Las niñas de Lewis Carroll
*Fernanda Viramontes
El serio diácono Charles Lutwidge Dodgson, ministro protestante, matemático, fotógrafo, dibujante, lógico, excéntrico, tímido, fue —al mismo tiempo que lo anterior— un hombre que tuvo una enorme pasión por las niñas, por las jovencitas que no cumplían los quince años. ¿Amor truculento, desviación, deseo malsano?

Muchos han afirmado cualquiera de las posibilidades anteriores, y otras más. Pero ¿qué es la normalidad y cuáles los valores que deben ser observados? Ya Nietzsche hablaba, en la misma época en que Dodgson amaba ¿platónicamente? a sus niñas, de la trasvaluación de los valores, de la inversión valorativa en aras de la debilidad, de la mayoría imbécil y sin iniciativa que para ocultar su flaqueza se une a los demás mediocres. Entonces ¿qué es la normalidad?

A los 24, el mismo año en que adopta el seudónimo de Lewis Carroll, Charles Dodgson conoce a las tres niñas Liddell. Queda perdidamente enamorado de una de ellas, la mediana, llamada Alicia Pleasance. Antes de ese encuentro no tenemos evidencia de que Carroll haya mostrado esa inclinación por las niñas. Esto se debe, en parte, a que su familia no ha permitido, hasta el día de hoy, la publicación total de su Diario. Si es que aún existe.

Alicia Liddell tenía tres años cuando conoció al futuro diácono Dodgson. Su belleza infantil atrajo a ese hombre extraño, tartamudo, que bien podría haber sido su padre. Pero cuando Alicia creció fue perdiendo el atractivo que Carroll veía en ella. Sobre esto escribió nuestro autor:

Por lo general una niña se convierte en un ser totalmente distinto cuando se transforma en mujer; entonces también nuestra amistad debe adaptarse a esta evolución, lo que se traduce en el paso de una intimidad afectuosa a relaciones de simple cortesía consistentes en el cambio de una sonrisa o de un saludo cuando nos encontramos.
Lewis Carroll fue un maestro de la seducción. Con el paso del tiempo, y ante el trato continuo con niñas, fue refinando la forma de abordarlas, de ganarse su confianza, para que accedieran a ser sus amigas. ¿Sátiro, demente, obseso sexual? Nada de eso, porque sus relaciones con niñas no pasaban de algunos abrazos y besos, además de tomarles fotos, hasta donde sabemos.

Aunque sobre el tema se han escrito diversos artículos e incluso libros, sobre todo de seguidores del psicoanálisis, los resultados de esas sesudas disquisiciones no pasan de ser cándidas necedades y ganas de sacar implicaciones —las cuales de seguro hubieran divertido a Carroll, quien también fue lógico— donde sólo hay lo que sabemos.

Lewis Carroll acostumbraba andar en busca de niñas en todos los lugares: frecuentaba los teatros donde se representaban obras con actores infantiles, paseaba por parques y lugares de diversión. Buscaba en trenes, carros, casas y en cualquier sitio donde se parara. Solía llevar consigo una maleta llena de juguetes, disfraces, dulces y chucherías que, sabía, agradarían a las infantes. Luego de hacer contacto con ellas, comenzaba a contarles historias divertidas, donde la protagonista era la niña en cuestión. Hacía magia, actos de prestidigitación, inventaba juegos. Después daban paseos, ya sea por los jardines cercanos, las playas o iban a Londres, la ciudad que siempre tenía cosas por descubrir.

Una vez ganada la amistad de la niña, Carroll la invitaba a su casa. Su apartamento en Oxford era amplio, con cuatro habitaciones, cocina, salas de servicio, etcétera. En una de las habitaciones había juguetes, trajes, diversiones, como un murciélago llamado Bobette. Construido por Carroll, mediante unos hilos casi invisibles parecía volar de verdad. Además podían encontrar cajas de música y juegos, muchos juegos.

Esa invitación era el punto culminante de la relación. Carroll no invitaba más de una niña por vez. Seleccionaba rigurosamente el menú escogido para la ocasión, exageraba el protocolo y servía el té con meticulosidad. Más tarde anotaba los detalles de cada una de las visitas en su diario, intentado de esa manera no cometer el error de repetir en el futuro algún platillo, diversión o historia con la misma niña. 

Luego de comer, servir el té, jugar y contar historias, Carroll llevaba a la visitante en turno al estudio de cristal que había mandado construir. El objetivo era que posara ante su cámara fotográfica. Ayudado por una mujer, Carroll transformaba a la niña, vistiéndola con disfraces obtenidos en teatros. Creaba además una escenografía adecuada para esa sesión fotográfica en especial.

¿Demasiado tiempo invertido para sólo unas fotografías? Bueno, el propio Carroll escribió: "Ellas, las niñas, constituyen las tres cuartas partes de mi vida". Así que cada quien pasa la vida como mejor cree. Carroll deseaba pasarla fotografiando niñas, platicando con ellas y amándolas en secreto.

Hacia 1862 Carroll invertía las tardes en contar historias y entretener a las tres hermanas Liddell. Su preferida era Alicia. Así que la protagonista de las aventuras que les contaba era ella. La memorable tarde del 4 de julio de ese año, durante un viaje en bote, Carroll comenzó un nuevo cuento. Pero esta vez las niñas quedaron fascinadas con la historia, más que otras veces. Al término del paseo, Alicia pidió al diácono que le escribiera la aventura que acababa de relatarles, para así poderla leer después.

Dice la leyenda, y el Diario de Carroll, que el diácono se pasó toda la noche escribiendo el relato. Para la navidad de ese año, Alicia Liddell recibió el ejemplar manuscrito de Las aventuras de Alicia en el subterráneo, con ilustraciones del autor, quien era buen dibujante, a juzgar por los trabajos que se conservan. Tres años después el libro se publicó, cambiando su título a Alicia en el país de las maravillas, volumen al que debe su fama Lewis Carroll.

Pero al crecer, Alicia Liddell perdió el encanto para nuestro autor. La familia de Alicia, al verla convertirse en jovencita, consideró que su amistad con el diácono no era saludable. La madre Liddell obligó a la niña a quemar las cartas que Carroll le había escrito. Con ello se perdió buena parte de un lado que poco conocemos del autor de esas misivas, las cuales sin duda eran abundantes, pues hubo días en que escribió tres o cuatro.

Pese al gran amor que sentía por Alicia, al perderla Carroll no se echó a llorar. Pronto encontró consuelo. Si en la década de los sesenta su favorita fue la niña Liddell, en los setenta fue Gertrude Chataway, en los ochenta Isa Bowman y en los noventa Enid Stevens. Según testimonio de las niñas, ya convertidas en adultas, esas relaciones no pasaban de lo que sabemos: contar cuentos, decir frases ingeniosas, juegos entretenidos, fotografías. Nada más. Que todas coincidan en afirmar lo anterior nos permite suponer que no hubo nunca cosas raras. Ellas lo habrían dicho.

Gertrude Chataway, por ejemplo, recuerda cómo pasaban horas y horas juntos:

Por mi parte, sentía el interés normal de los niños por los cuentos de hadas y maravillas, y su facultad de contar cuentos, como es natural, me fascinaba. Solíamos estar sentados durante horas en los peldaños de madera que iban a nuestro jardín hasta la playa, mientras me contaba los cuentos más maravillosos que alguien pueda imaginar, a menudo ilustrando los momentos más interesantes con un lápiz mientras iba contándolos.
Quizá tengamos derecho a dudar de si las relaciones de Carroll con las niñas se limitaban a lo anterior, pero esas infantes fueron tantas que alguna, tal vez sólo por afán sensacionalista, pudo haber contado lo contrario. Hasta donde sabemos, nadie lo hizo.

Dada la meticulosidad de Carroll, iba anotando con toda precisión los nombres de las niñas y las acciones que con ellas había ejecutado (comidas, paseos, viajes, etcétera). De acuerdo con lo que conocemos de su Diario, publicado de manera parcial debido al puritanismo de los descendientes de la familia Dodgson, hasta marzo de 1863 encontramos 107 nombres. Si calculamos que todavía vivió 35 años más, tal vez nos demos una idea muy cercana de cuántas amigas niñas tuvo a lo largo de su existencia. 

Carroll incluyó a las niñas, al igual que lo hizo en su literatura, en otra de sus pasiones: la fotografía. Carroll retrató a famosos artistas y escritores de su época, profesores y religiosos, pero pronto fue especializándose en las niñas. Se le considera el mejor fotógrafo aficionado de niñas durante el siglo XIX inglés, distinción que de seguro hubiera molestado al diácono.

Pronto la fotografía de niñas semivestidas, transformadas, en poses sugerentes, no complacieron del todo a Carroll. El 21 de mayo de 1867 encontramos en su Diario una curiosa anotación: habla de haber fotografiado desnuda a una niña de nombre Beatrice. Veamos lo que el diácono anotó en su Diario acerca de otra infante: "He hecho una serie de fotos de la pequeña Ella, sin más vestido que un ceñidor a la manera de los salvajes... Si me atreviera, prescindiría de los vestidos. Las niñas desnudas son totalmente puras y encantadoras".

Las fotografías de desnudos sólo eran tomadas si la modelo no mostraba reticencias a ello. De Alicia no conocemos, o no sabemos, que la haya fotografiado desnuda. Sólo nos han llegado doce fotos donde ella aparece, ya sea con sus hermanas o sola. La más impresionante de todas es aquella en la que Alicia está vestida como pequeña mendiga.

Las fotografías de desnudos asustaron al diácono Dodgson cuando se acercaba al final de su existencia. Educado en el peculiar puritanismo anglicano y viviendo en la época victoriana —que condenó a Oscar Wilde por homosexualismo, por ejemplo—, Carroll se arrepintió de haber tomado aquellas fotos. En su testamento escribió: "...todas las fotografías y retratos sospechosos de mis amigas sean devueltos a sus familiares o incinerados".

Sus descendientes le hicieron caso, al pie de la letra. El día de hoy no se conserva —hasta donde se sabe— ninguna fotografía de su autoría con niñas desnudas. Quizá sea una lástima que Carroll no tuviera un Max Brod, el albacea de Franz Kafka que se negó a seguir sus instrucciones: quemar la obra kafkeana. Esto a pesar de haberle prometido a su amigo, casi en el lecho de muerte, hacer su última voluntad.
 

 
 
 
 
 
 
 
 
   

Lewis Carroll ha pasado a la historia de la literatura como un innovador. Pero también en la historia social lo encontramos en su papel de amante platónico de niñas, con un amor rabioso, extraño, pasivo, tímido, casi literario. Y a pesar de haber tenido varios cientos de amigas niñas, nunca olvidó a la que nosotros no podemos olvidar: Alicia. Un nombre tan literario y de reminiscencias tan entrañables como Betsavé, Beatriz, Eloísa, Casandra, Emma, Antígona, Hécuba y muchas más.

Por esa razón, porque no podía olvidarla, Carroll escribió a la señora Alicia Hargreaves (antes Liddell), en 1885:
 

Voy apercibiéndome de lo que significa la pérdida de memoria en un hombre viejo, y me refiero a nuevas amistades (por ejemplo, hice amistad, hace unas pocas semanas, con una niña de unos doce años, con la que di un paseo, ¡y ni siquiera puedo recordar su nombre en este momento!); pero mi memoria visual de aquella que fue, a través de tantos años, mi ideal amiga-niña, es más clara que nunca. Desde aquella época he tenido docenas de amigas-niñas, pero con ellas todo ha sido diferente...• 
*Fernanda Viramontes (Chihuahua, 1961) estudió sociología en la UNAM. Ha colaborado en Medicina y Cultura.