Música de Los Beatles 
*Rodolfo Bucio 
En el cielo brillaba la luna, 
en la tierra brillaban tus ojos, 
en tu mano brillaba un anillo 
y en la casa de enfrente… los focos. 

Embrillados los dos nos quedamos
y otra vez ti tomé de la mano,
angustiosos segundos pasaron
y en el cielo pasó un agrioplano.

Angustiosos segundos pasaron,
¡de milagro no pasó tu hermano!

Salvador Flores: "La presentación"


El Colegio María Regina, en la calle de Las Torres, era el reino de las mujeres. Allí había niñas de todas edades y condiciones, así como sólo se hallaban varones en la Escuela Avenida Jardín, donde yo iba. Muchas veces, alelados —buscando ser simpáticos—, íbamos a verlas desfilar a la salida, nada más para mirarlas, sin hablarles. Las monjas del Regina nos hacían cara de fuchi, pero en el fondo estaban orgullosas de mostrar la rica variedad que resguardaban bajo su cuidado.

*

Mi primo Santi me informó que el domingo siguiente iba a haber una kermés en el Regina. Un agasajo. Nada más había que conseguir dinero y permiso. Dos cosas nada fáciles para un domingo en la tarde. 

*

Mamá aceptó dejarme ir a la kermés cuando le dije que iría con mi primo y mencioné el nombre de la escuela. Me entregó diez pesos, una cantidad inusual para mí. Temí per-der aquellas monedas y los cuatro rojizos billetes de un peso. Así que me los guardé lo mejor que pude y fui por mi primo. 

Entramos al Regina. En la puerta principal una monja nos cobró cincuenta centavos a cada uno y nos dio una tarjetita por piocha.

—Si quieren salir y volver a entrar, por cualquier razón, vienen y les corto el boleto. Con lo que quede pueden entrar otra vez. Guárdenlos.

Nos gustó ese trato. Aunque no la religiosa, una mujer enjuta, de dientes amarillentos y manos huesudas. Al trasponer el portón había una especie de recibidor, o sea un cuarto amplio, con muebles sencillos y dos puertas a los lados. Enfrente se hallaba otra puerta grande y enseguida el patio. En cuanto entramos oímos en unas potentes bocinas semi-ocultas una canción que reconocimos de inmediato: "Kansas City", de Los Beatles. El sonido del rock'n'roll nos cayó bien.

—Esas madrecitas sí que saben tratar a sus alumnas. En nuestra pinche escuela cuándo han puesto a Los Beatles, cabrón —le dije a Santi.

Mi primo, un año mayor que yo, tomó las cosas con parsimonia. 

—No está mal para unas monjas, me cae.

Caminamos, curioseando, en el patio en forma de cono, en cuya base está-bamos en ese momento. Conforme se avanzaba se iba angostando. Ya se encontraban instalados casi todos los puestos, aunque algunos apenas los armaban. 

—Mira, ahí está la tómbola. Dicen que tiene muy buenos re-galos. Vamos —me incitó Santi, seguro de sus informantes.

Compramos dos boletos, de a peso. Santi vio su número y se lo dijo a la señora que atendía. La mujer buscó un poco y bajó una caja grande. Cotejó el cartoncillo y le entregó a mi primo su regalo. 

—Pinche Santi, ora sí te rayaste —dije jubiloso.

—¡Niño! —me reprimió la señora—. Aquí no se dicen groserías. Estás en una escuela católica. ¿Quieres que te saquen las monjas?

Enrojecí como jitomante. Sentí arder mi cara. 

—No, señito. Discúlpeme. No lo vuelvo a hacer.

La mujer me dedicó una sonrisa cómplice. Le alargué, con vergüenza, mi boleto. Buscó y por fin localizó mi regalo, una caja pequeña, que me entregó. Santi se burló de mí, por el tamaño del envoltorio.

—A mí me va a tocar algo chingón. ¡Ve la caja! La tuya está bien chirris, güey —dijo alegre, ya que nos habíamos alejado lo suficiente de la tómbola.

Para abrir los paquetes fuimos a sentarnos a unas bancas que se encontraban junto a la pared, frente a los puestos. Ansiosos, rompimos los envoltorios. A mí me tocó una pistola negra de plástico, con balas del mismo material. Estaba a todo dar. 

En cambio, mi primo sacaba y sacaba bolas de papel de china. Más papel de china. Al final halló un estuche para guardar polvos de mujer.

—Pinche Santi, ¿ya ves por burlarte? Hasta de vieja te tocó el regalo.

—Cállese, cabrón, que va a ser para mi jefa.

Ante tan contundente argumento, guardé silencio. En el sonido ambiental una voz bien educada de hombre maduro, dulce, anunció que seguiría otra canción de "Los Birols". Así dijo, literal. Se oía a toda madre el inglés de ese señor. Nosotros decíamos "Bitles" y él nos corrigió sin querer: se dice "Birols", no "Bitles".

Comenzó a escucharse "Words of love". Santi intentó cantarla. No se la sabía.

—Mejor piénsala, güey.

—Ya estuvo, cabrón. Nomás te estás burlando de mí. Primero fue por el regalo de mi jefecita y ahora que porque no sé hablar inglés.

—¿Y a poco sí sabes? ¡Se te van a partir los talones!

—Te vale madres. Mejor córtalas. Cada quien por su lado, güey.

—¿Las quieres cortar, pinche Santi?

—Sí. Córtalas.

—Ora pues.

Al unísono nos mentamos la madre con el brazo. Cada uno salió en dirección opuesta al otro. Mejor solo que mal acompañado. Pinche Santi ojete. Fui hacia un puesto de pambazos y me compré dos, chaparrita incluida. Me cobraron uno cincuenta. A todas margaritas. 

Caminé viendo los puestos y sus mercancías. Tras uno de ellos vi a la jefa del Carlangas. La saludé.

—¿Qué pasó, Fidel? ¿Y tu mamá?

—No vino, señora. Está ocupada terminando unos vestidos. 

—Pobre, tan trabajadora tu madre. Pero siéntate, hijo. ¿Quieres ponche?

Acepté. Me arrimaron una silla. El ponche estaba riquísimo. Se acercó una niña, que tendría once años —uno más que yo—, de largas trenzas, pecosa. 

—Oiga, doña Tere, dice mi mamá que si le manda cuatro ponches y que se los apunte.

—Sí, ahorita se los mando.

La niña se volteó, sin verme. Comenzó a caminar.

—Ah, espérate, Soco. Aquí está Fidel, que es amigo de Carlos. Él te puede ayudar. Así los llevas de una vez. ¿Me ayudas, Fidel?

Dije que sí. Dejé mi ponche sobre la mesita en que doña Tere tenía vasos y cucharas. Me dio dos jarros y dos más a la niña. La seguí, en silencio. Ni siquiera volteó a verme. Llegamos a un puesto de sopes y quesadillas. La niña le dio los jarritos a su mamá y luego me pidió los que yo llevaba.

—Gracias, niño —dijo la señora—. ¿Eres amigo de Carlos?

—Sí.

—¿Estás en su escuela?

—Sí —dije mirando a la niña. Me pareció bonita.

Soco, prepárale al niño un sope. ¿O quieres mejor quesa-dilla? 

—No se moleste, señora.

—Si no es molestia. Es por el favor que hiciste de acompañar a Soco. ¿Qué quieres?

—Bueno. Una quesadilla de picadillo.

—Ándale, hija. Prepárasela.

Vi a la niña elaborar la quesadilla. Lo hacía con habilidad. Me la dio en un plato de plástico, acompañada de una servilleta.

—Si quieres llévatela. Al rato que Soco lleve los jarros con doña Tere le dan el plato —señaló la señora.

—Sí, muchas gracias.

Miré a la pecosa. Ni siquiera se dignó voltear a verme.

*

Me senté en el puesto de doña Tere, con mi quesadilla y un nuevo jarro de ponche. Pasaban niñas, niños, mamás, monjas, papás. Me sentía muy seguro comiéndome mi quesadilla. El ojete de Santi pasó, haciéndose el chistoso. Quién sabe qué dijo el güey a lo lejos, echándomela.

No lo fumé. Terminé mi quesadilla. En el sonido la voz amable anunció que ahora íbamos a escuchar a Ray Coniff. No me gustaba, porque a ese mono y a Juan Torres los ponía mi tío soltero los domingos por la mañana, a todo volumen, en casa de los abuelos. Qué hueva.

Soco, la pecosa, trajo los jarritos a doña Tere.

—¿Ya acabaste? —me preguntó.

—Sí. Aquí está el plato. Gracias. Tienes buena mano para las quesadillas.

—Aich —dijo, frunciendo la nariz—. Pues no me voy a dedicar toda la vida a preparar quesadillas, ¿sabes?

Me alcé de hombros. Soco se fue, indignada.

*

Ahora pusieron en el sonido ambiental "El tema de Los Monkees". Y luego "Hanky panky". Buen rollo. Nunca me imaginé que en una escuela de monjas se atrevieran a tanto. La voz amable interrumpió la segunda canción para anunciar que había un niño perdido, de nombre Iván, de tres años. Afirmaba que su mamá se llamaba Margarita. Volvió el disco desde el principio. Acabé mi ponche.

—¿Cuánto le debo, doña Tere

—No es nada. Gástate tu dinero en cosas de provecho, hijo.

Se lo agradecí.

—Oiga, ¿y Carlos, dónde anda?

—Fue con su papá a ver el futbol, al estadio. Ya ves que son atlantistas de corazón. Al rato viene.

—Bueno, señora, gracias. Voy a dar una vuelta.

—Ándale, hijo. Me saludas a tu mamá.

*

En un salón habían acondicionado una Casa de los Espantos. Pagué cincuenta centavos y me formé, con mi boleto en mano. La niña que estaba delante de mí volteaba cada rato, hacia todos lados.

—Oye, ¿me apartas el lugar? Es que mi amiga no llega. Ya se tardó mucho —me dijo la niña.

—Bueno.

Estaba a punto de entrar cuando llegó la niña, corriendo. Traía de la mano a Soco, la pecosa. Le sonreí. Ella hizo un mohín y trató de hacerse la disimulada.

Entramos a la Casa. Todo estaba oscuro. Una de las dos niñas se tropezó y cayó. Sin fijarme, caí sobre ella. Y luego la otra dio contra nosotros. Con los pies pegué en unas bancas que estaban amontonadas. Algo se derrumbó con mucho estruendo. De pronto encendieron la luz. Me levanté como pude. Por fortuna mis anteojos seguían en su sitio. Las dos niñas estaban aún en el suelo. Las ayudé a pararse. Una monja se acercó.

—¿Quién hizo este desastre? —preguntó furiosa.

Las niñas me vieron, culpándome. Antes de que pudiera protestar, la monja me tomó del brazo.

—¡A la cárcel los tres, para que aprendan!

Jaló también a las niñas y nos sacó del salón. Nos llevaron a otra aula, que servía de cárcel. La pecosa estaba que trinaba. No quiso mirarme. Se sentó en una banca y empezó a llorar. La otra niña trató de calmarla.

—¡Por tu culpa, niño! —me dijo—. ¡Todo es por tu culpa!

—¿Yo? Si no hice nada. Sólo me tropecé con alguna de ustedes.

—Conmigo —dijo la otra.

—Bueno, contigo, niña…

—La niña tiene su nombre —dijo Soco, dejando de llorar.

—Pues no sé su nombre —repliqué molesto.

—Juana. Me llamo Juana.

Me senté en otra banca. Vi la paleta. Tenía tallado un corazón con dos iniciales: H y B. Se encontraban recluidos dos niñas y un niño, aparte de nosotros.

—¿Cómo vamos a salir de aquí? —les pregunté a las niñas.

—¿No sabes? ¿Nunca has venido a una kermés de la Regina? —preguntó la pecosa.

—No.

—Mmm. Pues hay que pagar multa.

—¿Cuánto es?

—Un peso.

—No traigo un peso. Creo que nada más tengo cincuenta centavos —mentí.

Ambas me miraron y se rieron. De pronto entró la carcelera, una monja rechoncha, de doble papada, con un látigo en la mano.

—A ver, presos, ¿quién quiere salir?

—Yo, miss —dijeron a coro las cuatro niñas, que evidentemente estudiaban en el colegio.

Los intrusos, el otro niño y yo, nos unimos a la petición.

—Sólo pueden salir si pagan la multa o… si se casan. De aquí tienen que ir directo al Registro Civil. ¿Quién dijo yo? —preguntó retadora, dando golpes en el suelo con el látigo.

Sin saber por qué, en un impulso, señalé:

—Yo quiero.

—¿Y con quién te vas a casar? —preguntó la monja entornando los ojos, coqueta.

—Con ella —y señalé a la pecosa—. Es mi novia.

Soco se puso como jitomate. Y luego comenzó a soltar una risa nerviosa, tapándose la boca.

—No es cierto, miss. Apenas lo conocí hoy. ¡No es mi novio!

—¡Ah, para el amor no hay edad ni horarios! —afirmó enigmática la carcelera—. ¡A casarse!

Nos llevó a los dos hasta el Registro Civil, pese a las protestas de Soco. Otra monja se hallaba sentada frente a una máquina de escribir olivetti. 

—Nombre de la novia —dijo la escribana.

Ella se resistía.

—No, miss. Yo no quiero casarme con este niño. Ni lo conozco. No es cierto que sea su novia.

—¡Nombre de la novia, dije! —re-pitió tronante, con fastidio, la monja.

La pecosa titubeó. Creo que se resignó. Total: sólo era un juego.

—Socorro.

Y la monja anotó.

—Nombre del novio.

—Fidel.

Y lo escribió. Siguió tecleando por unos momentos más. Sacó la hoja. 

—Firmen aquí, donde están sus nombres.

Soco, un poco con pena, escribió un garabato. Yo ensayé mi firma dominguera. 

—El pago de los anillos —dijo la escribana.

—¿Cuánto es? —pregunté.

—Dos pesos. Uno por cada uno.

Saqué los dos billetes y se los di.

—Pero tú dijiste en la cárcel que sólo tenías cincuenta centavos —me recriminó la pecosa.

Le cerré un ojo. Ella se enojó y volvió a poner cara de fastidio. La monja me dio dos anillos de plástico.

—Ponle el anillo rosa a la novia y el azul es para ti, novio —me aleccionó.

Traté de tomarle la mano a Soco, pero se resistió. Quiso alejarla, con fuerza, y sólo logró darme un golpe, que me tiró los anteojos. ¡Puta, con que se rompan, la que se arma con mi madre! Fui rápido hasta donde botaron y los examiné. Nada. Estaban bien. Nada más un poco de tierra. Comenzaba a oscurecer.

—¡Ay, perdóname! ¿Se rompieron? —preguntó la pecosa, acercándose—. Deben ser muy caros.

No respondí. En un impulso, aventé lejos los dos anillos de plástico. Y me fui indignado. 

*

Limpié los anteojos con jabón en el baño. Me eché agua en la cara y el pelo. Salí más tranquilo, con hambre. A lo lejos vi a Santi. Pinche ojete. Lo evité, caminando hacia el lado opuesto. El equipo de sonido ofrecía ahora "El parque, la lluvia y otras cosas", de Los Cowsills. Bonita y pegajosa melodía. Busqué entre los puestos qué comer. Vi unos ricos sopes. Ahí.

Apenas iba a sentarme cuando vi aparecer a Soco. Me voltee, como había hecho ella varias veces. Tuvo que rodearme para que quedáramos de frente.

—¿Me perdonas? —dijo humilde.

—¿De qué?

—¿Cómo?

—¿De qué quieres que te perdone?

Sonrió. Vi que se le hacían hoyuelos en los cachetes. 

—Por todo. Tú sabes.

Me reí. 

—Está bien. Asunto olvidado.

—Falta algo —dijo divertida.

Abrió la mano derecha: traía los anillos de plástico. En la otra llevaba el certificado de matrimonio.

—No me pusiste el anillo. Ni yo a ti. Así que aún no estamos casados.

Tomé los anillos. Le puse el rosa. Y luego ella me colocó el azul. Nos reímos, contentos. Me tendió el papel enrollado.

—Guárdalo. Es mejor que lo tengas tú —le dije.

 
 
 
 
 
 
 
 
   
Asintió de buena gana. 

—Ahora puedes besar a la novia —dijo sin pena.

Me quedé perplejo. ¿Besarla? Enrojecí como nunca en mi vida. 

—¿Segura que quieres que te dé un beso?

—Sí, Fidel.

Cerré los ojos. Ella hizo lo mismo. Busqué sus labios. No encontramos la boca del otro. Después de unos segundos ridículos abrimos los ojos y reímos. Nos dimos un beso rápido, casi metafísico.

—Me llamo Socorro. 

—Ya lo sé. Y me gusta.

—¿Vendrás a verme a la salida el lunes, o sea mañana? —preguntó con los ojos más bellos que he visto en mi vida.

Con el alma respondí que sí. 

—Adiós, Fidel. Hasta mañana —dijo mi pecosa.

Sonrió. Vi sus preciosos hoyuelos en los cachetes y su rostro surcado de pecas irregulares. En el fondo, en los altavoces, me pareció oír "Love me do". Los Birols, por supuesto.• 

* Rodolfo Bucio (ciudad de México, 1955) estudió filosofía en la UNAM. Fue becario inba-Fonapas (1982-83) y del Centro Mexicano de Escritores (1985-86) en narrativa. Ha publicado los libros de cuentos Las últimas aventuras de Platón, Diógenes y Freud (SEP, 1982) y Escalera al cielo (Cuadernos de Estraza, 1982), y el de prosa poética Geoda (UAM Xochimilco, 2000).