Nedda Anhalt: "El affaire Dreyfus sigue abierto"

*Silvia Cherem S.
Cuando en 1990 Nedda Anhalt (La Habana, 1934) fue al Museo de Arte Judío en Nueva York a visitar la exposición dedicada a la tragedia de Alfred Dreyfus, no imaginó que enfrentarse a una injusticia "tan monstruosa" —que en la última década del siglo XIX desató en Francia uno de los antisemitismos más virulentos que hasta entonces se conociera y quedó para la historia como un vergonzoso ejemplo del conflicto de intereses que prevalece entre la ética y la política— sería un parteaguas de su existencia. A partir de entonces y durante casi doce años, trabajó en bibliotecas en Francia, Alemania y México con el fin de reconstruir el imbricado caso y finalmente concluyó su ambicioso libro: ¿Por qué Dreyfus? El ensayo de un crimen, que bajo el sello de Conaculta circula desde enero de 2003.

Los tres pisos del inmueble estaban dedicados por entero a reproducir el proceso. Ciertas imágenes me provocaron indignación, cólera. Pero cuando entré a una exposición en donde estaban expuestos en vitrinas los periódicos de la época y leí aquellos titulares de la prensa, sentí verdadero terror. ¡Ahí estaba el mismo Dios del odio, furibundo y pleno de poder! Eso lo percibí claramente. Las palabras fueron para mí más potentes que las propias imágenes.

Recuerda en entrevista en su casa, en donde los libros y las obras de arte se desbordan y conviven con numerosas muñecas de trapo.

La historia del affaire Dreyfus, un imbricado proceso que llegaría a convertirse en el símbolo per se de la injusticia y emblema de la fragilidad del individuo frente al poder monolítico del Estado, comienza en 1894 con la aparición de un bordereau (memorando) que la señora Bastian, una sirvienta que espió para los militares franceses, halló en un basurero de la embajada alemana en París y que luego entregaría al Departamento de Inteligencia de su país. Al reconstruirlo, se constató que alguien había revelado al enemigo secretos militares del ejército galo y, sin mayor premura, con argucias e ilegalidad, se "encontró al culpable": Alfred Dreyfus.

Dreyfus era uno de los pocos judíos que logró ascender en la milicia francesa y, creyendo en los valores libertarios de igualdad que su país ofrecía, desdeñó su identidad judía y se asumió como "profundamente francés". Disciplinado y leal, en una carrera vertiginosamente ascendente, logró alcanzar el grado de capitán, pero su vida cayó injustificadamente en un abismo cuando sus superiores le endilgaron el crimen de alta traición por espionaje, lo denigraron y condenaron a prisión solitaria de por vida en la Isla del Diablo.

En 1896, con el ascenso del teniente coronel Marie Georges Picquart como jefe del Departamento de Inteligencia francés, la historia pudo haber tomado otro curso. Picquart descubrió una nueva carta en fragmentos, supuestamente escrita por el agregado militar de la embajada alemana en París, coronel Schwartzkoppen, y dirigida al mayor del ejército francés Walsin Esterhazy, que era el verdadero traidor y espía. Picquart despreciaba a los judíos. Pero convencido de la inocencia de Dreyfus comenzó a hacer investigaciones por su cuenta que lo condujeron a la convicción de que Esterhazy era el verdadero culpable. Por atreverse a externar esta opinión ante sus superiores fue retirado de su cargo y encarcelado. A partir de ello, comenzarían a surgir nuevos documentos en el Departamento de Inteligencia francés que no sólo inculparían a Dreyfus, sino también a Picquart. En 1898, antes de suicidarse, el mayor Henry confesaría que él fabricó estos documentos incriminatorios, en la oficina de Inteligencia en la que laboraba.

Ese mismo año el novelista Émile Zola, convencido de que Francia se hundía en un abismo de falsedad amenazado por una "vergonzosa mancha", escribió su famosa carta J´Accuse, dirigida al presidente de Francia, Félix Fauré, y publicada el 13 de enero de 1898 en el periódico L´Aurore. En ella exhibió con contundencia las verdades del caso y acusó al gobierno y a la casta militar de falsificación de pruebas, conspiración y culposo abuso de autoridad. Esto no sólo enfureció a la casta militar y arreció la campaña antisemita, sino que además provocó la detención de Zola por el cargo de difamación.

Por vez primera en la historia los intelectuales reunieron firmas de apoyo en desplegados en la prensa con el fin de oponerse al poder monolítico del Estado. El gobierno, incapaz de contener la presión social, aceptó en 1899 que se llevara a cabo un nuevo  juicio. Sin embargo, las autoridades militares, incapaces de asumir su fragilidad y reconocer la conspiración, por segunda ocasión condenaron a Dreyfus como culpable de traición. Pero esta vez la corte marcial absurdamente añadió el lema: "con circunstancias atenuantes" para poder cambiar la sentencia en lugar de cadena perpetua a diez años, la mitad de los cuales ya había cumplido.

Por la resonancia mundial de este caso, Francia comenzó a ser mal vista. El compositor noruego Edvard Grieg, por ejemplo, se negó a realizar un tour por el país después de este segundo fallo. Era evidente que la traición no podía tener "circunstancias atenuantes". La polarización social continuaba y los antidreyfusistas aprovechaban para incitar al odio más pernicioso. En medios como La Libre Parole del escritor Edouard Drumont o L´Action Française de Charles Maurras —un católico monárquico y colaborador de los nazis que se opuso a que Albert Einstein, por ser judío, ingresara al College de France o a que Henri Bergson fuera admitido en la Academia Francesa— ridiculizaban a Émile Zola, a Picquart, a los intelectuales que clamaban justicia, y contribuían a difundir la falsificación del estereotipo del judío como lacra de la sociedad, ser inferior, satánico y foco de enfermedades contagiosas.

El Congreso, con una bomba de tiempo en las manos, buscó en 1899 "la reconciliación nacional". Con 428 votos contra 54, decidió otorgar "el perdón" a Dreyfus y, con ello, "cerrar para siempre el caso". Se destruyeron los archivos con el fin de borrar la evidencia, y aunque Dreyfus logró en 1906 su rehabilitación, dedicó el resto de sus días a probar su inocencia y a "restablecer su buen nombre".

Nedda Anhalt, cubana de nacimiento y nacionalizada mexicana, autora de libros de cuentos (El correo del azar, A buena hora mangos verdes), entrevistas (Dile que pienso en ella), ensayos (Amor: occidente y oriente, Apuntes para un estudio comparativo sobre La hija de Rappaccini de Hawthorne y Paz), crítica literaria y traductora, figura cercana a Octavio Paz, quien durante más de veinte años se ha dedicado a rescatar las voces del exilio cubano y hacer crítica cinematográfica y literaria, sostiene que la tragedia de Dreyfus, que aparentemente quedó finiquitada al cerrar el siglo xix, está aún vigente. Arguye que la injusticia, el fanatismo y la traición de ese caso no sólo fueron la trama con la que se tejió la urdimbre del siglo xx, sino que sirvieron como un burdo y grotesco ensayo para la verdadera función: las purgas estalinistas y las atrocidades antisemitas que cometió el nazismo durante la segunda guerra mundial.

¿Por qué Dreyfus? El ensayo de un crimen es un libro sumamente ambicioso, totalizante, que a partir de una variedad de aspectos, temas, épocas, personajes, y una contundente base teórica, pareciera advertir, en sus más de 500 páginas, que la injusticia, el antisemitismo y el racismo han sido una estafeta que ha viajado de generación en generación sembrando el odio en una carrera de relevos que, al parecer, no tiene fin...

Es cierto, el libro es totalizante, es un fresco multiforme del final del siglo xix, que se amalgama con el principio del XX y el nazismo. No soy historiadora, pero el hilo conductor de mi libro es la historia misma y vivo con la convicción de que este caso alude al pasado, pero también al presente. El affaire Dreyfus fue un crimen contra el espíritu del ser humano y, en especial, en contra del judaísmo. La opinión pública está dominada por la idea de que el proceso comenzó en 1894 y terminó en 1906, con la rehabilitación de Alfred Dreyfus. Se cree que la historia concluyó con un "final feliz" y yo arguyo que esta conjetura no es aplicable ni siquiera como una vana ilusión. Los culpables nunca fueron perseguidos, los archivos fueron empapados de discreción y posteriormente destruidos, y el injusto affaire no sólo transformó para siempre la vida de todos los integrantes de la familia Dreyfus, sino también del novelista Émile Zola quien escribió su célebre J´accuse y murió misteriosamente asfixiado en 1902, de Picquart —jefe de la Sección de Estadística, quien descubrió evidencia de la inocencia de Dreyfus y al haberla hecho pública ante sus superiores fue apresado e incriminado como "espía" y traidor— y además de las comunidades judías que fueron nuevamente un blanco perfecto como chivos expiatorios.

Pienso además que aunque "el ensayo de un crimen" ya conlleva una carga de copropiedad con Rodolfo Usigli y Luis Buñuel, este caso fue eso: el ensayo de un crimen. Max Dimont es quien habla de este caso en esos términos y sostiene que si la manipulación del antisemitismo de Estado "falló" en Francia, el mecanismo de propagación del odio, prejuicios y propaganda sirvió para el futuro triunfo nazi en Alemania. Sólo fue cuestión de perfeccionar la fórmula del siglo XIX al XX.

Este caso pudo haber servido como un sistema efectivo de inoculación contra el antisemitismo pero, por el contrario, la dosis de furor e incitación acabó por minar la salud de los organismos. Para prueba de ello, no sólo podríamos aludir a la suerte de los judíos durante el nazismo sino también, por ejemplo, al rechazo mundial a la carga de pasajeros judíos del errante barco San Luis en 1938. Los 900 judíos a bordo intentaron infructuosamente salvar sus vidas y, tras el rechazo de aceptarlos en algún país de América donde tocaron puertas, incluyendo México, tuvieron que regresar a Europa, donde murieron, en su mayoría, en los hornos crematorios. El antisemitismo se difundió sin tregua. Cresteil, uno de los personajes de Jean Barois, del Nobel Roger Martin du Gard, dice con razón al respecto del affaire Dreyfus: "Picamos el absceso, contábamos con la cura y ahora se instaló la gangrena". Desde mi perspectiva, lo aterrador es que la gangrena continúa.

Y como lo señalas en tu libro, al caso Dreyfus siguió la Francia colaboracionista de Vichy y ahí de nada sirvió que los judíos se sintiesen "franceses": tanto los dreyfusistas como aquellos judíos que optaron por condenar a Dreyfus, creyendo que así eran "leales" a la Francia que les concedía la ciudadanía plena, fueron igualmente conducidos a los campos de exterminio.

Eso fue una dolorosa ironía... Este caso arroja un vislumbre de la verdad que prevaleció en aquel episodio histórico y también aporta pistas para entender el antisemitismo actual. ¿Sabes que Jack Lang, ministro de Cultura francés durante la presidencia de Miterrand, comisionó al escultor Louis Mitteleberg a realizar un monumento a Dreyfus que iba a ser instalado en el patio de la Escuela Militar, justo en el lugar en donde éste sufrió la ceremonia de degradación, y que paradójicamente la escultura tuvo que esperar durante años, como un judío errante, a falta de hogar?

El título del libro es ¿Por qué Dreyfus? El ensayo de un crimen. A mí me hubiera parecido más atractivo que omitieras la pregunta y que comenzaras por una certeza: "Dreyfus: el ensayo de un crimen".

Estoy convencida que en la vida todo finaliza por ser una pregunta, y este proceso plantea numerosas interrogantes que he intentado responder al escribir: ¿por qué de entre todos los hombres de milicia acusaron a Dreyfus?, ¿por qué a un judío?, ¿por qué el antisemitismo?, ¿por qué sucedió en la Francia que se proclamaba baluarte de los derechos del hombre?, ¿por qué esta conspiración?, ¿por qué la ética no tiene cabida en los intereses de la política?, ¿quién, si no Zola, se hubiera pronunciado por un judío en contra del Estado Mayor?

Me has contado que pretendías terminar el libro en 1999 para el centenario de la liberación de Dreyfus, pero que los enigmas y contradicciones del caso se fueron comiendo tu tiempo. ¿Cómo fue tu proceso hasta que finalmente terminaste con la última versión?

En 1996, después de seis años de trabajo exhaustivo, pensé que ya había agotado el tema. Me despertaba constantemente con pesadillas y quería cerrar ese capítulo de mi vida. Gabriel Zaid leyó lo que hasta entonces tenía escrito, y me aconsejó que el tema aún daba para más, que siguiera trabajándolo, me incitó a buscar qué había dicho al respecto don Porfirio. Sergio Pitol me sugirió que revisara la prensa mexicana. Así empecé a investigar lo que se escribió en México del affaire, y aunque no encontré ninguna declaración de Porfirio Díaz, sí me topé con las aportaciones de dos mexicanos ilustres: Justo Sierra y José Juan Tablada.

Sierra, convencido de que el país heredero de una revolución como la francesa tenía el verdadero derecho de implantar el imperio de la ley moral, aseguró que este caso era "una de las mayores iniquidades en los anales de la justicia" y realizó una suerte de inquisición espiritual en la que reflexionó, desde una perspectiva personal, más amplia y comprensiva, sobre las injusticias de este caso que atribuyó al más burdo antisemitismo. Justo Sierra fue el único de los grandes escritores mexicanos de esa época que defendió el ideal de la justicia sobre los prejuicios de la nación francesa, y aunque respiró el aire más transparente de esta cultura, terminaría por asumir la crítica y ser hijo de la Reforma y la Ilustración. 

Con respecto a Tablada, me topé con un texto, poco divulgado y estudiado, publicado el 23 de julio de 1906 en El Imparcial, que provocó una polémica en su época y postuló una valiosa interpretación de "lo francés" como una construcción ficticia, destinada a desaparecer ante la moda del momento: "lo norteamericano", que entonces se iba abriendo paso. Cuando le hablé a Octavio Paz de este texto de Tablada se emocionó muchísimo y me ofreció publicar un ensayo al respecto en Vuelta. En aquel momento no acepté su propuesta, preferí esperar a que mi libro estuviera listo y hoy todo ello forma parte del décimo capítulo titulado "Dreyfus en México. Adiós París".

Nedda, al leer tu ensayo pensé que quizá en el proceso de escritura, tú misma dudaste cómo escribir y divulgar esta historia. Se me antoja que tal vez pasó por tu cabeza hacer una novela que pudiera acercar más el affaire a los lectores, en lugar de un ensayo; finalmente tu fuerte es la literatura y no la historia. ¿Por qué no novelaste el proceso?

Es cierto, yo no soy historiadora y, por un tiempo, esto me paralizó. A pesar de haber consultado a numerosos historiadores, tuvieron que pasar varios años hasta que al fin acepté la premisa de que ningún tema, y menos éste, estaba exento para nadie. Por eso mi libro es un sistema de vasos comunicantes, en donde el ensayo, el periodismo, la literatura y la historia dialogan sin cesar hasta fundirse en una unidad.

Ahora bien, es curiosa tu pregunta porque eso mismo le pasó a Émile Zola. Al comienzo quiso ficcionalizar el proceso, pero luego convencido que "encubrir los errores o disculpar los crímenes era ir al abismo", optó por esclarecer la verdad primero. Decía: "que todas mis obras perezcan si Dreyfus no es inocente... No quiero que mi país quede hundido entre la falsedad y la injusticia. Algún día Francia me agradecerá que haya ayudado a salvar su honor".

En mi caso, no tuve duda. Para mí hubiera sido un pleonasmo ficcionalizar el affaire porque éste, en sí, ya es una novela policial. Se perpetró un crimen de traición y hay un enigma por resolver: ¿quién fue el culpable?, ¿quién escribió el memorando? Sigo las pistas, las expongo con verosimilitud e incluso reconstruyo ciertas circunstancias para descubrir a los culpables. En consecuencia, los lectores son los verdaderos detectives, los que ordenan el material que les propongo y quienes interpretan este criptograma. Muchos creen conocer el desenlace de este proceso pero, en verdad, lo desconocen.

Es difícil ver este proceso sólo como una novela policiaca. Cuando uno lee en el capítulo noveno, "Prohibido amar", la correspondencia de aquellos años entre Lucie y Alfred Dreyfus, un alarido sordo y desesperado de amor e impotencia que nunca llegó a su destinatario, pareciera más una tragedia...

Quizás una tragedia griega. Dreyfus fue una víctima infeliz, como lo fue en su tiempo Ifigenia. Y cuando hablo de la hija de Clitemnestra y Agamenón, me estoy refiriendo a esa desesperación que tenía el ejército para que las naves llegasen a su destino, sea para ayudar a Menelao o para purgar la culpa de Agamenón. Por una culpa o la otra, a Ifigenia había que sacrificarla "para que los vientos fuesen favorables".

Algo similiar ocurrió con Dreyfus. El ejército francés estaba también desesperado y, para salvar a Esterhazy, un desprestigiado pseudo aristócrata, necesitaba una víctima. Entonces también los vientos serían favorables para que no se descubriese el contubernio existente entre la casta militar y el poder civil. En realidad este caso refleja la estética del melodrama más patético: los sufrimientos de esta víctima, sus cinco años en la Isla del Diablo y el destino final de su familia durante la segunda guerra mundial.

Ahora bien, este proceso, además de tragedia, melodrama o novela policiaca, también podría ser visto como un drama existencial: ¿no decía Sartre que "la mirada del otro" te fija? Pues a Dreyfus lo "fijaron" como "traidor" y "espía". Fueron los otros, los demás, quienes determinaron su destino. Antonio Tabucci dijo en una ocasión que nuestra vida está básicamente marcada por las personas que encontramos. No está hecha de paisajes naturales, sino de paisajes humanos. Con Dreyfus esto fue así. Fueron los demás quienes determinaron su existencia, los que probablemente inventaron el memorando, los que lo acusaron en falso. Él no tuvo responsabilidad personal alguna en ese colosal enredo. Alfred Dreyfus fue una víctima, un chivo expiatorio de los otros y él ni siquiera pudo darle coherencia a lo sucedido porque ni enterado estaba. A este hombre le robaron los mejores años de su vida, no vio crecer a sus hijos, lo separaron de su mujer, lo acusaron de un crimen que no cometió.

Dos de los capítulos del libro que más me gustaron fueron aquellos en los que retomas el papel público y crítico de los intelectuales: por una parte, Émile Zola que jugó un papel fundamental como contrapeso del poder para cambiar la suerte del proceso y que, hostigado y marginado (¿quizá también asesinado?), se convirtió en símbolo de la libertad del intelectual. Y, por otra, autores como Roger Martin du Gard, Marcel Proust y Anatole France, que novelaron el proceso y lo inmortalizaron a través de obras de enorme trascendencia.

Nunca antes se había visto que los intelectuales mancomunaran sus voluntades para alzar la voz como grupo de poder frente al autoritarismo estatal, y a causa de este affaire la vocación intelectual alimentó sus raíces e hizo su entrada triunfal en el mundo de la ética, sentando un importante precedente para intentar transformar la vida política de una nación. Bernard Lazare, convencido de que todo el asunto era una "maquinación antisemita", escribió el folleto Un erreur judiçiaire. La verité sur l´Affaire Dreyfus en octubre de 1896, y este texto fue el puente para llegar con Zola, que aunque en aquel momento apenas hojeó el folleto, se interesó en el proceso para escribir una novela. Al adentrarse en los móviles y los personajes, Zola se convenció de la verdad y la injusticia y, por ello, decidió levantar su voz.

La misma tarde que Zola publicó su escandaloso escrito J´accuse en L´Aurore, que elevó el tiraje del diario a 300 mil ejemplares, la Cámara de Diputados llevó a cabo una votación, que ganaron por 312 votos contra 122, con el fin de acusar de libelo a Émile Zola y al diario, e iniciar un proceso judicial contra ellos. Esto provocó que se organizaran, por primera vez en la historia, firmas de intelectuales para proteger al novelista. Anatole France y otros se reunieron en casa de Ludovic Halevy y al día siguiente publicaron el insólito desplegado de repudio en L´Aurore: entre muchos, firmaron Pasteur, Fernand Gregh, Robert des Fleurs, Luis de la Salle, Anatole France, Claude Monet, Jacques Bizet y Daniel Halevy pidiendo la revisión del caso. Para fin de mes, la petición ya contaba con tres mil firmas y despertó la atención de la prensa mundial que clamaba ante la injusticia.

Es curioso el caso de Marcel Proust, porque cuando leyó el periódico que publicaba la primera lista de firmantes, y comprobó indignado que él no estaba ahí, le escribió al director y le dijo: "Ya sé que no dará mayor prestigio a la lista, pero el hecho de que yo figure en ella le dará más prestigio a mi nombre".

En ese entonces Zola era un hombre rico y mundialmente reconocido como escritor. Llevaba una vida equilibrada con su esposa y sus dos hijos y, aunque muchos arguyeron que no "tenía necesidad" de imbuirse en aquel embrollo, él se asumió como un hombre ético, cuya libertad intelectual estaba determinada por su apoyo a las víctimas y los desposeídos. Como consecuencia, perdió lectores, fue condenado a un año de prisión y a pagar miles de francos de multa por varios procesos de difamación, y perdió definitivamente la esperanza de obtener un ansiado asiento en la Academia Francesa. Inclusive su muerte en 1902, por intoxicación con monóxido de carbono, hoy se sabe que fue producto de un crimen y no de un accidente, como se dijo entonces.

Como contraposición exhibes los casos de Rodin, que dejó de visitar a Anatole France por ser dreyfusista, y de Degas, que se atrevió a decir que la pintura de Pisarro era "innoble" por el hecho de que éste fuera judío...

Degas se transformó radicalmente con el caso Dreyfus. Antes de ello, era amigo cercano de los Halevy y también de Pisarro. Lo mismo le sucedió a Romain Rolland, que no obstante que estaba casado con una mujer judía, se negó a firmar declaraciones a favor de Dreyfus porque, según escribió en sus memorias, le molestaba el "frenesí" con el que algunos reclamaban la inocencia de Dreyfus. Sin embargo, no le irritó el frenesí contrario por inculparlo. La sociedad se fracturó irremediablemente y, aunque la verdad afloró, cada quien optó por seguir creyendo lo que quiso.

Ahora bien, desde el punto de vista literario este affaire brilla más por su ausencia que por su presencia, en la creación de los autores de la época. Sin embargo, las figuras literarias más conocidas del siglo XIX sí lo abordaron. Martin du Gard, quien llegaría a ser Premio Nobel de Literatura en 1937, recreó el affaire casi al pie de la letra en su obra Jean Barois, que es el triunfo de la ficción hecha verdad. Anatole France creó en La isla de los pingüinos una sátira rampante de sarcasmo y también aludió al caso en El señor Bergeret en París. Marcel Proust lo hizo en En busca del tiempo perdido, donde arriesgó todas las ganancias de un novelista para utilizar la ironía más desenfadada y, claro, ganó. Zola lo hizo en su última novela: Vérité, y Romain Rolland finalmente retomó este proceso en su drama Les loups (Los lobos). Sartre, Beauvoir, Malraux o Camus, a la hora de escribir sus novelas eligieron el horizonte histórico entre 1914 y 1939; pero no 1898-1906.

En tu texto es sorprendente la cantidad de material hemerográfico y libros de todas las tendencias en los que te apoyas. ¿Qué fue lo más difícil para desentramar este caso?

Quizás haber recabado tanta información o tal vez el haber adquirido conciencia de que me hallaba ante el affaire más transparente del siglo xix, pero a la vez el más misterioso. Cuando creía que tenía una solución, iba descubriendo que había otras; todo el tiempo tenía que regresar a revisar mis hipótesis. En este proceso, las interrogantes son inagotables. Quise descorrer los velos que ocultaban el caso y para hacerlo me documenté lo más que pude, sirviéndome de la experiencia ajena de los historiadores.

¿Hubo algún historiador de tu confianza o pudiste acceder a algún archivo inédito?

No, y con respecto a los historiadores, a todos los necesité pero no hubo ninguno en quien pudiera confiar. Salvando las diferencias, cuando Tucídides escribió sobre la guerra del Peloponeso, él vivió esa época; pero a cien años de distancia, no podía prescindir de los historiadores, que eran la fuente principal de información. Sin embargo, después de haber consultado a varios, me di cuenta de las discrepancias. Así que lo primero que empecé a revisar fueron los agradecimientos. Si Lombares o Marcel Thomas le agradecían a la familia de Du Paty du Clam —comandante del Estado Mayor que arrestó a Dreyfus y testificó contra él en el juicio— por haberles permitido consultar los archivos de su biblioteca, sabía que éste sería tratado con el mayor respeto y cortesía o, de plano, ni mencionado: noblesse oblige.

Quizá la parte más conmovedora de tu libro es el legado de sufrimiento, producto del desprecio y la condena, que vivieron los Dreyfus por varias generaciones no obstante que se probó su inocencia, inclusive confirmada con las declaraciones del coronel Maximilian von Schwartz-koppen, agregado militar de la embajada alemana en París, que en su lecho de muerte finalmente declaró que todo el caso de Dreyfus había sido de "falsificaciones e intrigas".

A mí también eso me caló hondo. Durante y después de la tragedia, el trato a los Dreyfus fue denigrante. Era difícil, por ejemplo, encontrar un hogar en donde el dueño y los inquilinos estuvieran dispuestos a aceptarlos. Las turbas callejeras convirtieron el acoso en un popular deporte urbano y los Dreyfus tuvieron que vivir rodeados de letreros hostiles y desplegados ofensivos. Edouard Drumont, en La Libre Parole, se encargaba de publicar las nuevas direcciones de los Dreyfus instando a los vecinos a que "desinfectasen" ciertos departamentos, refiriéndose al capitán como "el gran pedazo de suciedad"; y Jules Girard, fundador del periódico L´Action Nationale, se dedicaba a vigilar y consignar cada paso que daba la familia. Tenía inclusive planeado cloroformar a Dreyfus para ejecutarlo. La noche anterior al sepelio de Zola, en 1902, L´Intransigeant emitió una orden para atacar a Dreyfus en el entierro. No obstante, Dreyfus estuvo ahí, y escuchó los gritos y las amenazas de más de 200 manifestantes que exigían su muerte.

Tal vez lo que más me conmueve es pensar en Madeleine. Ella orquestó una protesta silenciosa frente a los escalones de la casa del profesor que ofendió la memoria de su abuelo y, cuando fue arrestada por la Gestapo, escribió una carta inocente en la que expresó que en Drancy o en Auschwitz "sería capaz de servir de ayuda a los cientos de niños que ahí se encontraban". George Steiner tenía razón cuando describe al judío como "un ser que lee un libro, con un lápiz en la mano". De hecho él consigna cómo muchos, en la cola para entrar a los hornos, llevaban un texto y lo iban corrigiendo.

Y eso has hecho también tú. A falta de pruebas, fuiste con tu lápiz aventurando hipótesis...

 
 
 
 
 
 
 
 
   
Quizá lo más terrible de la perversión de la justicia no sólo es encontrar a los verdaderos culpables de haberle imputado a Alfred Dreyfus la responsabilidad de una traición que él no cometió, sino entender o aclarar ese “delirio de tantos” por acusarlo. Fue un enredo colosal, incontrolable. Un enredo que finalmente conduce a un tema tan antiguo como “andar a pie”: el antisemitismo, concatenado históricamente a prejuicios, mentiras y leyendas falaces. Sin embargo, si el affaire Damasco (un libelo en el que acusaron a los judíos de matar a un niño para fabricar con su sangre pan ázimo) tuvo como corolario que los judíos del mundo se hermanaran en la fundación de la Liga Israelita Universal, el affaire Dreyfus gestó el sionismo y la posibilidad de la existencia del Estado de Israel (Teodoro Herzl, un periodista húngaro, estuvo presente durante la humillante ceremonia de degradación de Dreyfus el 5 de enero de 1895, y los gritos de “¡mueran los judíos!” lo incitaron a escribir su libro El Estado judío y a promover la creación de la Organización Sionista Mundial).

Evidentemente esto te toca de cerca. Como judía y como cubana, a lo largo de tu producción literaria has mostrado tener dos talones de Aquiles: el exilio cubano y el antisemitismo. ¿En qué medida la guerra, con su locura y muerte, te tocó directamente en tu infancia o adolescencia?

Soy vehemente porque me mascullaron la piel del alma. Sin embargo, aunque en la segunda guerra mundial murió gran parte de mi familia y los fantasmas prevalecen, nunca he pensado que este libro tiene nexos con mi pasado. La historia, como decía Dreyfus, no guarda secretos y yo simplemente he querido exhibirlos. Este proceso sacó del clóset el antisemitismo francés y exacerbó la cólera popular hasta el delirio de un odio racial y religioso. Zola, France, Proust y Martin du Gard probaron ser una voz crítica, un baluarte de moral y verdad, y el affaire Dreyfus es excepcional justamente por la aparición, por vez primera, de la calidad ética en el prestigio del “intelectual”. Zola, inclusive, vivió y murió por ello. Pienso que el nombre de Dreyfus no debe ya verse como un significante concreto, particular y exclusivo del antisemitismo, sino como un emblema de la injus-ticia. Como decía Ferdinand Buisson, Premio Nobel de la Paz y Presidente de la Liga de los Derechos del Hombre: “Hay un affaire Dreyfus en dondequiera que haya un obrero que sufra, un niño sin instrucción, un trabajador indefenso y un anciano sin asilo”.•

*Silvia Cherem S. (ciudad de México, 1961) estudió ciencias de la comunicación y la maestría en sociología. Fue finalista del Premio Nuevo Periodismo, que convoca la fundación que dirige Gabriel García Márquez. Es autora de Entre la historia y la memoria (Conaculta) y Trazos y revelaciones. Entrevista a diez pintores mexicanos (fce); en prensa se encuentra Ilusión perdida, entrevista al ex político y escritor nicaragüense Sergio Ramírez.