La relación del escritor con sus personajes 
*Eve Gil 
Hubo un tiempo en que el poeta era considerado un ser favorecido por poderes sobrenaturales. Se pensaba que sus excelsos versos le eran dictados por los dioses y que los formidables personajes que surcaban sus aguas eran los propios dioses encarnados en palabras.

A través de los siglos el papel del escritor se ha ido devaluando —particularmente en Latinoamérica— y con ello los mitos que lo rodeaban. Hoy sabemos que la inspiración, ese canto de sirena que lleva al escritor derecho a la página en blanco o a la pantalla, es un impulso que tiene más que ver con el ingenio que con cuestiones divinas. En los tiempos que corren los escritores ya no entretienen reyes, antes bien son menospreciados por gobernantes neoliberales y hostigados por Hacienda. Ser escritor es una vocación cada vez menos prestigiada que de ninguna manera aporta dinero para vivir (a menos que seas Premio Nobel o best seller) y que, no obstante, continúa exigiendo sumisión a quien la ostenta. 

Aunque ya no creamos en las musas, lo cierto es que el procedimiento no ha variado mucho de entonces a la fecha, aunque las musas hayan perdido su nombre y hoy simplemente las llamemos algo. El escritor, que no deja de asumirse dios mínimo que crea universos, se sorprende un buen día pensando en seres que exigen un cuerpo, una voz y un nombre. Nunca se sabe exactamente en qué momento son concebidos, se tiene conciencia de ellos el día que no deja uno de pensarlos, que empiezan a convivir con nosotros y se cuelan en nuestra vida diaria. El escritor se levanta, se lava los dientes y lleva a los niños a la escuela, con ellos. Por lo general, transcurre un buen rato, a veces años antes de que se materialicen definitivamente. Para entonces el escritor los saluda con esa mezcla de familiaridad y asombro con que la madre recién parida revisa al bebé que le depositan en los brazos. (Si lo sabré yo, que soy madre y escritora.)

Así como la madre cree tener control sobre la criatura surgida de sus entrañas para percatarse al poco, no sin asombro, de que el nene actúa por sí mismo y tiene sus propios gustos y hábitos, el escritor que cree conocer perfectamente al personaje que ha gestado descubrirá que no es lo que imaginaba, que no tiene poder sobre él, que se le va de las manos... que, virtualmente, se está escribiendo solo.

Esto, créanme, no es un mito ni un cliché. Tampoco pretendo generalizar diciendo que le ocurre absolutamente a todos los escritores: Patricia Higsmith decía ser la jefa de sus personajes, mientras que Saramago asegura ejercer absoluto dominio sobre los suyos, lo que, agregaría, no se nota... por fortuna. El fenómeno del que hablo —no sé de qué otra manera llamarlo porque nadie se ha ocupado en estudiarlo ni asignarle un nombre técnico— es maravillosamente cierto... y aunque subrayo maravillosamente, no siempre es maravilloso, en particular cuando un personaje terco y rebelde altera un proyecto de varios años... pero quizás aun entonces sea maravilloso o, en el peor de los casos, desconcertante.

Para ciertos privilegiados, el acto creativo conserva ese sentido metafísico, por llamarlo de algún modo, que como todo lo metafísico es imposible de explicar coherentemente y carece de fundamento científico. No por nada los que tienen los pies en la tierra insisten en asociar la actividad literaria con la locura. En efecto, como señala Susan Sontag, esa convivencia del escritor con los personajes es una esquizofrenia: 

Cada uno de nosotros lleva una sala en su interior —dice en su novela América—, que espera ser amueblada y poblada, y si escuchas con atención, tal vez necesites silenciarlo todo en tu propia sala, puedes no oír los sonidos de esa en tu cabeza... O puede que no oigas nada de esto, si la sala está llena de voces. Personas estridentes o de maneras suaves tal vez estén sentadas a la mesa para cenar, diciendo algo que no entiendes del todo, confiemos en que no se deba a la televisión que está encendida y a todo volumen, pero captas el meollo...

En la novela antes citada, Sontag deja al desnudo este vínculo escritor-personaje, es decir, nos vuelve conscientes de la calidad ficticia de sus personajes. Se describe a sí misma, autora, desde la postura de quien contempla a sus personajes como si no tuviera nada que ver en sus actitudes y ademanes... como estar en el teatro mirando sobre el escenario a actores que se desplazan con sus propias piernas, sin tener conciencia del pequeño dios que manipula los hilos de su destino. Como nosotros mismos, que posiblemente seamos invención de algún frenético escritor. Cuando el autor se sienta frente a la mesa de trabajo, o con el cuaderno entre las piernas, tiene la clara intención de desarrollar una historia específica, con personajes específicos, pero en general ocurre una de dos cosas: los personajes planificados adquieren inexplicable autonomía o aparecen de la nada personajes no previstos. En casos más extremos, esos personajes súbitos, chocarreros, se apoderan de la narración habiendo antes conquistado a su anonadado creador. Pueden llegar a adquirir tal individualidad de pensamiento y acción, que su autor termina por odiarlos, sin tener al menos la oportunidad de eliminarlos, porque sin el odioso personaje el relato pierde. Tanto E. M. Forster como Ernesto Sabato mencionan la traición del personaje: 

Los personajes acuden cuando se les evoca, pero están llenos de espíritu rebelde. Dado que se parecen bastante a personas como ustedes o como yo, tratan de vivir sus propias vidas y, por consiguiente, se suman a menudo a la traición contra el plan fundamental del libro. "Escapan", "se van de las manos", son creaciones dentro de una creación y con frecuencia no guardan armonía respecto a ella; si se les concede una libertad completa, terminan por destrozar el libro a puntapiés y si se les conduce con demasiada severidad, se vengan muriéndose y destruyéndolo todo por descomposición interna. (Aspectos de la novela, pp. 72-73). 

Estas palabras del novelista inglés E. M. Forster pueden interpretarse de dos maneras: una, la que hemos desarrollado hasta aquí. No es el escritor quien lleva las riendas sino los personajes que ceden a impulsos repentinos, cambios de humor y corazonadas propias. Así como nosotros somos capaces de alterar un destino que parece inminente, así los actores de un relato pueden desviar el rumbo de su vida y no es raro tampoco que ese empeño de determinado personaje por modificar su vida, modifique asimismo la idea original del relato. La otra interpretación que ameritan las palabras de Forster es que un personaje que goza de demasiada libertad es capaz de pudrir el fruto del trabajo del autor. En esto no creo mucho. Antes bien, soy firme creyente de que una narración fracasa cuando se fuerza al personaje a seguir un camino preestablecido. Estoy convencida, como lo está Sabato, de que el personaje nace del corazón del autor; por consiguiente, el autor no puede quedar indiferente ante el sufrimiento o el disfrute de su personaje. El escritor no intenta transmitir sus sensaciones al personaje, estaría condenado al fracaso si lo hiciera. El escritor se ubica ante la pantalla, la máquina o el cuaderno en la mejor disposición de involucrarse intensamente con las emociones de sus personajes. Por supuesto, no se puede negar que, al nacer del corazón del autor, el personaje posee la esencia del escritor, y sólo así es posible que se perpetre esa especie de catarsis en éste. 

Todos los personajes de una novela representan, de alguna manera, a su creador. Pero todos, de alguna manera, lo traicionan. 

A medida que esos personajes de novela van manando del espíritu de su creador, se van convirtiendo, por otra parte, en seres independientes; y el creador observa con sorpresa sus actitudes, sus sentimientos, sus ideas.

Actitudes, sentimientos e ideas de pronto llegan a ser exactamente los contrarios de los que el escritor tiene o siente normalmente: si es un espíritu religioso verá, por ejemplo, que alguno de esos personajes advertirá de pronto los actos de maldad más extremos y las mezquindades más grandes. Y cosa todavía más singular: no sólo experimentará sorpresa, sino, también, una especie de retorcida satisfacción. (El escritor y sus fantasmas, p. 120). 

El escritor no siempre entenderá a sus personajes. En ocasiones, las menos, ni siquiera le será posible justificarlos. Y posiblemente sean los que más se le parezcan: su parte oscura y asfixiada. No es mi intención meterme en honduras psicológicas, y además la escritura tiene una parte mágica que es la que propicia estos, llamémosles, milagros.

 
 
 
 
 
 
   

Alguno, concientemente, dota a su personaje de virtudes que desearía para sí, o lo coloca en circunstancias por él o ella anheladas, pero siempre ocurrirá algo fuera de lugar, o de pronto el personaje se manifestará tan impuro como su creador. Ser humano al fin. Dice Luisa Valenzuela: 

El acto de escribir, para mí, tiene dos capas, una es escribir la historia en sí, y la otra es la pregunta, ¿de dónde ha salido todo esto? ¿Qué es esto? ¿Qué está ocurriendo en la escritura? ¿Qué está diciendo este lenguaje? Entonces hay un choque que aparece ahí, que se cuestiona, y al mismo tiempo hay una historia que pugna por escribirse, por decirse, y son cosas en las que a veces no estoy nada de acuerdo. Lo detesto y lo estoy escribiendo.

El escritor se convierte en vehículo de Dios, se pone en sus manos y pone a sus personajes, al menos esa es la impresión que en ocasiones deja el resultado final. No es extraño, por tanto, que el escritor se refiera a sus personajes como seres independientes, que caminan y respirar por ellos, no por uno; tampoco es raro que el estado anímico de éstos influya en el escritor. Si ocurriese lo contrario (el escritor contagie a sus personajes), resultaría demasiado notorio para el lector. Se acabaría la verosimilitud.•  

*Eve Gil (Hermosillo, 1968) ha recibido diversos premios y becas por su trabajo periodístico y literario. Su más reciente novela, la tercera de su producción, Réquiem por una muñeca rota (cuento para asustar al lobo), fue editada en 2000 por el Fondo Editorial Tierra Adentro.