PÁGINAS DE VIAJE. Rafael Alberti en la Memoria
*Miguel Ángel Flores

Mi primer y único encuentro con Rafael Alberti: un hecho que recordar no quiero. Sólo baste decir que fue en una playa mexicana del Pacífico. No hubo diálogo. El laconismo de sus respuestas marcó el tono del intercambio de palabras. Este humilde cronista estaba frente a uno de los mayores poetas de habla española de todos los tiempos, el admirado autor de Marinero en tierra. Hubiera deseado haberlo conocido en otras circunstancias, pero la vida tiene extraños derroteros, y en ella se impone el azar, a veces en forma cruel.

La obra de Rafael Alberti forma parte de la biografía literaria de quien ahora escribe. En un remoto año de principio de la década de los sesenta, escuché por primera vez su nombre, pero no asociado a la poesía, como podría suponerse, sino en relación con el teatro. Una compañía de estudiantes aficionados al teatro del ipn montó Aitana. Y fui a la función de estreno. Recuerdo aún muy bien algunas escenas, y también la insolencia de uno de los compañeros que descalificaba la pieza del dramaturgo por su asombroso parecido con el teatro de García Lorca. Pero no podía ser de otro modo: ambos compartían algunos rasgos en común: mismo origen andaluz, amistad y vivieron semejantes inquietudes literarias en un ambiente en que adquirían madurez los movimientos de vanguardia. Ambos, también, formaron parte de la que se conocería como la Generación del 27, que constituye el segundo Siglo de Oro de las letras españolas.

La revelación del poeta vendría después. Precisamente en los años dedicados a la lectura de esa Generación del 27, y esa revelación me la proporcionó uno de los libros más representativos de la estética surrealista. Se ha dicho, con certeza, que la mejor poesía del surrealismo fue autoría de aquellos que fueron jóvenes en la tercera década del siglo xx. El libro Sobre los ángeles constituye uno de los momentos magistrales de la poesía del siglo que acaba de concluir. Alberti expresó en unas notas autobiográficas que quedó asombrado por la buena recepción del libro. Un autor siempre ignora la trascendencia de sus intenciones. Los ángeles pueden ser terribles, Rilke dixit. Más para Alberti los ángeles también pueden ser insólitos, criaturas del sueño y de las pesadillas, huéspedes de una realidad paralela a la nuestra hecha de sorprendentes metáforas. A partir de un libro como este, con ese tono en el que en cada verso puede haber un enigma, la poesía tenía que ser distinta. Del ángel superviviente dijo Alberti:

Acordaos.

La nieve traía gotas de lacre, de plomo derretido
y disimulos de niña que ha dado muerte a un cisne.
A una mano enguantada, la dispersión de la luz y el lento asesinato.
La derrota del cielo, un amigo.

¿Cómo es la nieve en este poema?, escrito por Alberti cuando aún no cumple los treinta años y ya habla con una voz de madurez poética a la que otros llegan después de una vida. La nieve es cera roja, sella un destino y es peso y enmascaramiento del mal que mata a la blancura, y esa dispersión de la luz sólo deja oscuridad. Si el cielo está en derrota, cabe preguntarse si también de él los ángeles ha sido expulsados. Cada poema de ese libro, central en la poesía albertiana, es un enigma a resolver. Tú, ángel rabioso, dice el poeta:

Rompes y me asaltas.
cautivo me atraes
A tu luz, que no es la mía,
para tornearme.

A tu luz agria, tan agria,
que no muerde nadie.

Pero el ángel también puede ser bueno, y es entonces heraldo de Dios:

¡Campanas!
¡Una carta del cielo bajó un ángel!

La carta que interpretó Alberti y que fue transcribiendo con los dedos del azar, entre los resquicios de una realidad ordinaria, prosaica, que conquistaba su sitio en el lugar de la poesía. Por eso los ángeles también podían ser mortales y haberse extraviado entre la escoria del día.

Buscad, buscadlos:
en el insomnio de las cañerías olvidadas,
en los cauces interrumpidos por el silencio de las basuras. 
No lejos de los charcos incapaces de guardar una nube,
unos ojos perdidos,
una sortija rota
o una estrella pisoteada.

Así, en plena juventud, Alberti fue dueño ya de los plenos poderes de la palabra escrita. Ocupa un lugar relevante en los renovadores de la poesía española de todos los tiempos. Su historia se inició, ya se sabe, con un libro, al que distinguieron con un premio: Marinero en tierra. La enfermedad lo obligó a un retiro en la sierra de Guadarrama y por eso quedó atrás su entorno marítimo. El poeta encallado entre montañas, lejos de las barcas, las gaviotas y del olor a yodo y sal.

Cien años han pasado. Alberti nació en el Puerto de Santa María, en 1902. También ese mismo año nació su colega, andaluz, pero de tierra adentro: Luis Cernuda. A éste correspondieron múltiples homenajes, que no trascendieron la letra escrita. En Cernuda sólo hubo poesía, amargura, soledad, mezquindad con el prójimo, y no sería exagerado apuntar que su vida fue mediocre. En contraste, la vida de Alberti estuvo señalado por la pasión política, que lo obligó a la vida errante. Fue cordial y abierto a sus semejantes, generoso y quedó atrapado en las contradicciones de una ideología a la que fue fiel hasta su muerte.

¿Cabría preguntarse si obedece a una estrategia de difusión el que no se hicieran coincidir en el mismo año los homenajes de ambos poetas? 1903 ha sido el año de Rafael Alberti. Y para celebrar el centenario de su natalicio el Museo Reina Sofía montó una magna exposición dedicada al poeta gaditano. Siempre es un reto armar una exposición sobre un escritor. No es frecuente que abunden los artefactos y los documentos de la memorabilia. Y en ocasiones la más desbordada imaginación no puede sostener la atención del espectador cuando los objetos exhibidos terminan por convertirse en anodinos. Podríamos afirmar que la vida de Alberti fue un espectáculo desplegado a lo largo de casi un siglo. Fue un protagonista de la vanguardia que supo abrevar en las fuentes de su tradición. En él la poesía fue canto y color. Abundan los testimonios que dejó, como constancia de su vida creadora, como poeta y pintor. Primeras ediciones de sus libros y de los ajenos en los que participó como editor, traducciones de la obra propia, cartas, manuscritos, pinturas, fotografías, portadas de revistas, cuadros de amigos pintores y de quienes le han rendido homenaje, forman el acervo de esta exposición: Entre el clavel y la espada: Rafael Alberti en su siglo.

Se abre la exposición documentando los inicios del poeta. El nacimiento en el Puerto de Santa María, antiguamente Puerto Menesteos, lugar marcado por la mitología, en la desembocadura del Guadalete, o río del Olvido. Ya las referencias toponímicas, en la cuna del poeta, parecen marcarle un destino. Escribió que vino al mundo un 16 de diciembre, una inesperada noche de tormenta, según palabras de su madre. Fotografías del Puerto de Santa María y de los padres y parientes, de los abuelos Merello, los apellidos que son seña inequívoca de que los orígenes más remotos de ambas ramas familiares están en Italia.

En la infancia el poeta no mostró interés ni aptitudes ni por los cálculos exactos, ni por las declinaciones en latín, ni por la preceptiva literaria. Lo suyo era la historia, la geografía y el dibujo. Y a los diez años pinta el paisaje de su tierra: barcos, playas, olas, salinas, árboles y castillos de Cádiz. Esta es la parte inédita de la vida del poeta para la inmensa mayoría de espectadores: los cuadros que se exhiben por primera vez en un conjunto que llamaría orgánico. La sorpresa es comprobar que en los inicios hubo una muestra innegable de talento para la pintura.

Los cuadros muestran que el autor se sometió a la disciplina de un aprendizaje y supo transmutar las influencia en materia propia. En algunos de ellos hay un aspecto sombrío y en otros las propuestas formales son muy interesantes. ¿Por qué no siguió ese camino en la pintura? Lo que pintaría después ya no reflejaría preocupaciones de una búsqueda por forjarse un lenguaje propio. Hay una superficialidad y decorativismo en lo que pintaría en sus años de madurez; en el umbral de la última etapa de su vida, en Roma, aprendió la técnica del grabado, de la litografía, y realizó ensayos con efectos plásticos más ricos y perdurables. Es un gran acierto de la exposición exhibir a lado de los cuadros del poeta pinturas de sus contemporáneos pues obtenemos así una visión de época sobre los estilos y las influencias que iban a marcar a una generación. 

En 1921 dice que comienza su vocación literaria. Todavía escribe y pinta, pero se despide de su primera vocación con una exposición en el Ateneo de Madrid. En esa ciudad, en la Residencia de Estudiantes, de la que nunca fue huésped, pero que visitaba con frecuencia, pues su domicilio estaba a un paso de ella, inició amistad con estudiantes que más tarde serían los grandes protagonistas de la cultura española del siglo XX: Federico García Lorca, Luis Buñuel, Salvador Dalí.

También conoce a los poetas que formaría su generación: Pedro Salinas, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, etcétera. Y de una pared cuelga la foto donde lo acompañan García Lorca y su esposa de entonces, María Teresa León. Por la vestimenta es un día de verano, sonríen, jóvenes y apuestos, un fragmento de momentos alegres en víspera de años turbulentos que dejarían su estela de exilio y muerte. En 1925 recibe por Marinero en tierra el Premio Nacional de Literatura. El jurado fue de lujo: Ramón Menéndez Pidal, Carlos Arniches, Antonio Machado, Gabriel Miró y José Moreno Villa.

Y ahí en unas vitrinas está una primera edición del famoso libro, principio de un reconocimiento y de una celebridad no buscada. El libro tiene las marcas del poeta, dibujos hechos sobre la página impresa, dedicatorias ilustradas, que convierten al ejemplar en único. Y luego más fotografías como la que registra el momento de la reunión de amigos para desagraviar al olvidado Góngora, a quien los amigos le organizan un homenaje con motivo del tercer centenario de su muerte, que tuvo lugar en Sevilla en 1927, y por eso se bautizó con ese año a la generación de los entonces jóvenes poetas que participaron en dicho homenaje. Y así seguirá la exposición.

Después del primer libro apareció El alba del alhelí, hermoso título, y luego vendrían Sobre los ángeles, cambio de poética, renovación y búsqueda. Se exhiben documentos que muestran su interés por el teatro. Bocetos de escenografía y programas de mano de la primera obra, El hombre deshabitado. Y a medida que avancemos nos encontraremos con los testimonios de sus viajes, de los constantes desplazamientos. Viaje a París y a la Unión Soviética. Militancia política. Las portadas de la revista Octubre, que fundó y dirigió junto con su esposa María Teresa León, nos expresan qué tan profundo fue el compromiso político e ideológico de Rafael Alberti. Fotos de marineros militares de la Unión Soviética, promesa entonces de un futuro mejor. Apostarle todo a una ideología.

El papel que jugaría el poeta sería el de propagandista, que llevó a cabo con gran intensidad, primero al estallar la revuelta de los mineros de Asturias. Para dar a conocer los motivos de esa revuelta y su consiguiente represión viajó a México, donde permaneció un año. Son escasos los testimonios de su permanencia entre nosotros, casi ninguno. Destaca su amistad con David Alfaro Siqueiros.

Documentos y más documentos. Parece que nunca se tiró un papel, ni la más humilde nota. ¿Fetichismo de la letra escrita o conciencia de la celebridad? Entre los manuscritos curiosos un poema inédito y una carta malediciente de Juan Ramón Jiménez, que provoca nuestra sonrisa: en ella cubre de insultos a Pedro Salinas. Parece que no tiene fin la tarea de documentar esa vida. La del poeta que se dijo de la calle y en la calle. Los años del compromiso con la República española, fotos y más fotos y en medio de las batallas encontró tiempo para seguir escribiendo. Después vino el exilio.

¿Por qué Argentina y no México? Este cronista desconoce los motivos de esa elección. Aquí había estado en 1934, conoció a Efraín Huerta y Octavio Paz. Algunos dicen que tomó el camino del sur porque el editor Gonzalo Losada le ofreció trabajo, lo que implicaba una seguridad económica inmediata. Difícil aceptar dicho argumento. Ninguno de los ilustres miembros del exilio español que fijó su residencia en México vivió en el desamparo, ni siquiera por un minuto.

En la otra orilla del Río de la Plata, en Punta del Este, un arquitecto amigo le construyó una casa, su residencia de verano, La Gallarda, que reflejó sus gustos por las formas plásticas. Curiosamente hay muy pocas fotos de esa casa, y están algunas hechas por un fotógrafo que conocía el oficio, sobre todo aquella donde el autor posa junto al mar. Está en sus años cuarenta: corpulento, fuerte, la cabellera abundante y negra que luego se teñiría de gris. Pero eso sería muchos después.

Al principio de los años sesenta Argentina empezó su descenso por una espiral de violencia y crisis política sin pausa. La intolerancia se adueñó del país. Está en la mira de los verdugos. Tiene que abandonar su refugio, donde tanto amigos había cultivado. Su nueva residencia en la tierra estará en Italia, donde se hallan sus más remotos orígenes. En la capital de su nuevo país escribe otro libro extraordinario, Roma, peligro para caminantes. Su primera edición fue mexicana, apareció con el sello de Joaquín Mortiz.

 
 
 
 
 
 
 
 
   

Aquí, en este tramo de la exposición, están las estupendas fotografías (el cronista no retuvo el nombre del autor) que le tomaron al poeta en sus vagabundeos por barrios donde estuvo su casa: el Trastevere. Fotos en contraste de blanco y negro. La cabellera larga y el pelo blanco. Debió haber sido invierno porque un gorra cubre su cabeza y un abrigo lo protege de las inclemencias del tiempo. Su figura patricia y al fondo muros roñosos, con cicatrices de carteles y demás avisos. Pocos poetas han hecho tan suya una ciudad que adquiere sus señas de identidad. Parecería que Alberti y Roma son indisociables. Un soneto de este libro ilustrará cuanto quiero decir, sobre todo que en él hay un juego de planos, en la noche romana se evoca la presencia de Ramón del Valle-Inclán:

Oigo llover tus barbas largamente
esta noche de Roma por lo oscuro,
de jardín en jardín, de muro en muro,
rotas columnas y de fuente en fuente.

Oigo tu voz de sátiro demente
y oigo tu solo brazo alzarse duro
contra esta noche, extraño sueño impuro
de una alma en pena que vagara ausente.

Oigo tu voz... Te siento aquí a mi lado.
Voy en tus ciegas barbas enredado
como una insomne sombra clandestina,

y te sigo del foro al Palatino,
del Gianicolo al Pincio, al Aventino
o a los Jardines de la Farnesina.

Como una sombra insomne clandestina se deslizó más de una vez la pluma del poeta por su querido barrio del Trastevere, ahí tras el Tíber, río humillado por el descuido y la contaminación, vio transcurrir Alberti sus últimos años. La larga vida le permitió el regreso triunfal a la patria. El final del largo exilio está registrado en fotografías tomadas en el avión y en el aeropuerto donde una multitud le dio la bienvenida. El comunista de todas las horas. Si su poesía se contaminó con las aguas sucias de una ideología, en su descargo debemos decir que nunca lo abandonó ni la gracia ni la poesía.

El capítulo final de la exposición lo constituye una exposición de obras de pintores que le han rendido homenaje: basta mencionar dos nombres para medir el aprecio a su obra y trascendencia: Motherwell y Tapiès.

Han pasado cien años. Ya podemos perdonar a Rafael Alberti. 

*Miguel Ángel Flores es profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Sus libros más recientes son Umbral y memoria (México, UAM-Aldus, 1999) y un volumen en la colección Material de Lectura de la UNAM.