"Lo popular" en artesanía y arquitectura… de Ricardo Flores Villasana
* Enrique Ortiz Flores
Como homenaje al destacado arquitecto Ricardo Flores Villasana, recientemente fallecido, se reproduce el prólogo al que fuera su último libro, escrito también por una figura fundamental de la construcción social del espacio, el arquitecto Enrique Ortiz Flores.

Con este libro, producto de un largo proceso de interacción personal con la creatividad popular y parte significativa de su proyecto de vida, Ricardo Flores Villasana nos invita y nos reta a penetrar en las fuentes que animan la artesanía y la arquitectura en ese México profundo que aún vibra en medio del avasallamiento global impuesto por los grandes intereses económicos.

No se trata de una visión folclorista ni del registro apurado de lo que a pasos acelerados se nos está perdiendo, sino de una experiencia vital en la que Ricardo Flores Villasana nutre permanentemente su propio quehacer de arquitecto. Coincide con Hassan Fathy en que "la verdadera arquitectura no puede existir sino en una tradición viviente", de ahí su preocupación, que comparto, por la vanalización, el mercadeo, la destrucción inconsciente y la apropiación mal pagada de una herencia colectiva, que es fuente, aún viva, en la que abreva el trabajo de los arquitectos.

Es por ese acercamiento profundo que Ricardo Flores Villasana establece con los creadores y habitantes de espacios enraizados en esa "tradición viviente" que le cuesta trabajo nombrar el fenómeno que busca compartir. Rechaza referirse a esa arquitectura como vernácula o tradicional, mucho menos como típica, pintoresca o folclórica. Incluso el término popular que utiliza —entrecomillado, por cierto— en el título del libro, le cuesta trabajo digerirlo, pues hoy se identifica con cierto tipo de vivienda mercantil regulada burocráticamente o con la que construyen los habitantes de nuestras periferias urbanas, que poco tienen que ver con esa otra arquitectura producto de la cultura y de la historia de una comunidad.

Prefiere en algunos de sus textos llamarla arquitectura natural, tal vez por esa íntima relación que se da entre una comunidad y el lugar en el que habita, con su clima, su paisaje, sus recursos convertidos en materiales de construcción que determinan formas y colores. Pero también este término resulta más adecuado para nombrar las maravillosas estructuras de la naturaleza o las construcciones que realizan algunos animales, mismas que también explora y recoge en este libro. 

Intrigado por esa dificultad de nombrar algo tan cercano a nosotros, pregunté a mi viejo amigo Alfonso Hernández, cofundador y director del Centro de Estudios Tepiteños, habitante oriundo del barrio y poeta-pensador profundo, si la palabra "popular" era adecuada y suficiente para definir la cultura de su comunidad barrial. "La neta que no", me dijo, y me extendió un folleto en el que en términos contemporáneo-tepiteños la define así: 

   
 
   
 
Nuestro rizoma barrial es como una red de internet, interconectada horizontal y subterráneamente con bulbos, tubérculos y camotes tepiteños. El rizoma ancestral de algunos tepiteños —añade el escrito— es su propia red familiar de circuitos lógicos, con memorias de información binaria y lecciones de historia abuelar, con matices de creatividad productiva en artes y oficios, con sustratos de antropología social, con expresiones de lenguaje y cultura local, y con una economía popular a toda prueba.

Acercamiento ciertamente complejo a la dinámica cultural de un "barrio obstinado" de más de 500 años, ubicado en el corazón mismo de la gran ciudad de México. 

Entendí entonces las dificultades para definir con una palabra lo que para Ricardo Flores Villasana no es algo que se ve y se clasifica desde afuera, sino experiencia vital, internalizada, propia de algo mucho más complejo que la necesidad primaria de poner nombre a las cosas. Su relación con "lo popular" no es la del investigador académico o la del planificador tecnocrático, sino la del creador inmerso en el mismo proceso que este libro busca comunicarnos. Proceso que no pretende observar objetivamente desde afuera, sino que entiende como un hacer apasionado y vibrante del que él mismo participa desde adentro.

Es por ello que al introducir su tesis de maestría, considerando el sentido cotidiano en que se manifiesta "lo popular" y la informalidad de sus expresiones, opta por darle a su trabajo y al libro que tenemos entre las manos "ese mismo sentido cotidiano e informal y de aparente desorden o caos expresados como un diario, como algo en proceso, como parte de nosotros mismos". Vuelve a encontrarse sin saberlo con mi amigo tepiteño, quien define a su barrio como "epicentro del caos", como "fascinante fuerza plástica... simultaneidad de actividades y funciones que confluyen en un mismo espacio".

Así este libro incluye, sin orden aparente, citas de libros y reflexiones en torno a lecturas, conferencias y diálogos; expresiones, poemas y relatos de la gente de los pueblos visitados; dudas y certezas que se leen de frente, de lado y al revés. Acercamientos simultáneos y complementarios a la complejidad del fenómeno de "lo popular". Intento que intuye y experimenta caminos interdisciplinarios que articulan la visión de antropólogos, sociólogos, arquitectos, economistas, historiadores, pedagogos, lingüistas, en un todo a la vez integral e inconcluso como la poesía que, en pocos trazos y sin conclusiones obvias, nos comunica una vivencia y nos deja abierta la posibilidad de participar en su construcción creativa.

Mitad somos lo que somos, y otra
Mitad lo que pensamos. En el torrente
Una mitad llega
A la orilla y la otra se ahoga.

   
 
 
   
 
En la expresión arquitectura-pueblo resume Ricardo Flores Villasana esa búsqueda, ese encuentro dialéctico de un arquitecto formado en la universidad, maestro universitario desde hace más de 50 años y Premio unam 2002, con la artesanía y la arquitectura realizadas por un pueblo intensamente arraigado en su tradición cultural y en su historia.

Se trata de un encuentro sustentado en el respeto profundo por la gente y por sus obras. Respeto que no queda en contemplación pasiva o en ausencia estéril, sino en esfuerzo de comprensión y en acercamiento personal activo que parte del registro de las formas y los conceptos que las animan, y llega en su fase madura a internalizarse y proyectarse en su propia obra como arquitecto. Arquitecto artesano él mismo, que sin recurrir al fácil camino de la reproducción de formas, espacios y detalles alcanza a expresar vigorosamente en su obra esa interacción fecunda que él ha sabido establecer entre "lo popular" y la arquitectura contemporánea, entre el quehacer artesanal que está presente en los materiales y sistemas constructivos que utiliza y las exigencias técnicas de nuestro tiempo.

Pero este libro no está dirigido a compartir la experiencia de Ricardo Flores Villasana como arquitecto, ya lo hizo, y muy bellamente en una publicación anterior, Laberynthus. Al igual que aquélla, este libro está destinado a los estudiantes de arquitectura y a apoyar su propio trabajo universitario, al lado de sus colegas y alumnos.

Está orientado a replantear el proceso de enseñanza_aprendizaje de la arquitectura, a estimular la participación crítica de los alumnos y a constituirse en referente de las actividades de vinculación universitaria a la realidad del país. Está dirigido también a las comunidades que de una manera u otra participaron en el diálogo que dio lugar a sus reflexiones y sus notas gráficas. Busca devolverles esas vivencias compartidas como retribución a su generosidad y como reconocimiento de los valores de su cultura, tan necesario hoy para fortalecer su conciencia sobre lo que sin remedio están perdiendo y para animar su participación activa en su preservación y recreación constantes.

El libro integra algunos textos mecanografiados pero en su mayor parte reproduce notas a mano, gráficas y dibujos —excelentes dibujos, por cierto—, tomados muchos de ellos de sus bitácoras de trabajo. Bitácoras que "constituyen para Ricardo su memoria directa en torno a las diferentes formas de expresión de los pueblos con los que ha estado en contacto directo en México, Marruecos, India, Nepal, España, Italia, Noruega, Dinamarca. Bitácoras que él concibe como "medio, disciplina de trabajo cotidiano, diario que capta la realidad, analiza, discrimina, estructura, relaciona, comprende y expresa una actitud ante esa misma realidad". 

En ellas registra no sólo las formas que le impresionan y los conceptos que las animan, sino también sus historias y sus personajes.

Así en tres láminas tomadas de sus bitácoras presenta "la autopsia de una vivienda" del pueblo de Tequila en la región de Zongolica, Veracruz, y que Ricardo pretendía incluir como uno de los tres estudios de caso de su tesis de maestría. Vivienda de tres pisos, y excelente composición de espacios, construida en madera en 1913 por Francisco Colowa, poblador de origen náhuatl. 

   
 
 
   
 
Su hija, quien demolió esa casa en 1978 "por no contar con recursos para repararla", se expresa así de su padre arquitecto: "Era muy inteligente, muy curioso, era carpintero, peluquero, zapatero, sastre, relojero; componía radios, pistolas, componía todo, era un maestro".

Triste destino de las obras de los "maestros" del pueblo en tiempos en que el dinero parece imponerse como razón única y en que el empobrecimiento creciente de la gente arrastra y destruye sus referentes culturales y humanistas. Todo ello en aras de un progreso que siempre queda en las manos de los poderosos: "Todo gran hombre es un falso gran hombre: de haberlo sido, lo hubiéramos ignorado. Es por lo tanto probable que los hombres más talentosos nos sean desconocidos".2

Gracias a las bitácoras de Ricardo sabemos hoy algo de un hombre talentoso de pueblo que construía casas maravillosas en plena época revolucionaria, de un hombre que jamás tendría un lugar en las lujosas ediciones en que se publican las obras de los arquitectos de moda.

Hoy que la arquitectura-pueblo está en riesgo de desaparecer por los impactos de la pobreza y la migración; por los efectos de una educación formal y de una televisión cada vez más insensibles a nuestras culturas locales; por el desprecio de lo propio por ignorancia y deslumbramiento ante la modernidad inalcanzable; por la individualización y la competitividad extremas que rompen la cultura comunitaria, la gratuidad y la solidaridad generosas; por la mercantilización extrema de los bienes comunales, de los recursos y del trabajo; por la vanidad y la incultura de los profesionales, los técnicos, los burócratas y los que hoy llaman "tomadores de decisiones" (de los que no pocos arquitectos forman parte); por los programas oficiales y las campañas de los políticos que imponen materiales, prototipos y procesos ajenos a la cultura de los pueblos; por el proceso económico global, expropiatorio de los saberes y recursos, patrimonio de las comunidades; hoy que todos estos factores se potencian entre sí para imponer el modelo homogeneizante, repetitivo, aburrido y arbitrario de los poderosos, adquieren un significado profundo esfuerzos y aproximaciones a la realidad como los registrados en este libro.

El derecho y la libertad de habitar y el papel que en su rescate puedan cumplir las nuevas generaciones de arquitectos, pueden fortalecerse a partir de un método de enseñanza-aprendizaje del oficio centrado en las comunidades y la gente concreta, en sus necesidades y sus sueños, pero fundamentalmente en los saberes, habilidades y recursos que constituyen su herencia histórica y cultural. Este libro que se inscribe en esa perspectiva, hecho para trabajarse en profundidad y sin prisas con los estudiantes, contribuirá ciertamente a avanzar en este camino.••

*Enrique Ortiz Flores es presidente de la Coalición Internacional para el Hábitat-Oficina Nacional para América Latina (HIC-AL).
Notas

1Fernando Pessoa, Obras completas de Ricardo Reis, traducción y presentación de Miguel Ángel Flores, México, UAM/Verdehalago, 2001, 257 pp.

2Paul Valéry, citado por Vladimir Kaspé, Una ventana abierta, México, Praxis, 1996.