder llegar a las situaciones de explicación deseadas que deben regir a los comportamientos y acciones de naturaleza política.

En síntesis, pensar y construir teorías políticas nos proporciona una aproximación de alcance intermedio respecto de las diversas parcelas del propio conocimiento de lo político. Nos permite sistematizar principios y valores (de ahí su relación con la filosofía política); facilita proponer explicaciones e hipótesis de trabajo (de ahí su vinculación con la historia y las ideologías políticas, en tanto sean éstas contextos referenciales de experiencias deseables pasadas o vigentes); y por último, nos permite la sistematización de técnicas y metodologías experimentales que evalúan momentos y comportamientos precisos, los cuales requieren de corroboraciones que faciliten a los sujetos sociales, la conservación o cambio sobre una determinada decisión u ordenamiento colectivo (de ahí su pretensión científica, en términos de leyes que se comprueben por sus niveles de verdad, regularidad y utilidad).

Por ello, resulta imperativo precisar que estas cuatro aristas conforman una noción integral del análisis político moderno, más que insistir en su escisión, subordinación o confusión que usualmente se hace de las teorías políticas con respecto de las demás dimensiones de conocimiento antes mencionadas. 
 

 
 

¿Adónde vamos en el análisis teórico de la política?

¿Qué ha pasado en el terreno de la teoría política durante los años recientes, que permite situar el resurgimiento de su estudio? Para responder a dicha pregunta, es necesario hacer un recorrido que sitúe con cierta libertad cuáles han sido algunas de estas etapas de aportes constructivos a la disciplina politológica. En este sentido, los últimos años han mantenido la tensión existente entre el predominio de una formación en torno de la historia de las ideas políticas y las exigencias pragmáticas que se requieren para resolver cuestiones concretas con una metodología científico-empírica.

El repliegue de la historia de las ideas políticas se ha debido a que su enfoque se volvió muy unidimensional y muy formalista, en tanto sólo se manejaban líneas divisorias con base en consideraciones de tipo historicistas, marxistas o sociologistas (recuérdense los trabajos clásicos de R. Gettel, G. Sabine, J. Chevallier para la primera corriente; los de Prokovski, G. D. H. Cole y U. Cerroni para la segunda; y los de A. Giddens, R. Aron, A. Gouldner, S. Wolin o I. Zeitlin, para la tercera). Por esta razón, la falta de estudios profundos acerca de periodos o autores concretos impidió por mucho tiempo arribar a auténticos trabajos de teoría política aplicada, al no ir más allá de analizar el desarrollo contextual e histórico de alguna categoría filosófica.

Bajo esta circunstancia, la caducidad de dichos enfoques, en particular el marxista, propició que justo desde mediados de los años ochenta se iniciara un proceso de ruptura y rea-comodo que dio paso a ejercicios de interpretación como los de N. Bobbio, R. Dahl y K. Von Beyme; o que se pudieran conocer en forma más amplia las investigaciones de autores como Q. Skinner, L. Strauss, J. Pocock, M. Oakeshott o I. Berlin

Sin embargo, el renovado estudio de la teoría y la filosofía políticas siguió alejado para muchos. No obstante, su resur-gimiento terminó por imponerse en la década pasada desde dos líneas que han perdurado hasta el momento: en primer término, la recuperación cotidiana de los clásicos antiguos y modernos, en temas como la ubicación de los conceptos tradicionales como la justicia, la igualdad, la libertad o el poder. Pero, por otra parte, se abrió un claro campo de reflexión teórica "aplicada" al ampliarse la discusión práctica sobre actores y procesos con manifestación concreta como el Estado, las formas de gobierno, la revolución, la democracia, la sociedad civil, la multiculturalidad, la violencia, la globalización, el desarrollo y el cambio económicos, la participación y la representación y las políticas públicas. Sería impensable resumir aquí una muestra mínima de los autores que han aportado estudios significativos en cada uno de los temas aquí enunciados y cuáles están vigentes en las corrientes políticas que se manifiestan dentro de nuestras sociedades.

Antes de concluir con este punto es necesario dejar en claro que las teorías políticas han evolucionado hacia otros dos campos muy concretos: la discusión acerca de su estatuto epistemológico dentro y fuera de los confines de la dimensión de análisis político, aunque corriendo cada vez más riesgos de experimentar lo que con justeza Giovanni Sartori ha llamado el "estiramiento conceptual", que termina por eliminar la identidad y las fronteras de su propio contenido; y por otra parte, el revisar sus aportes conceptuales en cuanto a la formulación de un lenguaje con significados sólidos que permita incluso descender e incorporar como campos de reflexión a actores y niveles cada vez más precisos, como hacer teorías sobre los partidos políticos y las elites, o de los sistemas políticos en general y de la dictadura en particular, por ejemplo (Sartori, 1984).

Bajo esta lógica, la pretensión de presentar explicaciones cada vez más amplias y totales acerca del comportamiento empírico de acciones y actores políticos sería ahora un campo mucho más concreto que ligue a la teoría política con una dimensión más científica, en lugar de seguirse manteniendo en las arenas de interpretación normativa deontológico que poseen las posturas filosófica e histórico-ideológica (Ball, 1991).

 
 

Estas nuevas direcciones de análisis y aplicación de la teoría política nos muestran con mucha claridad la "innovación" y el "cambio conceptual" por el que toda disciplina debe arrancar de manera forzosa, a fin de contextualizarse con las realidades que le tocan vivir a cada generación intelectual (Farr, 1989). Por ello, también se debe cuidar que dichos desarrollos no terminen por caer en la fácil negación de las continuidades y tradiciones de las que uno forma parte incuestionablemente. Así, a pesar del optimismo que significa la proliferación de medios y foros para discutir en torno de estos temas, mucho nos falta por hacer en términos de afianzar prácticas docentes y proyectos de investigación original colectivos que nos permitan traducir las enseñanzas de nuestros maestros en aportaciones trascendentes de calidad. Esto conduce a la siguiente reflexión: el problema de la responsabilidad intelectual como uno de los retos más urgentes a ser afrontados por las teorías y los analistas políticos.
 

El análisis teórico-político y la responsabilidad intelectual

Más que un problema de permanente controversia, la presencia de la teoría como un puente de adquisición de conocimientos sustantivos de carácter general, así como de habilidades metodológicas y prácticas dentro de un concepto de ciencia política contemporánea, permite cumplir con una de las perspectivas más socorridas dentro de las disciplinas sociales, y que se condensa en dos opiniones acuñadas por Immanuel Wallerstein: "impensar" y "abrir" a las ciencias sociales hacia los enfoques multi, inter y transdisciplinarios, que nos permitan enfrentar los desafíos de las crisis de paradigmas, la simultánea complejización y compartimentalización del conocimiento; o bien el aletargamiento mismo de la reflexión y el predominio del pensamiento débil que se suspende o se distancia en una era posmoderna que se ha traducido en actitudes metodológicas y monstruos conceptuales como lo son la "metapolítica" o la persistencia de los modelos de tipo unidimensional (Wallerstein, 1998). 

El entendimiento por una renovación de las teorías políticas de corte realista no debería sustraerse a este contexto bifronte que significa sostener su desarrollo científico mediante la superación de los marginalismos y sectarismos que se obstinan en asumir actitudes pendulares apoyadas en las viejas divisiones ideológicas del tipo izquierda/derecha, que si bien son terriblemente arcaicas, no implica tampoco que se puedan perder de vista sus contextos éticos de aplicación progresiva o conservadora.

Liberar al conocimiento de las "jaulas de hierro" weberianas o marxistas no debería seguir siendo nuestro problema central y retrospectivo, en tanto sí debería serlo el poder generar una auténtica responsabilidad y cambio de sentido en el intelectual que pueda mirar hacia delante. 

En especial los politólogos debemos empeñarnos en que nuestras propuestas sean más sensibles a las necesidades puntuales de la sociedad (Dogan y Pahre, 1993).

Para que las teorías y el análisis político sean promotores de las ideas, de los proyectos y de las decisiones, sería necesario que se le viera como un terreno de lo diverso, y al mismo tiempo que no se deje de asumir que, a partir de la paulatina extensión de estas cualidades, justamente nos podríamos convertir cada vez más coincidentes y libres junto con otras disciplinas, y en consecuencia, cada vez más iguales gracias al uso ético del conocimiento.

Se podría concluir con una idea de Karl R Popper, en el sentido de que la enseñanza de la teoría como medio para el análisis político debe manifestarse dentro de múltiples ámbitos y direcciones en la búsqueda de esa certeza con que las personas siempre piensan al imaginar un mundo mejor (Popper, 1994). Todo ello puede seguirse dando desde universidades que no estén acosadas ni temerosas de su futuro en este siglo XXI.•

 
 
   
Bibliografía

Víctor Alarcón Olguín, "Filosofía y ciencia política: Escenarios y relaciones futuras", en Juan Mora Rubio (coord.), Perspectivas de la filosofía. III Simposio de Filosofía Contemporánea, México, uam-Iztapalapa, 1990, pp. 199-210.

Terence Ball, "Whither political theory?", en William Crotty (ed.), Political science: Looking to the future (V. 1: The theory and practice of political science), Evanston, Northwestern University Press, 1991, pp. 57-76.

Mattei Dogan y Robert Pahre, Las nuevas ciencias sociales. La marginalidad creadora, México, Grijalbo, 1993, p. 293.

Giuseppe Duso, "Storia concettuale come filosofia política", en Filosofía política, Bologna, anno XI, número 3, diciembre, 1997, pp. 393-424.

James Farr, "Understanding conceptual change politically", en Terence Ball, James Farr y Russell L. Hanson (eds.), Political innovation and conceptual change, Cambridge, Cambridge University Press, 1989, pp. 24-49.

Ernest Gellner, Palabras y cosas, Madrid, Tecnos, 1962, 224 pp.

Thomas Nagel, Igualdad y parcialidad. Bases éticas de la teoría política, Buenos Aires, Paidós, 1996, 186 pp.

Karl R. Popper, En busca de un mundo mejor, Buenos Aires, Paidós, 1994, 314 pp.

Giovanni Sartori, La política. Lógica y método de las ciencias sociales, México, fce, 1984, 336 pp.

Quentin Skinner, "El retorno de la gran teoría", en Quentin Skinner (comp.), El retorno de la gran teoría en las ciencias humanas, Madrid, Alianza Universidad, pp. 13-30. 

Immanuel Wallerstein, Impensar las ciencias sociales, México, Siglo XXI-UNAM, 1998, 309 pp.

*Víctor Alarcón Olguín es politólogo. Profesor - investigador  titular C y coordinador de la licenciatura en ciencia política. Labora en el Departamento de Sociología de la UAM Iztapalapa.